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Yenny Astrid Londoño

Humor y vida real

No estoy loca. Estoy cansada de pensar por todo el mundo.

No siempre es locura ni mal genio. A veces es cansancio de explicar, corregir y resolver lo que otros dejan a medias. Una reflexión con humor y límites.

Por Yenny Astrid Londoño · 29 de julio de 2026 · 16 min

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Portada del artículo «No estoy loca. Estoy cansada de pensar por todo el mundo.», escrito por Yenny Astrid Londoño. Yenny Astrid en su escritorio con la frase No estoy loca, estoy rodeada de incompetentes

Detrás de los libros

Yo no quería escribir un libro sobre incompetentes.

En serio.

Hubiera preferido escribir sobre gente eficiente.

Habría sido mucho más corto.

Tal vez un folleto.

Dos páginas.

Con suerte tres si incluíamos agradecimientos.

Pero la vida insistió.

Un trámite sencillo necesitaba seis llamadas.

Una instrucción enviada por escrito terminaba en una pregunta cuya respuesta estaba, con admirable descaro, en la primera línea.

Un servicio que yo estaba pagando conseguía convertir al cliente en supervisor, técnico, investigador y, si quedaba tiempo, terapeuta del empleado que no encontraba la solución.

Y ahí empecé a sospechar que quizá yo no estaba perdiendo la paciencia.

Quizá la paciencia llevaba años trabajando horas extras.

No es locura. Es cansancio acumulado.

De hacer lo propio y, además, administrar el descuido ajeno.

Durante mucho tiempo uno escucha ciertas frases y termina dudando de sí mismo.

—Sos muy exigente.

—Todo te molesta.

—No es para tanto.

—Dejá así.

La última me encanta.

“Dejá así” es una de esas frases extraordinarias que casi siempre pronuncia alguien que no va a pagar las consecuencias de dejarlo así.

Si el pedido llega mal, lo arreglo yo.

Si el documento tiene errores, lo corrijo yo.

Si nadie verificó la dirección, adiviná quién termina llamando.

Si algo se vence porque nadie recordó la fecha, aparece la misma persona de siempre buscando cómo solucionarlo.

Entonces claro.

Para el resto del mundo todo es pequeño.

Porque el pequeño problema generalmente termina viviendo en mi escritorio.

¿Cuándo empezaste a pensar por todo el mundo?

Probablemente el día que resolverlo vos resultó más rápido que esperar a que alguien más lo hiciera bien.

Ahí empieza la trampa.

Uno resuelve una vez.

Porque hay afán.

Porque el cliente está esperando.

Porque no hay tiempo para explicar de nuevo.

Porque corregirlo tarda cinco minutos y volver a enseñarlo puede tomar media hora.

Perfecto.

El problema es que la excepción aprende rápido.

Y al poco tiempo ya no estás ayudando.

Estás funcionando como sistema de respaldo humano.

Recordás.

Revisás.

Confirmás.

Preguntás si ya hicieron lo que dijeron que iban a hacer.

Y después preguntás por qué no lo hicieron.

Eso también es trabajo.

Solo que nadie lo pone en la factura.

El problema de ser la persona que siempre resuelve es que el mundo empieza a confundirte con servicio técnico.

Cuando la incompetencia deja de ser error y se vuelve sistema

Equivocarse es humano. Hacer de no mirar una metodología ya es otra vaina.

No me molesta que alguien se equivoque.

Yo me equivoco.

Muchísimo.

He tomado decisiones que merecían testigos, notario y probablemente intervención familiar.

Ese no es el punto.

Lo que me agota es la falta de intento.

No leer antes de preguntar.

No mirar antes de decir que algo no está.

No verificar antes de transferir el problema.

No pensar treinta segundos porque resulta más cómodo encontrar a alguien que piense por uno.

Ahí sí me dan ganas de sacar la plastilina.

Y unas fichas.

Y quizá una presentación con dibujos.

Aunque, con mi suerte, después me preguntarían dónde está el botón de “siguiente”.

