Yenny Astrid Londoño.

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No todos los hijos de puta vienen con advertencia

Guía sarcástica para reconocer a los que sonríen mientras te destruyen

Español200 páginaseBookTapa blanda

Sinopsis

Llegan sonriendo, ofreciendo trabajo, amistad, amor, sociedades o esa ayuda que parece caída del cielo y después llega con factura. Y cuando menos pensás, ya les abriste la puerta de tu casa, de tu negocio, de tu corazón o de tu vida. Nadie desconfía de quien llega con buena cara. Ese es precisamente el negocio.

¿Por qué escribí este libro?

Este libro no habla de un tipo de persona. Habla de todas esas personas que convierten la confianza en un arma y la buena fe de los demás en una oportunidad. Este libro es mi manera de dejar de sorprenderme por la misma clase de gente con distinto nombre, diferente cara y el mismo hijueputa disfraz.

Qué vas a encontrar

  • Sarcasmo, ironía, humor negro y groserías.
  • Verdades que no vienen envueltas en frases bonitas para que nadie se ofenda.
  • Doscientas páginas de práctica de campo: manipuladores, jefes encantadores, amistades de bandeja, salvadores que te ahogan.
  • Ayuda para dejar de ser la última persona en darse cuenta de lo que todos los demás ya habían visto.
  • Permiso para dejar de justificar a quien te rompe la tranquilidad y todavía consigue que te sintás culpable por haberte defendido.

¿Para quién es?

Si una mala palabra te escandaliza más que una mala persona, este libro probablemente no sea para vos.

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No todos los hijos de puta vienen con advertencia

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Introducción: lo que nadie te dice cuando te enamorás, te contratan o te «adoptan» como amigo

Nadie llega a tu vida con un cartel en la frente que diga:

«Mucho gusto. Vengo a complicarte la existencia y, cuando finalmente reaccionés, voy a decir que cambiaste».

Sería demasiado fácil.

Y los hijos de puta nunca juegan tan limpio.

Llegan sonriendo, ofreciendo trabajo, amistad, amor, sociedades o esa ayuda que parece caída del cielo y después llega con factura.

Y, cuando menos pensás, ya les abriste la puerta de tu casa, de tu negocio, de tu corazón o de tu vida.

Nadie desconfía de quien llega con buena cara.

Ese es precisamente el negocio.

Porque los verdaderamente peligrosos casi nunca hacen una entrada espectacular.

Se ganan tu confianza poquito a poco.

Hasta que un día descubrís que llevan meses —o años— instalados en tu vida, consumiendo tu tranquilidad como si les perteneciera.

Y todavía tienen el descaro de preguntarte por qué ya no sos la misma persona.

La respuesta es sencilla: convivir con ciertas personas desgasta, cansa y confunde.

Y, si uno no abre los ojos a tiempo, termina dudando de sí mismo mientras el otro duerme profundamente con la conciencia limpia.

Lo más curioso es que casi nunca fue falta de señales.

Las señales estaban ahí.

Lo que pasa es que uno aprende desde pequeño a justificar lo injustificable.

«No sea tan desconfiado».

«Dele otra oportunidad».

«Es que él es así».

«Es que ella ha sufrido mucho».

«No juzgue sin conocer».

Y mientras uno sigue dándole oportunidades, el otro sigue perfeccionando la forma de aprovecharse de ellas.

Con los años descubrí algo que nadie me enseñó.

La mayoría de la gente no cambia cuando consigue poder.

Simplemente deja de esconder quién era desde el principio.

Este libro nació porque entendí demasiado tarde que los problemas más grandes de mi vida casi nunca comenzaron con una pelea.

Comenzaron con una buena impresión.

Es la secuela natural de Putas Historias, Putos Escritos.

Allá escribí desde las heridas abiertas.

Aquí escribo desde las cicatrices.

Y las cicatrices tienen una ventaja enorme.

Ya no sangran.

Pero tampoco olvidan.

Lo escribí para que aprendás a distinguir entre la intuición y la culpa.

Entre una persona imperfecta y una persona peligrosa.

Entre alguien que se equivoca... y alguien que convierte hacer daño en una forma de vivir.

