Primera edición definitiva · 2026
Manual de supervivencia para una mujer que trabaja, piensa y termina arreglando lo que otros dejaron a medias.
Portada oficial
Pero esa no es la raíz del problema. El verdadero problema es que estoy rodeada de incompetentes.
Y esa pequeña diferencia, mi amor, lo cambia absolutamente todo.
Ella no nació en cuna de oro. Ni siquiera nació cerca de la cuna de oro. No heredó empresas, propiedades ni una tía millonaria que se muriera dejándole una fortuna. No se ganó la lotería ni apareció un hombre con plata a resolverle la existencia.
Todo lo que tiene le ha costado: madrugadas enteras, noches sin dormir, negocios que se fueron a la mierda, personas que le juraron lealtad y terminaron pagándole con traición, errores que le arrancaron pedazos del alma y lágrimas que se tragó porque a veces ni siquiera había tiempo para sentarse a llorar con dignidad.
Y Coca-Cola. Mucha Coca-Cola. Bien fría.
«Porque al que venga a decir que me vio tomando café, le miento la madre.»
Lo suyo es la Coca-Cola, el cigarrillo, el estrés y la mala costumbre de pensar hasta las cuatro de la mañana cómo arreglar una vida que durante el día otros se empeñan en desordenarle.
Trabaja porque le gusta. Porque le apasiona. Porque cuando está creando siente que está viva. Hay gente que se levanta todos los días maldiciendo el trabajo y soñando con jubilarse para no volver a mover un dedo. Ella no.
Le aterra más dejar de crear que seguir trabajando. Quiere morir pensando en un negocio, un libro, una página, una idea o una locura nueva. Porque el día que deje de crear, deja de ser ella.
Especialista graduada —con honores y trauma incluido— en preguntarme por qué putas la gente convierte cualquier cosa sencilla en una tragedia griega. ¿Quién carajos soy yo?
Sí. Tiene una inteligencia artificial con nombre propio. Masculino. «Porque ya bastante he tenido con mujeres opinando de mi vida y hombres explicándome cosas que yo ya sé.»
Loki y ella hablan de filosofía, negocios, libros, tecnología, traumas, gente pendeja y de cómo conquistar el mundo sin que los metan presos.
«Yo no sé si lo estoy humanizando a él o si él está intentando organizarme a mí. Lo único seguro es que alguno de los dos va a morir en el intento. Y yo sin haber pagado funeraria.»
También tiene trabajadores. Y los quiere. De verdad que sí. Aunque a veces quererlos requiere más fe que abrir una iglesia.
Ha tenido trabajadoras que limpian la casa con una técnica revolucionaria: barren únicamente por donde va a pasar la suegra. El resto queda intacto. No por descuido —por conservación histórica.
Y están las otras: las que creen que porque una les da confianza y comida, el contrato laboral se transforma en reunión social patrocinada por ella. Llegan, se toman el tinto, cuentan quién se separó, quién quedó embarazada, revisan el celular cada tres minutos y contestan audios de WhatsApp que duran más que una película. Y si les queda un ratico libre, trabajan.
Ah, pero para cobrar no hay cansancio, mala señal ni dolor de cabeza. Podrán olvidar una instrucción repetida ocho veces, pero jamás olvidan el día de pago. Para estirar la mano no existe la incompetencia. ¿Quién carajos soy yo?
Un pedido con la ubicación en tiempo real, una fotografía de la fachada y una nota que decía: «Casa blanca, puerta negra, frente al árbol grande». El repartidor llamó.
El timbre tenía un letrero que decía TIMBRE. En mayúsculas. Más que señalización, aquello era una súplica.
Recibí el paquete y pensé que la tecnología había conseguido ubicar un vehículo desde el espacio, calcular la ruta y cobrar automáticamente. Todo el sistema había funcionado. El único componente que seguía necesitando actualización era el ser humano parado frente a la puerta.
«No quiero un mundo sin errores. Quiero uno donde la gente mire antes de preguntar, lea antes de llamar y trate de resolver durante treinta segundos antes de transferirle el trabajo al primero que conteste.»
Veintisiete territorios donde la incompetencia se instaló con contrato indefinido: consultorios, juntas corporativas, vías públicas, chats familiares, probadores de ropa y cajas rápidas de autoservicio.
