Yenny Astrid Londoño

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Verdades incómodas

¿Estoy con un perverso narcisista? (O es la puta manía de buscarle diagnóstico a un pendejo)

¿Tu pareja es realmente un perverso narcisista o llevás meses intentando diagnosticar a alguien que simplemente te está haciendo daño? Una mirada sin filtros al narcisismo, la manipulación, el gaslighting y la costumbre de buscar explicaciones para lo que ya sabemos que nos destruye.

Por Yenny Astrid Londoño ·2 de octubre de 2026 ·15 min de lectura ·Verdades incómodas
¿Estoy con un perverso narcisista? Portada del artículo de Yenny Astrid

Si vos llegaste hasta acá buscando un test idiota de veinte preguntas para ir marcando casillitas y al final reclamar un certificado que diga “felicitaciones, efectivamente dormís con un narcisista”, te podés ir ahorrando la pérdida de tiempo: la vida real no funciona así, mi amor.

En los últimos años nos dio por llenarnos la boca con palabritas de consultorio para sonar muy evolucionados, muy leídos y muy superados. Narcisista. Gaslighting. Manipulación. Love bombing. Contacto cero. Vos abrís el puto celular y resulta que medio internet tiene un ex narcisista, mientras la otra mitad se la pasa grabando videos de tres minutos explicándote cómo detectarlo por la forma en que respira, parpadea o responde un mensaje de WhatsApp.

Y ahí es donde a mí me empieza a dar putería, se me va el glamour y pierdo la paciencia.

Porque una cosa es aprender a reconocer comportamientos que te están haciendo mierda y otra muy distinta convertir cada porquería humana, cada canallada y cada patanería en un diagnóstico psiquiátrico para sentir que por fin encontraste una explicación. A veces pareciera que decir simplemente “este pendejo me está haciendo la vida imposible” ya no fuera suficiente. Ahora necesitamos saber cómo se llama, qué trastorno tiene, de dónde salió, qué trauma infantil lo produjo y, si nos descuidamos, hasta qué signo zodiacal tiene la culpa. Mientras tanto, la vida de uno vuelta mierda.

A mí me interesa otra pregunta, una de verdad, de esas que queman un poquito cuando uno se atreve a contestarlas. Supongamos que te pasás seis meses pegada a Google, metida en foros maricas y viendo TikToks a las tres de la mañana, con las ojeras por el piso, estresada, aburrida y mamada de aguantarte a ese individuo. Después de semejante investigación seguís sin saber si ese aparecido es un narcisista clínico, un perverso manipulador de libro o, simple y llanamente, un hijueputa con una constancia admirable.

¿Qué cambia? ¿Lo que te hace deja de doler? ¿La humillación pesa menos si el tipo no aparece en un manual de psiquiatría? ¿Recuperás la tranquilidad porque encontraste una palabra en inglés que describe perfectamente la última cagada que te hizo? No, mi cielo. Entonces, ¿por qué putas llevamos tanto tiempo mirando para el lado equivocado?

La trampa de jugar a la psiquiatra en la cama

Vos no necesitás un título en psicología ni tener el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales abierto en la mesa de noche para validar que te están volviendo mierda. Sin embargo, mucha gente termina haciendo precisamente eso: estudiando al otro como si estuviera preparando una tesis, buscando explicaciones para cada comportamiento y tratando de acomodar años de sufrimiento dentro de una definición que finalmente le permita decir: “Ah, era por esto.”

Entender produce una sensación de control. Cuando algo tiene nombre parece menos caótico, y por eso resulta tan tentador seguir investigando. El problema aparece cuando toda esa búsqueda termina concentrada en él: qué piensa, qué siente, por qué actúa así, qué le hicieron cuando era niño, por qué necesita controlar, por qué miente, por qué cambia de humor, por qué un día te adora y al siguiente parece no soportarte. Sin darte cuenta, convertís su cabeza en el centro de tu existencia mientras la tuya se va llenando de dudas.