Aquí vamos a hablar de manipuladores elegantes y descarados; de jefes que sonríen mientras te exprimen, amistades que desaparecen cuando dejás de serles útil y familiares que te quieren siempre y cuando no te atrevás a crecer más que ellos.

Si alguna vez saliste de una relación, un trabajo, una amistad o incluso de una reunión familiar pensando:

«¿Cómo fue que no me di cuenta antes?»

Estás en el lugar correcto.

Y no.

No vamos a pasar estas páginas llorando.

Ya lloramos bastante.

Ahora nos vamos a reír.

Porque descubrir que uno estuvo rodeado de hijos de puta duele.

Pero descubrir que todos tienen exactamente las mismas mañas... ya empieza a dar risa.

No todos los hijos de puta vienen con advertencia.

Pero, cuando terminés este libro, es muy probable que aprendás a leer esa letra pequeña que casi siempre estuvo ahí... y que antes decidías ignorar.

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Capítulo 1: Parecía buena gente porque todavía no abría la jeta

Hay una peste silenciosa que ronda por ahí y que la gente pendeja insiste en llamar «timidez» o «buen temperamento». Yo lo llamo el silencio del depredador. Es ese lapso de tiempo, tan corto como un suspiro y tan falso como billete de tres mil, donde el aparecido o la aparecida de turno todavía no ha abierto la jeta lo suficiente como para que se le salga el monstruo que lleva dentro.

Ahí los tenés. Se sientan al frente tuyo, sonríen con cara de santos de altar, asienten a cada estupidez que decís y te miran como si fueras la octava maravilla del mundo. Y uno, pendejo por naturaleza y con un hambre miedosa de creer en milagros, empieza a armarse películas de Hollywood en la cabeza: «Es que es tan reservado», «este sí es un hombre de verdad», «ella sí es una mujer centrada, no como las histéricas que conozco».

No, bajate de esa nube. No eran maduros, no eran diferentes, y mucho menos eran decentes. Es que todavía no habían hablado.

El silencio no es ninguna virtud; el silencio es la sala de espera del manicomio. Es el laboratorio donde están fabricando la mentira que te van a clavar. La gente llega a tu vida vestida de mansa oveja, oliendo a perfume caro, dándoselas de espirituales, de sanados y con una humildad que da ganas de vomitar. Te estudian. Te miden el aceite. Averiguan por dónde flaqueás, qué te hace falta, qué te da rabia y qué te hace llorar. Y cuando ya tragaste entero, cuando sienten que caíste en la red, se quitan el disfraz de un tirón y te muestran las garras.

El mudito de las tres citas y el cuento de las «locas»

Conocí el caso de un infeliz que era el rey de esta estrategia, pero esto aplica para lado y lado. En la primera cita el tipo era una tumba. Un monumento a la discreción. Ella hablaba, se desahogaba, le contaba hasta de qué se iba a morir, y el tipo ahí, mirándola fijo, tomando cerveza y asintiendo como esos muñequitos que ponen en los taxis. Cualquiera hubiera pensado que el tipo estaba teniendo una revelación divina con solo escucharla.

¿La verdad? El silencio le servía de maravilla. Mientras ella le entregaba la biografía completa, él no arriesgaba una sola idea propia. Escuchaba, medía y guardaba información. No sé qué tenía en la cabeza; sé lo que hizo después con todo lo que ella le contó. Y con eso me alcanza.

En la tercera cita, cuando ya consideró que la presa estaba lo suficientemente sorda por el silencio, soltó la lengua. Y no fue para conversar; fue para escupir el primer veneno: el discurso de la víctima incomprendida. —«A mí la vida me ha dado muy duro… y es que todas mis ex parejas han sido unas locas desquiciadas que me querían destruir»— dijo el tipo con los ojos aguados.

Hay que estar muy jodido de la cabeza en esta vida para escuchar a alguien decir que todas sus ex parejas están locas y pensar: «Ay, pobrecito, conmigo va a ser diferente porque yo sí lo voy a curar con mi amor».

