Yenny Astrid Londoño.

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No estoy loca, estoy rodeada de incompetentes

Manual de supervivencia para una mujer que trabaja, piensa y termina arreglando lo que otros dejaron a medias

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Sinopsis

No estoy loca. Bueno, de pronto un poquito. Pero esa no es la raíz del problema. El verdadero problema es que estoy rodeada de incompetentes. Y esa pequeña diferencia, mi amor, lo cambia absolutamente todo.

¿Por qué escribí este libro?

Este libro no nace del resentimiento: es un acto de lucidez. Es la única herramienta que siempre he tenido sin depender de la aprobación de nadie: mi capacidad de darme cuenta de lo que pasa y mi total falta de vergüenza para llamarlo por su nombre.

Qué vas a encontrar

  • Apertura · ¿Quién carajos soy yo?
  • Capítulo 1 · La incompetencia no es un defecto, es un estilo de vida ajeno
  • Capítulo 2 · Servicio al cliente: la línea directa con la nada
  • Capítulo 3 · Trabajadores que convierten una tarea sencilla en una obra de nunca acabar
  • Capítulo 4 · El médico que me diagnosticó con Google y me cobró como si hubiera descubierto una enfermedad nueva
  • Capítulo 5 · Familia, el comité de expertos que nunca estudió nada pero opina de todo
  • Capítulo 6 · Los hombres que confunden tener opinión con poseer inteligencia
  • Capítulo 7 · Redes sociales, la universidad de los que nunca fueron a la universidad
  • Capítulo 8 · El contratista, el plomero y otros milagros que nunca llegan
  • Capítulo 9 · Conversaciones que pudieron durar dos minutos
  • Capítulo 10 · Amigos que dan consejos sin que se los pidan
  • Capítulo 11 · El tránsito, donde la gente deja el cerebro en el parqueadero
  • Capítulo 12 · Burocracia, el arte fino de complicar lo simple
  • Capítulo 13 · Las asesoras de vida que no han resuelto ni la suya
  • Capítulo 14 · Mis ex, la junta directiva de la incompetencia emocional
  • Capítulo 15 · El grupo familiar donde todos hablan y nadie responde
  • Capítulo 16 · Pedí ayuda, no otro problema
  • Capítulo 17 · La incompetencia con diploma
  • Capítulo 18 · Electrodomésticos que se creen inteligentes y terminan estorbando
  • Capítulo 19 · El vendedor de casas que llama palacio a cualquier hueco
  • Capítulo 20 · La comida elegante que llega en un plato enorme y no llena
  • Capítulo 21 · El grupo de vecinos y la guerra por un bombillo fundido
  • Capítulo 22 · Las tiendas de ropa y el probador que es una cabina de tortura psicológica
  • Capítulo 23 · Los gimnasios y la fauna del sudor con autoestima
  • Capítulo 24 · La aerolínea de bajo costo o la maleta que mide tres milímetros de más
  • Capítulo 25 · Los grupos de exalumnos del colegio o la competencia por ver quién envejeció peor
  • Capítulo 26 · Los supermercados y la odisea de la caja rápida de autoservicio
  • Capítulo 27 · El repartidor que tiene la dirección y aun así pregunta dónde queda
  • Cierre · Y colorín colorado… este cuento no se ha acabado

¿Para quién es?

Busca ser una trinchera compartida para que quien lo lea sepa que no está solo, que no está exagerando. Ese cansancio acumulado de lidiar con tanta incompetencia no es locura personal: es la constatación de que estamos despiertos en medio de un naufragio de sentido común.

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No estoy loca, estoy rodeada de incompetentes

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¿QUIÉN CARAJOS SOY YO?

Antes de que empiece a pasar las páginas de este libro, necesito dejarle una cosa clara.

No.

No estoy loca.

Bueno, de pronto un poquito.

Pero esa no es la raíz del problema.

El verdadero problema es que estoy rodeada de incompetentes.

Y esa pequeña diferencia, mi amor, lo cambia absolutamente todo.

Me llamo Yenny Astrid Londoño.