Puede haber tenido una infancia espantosa, una madre ausente, un padre insoportable, siete traumas sin resolver y material suficiente para tres temporadas de Netflix. Todo eso puede explicar muchas cosas, pero no convierte tu vida en un centro de rehabilitación. Y mucho menos te obliga a quedarte.

Hay cosas que no necesitan un nombre bonito para destruirte

La manipulación y el abuso psicológico no siempre parecen escenas dramáticas de película. Muchas veces ocurren en conversaciones absolutamente normales, entre una comida y otra, dentro de una habitación donde desde afuera no parece estar pasando nada.

Ahí aparece el famoso gaslighting, que internet ya utiliza hasta cuando dos personas recuerdan diferente qué comieron el martes. Pero hay situaciones mucho más jodidas: vos viste algo, escuchaste algo o encontraste una mentira, reclamás y terminás enfrentada a una versión completamente distinta de la realidad. Te dicen que eso nunca ocurrió, que entendiste mal, que exagerás, que sos demasiado sensible, celosa, tóxica o directamente loca. La conversación se repite tantas veces que llega un momento en que dejás de discutir con el otro y empezás a discutir con vos misma.

Entonces repasás conversaciones enteras, volvés a leer mensajes, guardás capturas y tratás de recordar las palabras exactas porque ya no confiás del todo en tu propia memoria. Incluso empezás a preguntarle a alguien más si lo que pasó fue realmente tan grave o si, como te han repetido tantas veces, estás exagerando. Eso es lo verdaderamente jodido: ya no necesitás que el otro te convenza de nada porque aprendiste a desconfiar de vos solita.

Uno puede perder años tratando de entender qué carajos tiene alguien y olvidarse de mirar qué carajos le está pasando a uno.

Uno puede perder años tratando de entender qué carajos tiene alguien y olvidarse de mirar qué carajos le está pasando a uno.

De ser el amor de su vida a no servir para un culo

Al principio eras maravillosa. La mujer más interesante que había conocido, la única capaz de entenderlo, esa conexión que jamás había sentido con nadie. Te subieron a un pedestal tan alto que hasta el vértigo parecía romántico y, seamos sinceros, que a uno lo adoren también es delicioso. Nadie recibe semejante atención pensando: “qué peligro, esto podría terminar muy mal”. Uno piensa que finalmente encontró algo extraordinario.

El problema empieza cuando el pedestal se convierte en tribunal. De pronto tus chistes ya no tienen gracia, tus logros incomodan, las amigas se vuelven mala influencia, la ropa genera discusiones y hasta cosas que antes parecían encantarle ahora son defectos que deberías corregir. No necesitás que nadie te ordene cambiar de personalidad porque aprendés a hacerlo sola: evitás ciertos temas, modificás planes, calculás horarios, dejás pasar comentarios y empezás a medir las palabras para no provocar otra pelea.

Eso ocurre tan despacio que cuesta verlo. Uno no se levanta una mañana pensando: “A partir de hoy voy a desaparecer dentro de esta relación.” Va entregando pedacitos de tranquilidad para mantener la paz hasta descubrir que ya no está viviendo como antes, sino administrando permanentemente el estado de ánimo de otra persona. Y qué hijueputa cansancio vivir así.

Cuando el silencio se convierte en castigo

Hay gente que necesita alejarse unas horas durante una discusión para no terminar diciendo cualquier barbaridad. Perfecto. Una cosa es decir “estoy demasiado enojado, necesito calmarme y después hablamos” y otra muy diferente es quitarte deliberadamente la palabra, el afecto y hasta la existencia para dejarte cocinando en angustia.

Ahí el silencio deja de sentirse como una pausa y empieza a funcionar como castigo. Vos intentás hablar, explicar, arreglar, preguntar qué pasa y cada intento rebota contra una pared. Después de suficientes horas o días, la discusión original pierde importancia porque lo único que querés es que esa persona vuelva a tratarte normalmente. Entonces cedés. A veces hasta pedís perdón sin saber exactamente por qué, y cuando finalmente recibís un mensaje, una palabra o una caricia sentís una descarga inmediata. Pero muchas veces eso que sentís no es felicidad. Es alivio. Y vivir esperando alivio después de períodos de angustia puede confundirse peligrosamente con amor.