¡Despertate! Si un tipo te sale con que todas las mujeres de su pasado eran unas arpías, o si una mujer te jura que todos los hombres con los que ha estado eran unos monstruos, no te están contando su historia. Te están cantando la cartilla de lo que van a decir de vos en tres meses cuando ya se aburran de usarte. Son el denominador común de todo ese cementerio de relaciones, pero en su cabeza enferma, ellos son los únicos santos que caminan sobre la tierra.

La versión femenina: la mansa paloma que busca salvador

Y los hombres no se salvan de caer redondos en este juego. A ellos les llega la versión de la «mansa paloma». Una mujer que en las primeras citas no rompe un plato, calladita, mística, que habla pasito y que parece que necesitara que la rescaten del malvado mundo. Se muestra desinteresada, te dice que lo material no le importa, que ella solo busca «paz y conexión mental». El tipo, creyéndose el macho alfa salvador, saca el pecho y le entrega las llaves de su vida, de su billetera y de su confianza.

Esperáte tres meses. En cuanto la mansa paloma se siente segura en el nido, el tono de voz le sube tres octavas. La que no quería nada material ahora te monta un problema si no la llevás al restaurante de moda, y la que era «pura paz» resulta ser una celosa posesiva que te revisa hasta el estado de cuenta. El silencio del principio no era tranquilidad; era la fase de reconocimiento del terreno para saber exactamente cuánto te podían sacar.

La entrevista de trabajo: el Tinder corporativo

Y esta payasada no es exclusiva de las relaciones de cama; en la calle, con los socios, con los amigos y en las oficinas pasa exactamente la misma mierda. Una entrevista de trabajo es la mentira más elegante del mundo, un nido de víboras donde todos se muestran flexibles, modernos y preocupados por tu salud mental.

—«Aquí somos una familia»— te dice el de recursos humanos con una sonrisa plástica de oreja a oreja. —«Aquí respetamos el tiempo de la gente, los fines de semana son sagrados y valoramos el liderazgo horizontal».

¡Carretas! Esperáte a que sea un domingo de puente a las diez de la noche para que te llegue el mensaje de WhatsApp del jefe o de la jefa diciéndote que «surgió una urgencia» y que necesitás resolverla ya. El mismo que te juraba respeto en la entrevista, ahora te trata como a su sirviente porque sabe que necesitás el sueldo.

Mienten con una soltura que asusta. Te pintan pajaritos de oro para que firmés el contrato, y una vez que estás adentro y dependés de ellos, te muestran el látigo. Llegaron como ovejas y terminaron como capataces.

No te estoy diciendo que vivás a la defensiva, desconfiando de todo el que se te acerque. Lo que te estoy diciendo es que dejés de confundir el silencio con la decencia. El silencio es neutro. A veces, es simplemente la estrategia calculada del que sabe que si te muestra las garras el primer día, lo mandás a la mierda de una.

Hay una forma mucho más rápida de conocerlos que esperar a que el disfraz se caiga solo.

Deciles que no y mirá cómo se les cae la santidad

Mirar cómo tratan al mesero sirve, claro. Pero esa apenas es la prueba de calentamiento. La verdadera función empieza cuando les decís que no y descubrís cómo reaccionan cuando decidís que tu paz vale más que su comodidad.

Vivimos en un mundo lleno de aprovechados profesionales que se acostumbran a tu generosidad, a tu tiempo y a tu espacio. Se acomodan en tu vida, se instalan en tus hombros y pretenden que cargués con sus traumas, con sus deudas emocionales y con sus caprichos. Y uno, con esa culpa estúpida que le meten desde chiquito, se sacrifica para que los demás no se sientan «incómodos».

¿Querés verle la verdadera jeta al diablo? Deciles que NO.

• Decile a ese cliente abusivo que te escribe a medianoche que no le vas a trabajar a esa hora y que si no le gusta, que busque a otro.

• Decile a esa supuesta amiga que no le vas a prestar más plata ni le vas a resolver la vida por milésima vez.

• Decile a ese aparecido que no vas a aguantarle sus desplantes ni vas a mendigarle atención.

