Se grita por muchas cosas.
Uno grita cuando está feliz, cuando está emputado, cuando se asusta, cuando algo duele, cuando quiere que lo escuchen o cuando intenta que otro entienda que ya llegó al límite.
También existe esa gente que habla a los gritos desde las siete de la mañana sin que esté ocurriendo absolutamente nada. Eso ya pertenece a otra rama de la investigación humana.
Pero esos gritos no son los que más me preocupan.
Los peores son los que no hacen ruido.
Cuando alguien grita, uno sabe qué hacer
El problema empieza justo cuando no hay ningún ruido
Voltea.Pregunta qué pasó.Corre.Se asusta.
Algo afuera avisa que algo adentro no está bien.
El problema comienza cuando no hay ningún ruido. Cuando alguien se levanta, se baña, se viste, trabaja, responde mensajes, paga cuentas, pregunta qué van a comer y hasta se ríe de alguna pendejada mientras por dentro lleva un escándalo que nadie alcanza a escuchar.
Eso pasa más de lo que creemos.
Guardala o mandásela a quien la necesite hoy
Uno aprende a sufrir con una normalidad impresionante
Cómo empieza el entrenamiento para sufrir en silencio
Al principio duele y se nota.Después sigue doliendo, pero hay cosas que hacer.Y ahí empieza el entrenamiento.
Hay que levantarse porque toca trabajar. Hay que preparar comida porque alguien tiene hambre. Hay que responder «bien, gracias» porque explicar cómo está uno realmente puede tomar cuarenta minutos y la persona que preguntó probablemente tampoco esperaba semejante informe.
Entonces uno aprende.A sonreír.A cambiar de tema.A decir «estoy cansado».
Diccionario del que sufre en silencio
«Estoy cansado»
Qué palabra tan práctica. Puede significar:
- Dormí malLa versión oficial, la que todo el mundo acepta sin repreguntar.
- Tengo problemasPero no caben en la conversación que estamos teniendo.
- No quiero hablarY menos ahora, y menos acá.
- Estoy hartoDe esto, de aquello y de un par de cosas más.
- Llevo tres días……sintiendo que la vida me pasó por encima en reversa.
Pero dice «estoy cansado» y nadie hace demasiadas preguntas. Perfecto. Problema administrativo resuelto.
Tenemos una idea bastante cinematográfica del dolor
Creemos que quien está mal tiene que verse mal
Lo curioso es que después la gente se sorprende. «Yo nunca me imaginé que estaba pasando por eso».
Claro.
Creemos que alguien que está mal tiene que llorar. Tiene que dejar de funcionar. Tiene que mandar alguna señal suficientemente evidente para que los demás podamos identificarla sin hacer demasiado esfuerzo.
Sería maravilloso.Hasta podríamos ponerle luces.
Pero el dolor pocas veces tiene semejante consideración.
A veces una persona que está hecha mierda se ríe más que todos. Hace chistes. Trabaja como si nada. Ayuda a otros. Pregunta cómo están los demás. Y cuando le preguntan cómo está, responde que bien.
Hay personas extraordinariamente buenas fingiendo que no pasa nada.
Y no necesariamente porque quieran engañar. A veces llevan tanto tiempo funcionando así que ya ni siquiera sienten que están fingiendo. Se acostumbraron.
El edificio sostenido con palitos de helado
La capacidad humana de normalizar lo que nunca debió serlo
El ser humano tiene una capacidad impresionante para acostumbrarse a situaciones que jamás deberían convertirse en normales.
Aguanta.Acomoda.Justifica.Mueve un poquito aquello.Traga esto.Deja lo otro para después.
Hasta que un día tiene un edificio entero sostenido con palitos de helado y todavía dice:
—No, tranquilo, yo puedo.
Seguramente puede. La pregunta es cuánto le está costando.
A veces el grito no sale por la boca
El cuerpo también habla, y es menos diplomático
Las heridas que no se ven igual dejan señales
La piel cambia. La mirada cambia. El sueño se va para el carajo. El cansancio deja de arreglarse durmiendo. La persona que antes hablaba por horas empieza a responder con dos palabras. Alguien que siempre quería salir deja de aparecer. Otro comienza a molestarse por cualquier cosa.
Y uno puede mirar todo eso desde afuera y pensar que está raro, que se volvió antipático, que está distante.
Puede ser.
Tampoco cada cambio de humor esconde una tragedia griega. Hay días en que uno simplemente está mamado de la humanidad y quisiera apagar el teléfono. Eso también existe.
Pero otras veces no es eso. A veces alguien lleva meses tratando de sostener algo que le queda demasiado pesado.
«Vos sos fuerte» y otras condenas disfrazadas de elogio
Lo que pasa cuando por fin intenta hablar
Y resulta particularmente jodido cuando intenta hablar y recibe las respuestas de siempre.
Esa última me encanta.
Uno está vuelto mierda y le recuerdan que es fuerte. Muchas gracias. Qué descanso. Ahora, además del problema, toca hacer honor al título.
Ser fuerte se ha convertido algunas veces en una condena bastante bien disfrazada de elogio.
A la persona fuerte nadie la mira demasiado. Puede con todo. Resuelve. Se levanta. Siempre ha salido adelante. Entonces todos descansan tranquilos mientras el fuerte sigue cargando.
Hasta los fuertes se cansan.Eso tampoco debería ser una revelación científica.
Certificado de sufrimiento. Dos fotocopias. Firma autenticada.