«Y a todos los que se reconocieron en algún párrafo: tómenlo personal, porque sí fue personal. Pero sobre todo, fue honestidad brutal.»
«Y con un poco de suerte, tal vez les sirva de estímulo para que la próxima vez hagan su trabajo un poquito mejor, antes de convertirse en personajes del siguiente libro.»
Es probable que algún lector despistado —o pariente aludido— piense que este libro es pura amargura. Se equivoca.
«Este libro no nace del resentimiento: es un acto de lucidez. Es la única herramienta que siempre he tenido sin depender de la aprobación de nadie: mi capacidad de darme cuenta de lo que pasa y mi total falta de vergüenza para llamarlo por su nombre.»
«Durante años cometí el error de dudar de mi propio termómetro. Cuando señalaba que un servicio era abusivo, que un informe estaba mal calculado o que un diagnóstico de siete minutos no tenía base científica, la gente me miraba con preocupación: ‹Yenny, usted es muy exagerada. Todo lo toma a pecho. Bájele dos rayitas›. Y les creí. Llegué a pensar que la del problema era yo.»
«Pero llegó el punto de inflexión —como le llega a todo el que decide dejar de dudar de sus propios ojos—. Entendí que la mediocridad no es un accidente climático que debemos soportar con resignación.»
Y lo más perverso: cuando alguien despierto reclama con datos en la mano, la reacción colectiva no es corregir el error; es tacharlo de «loco», «intenso» o «conflictivo». Es más fácil llamarme loca a mí que admitir que tengo razón y que les toca trabajar de verdad.
Este libro no busca aprobación unánime ni aspira a ser recomendado por departamentos de recursos humanos que basan su cultura en frases de Canva. Busca ser una trinchera compartida para que quien lo lea sepa que no está solo, que no está exagerando.
Ese cansancio acumulado de lidiar con tanta incompetencia no es locura personal: es la constatación de que estamos despiertos en medio de un naufragio de sentido común. Capítulo 27
«Cierro este manuscrito como he decidido vivir: sin pedir disculpas por tener voz propia, sin bajar el volumen de mis reclamos para hacer sentir cómodos a quienes hacen las cosas mal, y con la tranquilidad de quien sabe que la cordura nunca estuvo en juego. El problema no fue mi cabeza; fue el estándar de mediocridad aceptada del mundo que me tocó habitar.»
Cierre
Y colorín colorado… este cuento no se ha acabado.
Porque mientras haya un repartidor preguntando dónde queda la dirección que tiene en la mano, un vecino haciendo guerra por un bombillo fundido, una aerolínea cobrándole hasta por el oxígeno que respira y una nevera chantajeándola con una actualización de software…
seguiré escribiendo.
Porque este libro no es un desahogo. Es un reconocimiento: de que usted y yo nos hemos pasado la vida resolviendo lo que otros dejaron a medias, explicando lo obvio, tragándonos la rabia y pagando por servicios que terminamos haciendo nosotras mismas.
Y no. No estamos locas. Simplemente estamos rodeadas de incompetentes.
Pero aquí estamos. Enteras. De pie. Con el sarcasmo intacto y la paciencia remendada.
Así que la próxima vez que alguien le diga que exagera, que se calme, que no es para tanto… regálele este libro. O mejor: mándeselo por domicilio. A ver si llega.
Nota legal real del libro: «No tomo café. Si alguna versión anterior me puso una taza en la mano, queda oficialmente despedida por incompetente».
Yenny Astrid Londoño es empresaria, escritora, tarotista, creadora de páginas web y fabricante de anchetas —las bajacalzones, como las bautizaron sus hijos—. Diseña páginas web porque le encanta mirar una pantalla vacía y construir algo donde antes no había absolutamente nada. Y a veces una ancheta logra lo que no consiguió un hombre durante diez años de relación: hacer feliz a alguien en menos de cinco minutos.
Este libro está dedicado a su madre, «que me enseñó a pensar antes de obedecer y que, si estuviera aquí, se reiría primero, me regañaría después y terminaría santiguándose por si acaso».
Y a mí. Porque no estaba tan loca. Estaba mamada de explicar lo obvio con plastilina. Dedicatoria