Ahí es donde se les acaba la mística y la espiritualidad barata. En el preciso instante en que dejás de serles útil, dejás de ser la «buena gente» y pasás a ser «el egoísta», «el malo», «el agrandado». Te arman un drama, te hacen el vacío o te tildan de loco porque te atreviste a pensar en vos antes que en ellos.

«El que se emputa cuando ponés un límite, es porque se estaba beneficiando de que no lo tuvieras.»

Dejá que se incomoden. Dejá que se retuerzan en su propia rabia porque ya no te pueden manipular. Que piensen lo que les dé la gana, que hablen pestes de vos en las esquinas, que digan que cambiaste. ¡Claro que cambiaste! Dejaste de ser pendejo para empezar a ser libre.

La paz tiene un precio muy alto y se paga con la inconformidad de los demás. El que te quiere de verdad, respeta tu distancia. El que te quiere usar, se emputa cuando le cerrás la puerta. Así de simple es la matemática de la vida.

Que les duela, que les incomode y que se muerdan la lengua. Tu tranquilidad no es negociable para mantener a salvo el ego de ningún parásito.

Las hienas de mi mesa: espionaje con café

Con las supuestas amistades pasa exactamente la misma porquería. Esa «amiga» o ese «parcero» nuevo que te llega a la vida y las primeras semanas no hace sino tirarte flores, aplaudirte todo y decirte: «¡Wow, de verdad te admiro tanto, sos una inspiración!».

Esa mansa oveja todavía no ha tenido la oportunidad de morderte porque todavía no conoce tus puntos débiles.

Dale tiempo. La envidia no necesita tarjeta de invitación, solo necesita un motivo. Y vos, sin querer, se lo vas a dar el día que te vaya un poquito mejor, el día que te comprés algo que ellos no pueden pagar, o el día que brilles con luz propia sin pedirle permiso a nadie. Ahí es donde la mansa paloma se quita la piel de cordero y te muestra los colmillos.

Llegan a tu casa descalzos, se te meten a la cama a ver series, se tragan tus chocolates y se toman tu tinto con la guardia baja. Y uno, pendejo, cree que está construyendo lealtad. Mentiras. Estás alimentando al enemigo en tu propia mesa. Te están haciendo inteligencia militar. Se alimentan de tus historias vulnerables, de tus llantos a medianoche y de tus secretos, no para apoyarte, sino para archivar cada lágrima como munición pesada que van a disparar en tu contra cuando llegue el momento de competir.

¿Querés saber cómo hablan de vos cuando no estás? Escuchá con atención cómo hablan de los que ya no están en su vida. Si a todos los que se abrieron de su lado los tratan de «malagradecidos», «traidores» o «locos», ahí tenés, sin edición y en pantalla gigante, el borrador exacto de cómo van a hablar de vos cuando decidás ponerles un límite. No hace falta adivinar el futuro: ellos mismos te lo están cantando en la cara.

¿Héroes o mentirosos? El maldito síndrome del editor

Hay otra plaga muy común que se detecta rápido si dejás de escuchar con los ojos enamorados y empezás a analizar con cabeza fría: la gente que, curiosamente, siempre es la víctima perfecta en todas sus historias.

Prestá atención a cómo te cuentan sus peleas o sus fracasos del pasado. En sus relatos, ellos siempre son los inteligentes, los trabajadores, los honestos y los injustamente pisoteados. Ni una duda. Ni un error propio. Jamás levantaron la voz, jamás dijeron una palabra fuera de tono, jamás se equivocaron.

Qué hoja de vida tan impecable. Ni Jesucristo salió tan libre de culpa en sus historias.

Cuando alguien siempre aparece como el héroe mártir y todos los demás como unos monstruos malagradecidos, a mí no me da pesar su sufrimiento; a mí lo que me da es desconfianza de su editor. Porque alguien está recortando las escenas de la película donde se portó como una basura, y casi siempre es el mismo que te está contando el chisme.

Nadie es un santo de tiempo completo. El que no es capaz de asumir que la cagó, que fue ruin, que gritó o que también traicionó, es un peligro andante. Porque el día que se porte como un demonio con vos —y lo va a hacer—, ya tiene armada la narrativa para convencer al mundo de que vos tuviste la culpa de su maldad.