La culpa invertida es una hijueputa obra de arte

Esta merece estudio aparte porque hay gente verdaderamente talentosa. Vos descubrís una mentira y reclamás. La conversación empieza hablando de algo que hizo la otra persona, pero poco a poco aparecen tu tono de voz, aquella cagada que cometiste hace cuatro años, tus celos, tu carácter, tu manera de preguntar y hasta el hecho de que revisaste algo que supuestamente no debías revisar. Tres horas después, la mentira original desapareció de la conversación y vos terminaste llorando, defendiendo tus intenciones o pidiendo perdón por haber reaccionado.

¿Cómo putas llegamos hasta acá? Ni idea. El acusado salió absuelto y la denunciante terminó condenada. Una hijueputa obra maestra.

Lo grave no es que ocurra una vez. Todos hemos tenido discusiones absurdas y todos alguna vez hemos desviado una conversación porque aceptar que la cagamos da una pereza monumental. El problema aparece cuando esa dinámica se vuelve la manera habitual de resolver cualquier conflicto y terminás aprendiendo que reclamar tiene un precio tan alto que resulta más fácil callarte.

Y un día empezás a quedarte sola

Al principio les contabas a tus amigas lo que pasaba. Después comenzaste a omitir ciertos detalles porque ya sabías lo que iban a responder. Más adelante preferiste no contar nada: parte por vergüenza, parte porque estabas cansada de escuchar “¿otra vez?” y parte porque defender permanentemente una relación que te hace llorar también agota.

Entonces aparece algo curioso. Frente a los demás empezás a explicar que él no es malo, que también tiene cosas maravillosas, que nadie conoce realmente la relación, que vos tampoco sos fácil y que todas las parejas tienen problemas. Algunas de esas cosas incluso pueden ser ciertas, pero ninguna cambia lo que ocurre cuando se cierra la puerta. Y así uno puede terminar sintiéndose completamente solo estando acompañado.

No siempre hace falta que alguien te prohíba ver a tus amigos o te quite el teléfono. A veces el aislamiento ocurre porque te cansaste de explicar, porque ya no querés escuchar opiniones o porque admitir en voz alta lo que está pasando te obligaría a reconocer algo que todavía no estás preparado para enfrentar. Mientras menos hablás, más pequeña se vuelve tu realidad. Hasta que la versión del otro empieza a ocupar demasiado espacio.

El día en que empezás a preguntarte si la loca sos vos

Para mí, esta es una de las partes más jodidas de una relación que te está destruyendo: cuando dejás de confiar en tu propio criterio. Antes sabías perfectamente qué te gustaba, qué no estabas dispuesto a permitir y hasta dónde llegaban tus límites. Ahora necesitás consultar, comprobar, recordar y revisar porque cualquier certeza dura cinco minutos antes de que alguien consiga volteártela.

Y ahí aparece la pregunta que duele de verdad: “¿Será que el problema soy yo?” Claro que vos también tenés defectos. Todos los tenemos. Podés ser celosa, malgeniada, cansona, desconfiada, impulsiva o tener un carácter de mierda algunos días. Reconocer eso no significa aceptar que toda la relación se explique por tus defectos. Una cosa es asumir lo propio y otra cargar también con lo ajeno porque alguien aprendió a devolverte cada reclamo convertido en culpa.

Además, hay una diferencia enorme entre pensar “tengo cosas que mejorar” y vivir convencida de que todo lo malo ocurre porque vos existís de la manera equivocada. Cuando llegaste hasta ahí, quizá ya investigaste suficiente al otro. Es hora de mirarte.

Mirate a vos, no a él

Llega un momento en que uno tiene que soltar la lupa de detective y agarrar el puto espejo. Podés llevar meses tratando de entender qué carajos le pasa a esa persona sin darte cuenta de todo lo que ha cambiado en vos. Tal vez ya no vivís con la misma tranquilidad, te alejaste de gente que querías, abandonaste cosas que disfrutabas o empezaste a medir cada palabra antes de hablar para evitar una pelea.

