Yenny Astrid Londoño.

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100 formas de hacer el ridículo sin perder la dignidad

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Sinopsis

El nuevo libro de Yenny Astrid Londoño: un manual sarcástico de supervivencia para quienes ya se cayeron, se rieron y siguieron caminando. Cien formas de quedar en ridículo y salir con la cabeza en alto.

¿Por qué escribí este libro?

No es un manual para dejar de hacer el ridículo. Sería mentirte, y ya bastante mentira hay en las redes sociales con gente fingiendo que su vida es una sesión de fotos permanente. Este es un manual para hacerlo con estilo, con carcajada y, sobre todo, sin arrodillarse ante nadie después. Porque el ridículo, bien vivido, no es vergüenza. Es material.

Qué vas a encontrar

  • Capítulo 1 · Formas de hacer el ridículo en el amor
  • Capítulo 2 · Formas de hacer el ridículo en las redes sociales
  • Capítulo 3 · Formas de hacer el ridículo con la familia
  • Capítulo 4 · Formas de hacer el ridículo en mis propios negocios
  • Capítulo 5 · Formas de hacer el ridículo con las amistades
  • Capítulo 6 · Formas de hacer el ridículo en la cama
  • Capítulo 7 · Formas de hacer el ridículo con el tarot y la espiritualidad
  • Capítulo 8 · Formas de hacer el ridículo tratando de «mejorar como persona»
  • Capítulo 9 · Formas de hacer el ridículo con el cuerpo, la edad y la belleza
  • Capítulo 10 · Formas de hacer el ridículo… y no perder la dignidad de todos modos
  • Siete interludios: Diccionario Ridículo–Español, prueba de autodiagnóstico, El Horóscopo del Ridículo, la lista oficial de vergüenzas, mensajes que nunca debí mandar, las excusas más usadas del planeta y cosas que juré que nunca haría
  • Extras: Manual de Dignidad de Bolsillo, cartas breves que también necesitaba escribir y epílogo

¿Para quién es?

Para quien ya se cayó, se rió y siguió caminando. Para quien tiene el ego suficientemente sano como para reconocerse en una página ajena.

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100 formas de hacer el ridículo sin perder la dignidad

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Prólogo

ANTES DE EMPEZAR

Cuando terminé de escribir Putas Historias, Putos Escritos, juré que no volvía a exponerme así de nuevo. Lo juré con la misma convicción con la que juro tantas otras cosas: es decir, con cero probabilidades reales de cumplirlo.

Meses después, en una fiesta, tropecé con mis propios tacones delante de quince personas, me caí sobre una mesa llena de comida y, en vez de morirme de vergüenza, me reí tan fuerte que la fiesta entera terminó riéndose conmigo. Esa noche entendí que tenía otro libro adentro.

No caí sobre una mesa llena de comida.

Caí sobre el argumento perfecto para mi próximo libro.

Este prólogo lo escribo yo porque nadie conoce mis ridículos con tanto detalle, tanta memoria y tan poca vergüenza como yo.

Después de todo, sería muy descarado dejarle a otra persona la tarea de contar mis propias estupideces.

Y no hablo solamente de caídas.

Ojalá el ridículo humano se limitara a tropezarse con unos tacones y levantarse fingiendo que una estaba inspeccionando el piso.

No.

También está el ridículo de jurar que uno jamás haría algo y terminar haciéndolo con entusiasmo.

El de dar consejos maravillosos que una misma no aplica ni por equivocación.

El de sentirse muy inteligente cinco minutos antes de tomar una decisión absolutamente pendeja.

El de criticar la vida ajena con una seguridad impresionante y después descubrir que la propia tampoco venía precisamente con manual de instrucciones.

Porque la vida tiene una costumbre bastante hijueputa: espera pacientemente a que uno diga “eso a mí nunca me pasaría” y enseguida empieza a organizar el espectáculo.

Y ahí caemos todos.

El enamorado que juraba no volver.

La persona espiritual que perdió la paz por un mensaje sin responder.

La empresaria que regaló su tiempo por pena de cobrar.

La amiga que prometió guardar el secreto y terminó inaugurando la cadena nacional del chisme.

La persona madura que respondió una indirecta con otra peor.

Todos.