Lo que observo ahora: menos oído y más tiempo

Yo ya no hago interrogatorios policiales. No llevo una planilla escondida debajo de la mesa para calificar al aparecido de turno, ni ando paranoica persiguiendo fantasmas.

Ahora solo hago una cosa: dejo correr el tiempo.

El tiempo es el enemigo más grande de la mentira. No cobra sueldo, no se cansa, no se deja tragar entero y tarde o temprano termina encontrando las costuras del disfraz de oveja más fino. Al final, las inconsistencias saltan solas.

Observo si la amabilidad que me muestran tiene destinatarios selectos. Observo si saben recibir un «NO» sin empezar a cobrarte favores o a castigarte con el látigo del silencio. Observo si pueden admitir un error sin tener que convocar una asamblea para explicar que la culpa fue de su trauma de infancia.

Y, sobre todo, observo cómo me siento después de estar con esa persona. No durante el encanto del tinto o de la cerveza. Después.

¿Me quedo en paz? ¿O me quedo revisando cada palabra que dije, preguntándome si hablé de más, si fui muy directa o si tengo que mandar un mensaje aclarando una estupidez que nadie sano mentalmente convertiría en un problema?

Tu cuerpo es un detector de basura mucho más rápido que tu cabeza. El cuerpo siente la tensión, el vacío y el peligro mucho antes de que tu cerebro termine de justificar al mentiroso que tenés al frente.

No hace falta que condenes a nadie en la primera cita, pero por lo que más querás, tampoco lo absolvás antes de que empiece el juicio.

Dejá que hablen. Dejá que se incomoden. Dejá que el tiempo haga lo suyo. La gente siempre termina presentándose completa con sus propias cochinadas. El verdadero problema es que, casi siempre, nosotros ya les habíamos entregado las llaves de nuestra paz cuando apenas iban por el saludo.

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Capítulo 2: Bombardeo de amor: te ahogaron en flores para que no vieras el pantano

Hay gente que no llega a conocerte.

Llega a ocuparte.

Entra con mensajes de buenos días, llamadas de cuatro horas, flores, regalos, planes para diciembre cuando apenas van por febrero y una capacidad impresionante para decir exactamente lo que llevabas años queriendo escuchar.

No te preguntan quién sos.

Te anuncian quién vas a ser en su vida.

—Sos diferente.

—Nunca había sentido esto.

—Con vos sí me veo construyendo algo serio.

Y vos, que venís de un desfile de aparecidos con la responsabilidad afectiva de una licuadora sin tapa, pensás:

«Por fin me tocó una persona buena.»

No.

De pronto te tocó una persona rápida.

Y rápido no siempre significa profundo. A veces significa que necesita instalarse antes de que alcancés a revisar las referencias.

El bombardeo de amor tiene un nombre muy bonito para ser una maniobra tan hijueputa. Parece un tratamiento de spa: aromaterapia, pétalos y manipulación emocional incluida. Consiste en llenarte de atención hasta que confundás intensidad con intimidad y gratitud con compromiso.

Si a la semana ya hablan de vivir juntos, de montar un negocio, de criar hijos que ni siquiera han encargado o de envejecer mirando el atardecer desde una finca que ninguno puede pagar, no necesariamente encontraste el amor de tu vida.

Puede que apenas hayas entrado a una presentación de ventas.

Y vos todavía creés que es una cita.

Una semana para planear cuarenta años

El bombardeador profesional no pierde tiempo con detalles inútiles como conocerte.

¿Para qué saber cómo reaccionás cuando estás cansado, cómo administrás la plata, qué hacés cuando te emputás o si dejás la crema dental destapada?

Eso demora mucho.

Es más eficiente declararte alma gemela con tres conversaciones, dos coincidencias y una foto donde saliste bonito.

Conocí a uno que al mes ya tenía organizada la vida completa: ciudad, casa, negocio, viajes y hasta el rincón donde supuestamente iba a ir el comedor.

Una planeación impecable.

Lo único que no podía organizar era llegar a tiempo un martes.

Pero yo escuchaba la casa prometida y dejaba de mirar la silla vacía.