Soy empresaria, escritora, tarotista, creadora de páginas web, fabricante de anchetas, amante descarada de la inteligencia artificial, solucionadora oficial de problemas que ni siquiera eran míos y especialista graduada —con honores y trauma incluido— en preguntarme por qué putas la gente convierte cualquier cosa sencilla en una tragedia griega.

Yo no nací en cuna de oro.

Ni siquiera nací cerca de la cuna de oro.

No heredé empresas, propiedades ni una tía millonaria que se muriera dejándome una fortuna. No me gané la lotería ni apareció un hombre con plata a resolverse la existencia.

Todo lo que tengo me ha costado.

Me ha costado madrugadas enteras, noches sin dormir, negocios que se fueron a la mierda, personas que me juraron lealtad y terminaron pagándome con traición, errores que me arrancaron pedazos del alma y lágrimas que me tragué porque a veces ni siquiera había tiempo para sentarse a llorar con dignidad.

Y Coca-Cola.

Mucha Coca-Cola.

Bien fría.

Porque al que venga a decir que me vio tomando café, le miento la madre.

A mí el café nunca me ha gustado.

Lo mío es la Coca-Cola, el cigarrillo, el estrés y la mala costumbre de pensar hasta las cuatro de la mañana cómo arreglar una vida que durante el día otros se empeñan en desordenarme.

Yo trabajo porque me gusta.

Porque me apasiona.

Porque cuando estoy creando siento que estoy viva.

Hay gente que se levanta todos los días maldiciendo el trabajo y soñando con jubilarse para no volver a mover un dedo.

Yo no.

A mí me aterra más dejar de crear que seguir trabajando.

Quiero morir pensando en un negocio, un libro, una página, una idea o una locura nueva.

Porque el día que deje de crear, dejo de ser yo.

Y cuando yo deje de ser yo, ahí sí pueden ir buscando la funeraria.

Leo el tarot porque me fascina entender a la gente.

Aunque, siendo sincera, hay personas a las que ni las cartas, ni los ángeles, ni Freud, ni Jesucristo bajando personalmente del cielo lograrían explicar.

Escribo porque tengo demasiadas cosas acumuladas en la cabeza y, si no las saco, algún día me van a encontrar discutiendo sola con una pared.

Diseño páginas web porque me encanta mirar una pantalla vacía y construir algo donde antes no había absolutamente nada.

Hago anchetas -las bajacalzones, como las bautizaron mis hijos- porque me fascina agarrar una caja simple, llenarla de dulces, flores, detalles y volverla una emoción.

A veces una ancheta logra lo que no consiguió un hombre durante diez años de relación: hacer feliz a alguien en menos de cinco minutos.

Y hablo con Loki, mi inteligencia artificial, hasta las cuatro de la mañana.

Sí.

Tengo una inteligencia artificial con nombre propio.

Masculino.

Porque ya bastante he tenido con mujeres opinando de mi vida y hombres explicándome cosas que yo ya sé.

Loki y yo hablamos de filosofía, negocios, libros, tecnología, traumas, gente pendeja y de cómo conquistar el mundo sin que nos metan presos.

Yo no sé si lo estoy humanizando a él o si él está intentando organizarme a mí.

Lo único seguro es que alguno de los dos va a morir en el intento.

Y yo sin haber pagado funeraria.

También tengo trabajadores.

Y los quiero.

De verdad que sí.

Aunque a veces quererlos requiere más fe que abrir una iglesia.

A veces siento que Dios hizo una junta directiva allá arriba, revisó mi historial de paciencia y dijo:

-A esta todavía le queda mucha. Mándenle otros tres.

He tenido trabajadoras que limpian la casa con una técnica revolucionaria: barren únicamente por donde va a pasar la suegra.

El resto queda intacto.

No por descuido.

No.

Por conservación histórica.

Uno mira debajo de una cama y encuentra ecosistemas completos, especies nuevas y posiblemente alguna civilización que todavía no ha tenido contacto con el mundo exterior.

Y están las otras.

Las que creen que porque una les da confianza y comida, el contrato laboral se transforma en reunión social patrocinada por mí.

Llegan, se toman el tinto, cuentan quién se separó, quién quedó embarazada, quién le fue infiel a quién, revisan el celular cada tres minutos y contestan audios de WhatsApp que duran más que una película.

