Nuevo libro · Primera edición · 2026
Una guía sarcástica para reconocer a los que sonríen mientras te destruyen.
«Mucho gusto. Vengo a complicarte la existencia y, cuando finalmente reaccionés, voy a decir que cambiaste».
Sería demasiado fácil. Y los hijos de puta nunca juegan tan limpio.
Llegan sonriendo, ofreciendo trabajo, amistad, amor, sociedades o esa ayuda que parece caída del cielo y después llega con factura. Y cuando menos pensás, ya les abriste la puerta de tu casa, de tu negocio, de tu corazón o de tu vida.
Nadie desconfía de quien llega con buena cara. Ese es precisamente el negocio.
Porque los verdaderamente peligrosos casi nunca hacen una entrada espectacular. Se ganan tu confianza poquito a poco. Hasta que un día descubrís que llevan meses —o años— instalados en tu vida, consumiendo tu tranquilidad como si les perteneciera.
Y todavía tienen el descaro de preguntarte por qué ya no sos la misma persona.
Lo más curioso es que casi nunca fue falta de señales. Las señales estaban ahí. Lo que pasa es que uno aprende desde pequeño a justificar lo injustificable.
La mayoría de la gente no cambia cuando consigue poder. Simplemente deja de esconder quién era desde el principio. Introducción
Aclaro algo importante: este libro no habla de un tipo de persona. Habla de todas esas personas que convierten la confianza en un arma y la buena fe de los demás en una oportunidad.
El problema nunca ha sido cómo llegan. El problema es cómo terminan. Advertencia
Si una mala palabra te escandaliza más que una mala persona, este libro probablemente no sea para vos. Advertencia
Cada capítulo se abre en escenas cortas con nombre propio: «El Tinder corporativo», «Las hienas de mi mesa», «El archivo de la loca», «La mula favorita de la finca», «El comité de justificaciones». Así se lee el patrón antes de que se convierta en historia.
No vienen con etiqueta. No traen una calavera impresa en la camisa. No se presentan diciendo: «Mucho gusto. Soy irresponsable, manipulador y tengo serios problemas para respetar límites».
Ojalá. Uno podría agradecer la sinceridad, terminar el café y llegar temprano a la casa.
La advertencia aparece de otras maneras. En la prisa. En la contradicción. En la forma como trata a quien no necesita impresionar. En el primer no. En la primera broma que te humilla y después te obliga a pedir perdón por no reírte.
En la historia donde todas las exparejas estaban locas, todos los jefes eran injustos, todos los amigos traicionaron y esa pobre criatura fue la única inocente durante cuarenta años consecutivos.
Qué mala suerte tan organizada.
Las señales estaban. Muchas veces ella las vio. Solo que les puso nombres más bonitos: carácter, trauma, pasión, mala racha, amor complicado. Y a veces, simplemente, hijueputez.
Las personas se conocen en el tiempo. No en el discurso, no en la primera cita, no en la entrevista, no en el abrazo del familiar que aparece el día de la foto. Capítulo 20 · La letra pequeña
Después de leer doscientas páginas sobre gente de mierda, sería muy fácil salir a la calle mirando sospechosos. El vecino saluda raro. La compañera tarda en responder. El nuevo novio respira demasiado cerca. Listo: culpables todos. No.
Si este libro te deja incapaz de distinguir un error de una estrategia, no aprendiste: te traumatizaste con índice y número de página. La gente buena también mete la pata, llega tarde, se equivoca y dice una estupidez. La diferencia no está en la perfección. Está en lo que hace cuando ve el daño.
No puede prometer que jamás volverá a equivocarse —eso sería escribir otro libro de mentiras—. Pero hay algo que sí puede prometer:
Voy a mirar. Voy a aprender. Y me voy a levantar con la experiencia en una mano y la poca paciencia que me quede en la otra.
La próxima vez alguien va a llegar sonriendo. Porque esto no termina con música épica ni con todos los personajes sospechosos mudándose a otro continente.
Va a llegar una persona amable. Un cliente encantador. Un familiar arrepentido. Una amistad que parece entenderte desde la primera conversación. Tal vez sea alguien bueno. Tal vez no.
Y por primera vez no vas a necesitar decidirlo durante el saludo. Ese es el cambio.
Antes ella entregaba confianza para demostrar que tenía buen corazón. Creía que poner distancia era juzgar, que hacer preguntas era desconfiar y que esperar tiempo podía espantar a la gente.
Ahora sabe que quien merece entrar no necesita tumbar la puerta. Puede esperar. Puede mostrarse.
Sigue confiando. Sigue ayudando —sin abrir un cajero automático en el pecho—. Sigue queriendo —sin firmar su propia desaparición—. Solo que ahora la puerta tiene cerradura y la llave no se entrega durante el saludo.
La vida es demasiado corta para seguir repitiendo la misma puta historia con distinto nombre. Capítulo 20
Y si todavía creés que no… tal vez seas la única persona de la reunión que aún no sabe quién es. Disponible en Amazon.
⚠ Advertencia real: este libro tiene sarcasmo, ironía, humor negro y groserías. Si eso te incomoda más que una mala persona, ya sabés qué hacer.
Yenny Astrid Londoño escribe desde la catarsis y sin filtro: memoria, confesión y sarcasmo en dosis iguales. No tiene un diplomado en narcisistas —según ella, solo tantas horas de práctica de campo que ya debería tener consultorio, placa en la puerta y una secretaria diciendo: «La doctora ya no recibe más casos. Perdió la paciencia con los anteriores».
Este libro se lo dedica a su madre, que no le enseñó a desconfiar de todo el mundo sino algo mucho más útil: a mirar dos veces antes de creer. Y también a sí misma: a la que se cansó de decir «no lo vi venir».
Este libro es mi manera de dejar de sorprenderme por la misma clase de gente con distinto nombre, diferente cara y el mismo hijueputa disfraz. Dedicatoria