Ahí entendí por qué el futuro es una carnada tan efectiva. Te hace soportar un presente mediocre para no perder una vida que todavía no existe.

No te quedás por lo que recibís.

Te quedás por lo que te prometieron.

Y salir se siente como renunciar a una familia, una casa y unas vacaciones que solo vivieron en conversaciones de madrugada.

Qué negocio tan redondo.

La otra persona no tuvo que construir nada.

Le bastó con describirlo bonito.

Las flores no tienen la culpa

Yo no tengo nada contra las flores.

Pobres flores. Bastante hacen sobreviviendo en un florero como para cargar también con los delitos emocionales de la humanidad.

El problema no es el ramo.

Es la factura invisible que viene amarrada con la cinta.

Primero te dan atención sin medida.

Después exigen disponibilidad sin medida.

Como te escribieron todo el día, esperan que contestés todo el día.

Como te ayudaron con un problema, se nombran miembros permanentes de todas tus decisiones.

Como te presentaron a la familia en quince días, ahora quieren lealtad de veterano de guerra.

Y si intentás respirar, aparece el cobro:

—Ya no sos como al principio.

—Antes sí tenías tiempo para mí.

—Parece que yo te quiero más.

No era un regalo.

Era el primer nudo.

La velocidad fabricó una intimidad que todavía no existía y después la usaron como escritura pública de tu tiempo, tu celular y tu paciencia.

Las jaulas más efectivas no tienen barrotes. Tienen gratitud, culpa y una puerta abierta que te da vergüenza usar porque no querés parecer malagradecido.

Esto también pasa sin cama y sin flores

Las amistades hacen su propia versión.

La persona nueva que a las dos semanas ya te llama «mi familia», quiere saber todos tus secretos y aparece en cada plan como si hubieran crecido en la misma cuadra.

Te admira muchísimo.

Te entiende como nadie.

Dice que nunca había encontrado una amistad tan real.

Qué belleza.

Todavía no sabe cómo tratás a la gente cuando estás cansado, pero ya decidió que sos su persona favorita del planeta.

Puede ser entusiasmo genuino.

También puede ser hambre con maquillaje.

En el trabajo se llama «oportunidad de crecimiento».

—Vos vas a ser clave para esta empresa.

—Te vemos con un futuro enorme acá.

—Somos una familia.

Todavía no te entregaron la clave del correo, pero ya te nombraron heredero emocional de la compañía.

Después descubrís que «ser clave» significaba resolver tres cargos con un solo sueldo y que «familia» era la palabra corporativa para pedirte favores sin pagarlos.

El mecanismo siempre es el mismo: primero te hacen sentir elegido; después usan esa elección para exigirte más de lo acordado.

El apagón

El bombardeo rara vez se apaga despacio.

Un día sos la octava maravilla del mundo.

Al siguiente ya sos el problema: exigís demasiado, complicás todo, no agradecés nada o sos «demasiado demandante» por esperar la misma atención que te entregaron sin que la pidieras.

Lo más hijueputa no es que dejen de tratarte como prioridad.

Es descubrirte suplicando por una versión de esa persona que apenas te habían prestado para convencerte.

Los buenos días desaparecen.

Las llamadas se vuelven una diligencia.

Los planes ahora les parecen presión.

Y vos entrás a trabajar en el departamento de restauración de una luna de miel que duró tres semanas.

Das más.

Explicás más.

Perdonás más.

Intentás recuperar la versión del principio como quien llama al servicio técnico porque el aparato nuevo dejó de funcionar apenas se venció la garantía.

Esa es la jugada maestra: al comienzo hacen todo el esfuerzo y después consiguen que vos hagás todo el trabajo para recuperar lo que ellos retiraron.

Yo también pregunté:

—¿Qué hice para que cambiara?

Hasta que se me ocurrió una pregunta menos humillante:

—¿Por qué alguien me trató como el amor de su vida cuando todavía no sabía quién era yo?

No siempre se perdió el amor.

A veces se terminó la campaña publicitaria.

La prueba del freno

No hace falta salir corriendo porque alguien sea detallista o se emocione rápido. Tampoco vamos a convertir cada ramo en evidencia forense.

