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Yenny Astrid Londoño

Humor y vida real

Mayéutica, Kant y preguntas mal formuladas: manual de supervivencia para madres con hijos filósofos

Mi hijo mayor es filósofo. Entre mayéutica, Kant y una anécdota de la tienda, aprendí que la honestidad sale cara en una casa con un filósofo.

Por Yenny Astrid Londoño · 23 de octubre de 2026 · 3 min

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Portada del artículo «Mayéutica, Kant y preguntas mal formuladas», escrito por Yenny Astrid Londoño. Yenny Astrid Londoño y su hijo filósofo en la cocina: él sostiene un diploma de Filosofía y ella muestra el libro Putas historias, putos escritos

Mi hijo mayor es filósofo.

Ese pequeño detalle ya debería venir con un cartel de advertencia, porque uno no puede pretender llegar inocentemente ante él a pedirle su humilde opinión. O simplemente a contarle alguna pendejada que le esté pasando en ese momento por la cabeza, sin sentir que comparece ante la mismísima Santa Inquisición.

No, vida hijueputa.

Con Brayan una simple opinión, una pregunta inofensiva o una simple conclusión puede llegar a convertirse en una batalla campal sobre la moral, la existencia humana y cualquier otra maricada que ni me pasaba por la cabeza cuando se me ocurrió la excelente idea de dejarlo inconscientemente entrar en mis pensamientos.

Imagen del artículo «Mayéutica, Kant y preguntas mal formuladas», escrito por Yenny Astrid Londoño. El hijo con su diploma de filósofo, ella con el libro Putas historias, putos escritos, en plena discusión en la cocina

Y ahí es cuando me arrepiento soberanamente de haber abierto la boca.

Y es que dejemos algo claro: a mí siempre me ha gustado dar mi punto de vista, hasta cuando nadie me lo pedía.

La filosofía, la ética, la religión, la puta política...

(Hablar de esa manada de ladrones es tentador, pero mejor quedémonos callados).

¿Sí ven? Esa manía mía de perderme en mis pensamientos... Ya me desvié de lo que estaba diciendo. Jajajajaja. Qué puta costumbre tan marica.

Pero hablando en serio, retomemos el tema de mi pitufo filósofo... El todo es que la conducta humana y la existencia siempre han sido temas atractivos para mí. Y para mí la filosofía es práctica. Soy filósofa de vida, de las de calle, de las que aprendieron a pensar a punta de golpes y facturas. El meollo del asunto empezó cuando mi criatura decidió estudiar Filosofía, y ahora tiene título, diploma y gafas de pensador, como el pitufo ese que vive sermoneando a toda la aldea y ni papá pitufo se salva.

Y lo que para mí era pensar, razonar y decidir resultó ser, depende del contexto:

  • Mayéutica.
  • Epistemología.
  • Ontología.
  • Fenomenología.

Y fue allí cuando mi espíritu competitivo me llevó a leer, estudiar e investigar cada día un poco más, porque no tendré un título... pero que no me vayan a tildar de ignorante tampoco.

Para muestra, un botón: una vez se me ocurrió contarle, de la manera más inocente del mundo —para el que tiene el placer de conocerme, ya sabrá de mi inocencia y humildad, jajajaja—, el caso es que yo, con esa inocencia que me caracteriza y más contenta que marrano estrenando lazo, corrí de idiota a contarle que en la tienda me habían devuelto de más.

Pero se me olvidó que no le estaba contando mi anécdota a cualquiera; tenía enfrente a mi filósofo inquisidor y el asunto escaló a niveles insospechados. Lo que para mí era una bendición divina, para él se convirtió en un debate ético sobre la justicia distributiva, la moral socioeconómica y el imperativo categórico de Kant (término elegante para insinuar que soy una ladrona de tienda de barrio). Salí de la cocina sintiéndome el ser más inmoral del planeta por una bendita vuelta mal dada. ¡Dios tratando de ayudar a un pobre, a una pobre mujer luchona... y la academia arruinándome el milagro!

Y el que no entienda, ¡que estudie filosofía!

Moraleja: En el hogar de un filósofo con título y una moral intachable, la ignorancia se paga caro y la honestidad... te cuesta un ojo de la cara. Pero aprendí la lección: ahora estudio Mayéutica en secreto no para ganarle un debate a mi hijo, sino para saber defender mis "bendiciones divinas" con argumentos de peso la próxima vez que intente encenderme la hoguera.

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