Sobre la costumbre de exigirle pruebas al dolor
Hay heridas que se ven. Un golpe. Una cicatriz. Un brazo inmovilizado.
Y existen otras que nadie puede señalar con el dedo. Una palabra repetida durante años. Una humillación. El miedo de llegar a casa. Sentirse insuficiente todos los días. Perder a alguien. Quedarse donde uno ya no quiere estar. Tener que aparentar que algo no dolió porque, aparentemente, existe una competencia mundial para decidir qué sufrimiento merece respeto.
No sé en qué momento empezamos a exigirle pruebas al dolor. Como si alguien tuviera que presentar documentación.
Certificado de sufrimiento.Dos fotocopias.Firma autenticada.
De lo contrario, probablemente está exagerando.
Hay dolores que no hacen ruido
Preguntar «¿estás bien?» no alcanza
Todos conocemos la respuesta automática
Y tampoco estoy diciendo que uno tenga que caminar por la vida analizando cada mirada de sus amigos, familiares y conocidos. Bastante complicado resulta entenderse uno mismo como para convertirse además en investigador privado de la estabilidad emocional ajena.
Pero sí podríamos aprender a mirar un poquito mejor.
Especialmente porque todos conocemos la respuesta automática.Sí.Estoy bien.
Uno debería escuchar también cómo lo dicen. Y, sobre todo, aprender a quedarse un momento después de preguntar.
Porque hay personas que no hablan a la primera. Ni a la segunda. Tal vez porque tienen miedo de molestar. Porque no saben explicar qué les pasa. Porque están acostumbradas a que les respondan con una solución rápida. O porque alguna vez intentaron hablar y terminaron arrepentidas de haber abierto la boca.
Por eso algunos gritos terminan quedándose adentro. No porque no quieran salir. Porque no encontraron por dónde.
Y ahí es cuando aparecen en los ojos.En el cuerpo.En los silencios.En esa manera rara de desaparecer estando todavía presente.
Quizá alguna vez fuiste vos
Y lo que de verdad sirve casi nunca es una solución
El que siguió trabajando cuando quería acostarse y desaparecer del mundo un rato. El que se rio en una reunión y después llegó a la casa sin ganas de hablar con nadie. El que contestó «todo bien» porque no tenía energía para empezar por el principio.
No siempre necesitamos que alguien venga a arreglarnos. De hecho, hay momentos en que las soluciones rápidas provocan ganas de mandar a todo el mundo para la mierda.
A veces alcanza con que alguien vea. Que escuche. Que no minimice. Que no convierta inmediatamente lo que sentimos en una lección de vida.
Porque no toda mierda viene a enseñarnos algo. Algunas simplemente duelen. Y ya.
Por eso, de vez en cuando, vale la pena mirar dos veces
No para salvar a nadie
Por eso sigo pensando que los peores gritos son los que nadie escucha. Los que no rompen nada. Los que no alarman a los vecinos. Los que no hacen voltear cabezas.
Esos que uno aprende a cargar mientras sigue haciendo mercado, pagando servicios y preguntando qué hay para mañana.
A veces están en la piel.A veces en los ojos.A veces en un silencio que antes no estaba.
Y otras veces están perfectamente escondidos detrás de una persona que parece estar bien.
Por eso, de vez en cuando, vale la pena mirar dos veces. No para salvar a nadie. No somos superhéroes y bastante trabajo tenemos tratando de salvarnos nosotros.
Simplemente para no cometer el error de creer que porque no escuchamos el grito, no existe.
Los peores gritos no hacen ruido.
A veces uno aprende a vivir con ellos hasta que los demás
creen que el silencio significa que ya no duele.
Preguntas que me llegan siempre
Lo que escribe la gente después de leer esto
¿Qué son los gritos que nadie escucha?
Son los dolores que no hacen ruido: el malestar de alguien que se levanta, trabaja, responde mensajes y hasta se ríe, mientras por dentro lleva un escándalo que nadie alcanza a oír. No rompen nada, no alarman a los vecinos y no hacen voltear cabezas, y por eso pasan desapercibidos.
¿Cómo reconocer a alguien que sufre en silencio?
Pocas veces por el llanto. Suele notarse en cambios: la mirada, la piel, el sueño que se descompone, el cansancio que ya no se arregla durmiendo, alguien que antes hablaba por horas y ahora responde con dos palabras, o que dejó de aparecer. No todo cambio de humor esconde una tragedia, pero vale la pena mirar dos veces.
¿Por qué alguien que está mal dice que está bien?
Porque explicar cómo está uno realmente puede tomar cuarenta minutos y quien preguntó no esperaba semejante informe. Con los años se aprende a sonreír, a cambiar de tema y a decir «estoy cansado», una frase que sirve para casi todo y con la que nadie hace demasiadas preguntas.
¿Qué decirle a alguien que está sufriendo en silencio?
Menos frases y más presencia. «No pensés tanto», «hay gente peor» o «vos sos fuerte» no ayudan: cierran la conversación. Preguntar «¿estás bien?» tampoco alcanza, porque la respuesta automática es sí. Sirve más escuchar cómo lo dicen y quedarse un momento después de preguntar, sin minimizar ni convertir lo que siente en una lección de vida.
Sobre la autora
Yenny Astrid Londoño
Escribo porque matar es ilegal. Empresaria, tarotista, fabricante de anchetas y autora de seis libros donde el sarcasmo y la honestidad brutal se turnan el micrófono. Si esto te removió algo, probablemente en alguno de mis libros te vas a encontrar completa.
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