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Prólogo
ANTES DE EMPEZAR
Cuando terminé de escribir Putas Historias, Putos Escritos, juré que no volvía a exponerme así de nuevo. Lo juré con la misma convicción con la que juro tantas otras cosas: es decir, con cero probabilidades reales de cumplirlo.
Meses después, en una fiesta, tropecé con mis propios tacones delante de quince personas, me caí sobre una mesa llena de comida y, en vez de morirme de vergüenza, me reí tan fuerte que la fiesta entera terminó riéndose conmigo. Esa noche entendí que tenía otro libro adentro.
No caí sobre una mesa llena de comida.
Caí sobre el argumento perfecto para mi próximo libro.
Este prólogo lo escribo yo porque nadie conoce mis ridículos con tanto detalle, tanta memoria y tan poca vergüenza como yo.
Después de todo, sería muy descarado dejarle a otra persona la tarea de contar mis propias estupideces.
Y no hablo solamente de caídas.
Ojalá el ridículo humano se limitara a tropezarse con unos tacones y levantarse fingiendo que una estaba inspeccionando el piso.
No.
También está el ridículo de jurar que uno jamás haría algo y terminar haciéndolo con entusiasmo.
El de dar consejos maravillosos que una misma no aplica ni por equivocación.
El de sentirse muy inteligente cinco minutos antes de tomar una decisión absolutamente pendeja.
El de criticar la vida ajena con una seguridad impresionante y después descubrir que la propia tampoco venía precisamente con manual de instrucciones.
Porque la vida tiene una costumbre bastante hijueputa: espera pacientemente a que uno diga “eso a mí nunca me pasaría” y enseguida empieza a organizar el espectáculo.
Y ahí caemos todos.
El enamorado que juraba no volver.
La persona espiritual que perdió la paz por un mensaje sin responder.
La empresaria que regaló su tiempo por pena de cobrar.
La amiga que prometió guardar el secreto y terminó inaugurando la cadena nacional del chisme.
La persona madura que respondió una indirecta con otra peor.
Todos.
Sin excepción.
Porque hacer el ridículo no siempre significa caerse delante de quince personas.
A veces significa enamorarse con más imaginación que pruebas.
Creerse una mentira porque venía bien presentada.
Defender a alguien que ni siquiera se estaba defendiendo a sí mismo.
Querer demostrar que una ya no sufre mientras revisa por quinta vez quién vio la historia.
O pasarse media vida tratando de parecer sensata, cuando por dentro todos llevamos un pequeño circo funcionando sin licencia.
Este libro nació de ahí.
De esa contradicción maravillosa y absurda que tenemos los seres humanos.
Nos creemos inteligentes, pero repetimos errores.
Nos creemos fuertes, pero contestamos el mensaje.
Nos creemos evolucionados, pero seguimos revisando perfiles ajenos a las dos de la mañana.
Nos creemos muy dignos, hasta que la vida nos pone a improvisar con el orgullo en una mano y el teléfono en la otra.
Y no pasa nada.
Bueno, sí pasa.
Pasan unas vergüenzas muy hijueputas.
Pero después se convierten en historias.
Y las historias, cuando una deja de esconderlas, pierden el poder de avergonzarla y empiezan a servir para algo mucho mejor: reírse, reconocerse y dejar de creerse tan especial en la desgracia.
Por eso aquí no vas a encontrar cien maneras de evitar el ridículo.
Yo no tengo autoridad moral ni experiencia comprobada para enseñar semejante cosa.
Vas a encontrar cien pruebas de que nadie tiene la vida tan resuelta como aparenta.
Ni el que da consejos.
Ni el que juzga.
Ni el que publica frases sobre paz interior.
Ni la que escribe este libro.
Sobre todo, la que escribe este libro.
Así que aquí estoy, presentándome otra vez: la mujer que ya les contó sus putas historias y que ahora les va a contar, con el mismo sarcasmo de siempre, sus cien mejores estupideces.
No para que se rían de mí.
Bueno, pueden reírse.
Yo también lo hice.
Pero lean con cuidado.
Porque uno siempre empieza riéndose del ridículo ajeno…
hasta que llega a la página donde aparece el propio.
Bienvenidos otra vez a mi cabeza.
Entren con confianza.
Pero cuidado con los escalones.