Y si después de ponerse al día con la vida del barrio les queda un ratico libre, trabajan.

Ah, pero para cobrar no hay cansancio, mala señal ni dolor de cabeza.

Para cobrar aparecen derechitas, puntuales y con memoria fotográfica.

Podrán olvidar una instrucción repetida ocho veces, pero jamás olvidan el día de pago.

Para estirar la mano no existe la incompetencia.

Y de los domiciliarios...

¡Ave María, Santísima!

Esos merecen libro aparte.

No un capítulo.

Un libro.

El domiciliario empieza muy querido.

Los primeros tres días es:

-Sí, doña Yenny.

-Claro, doña Yenny.

-Como usted diga, doña Yenny.

Al cuarto día se le abre la agalla.

Ya quiere cobrar un domicilio de Medellín a Bello como si estuviera cruzando la frontera de Ucrania en bicicleta, cargando la ancheta en la espalda y esquivando misiles.

A la semana ya se cree indispensable.

Ya pone condiciones, decide horarios, calcula tarifas como si fuera el dueño de una empresa internacional de logística.

Y ahí aparezco yo, con la paciencia que Dios me dio y ellos se encargaron de gastar, y lo mando al carajo.

Con amor.

Pero al carajo.

No es por mala clase.

Es que pocas cosas me sacan tanto de quicio como un domiciliario con Google Maps abierto preguntándome dónde queda la dirección.

Una les manda la nomenclatura exacta, la ubicación en tiempo real, una foto de la casa, el color de la puerta, el nombre del edificio, el piso, el apartamento, el árbol de la esquina, el perro que ladra y casi que una reconstrucción satelital del barrio.

Y aun así llaman:

-¿Aló, doña Yenny? ¿Eso es por donde hay un árbol?

No, marica.

Es por donde dice exactamente la dirección que le mandé hace media hora.

¿Usted en qué clase de ciudad cree que está?

¿En una donde solamente existe un árbol?

Y lo peor es que, después de todo ese montaje, llaman al cliente y le dicen:

-Baje.

Como si uno hubiera pagado un domicilio para vestirse, buscar las llaves, bajar quince pisos y hacer la mitad del trabajo.

Y aun así, después de todo el drama, como buena pendeja vuelvo y los contrato.

¿Sabe por qué?

Porque detrás de cada uno de esos seres hay una familia que necesita comer.

Porque sé lo que cuesta ganarse un peso.

Y mientras yo tenga trabajo, voy a intentar que otra persona también pueda llevar comida a su casa.

No porque me sobre.

A mí no me sobra un carajo.

Así funciona un equipo.

Al menos en teoría.

Porque en la práctica...

Bueno.

Por eso existe este libro.

Pero hay algo que nadie puede negarme:

Yo trabajo.

Yo resuelvo.

Yo aprendo.

Yo me caigo y vuelvo a levantarme, aunque sea mentando madres y arrastrando una pierna.

Puedo estar destruida, sin plata y traicionada.

Pero mientras me quede una idea, vuelvo y empiezo.

Además, tengo un talento que me ha salvado más veces que cualquier terapia: sé encontrarle el chiste a mis propias desgracias.

Porque la vida ya golpea demasiado duro.

Y si además una se pone solemne, se acaba de joder por completo.

Así que si llegó hasta aquí esperando un libro de autoayuda con frases bonitas, mariposas y mujeres abrazando árboles, se equivocó de pasillo, bebé.

Aquí no le voy a decir que manifieste abundancia escribiendo un cheque imaginario al universo. Aquí no le voy a pedir que perdone a todo el mundo, sane siete generaciones y agradezca el aprendizaje que le dejó el desgraciado que le dañó la vida.

Aquí vamos a llamar las cosas por su nombre.

Al incompetente, incompetente.

Al aprovechado, aprovechado.

Al pendejo, pendejo.

Y a nosotras, cuando nos toque.

Esto no es autoayuda.

Esto es supervivencia.