La trampa de ser la que resuelve

Ser capaz es una ventaja hasta que todos empiezan a usar tu capacidad como infraestructura pública.

Esta parte sí me toca de frente.

A mí me gusta resolver.

No porque sea mártir.

Porque me gusta que las cosas funcionen.

Me gusta crear.

Organizar.

Encontrar una salida.

Ver un problema y pensar cómo arreglarlo.

Eso es parte de mí.

El problema aparece cuando una habilidad termina convertida en obligación permanente.

Como sabés hacerlo, hacelo.

Como sos rápida, revisalo.

Como tenés criterio, decidí.

Como siempre salís adelante, encargate.

Y sin darse cuenta, todo el mundo empieza a descansar un poquito sobre vos.

Uno.

Otro.

Otro más.

Hasta que un día entendés por qué estás cansada aunque técnicamente “no pasó nada grave”.

No pasó una cosa grande.

Pasaron quinientas pequeñas.

Llega un punto en que una deja de explicar y empieza a poner límites

No porque dejó de querer. Porque finalmente entendió que querer no obliga a hacerse cargo.

El límite más difícil no siempre es decir “no”.

A veces es dejar que alguien resuelva.

Aunque se demore.

Aunque lo haga distinto.

Aunque uno vea desde lejos que va directo contra una pared y tenga que sentarse encima de las manos para no intervenir.

Porque cuando una ha pasado años evitando consecuencias ajenas, permitir que existan parece crueldad.

No lo es.

Es devolver responsabilidades a su dueño.

Si una persona tiene una tarea, también tiene derecho a aprender qué pasa cuando no la hace.

Y vos tenés derecho a no convertir cada error externo en una emergencia personal.

Esto aplica al trabajo.

A la familia.

A las parejas.

A los amigos.

Y a esa especie fascinante de adulto funcional que de repente olvida cómo hacer cualquier cosa apenas descubre que vos sabés hacerla.

Los 27 capítulos: un recorrido por la incompetencia cotidiana

No tuve que inventar monstruos. Me alcanzó con observar oficinas, chats, calles, médicos, vecinos, ex y cajas de autoservicio.

El libro tiene una apertura, 27 capítulos y un cierre.

Y sí.

Veintisiete.

Porque aparentemente la incompetencia tiene una capacidad de expansión que debería estudiar la NASA.

También están los médicos de consulta exprés.

Los contratistas del “mañana sin falta”.

Los vecinos que convierten un bombillo en conflicto internacional.

Los vendedores que llaman palacio a cualquier hueco.

Los gimnasios y su fauna del sudor con autoestima.

Y, por supuesto, los ex.

Porque si vamos a hablar de incompetencia emocional, sería irresponsable dejarlos por fuera.

¿Por qué reírse de todo esto?

Porque hay días donde la otra opción es explicar por novena vez y ya gastamos la plastilina.

Este libro no nació del odio.

Eso sería agotador.

Nació de mirar situaciones absurdas y pensar:

Esto no puede ser solamente a mí.

Y no.

No era.

Hay una especie de reconocimiento instantáneo cuando alguien cuenta que llamó a servicio al cliente para resolver un problema y terminó enseñándole al asesor cómo funcionaba el servicio.

O cuando un adulto pregunta algo que acaba de leer.

O cuando pagás por una solución y terminás solucionándola.

La risa aparece porque reconocerse acompaña.

Y porque el sarcasmo tiene una ventaja maravillosa:

permite decir la verdad sin convertir cada día en una denuncia formal.

No quiero un mundo sin errores. Quiero uno donde la gente mire antes de preguntar, lea antes de llamar y trate de resolver durante treinta segundos antes de transferirle el trabajo al primero que conteste.

¿Para quién escribí No estoy loca, estoy rodeada de incompetentes?

Para quien alguna vez terminó haciendo dos trabajos y todavía tuvo que escuchar que estaba de mal genio.

Para la persona que explica.

Corrige.

Repite.

Resuelve.

