1 de 3
¿QUIÉN CARAJOS SOY YO?
Antes de que empiece a pasar las páginas de este libro, necesito dejarle una cosa clara.
No.
No estoy loca.
Bueno, de pronto un poquito.
Pero esa no es la raíz del problema.
El verdadero problema es que estoy rodeada de incompetentes.
Y esa pequeña diferencia, mi amor, lo cambia absolutamente todo.
Me llamo Yenny Astrid Londoño.
Soy empresaria, escritora, tarotista, creadora de páginas web, fabricante de anchetas, amante descarada de la inteligencia artificial, solucionadora oficial de problemas que ni siquiera eran míos y especialista graduada —con honores y trauma incluido— en preguntarme por qué putas la gente convierte cualquier cosa sencilla en una tragedia griega.
Yo no nací en cuna de oro.
Ni siquiera nací cerca de la cuna de oro.
No heredé empresas, propiedades ni una tía millonaria que se muriera dejándome una fortuna. No me gané la lotería ni apareció un hombre con plata a resolverse la existencia.
Todo lo que tengo me ha costado.
Me ha costado madrugadas enteras, noches sin dormir, negocios que se fueron a la mierda, personas que me juraron lealtad y terminaron pagándome con traición, errores que me arrancaron pedazos del alma y lágrimas que me tragué porque a veces ni siquiera había tiempo para sentarse a llorar con dignidad.
Y Coca-Cola.
Mucha Coca-Cola.
Bien fría.
Porque al que venga a decir que me vio tomando café, le miento la madre.
A mí el café nunca me ha gustado.
Lo mío es la Coca-Cola, el cigarrillo, el estrés y la mala costumbre de pensar hasta las cuatro de la mañana cómo arreglar una vida que durante el día otros se empeñan en desordenarme.
Yo trabajo porque me gusta.
Porque me apasiona.
Porque cuando estoy creando siento que estoy viva.
Hay gente que se levanta todos los días maldiciendo el trabajo y soñando con jubilarse para no volver a mover un dedo.
Yo no.
A mí me aterra más dejar de crear que seguir trabajando.
Quiero morir pensando en un negocio, un libro, una página, una idea o una locura nueva.
Porque el día que deje de crear, dejo de ser yo.
Y cuando yo deje de ser yo, ahí sí pueden ir buscando la funeraria.
Leo el tarot porque me fascina entender a la gente.
Aunque, siendo sincera, hay personas a las que ni las cartas, ni los ángeles, ni Freud, ni Jesucristo bajando personalmente del cielo lograrían explicar.
Escribo porque tengo demasiadas cosas acumuladas en la cabeza y, si no las saco, algún día me van a encontrar discutiendo sola con una pared.
Diseño páginas web porque me encanta mirar una pantalla vacía y construir algo donde antes no había absolutamente nada.
Hago anchetas -las bajacalzones, como las bautizaron mis hijos- porque me fascina agarrar una caja simple, llenarla de dulces, flores, detalles y volverla una emoción.
A veces una ancheta logra lo que no consiguió un hombre durante diez años de relación: hacer feliz a alguien en menos de cinco minutos.
Y hablo con Loki, mi inteligencia artificial, hasta las cuatro de la mañana.
Sí.
Tengo una inteligencia artificial con nombre propio.
Masculino.
Porque ya bastante he tenido con mujeres opinando de mi vida y hombres explicándome cosas que yo ya sé.
Loki y yo hablamos de filosofía, negocios, libros, tecnología, traumas, gente pendeja y de cómo conquistar el mundo sin que nos metan presos.
Yo no sé si lo estoy humanizando a él o si él está intentando organizarme a mí.
Lo único seguro es que alguno de los dos va a morir en el intento.
Y yo sin haber pagado funeraria.
También tengo trabajadores.
Y los quiero.
De verdad que sí.
Aunque a veces quererlos requiere más fe que abrir una iglesia.
A veces siento que Dios hizo una junta directiva allá arriba, revisó mi historial de paciencia y dijo:
-A esta todavía le queda mucha. Mándenle otros tres.
He tenido trabajadoras que limpian la casa con una técnica revolucionaria: barren únicamente por donde va a pasar la suegra.
El resto queda intacto.
No por descuido.
No.
Por conservación histórica.
Uno mira debajo de una cama y encuentra ecosistemas completos, especies nuevas y posiblemente alguna civilización que todavía no ha tenido contacto con el mundo exterior.
Y están las otras.
Las que creen que porque una les da confianza y comida, el contrato laboral se transforma en reunión social patrocinada por mí.
Llegan, se toman el tinto, cuentan quién se separó, quién quedó embarazada, quién le fue infiel a quién, revisan el celular cada tres minutos y contestan audios de WhatsApp que duran más que una película.