Lo más jodido es que esos cambios rara vez ocurren de golpe. Uno va cediendo pequeñas partes de sí mismo porque en ese momento parece más fácil. Hoy evitás una conversación, mañana cancelás un plan, después dejás de usar algo que genera discusiones y más adelante preferís no contar lo que pensás. Cada renuncia parece pequeña cuando ocurre por separado, pero juntas pueden terminar construyendo una versión de vos que apenas reconocés.

“No necesito saber qué trastorno tenés vos para saber que no me gusta en quién me estoy convirtiendo a tu lado.”
No necesito saber qué trastorno tenés vos para saber que no me gusta en quién me estoy convirtiendo a tu lado.

No necesito saber qué trastorno tenés vos para saber que no me gusta en quién me estoy convirtiendo a tu lado.

El único test que me interesa

No voy a preguntarte si cumple siete criterios de nueve ni a ponerte a sumar puntos para descubrir qué premio te ganaste. Me interesa saber si empezaste a pensar demasiado antes de hablar para evitar problemas, si ocultás situaciones perfectamente normales porque conocés la discusión que viene detrás o si alguna vez terminaste disculpándote después de reclamar algo que te hicieron a vos.

También vale la pena mirar las cosas que dejaste por el camino. Quizá te alejaste de alguien, renunciaste a una actividad que disfrutabas, cambiaste tu manera de vestir, dejaste de salir o aprendiste que era menos agotador ceder que discutir. Puede que ahora guardés mensajes para comprobar que no imaginaste una conversación o necesités contarle a alguien lo ocurrido para confirmar que tu reacción tiene sentido. No hace falta sumar nada. Tampoco existe un resultado escondido al final. Prestale atención a lo que te incomodó reconocer. Eso probablemente te está contando bastante.

La obsesión por entenderlo también puede mantenerte ahí

Hay una trampa especialmente seductora en todo esto: creer que si finalmente entendés por qué esa persona actúa así vas a encontrar la manera de arreglar la relación. Entonces investigás su infancia, sus heridas, las relaciones anteriores, el miedo al abandono y cualquier explicación que permita ordenar el desastre. Y como ahora comprendés de dónde vienen algunas conductas, aparece la esperanza de que con suficiente paciencia, amor y comprensión puedas ayudarlo a cambiar.

Ahí es donde uno termina haciendo de pareja, psicólogo, mamá, enfermero, motivador y centro de rehabilitación emocional, todo incluido y sin cobrar mensualidad. No, mi amor. Comprender a alguien no te convierte en responsable de repararlo. Podés entender perfectamente por qué una persona se comporta de determinada manera y aun así decidir que no querés vivir recibiendo las consecuencias. Su historia merece comprensión si vos querés dársela; tu tranquilidad también merece respeto. Y a veces llevamos tanto tiempo tratando de salvar a alguien que ni siquiera notamos quién necesita salir del agua.

¿Y si todavía lo amo?

Ahí se complica la película, porque sería maravilloso que las personas dejaran de amar exactamente el día en que descubren que una relación les hace daño. Uno recoge sus cosas, cierra la puerta, suena una canción de fondo y aparecen los créditos. Pero la vida tiene la mala costumbre de ser bastante más hijueputa.

Podés amar a alguien y estar agotada de vivir con él. Podés extrañar la versión de esa persona que conociste al principio, recordar momentos hermosos y al mismo tiempo saber que el presente te está haciendo mierda. Incluso podés irte queriéndolo. El amor no convierte automáticamente una relación en un buen lugar para quedarse. Tampoco borra el miedo, la humillación, la ansiedad ni devuelve todo lo que fuiste perdiendo por el camino. A veces uno no necesita dejar de amar para marcharse. Necesita empezar a quererse también.

Dejá de esperar el diagnóstico que te dé permiso

Tal vez esa sea la verdadera razón por la que algunas personas pasan meses buscando información sobre narcisismo: necesitan una sentencia externa que les confirme que tienen derecho a estar cansadas. Si él es oficialmente narcisista, entonces sí puedo irme. Si lo que hace se llama abuso, entonces mi dolor es válido. Si encuentro suficientes señales, entonces nadie podrá decirme que exageré.