Hay una prueba mucho más sencilla.

Bajá la velocidad.

Decí que querés ir despacio.

Conservá tus planes.

No entregués todas tus historias en la primera noche ni cancelés tu vida para atender una conexión que todavía está en periodo de prueba.

La persona que quiere conocerte puede tolerar el tiempo.

La que necesita controlarte se desespera.

Ahí aparece el drama:

—¿Por qué levantaste esa pared?

—¿No confiás en mí?

—Yo pensé que sentíamos lo mismo.

Claro que no sienten lo mismo. Vos estás intentando conocer a alguien y esa persona está intentando cerrar el negocio.

El tiempo hace preguntas que la intensidad quiere evitar.

¿Sigue apareciendo cuando se acaba la novedad?

¿Sabe compartir un martes aburrido sin fabricar una tragedia para sentir emoción?

¿Los planes avanzan o solo cambian de decoración?

¿Puede convivir con tu trabajo, tus amistades, tu familia y tus silencios sin tragarse la casa completa?

Quien llega a sumar no te deja respirando por turnos.

Entra por la puerta.

No incendia la casa para después ofrecerte refugio.

La primera factura

El bombardeo de amor siempre cobra.

Al principio no se nota porque la cuenta llega disfrazada de interés.

—Con todo lo que he hecho por vos...

Ahí está.

La primera factura.

Las flores ya no eran flores. Eran un adelanto. Las llamadas de madrugada no eran compañía. Eran horas acumuladas que ahora debías pagar con disponibilidad absoluta.

Una persona me contó que, después de dos semanas de atenciones desbordadas, quiso pasar un sábado con su familia. La respuesta fue un silencio de dos días.

No hubo pelea.

Eso habría sido demasiado honesto.

Hubo estados tristes, canciones con indirectas y una frase cuidadosamente publicada para que todo el mundo supiera que alguien estaba jugando con sus sentimientos.

Por pedir una tarde.

Ese es el detalle que casi nunca vemos durante el encanto: quien da para comprar acceso no tolera que uses tu libertad.

Un regalo no trae GPS ni libreta contable.

Tampoco aparece en cada discusión como testigo de cargo.

Si alguien te da mucho y muy pronto, no tenés que rechazarlo por sistema. Pero mirá qué pasa cuando no respondés con la intensidad esperada.

La generosidad que no está comprando nada soporta que no le paguen con obediencia.

La otra se emputa, castiga y empieza a enumerar todo lo que hizo por vos.

Despacio también es una respuesta

Después de vivir acostumbrado al caos, lo tranquilo puede parecer sospechoso.

No manda cuarenta mensajes.

No promete París antes de saber si tenés pasaporte.

No te llama alma gemela porque ambos odian madrugar.

Llega normal.

Cumple una cosa pequeña.

Después otra.

Respeta el horario.

No convierte tu límite en una tragedia griega.

Y sigue siendo decente cuando ya no está tratando de venderte nada.

Eso produce menos capturas de pantalla para mostrarles a los amigos.

Pero deja dormir muchísimo mejor.

Ahora, cuando alguien llega con la vida completa empacada en la segunda cita, no me deslumbro ni salgo corriendo.

Simplemente bajo la velocidad.

El que venía a conocerme se queda.

El que venía a instalarse empieza a mostrar la jeta.

También dejé de premiar la intensidad solo porque me hacía sentir importante. Que alguien me escriba cien veces no significa que me conozca. Que quiera verme todos los días no demuestra que sepa acompañarme. A veces solo demuestra que no tolera estar consigo mismo y encontró en vos una distracción con ojos.

Quien llega bien no te cae encima como un ropero mal puesto.

Puede extrañarte sin vigilarte, entusiasmarse sin pedir escritura pública y aceptar que tenés una vida donde no ocupa hasta el baño.

Eso al principio parece menos emocionante. No hay persecuciones, discursos ni reconciliaciones cada jueves.

Qué pesar.

Toca conformarse con dormir tranquilo.

Aburridísimo.

Al día siguiente hasta podés trabajar.

Y así, sin tarot, sin detectives y sin sacrificar una gallina en luna llena, ya tengo bastante información.

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