Nuevo libro · 2026 · Secuela de Putas Historias, Putos Escritos
El ridículo dura cinco minutos. Las anécdotas duran toda la vida.
Solo que algunos lo niegan. Otros lo esconden. Y unos pocos tenemos el descaro de escribir un libro sobre eso.
Durante años, Yenny Astrid Londoño pensó que la dignidad consistía en no equivocarse: en no caerse, en no decir la palabra incorrecta, en no amar de más, en no confiar en quien no debía, en no publicar la indirecta, en no llorar en el carro, en no regalar el trabajo, en no volver con quien juró que nunca volvería.
Qué equivocada estaba.
La dignidad nunca estuvo en evitar el ridículo. Estuvo en levantarse cada vez que la vida decidió hacerla protagonista de otro.
Estas páginas no contienen personas perfectas. Contienen seres humanos. Gente que se enamoró de quien no debía. Que hizo el oso en redes sociales. Que metió la pata con la familia. Que tomó malas decisiones. Que creyó que podía con todo. Y que, aun así, siguió adelante.
Tal vez mientras leas este libro te rías de ella. Pero no te confíes demasiado.
La dignidad no es no caerse. Es levantarse antes de que terminen de reírse. Introducción
Sería mentirte, y ya bastante mentira hay en las redes sociales con gente fingiendo que su vida es una sesión de fotos permanente. Este es un manual para hacerlo con estilo, con carcajada y, sobre todo, sin arrodillarse ante nadie después.
Cien formas. Cien maneras en las que una —o vos, o cualquiera con el ego suficientemente sano como para reconocerse— puede quedar como una payasa de feria y aun así salir con la cabeza en alto.
Porque el ridículo, bien vivido, no es vergüenza. Es material.
Aquí no vas a encontrar cien maneras de evitar el ridículo. Vas a encontrar cien pruebas de que nadie tiene la vida tan resuelta como aparenta.
Ni el que da consejos. Ni el que juzga. Ni el que publica frases sobre paz interior. Ni la que escribe este libro. Sobre todo, la que escribe este libro.
Y no hay forma incorrecta de leerlo: podés ir en orden, como una lectora disciplinada que sigue instrucciones, o abrirlo al azar, como quien consulta un oráculo del ridículo, y dejar que el destino te muestre exactamente la forma que necesitás leer hoy.
Diez territorios de la vida donde el ridículo prolifera con más facilidad, más siete interludios que nadie pidió pero todos necesitábamos.
El amor es, sin discusión, el laboratorio más grande de ridículos de la humanidad. Ahí es donde una mujer inteligente, con maestría, negocio propio y autoestima aparentemente sólida, se convierte de un día para otro en una adolescente con el celular pegado a la cara esperando dos rayitas azules.
Si tenés que anunciarlo tantas veces, no lo superaste: lo estás ensayando.
No me dio vergüenza haberme arreglado. Me dio vergüenza descubrir para quién lo había hecho.
El algoritmo no me delató. Me delató mi propio dedo, que ya sabía el camino de memoria.
Y no, no es hipocresía. Es sobrevivencia con servilletas de papel.
El universo no tiene tiempo para tu ex. Está demasiado ocupado sosteniendo galaxias.
Cuando una no se atreve a hablar claro, termina gritándole al público lo que quería decirle a una sola persona.
Quería que él sufriera viéndome bien. Terminé sufriendo yo, viéndolo a él.
Los celos, cuando se fabrican, se notan tanto como una peluca en día de viento.
La foto decía «estoy perfecta». Los ojos hinchados fuera del encuadre tenían otra versión.
Quedan noventa y una. Y las de la cama vienen peores.
Acá el único incienso que hay es el humo que sale cuando una mete la pata. Advertencia
Entren con confianza. Pero cuidado con los escalones. Disponible en Amazon en tres formatos: eBook, tapa blanda y tapa dura.
Al final vas a encontrar un manual de bolsillo, un certificado que nadie te pidió pero que te merecés, y unas cartas que, como siempre, no pienso enviar.
Yenny Astrid Londoño escribe como habla: sin filtro, con sarcasmo y con una memoria peligrosamente detallada. Después de contar sus historias, sus hombres, su familia y sus putos escritos, descubrió que se le había olvidado la otra mitad de su vida: la de los ridículos.
Este prólogo lo escribe ella misma porque nadie conoce sus ridículos con tanto detalle, tanta memoria y tan poca vergüenza. Después de todo, sería muy descarado dejarle a otra persona la tarea de contar sus propias estupideces.
El ridículo no me lo quitó nadie. Me lo gané yo solita, con esfuerzo, constancia y muy poca vergüenza. Dedicatoria