La pregunta no era para vos
A la gente que pregunta mucho por la vida de uno hay que ponerle cuidado a la cara, no a la pregunta.
Por Yenny Astrid Londoño · 8 de agosto de 2026 · 3 min

A la gente que pregunta mucho por la vida de uno hay que ponerle cuidado a la cara, no a la pregunta.
Porque la pregunta siempre está bien hecha. Educada, oportuna, con el tono exacto. Que cómo va eso. Que si ya se acomodó. Que si no se le hace muy pesado allá solo. Uno contesta, y ahí es donde se ve todo, porque hay respuestas que le mejoran el ánimo al que preguntó y hay otras que se lo dañan, y no siempre son las que uno se imaginaría.
La que le mejora el ánimo es la que trae una queja adentro. Está duro. No ha sido fácil. A veces uno se pregunta si valía la pena. Con eso la conversación se abre sola: aparecen los consejos, aparece la mano en el hombro, aparece un interés que además es sincero. Nadie está actuando ahí.
La otra, la que dice que uno está bien, produce un silencio de dos segundos y después un cambio de tema. Nadie se ofende, nadie discute, no pasa nada. Simplemente la conversación se quedó sin el motivo por el cual había empezado.
Y es que esa pregunta casi nunca sale sola. Sale de alguien que tuvo la misma bifurcación enfrente y agarró para el otro lado. El que no renunció. El que se quedó en la carrera que no le gustaba porque ya llevaba tres semestres encima. El que aguantó veinte años en una casa donde hacía frío. Esa gente no vive atormentada, la mayoría duerme perfectamente, pero de vez en cuando se les atraviesa alguien que hizo lo contrario y sigue de pie, y entonces una decisión que ya estaba archivada se vuelve a abrir sin permiso.
Preguntar sale más barato que revisar. Ahí está todo. Devolver al otro a la fila cuesta una frase de ocho palabras; salirse uno a mirar la propia vida cuesta bastante más, y hay edades en las que ya no queda dónde ponerla.
Y uno también pregunta así, para qué nos vamos a hacer los sorprendidos. Uno también ha averiguado cómo le está yendo a alguien esperando en silencio que la respuesta venga con un pero adentro. Un pero pequeño, nada grave, nada que le haga daño de verdad. Apenas lo necesario para colgar tranquilo.
Lo que pasa después tiene su gracia. El que responde aprende rápido. La primera vez cuenta todo. La segunda cuenta menos. Para la tercera ya tiene un resumen listo, cortico y amable, que no compromete a nadie ni obliga a nadie a hacer cuentas. Y de tanto administrar la respuesta termina hablando de su propia vida como quien informa el clima.
Lo incómodo del asunto es que ahí casi nunca hay mala intención. La persona sí quiere saber. Lo que pasa es que quiere saberlo de una manera muy específica: necesita que a uno le vaya bien, pero con asterisco. Contento, pero cansado. Que la vaina funcione lo justo para no tener que desearle el fracaso a nadie, y lo suficientemente poco como para no tener que moverse ella de donde está. Qué forma tan hijueputa de acompañar.
Yo no sé qué se hace con esto. Sospecho que nada.
Pero la próxima vez que uno se descubra preguntándole a alguien cómo le va por allá, vale la pena quedarse quieto el segundo que se demora en contestar. ¿Cuál era la respuesta que uno estaba esperando?
Escrito por Yenny Astrid Londoño