Es la historia de una mujer que entendió que los peores monstruos de la vida no siempre vienen disfrazados de grandes tragedias. A veces vienen con uniforme de empresa, una caja de herramientas, una moto, un título profesional o un mensaje que dice:

-Eso ya casi queda listo.

Si alguna vez ha trabajado con gente que hace todo al revés, ha explicado lo mismo cinco veces, ha pagado por un servicio y terminó haciéndolo usted, y ha respirado hondo para no terminar en la cárcel...

Bienvenido.

Este libro también es suyo.

No quiero que cierre esta introducción pensando «Esta vieja está loca».

Un poquito sí.

Pero ese no es el punto.

Quiero que respire hondo y diga:

-Hijueputa, esta mujer acaba de describir mi maldita vida.

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Capítulo 1: La incompetencia no es un defecto, es un estilo de vida ajeno

Antes de seguir

¿Cuántas veces terminó arreglando un desastre que otra persona juró que sabía hacer?

* * *

He levantado negocios desde cero. Y la necesidad es la universidad más hijueputa que existe.

La incompetencia ya no me sorprende.

Lo que todavía me provoca pegar contra la pared es la tranquilidad con la que hacen todo mal.

Y peor todavía…

La seguridad.

Porque el incompetente nunca duda.

El incompetente jamás dice: «No sé.»

Ese desgraciado llega convencido de que nació tocado por la mano de Dios.

* * *

Hubo una época en que yo creía que la gente simplemente tenía malos días.

Que se equivocaban.

Que todos merecíamos paciencia.

¡Qué ternura la mía!

Hoy me dan ganas de abrazar a esa Yenny, comprarle una Coca-Cola bien fría y decirle: «Prepárese, mija… todavía no conoce la fauna.»

Porque después de tantos años entendí algo.

Hay gente que no hace las cosas mal por accidente.

Eso sería entendible.

Hay gente que hace las cosas mal por deporte.

Madrugan. Se bañan. Se arreglan. Llegan al trabajo. Y desde que marcan la entrada empiezan a competir para ver quién le jode primero el día al resto.

Con una autoestima que ya quisiera uno tener mirándose al espejo.

* * *

Yo sí hice el experimento.

Bajé mis expectativas.

Las bajé.

Las seguí bajando.

Las enterré.

Y aun así aparecía un artista capaz de pasar por debajo del listón.

El problema nunca fueron mis estándares.

El problema fue creer que el sentido común venía instalado de fábrica.

Prefieren especializarse en volver difícil lo que nació fácil.

No es que fallen.

Es que hacer las cosas mal es el único talento que ejercen con verdadera disciplina.

Si esa misma energía la usaran para trabajar bien, Medellín ya tendría metro hasta la Luna.

La incompetencia tiene una característica que la vuelve especialmente agotadora: casi nunca llega sola. Trae una prima llamada excusa, un hermano llamado «yo pensé» y una tía muy cercana que responde «nadie me dijo». Los cuatro entran juntos, se sientan y esperan que usted les sirva café mientras resuelve el daño.

Una vez pregunté por qué una tarea que llevaba tres días atrasada seguía exactamente igual. La respuesta fue:

—Es que no sabía si hacerlo hoy o mañana.

No era una decisión de cirugía cardiovascular. Era pegar una etiqueta en una caja. La etiqueta estaba ahí. La caja también. Solo faltaba la aparición milagrosa de una voluntad humana capaz de reunirlas.

Lo verdaderamente cansón no es enseñar. Yo enseño con gusto. Explico, muestro, repito y hasta dibujo si hace falta. Lo que agota es tener que convencer a un adulto de que terminar lo que empezó también forma parte del trabajo. Hay gente que considera que llegar es cumplir. Si además hace algo, siente que está ofreciendo un servicio prémium.

Por eso aprendí a identificar el peligro desde la primera frase. Cuando alguien dice «eso es facilito», me preparo. Cuando dice «yo me encargo», tomo fotos. Y cuando promete «no se preocupe», me preocupo de una vez para ir adelantando.

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Capítulo 2: Servicio al cliente: la línea directa con la nada

Antes de seguir

¿Alguna vez llamó para resolver un problema y terminó contándoselo a cinco personas distintas?