Pero ¿desde cuándo necesitás montar un tribunal para decidir con quién querés compartir tu propia vida? No necesitás demostrar que alguien es un monstruo para reconocer que ya no querés estar ahí. Tampoco hace falta convertirlo en el peor ser humano del planeta. Puede tener cualidades, momentos buenos, gente que lo adore y una versión completamente diferente de la historia. Y aun así vos podés decir: “Esta relación ya no la quiero para mí.” Eso basta.

No necesitás demostrar que alguien es un monstruo para aceptar que ya no querés vivir con él.

No necesitás demostrar que alguien es un monstruo para aceptar que ya no querés vivir con él.

Entonces, ¿estoy con un perverso narcisista?

Puede ser. Puede que no. Tal vez algún profesional que evalúe a esa persona pueda ponerle un nombre a lo que ocurre en su cabeza y quizá nunca lo sepas. Pero después de todo esto, a mí esa pregunta me interesa bastante menos.

Me importa más saber cómo vivís cuando nadie está mirando. Si podés expresarte sin calcular las consecuencias, conservar tus amistades, tomar decisiones propias, equivocarte sin recibir una condena eterna y poner un límite sin que después tengas que pagar emocionalmente por haberlo hecho. Me interesa saber si esa relación te permite seguir siendo vos o si llevás tanto tiempo acomodándote que ya ni siquiera recordás cuánto espacio ocupabas antes.

Porque uno puede perder años tratando de averiguar qué carajos tiene alguien y olvidarse de revisar qué carajos le está pasando a uno. No necesitás saber qué trastorno tiene otra persona para aceptar que no te gusta en quién te estás convirtiendo a su lado. No necesitás convencer a tus amigos, conseguir un diagnóstico, reunir pruebas para un juicio imaginario ni esperar que el otro reconozca todo lo que hizo.

Tu trabajo tampoco es salvarlo. Si algo te duele constantemente, prestale atención. Si vivís angustiada, no lo normalicés. Si dejaste de reconocerte, preguntate qué has ido entregando para sostener esa relación. Y si después de mirar todo eso seguís queriendo saber si dormís al lado de un perverso narcisista, podés seguir buscando la respuesta. Yo solamente te dejaría otra pregunta antes de apagar la luz: ¿Importa tanto saber qué es él, si ya sabés lo que esa relación está haciendo con vos?

Preguntas que me hacen siempre

¿Cómo sé si mi pareja es narcisista?

No podés confirmar un diagnóstico clínico con un test de internet ni observando una lista de conductas. Pero tampoco necesitás un diagnóstico para reconocer que una relación te está haciendo daño y decidir qué límites necesitás.

¿El gaslighting siempre significa que alguien es narcisista?

No. Una conducta manipuladora no demuestra por sí sola un trastorno de personalidad. Lo importante en tu vida cotidiana es reconocer el patrón, su frecuencia y el efecto que tiene sobre vos.

¿Puedo querer a alguien y aun así decidir irme?

Claro. Querer a alguien y reconocer que una relación no te hace bien pueden existir al mismo tiempo. Irse no exige convertir al otro en un monstruo.

¿Necesito que la otra persona reconozca lo que hizo para cerrar la relación?

No. A veces esa explicación o disculpa nunca llega. Tu decisión sobre lo que querés para tu vida no depende de que la otra persona esté de acuerdo con tu versión.

Nota: Este texto es una columna de opinión y reflexión. No sustituye una evaluación profesional de salud mental ni pretende diagnosticar a una persona concreta.

El libro

No todos los hijos de puta vienen con advertencia

Guía sarcástica para reconocer a los que sonríen mientras te destruyen

Sobre la autora

Yenny Astrid Londoño

Escribo porque matar es ilegal. Empresaria, tarotista, fabricante de anchetas y autora de libros donde el sarcasmo y la honestidad brutal se turnan el micrófono. Si esto te removió algo, probablemente en alguno de mis libros te vas a encontrar completa.

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