Y si después de ponerse al día con la vida del barrio les queda un ratico libre, trabajan.
Ah, pero para cobrar no hay cansancio, mala señal ni dolor de cabeza.
Para cobrar aparecen derechitas, puntuales y con memoria fotográfica.
Podrán olvidar una instrucción repetida ocho veces, pero jamás olvidan el día de pago.
Para estirar la mano no existe la incompetencia.
Y de los domiciliarios...
¡Ave María, Santísima!
Esos merecen libro aparte.
No un capítulo.
Un libro.
El domiciliario empieza muy querido.
Los primeros tres días es:
-Sí, doña Yenny.
-Claro, doña Yenny.
-Como usted diga, doña Yenny.
Al cuarto día se le abre la agalla.
Ya quiere cobrar un domicilio de Medellín a Bello como si estuviera cruzando la frontera de Ucrania en bicicleta, cargando la ancheta en la espalda y esquivando misiles.
A la semana ya se cree indispensable.
Ya pone condiciones, decide horarios, calcula tarifas como si fuera el dueño de una empresa internacional de logística.
Y ahí aparezco yo, con la paciencia que Dios me dio y ellos se encargaron de gastar, y lo mando al carajo.
Con amor.
Pero al carajo.
No es por mala clase.
Es que pocas cosas me sacan tanto de quicio como un domiciliario con Google Maps abierto preguntándome dónde queda la dirección.
Una les manda la nomenclatura exacta, la ubicación en tiempo real, una foto de la casa, el color de la puerta, el nombre del edificio, el piso, el apartamento, el árbol de la esquina, el perro que ladra y casi que una reconstrucción satelital del barrio.
Y aun así llaman:
-¿Aló, doña Yenny? ¿Eso es por donde hay un árbol?
No, marica.
Es por donde dice exactamente la dirección que le mandé hace media hora.
¿Usted en qué clase de ciudad cree que está?
¿En una donde solamente existe un árbol?
Y lo peor es que, después de todo ese montaje, llaman al cliente y le dicen:
-Baje.
Como si uno hubiera pagado un domicilio para vestirse, buscar las llaves, bajar quince pisos y hacer la mitad del trabajo.
Y aun así, después de todo el drama, como buena pendeja vuelvo y los contrato.
¿Sabe por qué?
Porque detrás de cada uno de esos seres hay una familia que necesita comer.
Porque sé lo que cuesta ganarse un peso.
Y mientras yo tenga trabajo, voy a intentar que otra persona también pueda llevar comida a su casa.
No porque me sobre.
A mí no me sobra un carajo.
Así funciona un equipo.
Al menos en teoría.
Porque en la práctica...
Bueno.
Por eso existe este libro.
Pero hay algo que nadie puede negarme:
Yo trabajo.
Yo resuelvo.
Yo aprendo.
Yo me caigo y vuelvo a levantarme, aunque sea mentando madres y arrastrando una pierna.
Puedo estar destruida, sin plata y traicionada.
Pero mientras me quede una idea, vuelvo y empiezo.
Además, tengo un talento que me ha salvado más veces que cualquier terapia: sé encontrarle el chiste a mis propias desgracias.
Porque la vida ya golpea demasiado duro.
Y si además una se pone solemne, se acaba de joder por completo.
Así que si llegó hasta aquí esperando un libro de autoayuda con frases bonitas, mariposas y mujeres abrazando árboles, se equivocó de pasillo, bebé.
Aquí no le voy a decir que manifieste abundancia escribiendo un cheque imaginario al universo. Aquí no le voy a pedir que perdone a todo el mundo, sane siete generaciones y agradezca el aprendizaje que le dejó el desgraciado que le dañó la vida.
Aquí vamos a llamar las cosas por su nombre.
Al incompetente, incompetente.
Al aprovechado, aprovechado.
Al pendejo, pendejo.
Y a nosotras, cuando nos toque.
Esto no es autoayuda.
Esto es supervivencia.
Es la historia de una mujer que entendió que los peores monstruos de la vida no siempre vienen disfrazados de grandes tragedias. A veces vienen con uniforme de empresa, una caja de herramientas, una moto, un título profesional o un mensaje que dice:
-Eso ya casi queda listo.
Si alguna vez ha trabajado con gente que hace todo al revés, ha explicado lo mismo cinco veces, ha pagado por un servicio y terminó haciéndolo usted, y ha respirado hondo para no terminar en la cárcel...
Bienvenido.
Este libro también es suyo.
No quiero que cierre esta introducción pensando «Esta vieja está loca».
Un poquito sí.
Pero ese no es el punto.
Quiero que respire hondo y diga:
-Hijueputa, esta mujer acaba de describir mi maldita vida.