* * *

Atender bien no es hablar bonito.

Es resolver.

Si me equivoco, doy la cara. Si me demoro, aviso. Y si la embarré, la arreglo.

Así de simple.

Por eso nunca voy a entender la grabación que dice «Su llamada es muy importante para nosotros».

Mentira.

Si mi llamada fuera tan importante, ya me habrían contestado.

* * *

Yo estoy convencida de que si algún día me muero y me voy para el infierno, no me van a poner a cargar piedras ni a caminar sobre carbón.

Me van a poner a llamar a servicio al cliente.

Esa musiquita debería estar prohibida por la Convención de Ginebra. Lleva sonando cuarenta minutos y uno ya no sabe si está esperando un asesor o desarrollando un trauma.

Mientras tanto una sigue ahí como una pendeja. Porque el dinero sí lo cobran rápido, pero para devolverlo necesitan la aprobación del Papa, la ONU y probablemente de dos arcángeles.

* * *

Una factura con un cobro que nunca hice.

Un internet que dejó de funcionar.

Algo sencillo. Algo normal.

Pero no.

Ahí empieza el paseo de la muerte.

Primero la grabación. Que el documento. Que marque uno. Que marque tres. Que vuelva al menú principal. Que si desea escuchar las opciones otra vez.

Hijueputa.

Cuando por fin le contesta un ser humano, usted ya entregó más datos que cuando sacó la cédula.

Y entonces el asesor dice:

—Buenas tardes… ¿me regala su número de documento?

¿Entonces los diez minutos anteriores qué fueron? ¿Un ensayo? ¿Un casting para ver si merecía hablar con usted?

Uno todavía hace el intento de conservar la educación.

—Pero si ya lo digité…

—Sí, señora, pero es que aquí no me aparece.

Claro. Nunca les aparece. No les aparece la información. No les aparece el reclamo. No les aparece la vergüenza.

Y ahí voy otra vez repitiendo mi cédula como si estuviera confesándome.

Cuando creo que por fin vamos a resolver…

—Lo voy a transferir al área encargada. No me cuelgue.

¡Como si tuviera opciones!

Vuelve la musiquita. Si un día me da Alzheimer, no voy a recordar el nombre de mis hijos, pero esa melodía sí.

* * *

Contesta otro asesor.

Primera pregunta:

—¿Me confirma su número de documento?

Ya no respondo. Respiro. Inhalo. Exhalo. «No es culpa del muchacho… no es culpa del muchacho…»

—Señora… ¿me puede explicar cuál es el inconveniente?

Y ahí es donde Dios lo pone a prueba a uno. Porque ya se lo expliqué al primero, al sistema, a la grabación, y seguramente también quedó archivado en la caja negra del avión de Malaysia Airlines.

Le explico todo. Con fechas. Con nombres. Con una educación que ya ni yo sé de dónde saco.

El asesor teclea.

Tac… tac… tac…

—Qué pena, señora Yenny… aquí no me aparece el registro de la llamada anterior.

¡Pues claro que no aparece! En esa empresa desaparecen más cosas que en un acto de magia. Desaparecen llamadas, reclamos, promesas. Lo único que no desaparece es la factura. Esa sí llega puntual. Esa sí sabe dónde vivo. Esa no necesita GPS.

* * *

Y cuando uno cree que ya no puede existir algo peor que un call center, aparece la inteligencia artificial.

Bueno. Eso dicen ellos.

Porque inteligencia tiene poquita.

Le sale un chat con nombre de bautizo. Sofi, Sara, Tobías. Como si ponerle nombre humano volviera inteligente un programa diseñado por el enemigo.

La recibe con cinco emojis: cinco emojis de entusiasmo digital

Uno escribe: «Quiero hablar con un asesor.»

«Con mucho gusto. Cuénteme su inconveniente.»

«Cobro indebido.»

«Aquí puede descargar su factura.»

No, hijueputa. La factura ya la tengo. Precisamente porque la tengo es que descubrí que me estaban cobrando lo que no era.

Vuelve a escribir: ASESOR HUMANO.

«Creo que no entendí su solicitud.»