Y después se pregunta por qué está agotada.

Para quien alguna vez salió de una llamada pensando que la única persona que no entendía el problema era justamente la que estaba contratada para resolverlo.

Para quien ha dudado de su propio criterio porque alrededor le dicen “no es para tanto”.

Y para quien se ha preguntado en silencio si el sentido común se volvió un servicio premium.

El libro

No estoy loca, estoy rodeada de incompetentes

Una apertura, 27 capítulos y un cierre sobre trabajo, familia, servicios, médicos, burocracia, tecnología, ex, vecinos, repartidores y otras pruebas cotidianas de paciencia. Humor, memoria y verdades incómodas sin convertir la vida en una charla motivacional.

Y no.

El libro no propone que vos seas la única persona inteligente del planeta.

Qué cansancio semejante responsabilidad.

Propone algo mucho más simple:

que dejemos de llamar “exigencia” a pedir que alguien haga lo que dijo que iba a hacer.

Que dejemos de llamar “mal genio” al cansancio de repetir.

Y que, de vez en cuando, antes de preguntar:

miremos.

Leamos.

Pensemos.

Treinta segundos.

Tampoco estoy pidiendo un doctorado.

El libro

El libro

Manual de supervivencia para una mujer que trabaja, piensa y termina arreglando lo que otros dejaron a medias

Sin respirar dentro de una bolsa ni repetir “todo fluye”. Con sentido común alcanza bastante.

Seguí leyendo

No estoy loca. Simplemente dejé de confundir paciencia con disponibilidad ilimitada para arreglarle la vida a todo el mundo.

Sobre la autora

Yenny Astrid Londoño

Escribe sobre relaciones, trabajo, decisiones, pérdidas, gente complicada y ese momento incómodo en que una deja de preguntarse si está exagerando y empieza a confiar otra vez en sus propios ojos.

Preguntas frecuentes sobre cansancio mental y límites

¿Estar cansada de la incompetencia significa ser intolerante?

No. Una cosa es exigir perfección y otra muy distinta cansarse de repetir instrucciones, corregir errores previsibles o terminar resolviendo tareas que alguien más debía hacer. El problema no es que la gente se equivoque; es cuando convierte no mirar, no leer y no intentar en costumbre.

¿Cómo poner límites a personas que siempre dejan todo a medias?

El límite empieza cuando dejás de rescatar automáticamente. Podés explicar una vez, definir qué corresponde a cada persona y permitir que existan consecuencias cuando alguien no cumple. Resolver siempre lo ajeno puede parecer eficiencia, pero también enseña que siempre vas a estar disponible para arreglarlo.

¿Por qué una persona termina pensando por todo el mundo?

Porque muchas veces hacerlo una vez evita un problema inmediato. El problema aparece cuando esa solución excepcional se vuelve rutina: pensás, recordás, verificás y corrigís por todos. Con el tiempo no solo hacés tu trabajo; administrás también la atención ajena.

¿No estoy loca, estoy rodeada de incompetentes es un libro de autoayuda?

No. Es un libro de humor, memoria, observación cotidiana y verdades incómodas. No promete convertirte en una persona más positiva ni enseñarte a respirar frente a la incompetencia. Se ríe de situaciones reales y de esa sensación de terminar arreglando lo que otros dejaron a medias.

¿Cuántos capítulos tiene No estoy loca, estoy rodeada de incompetentes?

El libro tiene una apertura, 27 capítulos y un cierre. Recorre trabajo, servicio al cliente, familia, salud, trámites, relaciones, tecnología, tránsito, vecinos, compras y muchas otras pequeñas zonas donde lo sencillo consigue complicarse de manera admirable.

¿El libro habla solo de mujeres?

No. La voz parte de mi experiencia como mujer, pero las situaciones son reconocibles para cualquiera que alguna vez haya tenido que explicar lo obvio, corregir un trabajo ajeno, sobrevivir a una llamada de servicio al cliente o preguntarse cómo una tarea de dos minutos terminó necesitando una reunión.

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