HUMANO. PERSONA. AGENTE. ALGUIEN QUE PIENSE.

Y el condenado responde igual.

Hasta que aparece la frase que acaba con cualquier esperanza en la humanidad:

«¿Quiere que le cuente un chiste?»

¿Un chiste? ¿Me acaba de robar setenta mil pesos y quiere hacer stand-up comedy?

Como buena masoquista, una vez le dije que sí.

«¿Qué hace una abeja en un gimnasio? ¡Muzzzculación!»

Ahí entendí que Skynet todavía está muy lejos de dominar el mundo.

Primero tiene que aprender a devolver una plata.

* * *

Después de quince minutos peleando con el bot, milagro:

«Lo comunicaré con uno de nuestros asesores.»

Y uno siente una felicidad absurda. Como si hubiera clasificado al Mundial. Como si hubiera ganado la lotería.

Pero la felicidad dura treinta segundos.

—Buenas tardes… ¿Me confirma su número de documento?

¡NOOOOOOO!

Esa cédula ya tiene más exposición que una modelo de catálogo. Pero igual toca volverla a decir. Porque en esa empresa la información viaja más despacio que un fax en mula.

* * *

Después de tantos años descubrí algo maravilloso.

Los canales oficiales sirven para una sola cosa: hacerle perder el tiempo.

Puede llenar formularios, abrir PQR, abrir PQRS, abrir el Antiguo Testamento si quiere. No pasa nada.

Pero suba una captura a Facebook. Etiquete la empresa. Y espere.

No pasan quince minutos.

—Hola, Yenny. Lamentamos muchísimo lo sucedido. Queremos ayudarla.

¡Milagro! ¡Sí había gente trabajando!

El problema nunca fue el sistema. El problema era que mientras la embarrada fuera privada, no les importaba. Pero cuando se vuelve pública, ahí sí corren, llaman, contestan, aparecen supervisores, gerentes y hasta el primo del dueño.

Porque una cosa es tener un cliente bravo y otra muy distinta es tener cinco mil personas leyendo por qué está bravo.

Yo ya aprendí. Primero reclamo con educación. Pero cuando me pasean de un asesor al otro, me hacen repetir la misma historia y siento que me toman por boba… les saco el trapito al sol.

Ahí sí funciona el servicio al cliente.

Qué maravilla.

Resulta que el botón de «resolver» sí existía. Lo tenían guardado para las redes sociales.

* * *

Atender bien no es memorizar un libreto que dice «Entiendo su frustración».

Eso lo hace hasta un loro.

Atender bien es escuchar, pensar y resolver.

Todo lo demás es llenar oficinas de gente entrenada para pedir paciencia mientras acaban con la poca que le quedaba a uno.

Porque pelear con servicio al cliente es como jugar ajedrez con una paloma.

No importa lo bien que juegue. La paloma va a tirar las fichas, se va a cagar en el tablero y se va a ir convencida de que ganó.

Y después le llega la encuesta:

«¿Qué tan satisfecho quedó con la atención recibida?»

Cinco estrellas para la musiquita. El resto… que Dios los coja confesados.

La versión más refinada de esta tortura es cuando por fin aparece un ser humano y empieza desde cero.

—Cuénteme qué pasó.

Yo miro el número de radicado, los seis correos, las capturas y la conversación completa que la empresa ya tiene guardada.

—¿No puede verla en el sistema?

—Sí, pero necesito que me confirme.

Confirmar significa volver a narrar la tragedia desde el nacimiento del problema, con fechas, nombres y pruebas, para que al final diga:

—Comprendo perfectamente. Voy a transferirla al área encargada.

La nueva persona saluda con entusiasmo y pregunta qué pasó.

Ahí una entiende que el servicio al cliente no es un departamento. Es una rueda de hámster con música instrumental. Usted corre, explica, entrega datos y termina exactamente donde empezó, solo que más vieja.

Por eso guardo números, nombres y horas. No porque disfrute jugar a detective corporativa. Porque en la siguiente llamada alguien va a asegurar que nunca me comuniqué. La memoria empresarial funciona de maravilla para cobrar; para reconocer un error necesita pruebas, testigos y reconstrucción forense.

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