Sin excepción.

Porque hacer el ridículo no siempre significa caerse delante de quince personas.

A veces significa enamorarse con más imaginación que pruebas.

Creerse una mentira porque venía bien presentada.

Defender a alguien que ni siquiera se estaba defendiendo a sí mismo.

Querer demostrar que una ya no sufre mientras revisa por quinta vez quién vio la historia.

O pasarse media vida tratando de parecer sensata, cuando por dentro todos llevamos un pequeño circo funcionando sin licencia.

Este libro nació de ahí.

De esa contradicción maravillosa y absurda que tenemos los seres humanos.

Nos creemos inteligentes, pero repetimos errores.

Nos creemos fuertes, pero contestamos el mensaje.

Nos creemos evolucionados, pero seguimos revisando perfiles ajenos a las dos de la mañana.

Nos creemos muy dignos, hasta que la vida nos pone a improvisar con el orgullo en una mano y el teléfono en la otra.

Y no pasa nada.

Bueno, sí pasa.

Pasan unas vergüenzas muy hijueputas.

Pero después se convierten en historias.

Y las historias, cuando una deja de esconderlas, pierden el poder de avergonzarla y empiezan a servir para algo mucho mejor: reírse, reconocerse y dejar de creerse tan especial en la desgracia.

Por eso aquí no vas a encontrar cien maneras de evitar el ridículo.

Yo no tengo autoridad moral ni experiencia comprobada para enseñar semejante cosa.

Vas a encontrar cien pruebas de que nadie tiene la vida tan resuelta como aparenta.

Ni el que da consejos.

Ni el que juzga.

Ni el que publica frases sobre paz interior.

Ni la que escribe este libro.

Sobre todo, la que escribe este libro.

Así que aquí estoy, presentándome otra vez: la mujer que ya les contó sus putas historias y que ahora les va a contar, con el mismo sarcasmo de siempre, sus cien mejores estupideces.

No para que se rían de mí.

Bueno, pueden reírse.

Yo también lo hice.

Pero lean con cuidado.

Porque uno siempre empieza riéndose del ridículo ajeno…

hasta que llega a la página donde aparece el propio.

Bienvenidos otra vez a mi cabeza.

Entren con confianza.

Pero cuidado con los escalones.

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Introducción

ANTES DE EMPEZAR

Hace un tiempo escribí un libro sobre mis historias, mis hombres, mi familia y mis putos escritos. Pensé que ya lo había contado todo. Que ya no me quedaba nada por confesar. Qué ingenua.

Porque mientras escribía sobre traiciones y sanaciones, se me olvidó contarles la otra mitad de mi vida: la de los ridículos. Las estupideces. Los momentos en los que quise que la tierra se abriera y me tragara entera, con tarot, cartera y todo.

Nadie te prepara para el amor. Pero mucho menos te preparan para el instante exacto en que te resbalás delante de todos y encima sonreís como si nada.

Y aquí estoy. Otra vez con el cuaderno abierto y el filtro apagado. Porque descubrí algo que nadie me dijo antes: la dignidad no se pierde haciendo el ridículo. Se pierde fingiendo que uno nunca lo hace.

Este libro no es un manual para dejar de hacer el ridículo. Sería mentirles, y ya bastante mentira hay en las redes sociales con gente fingiendo que su vida es una sesión de fotos permanente. Este es un manual para hacerlo con estilo, con carcajada, y sobre todo, sin arrodillarse ante nadie después.

La dignidad no es no caerse. Es levantarse antes de que terminen de reírse.

Cien formas. Cien maneras en las que una —o vos, o cualquiera con el ego suficientemente sano como para reconocerse— puede quedar como una payasa de feria y aun así salir con la cabeza en alto. Porque el ridículo, bien vivido, no es vergüenza.

Es material.

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Capítulo 1: Formas de hacer el ridículo en el amor

El amor es, sin discusión, el laboratorio más grande de ridículos de la humanidad. Ahí es donde una mujer inteligente, con maestría, negocio propio y autoestima aparentemente sólida, se convierte de un día para otro en una adolescente con el celular pegado a la cara esperando dos rayitas azules.

No importa cuántos libros de autoayuda haya leído, cuántas terapias haya pagado o cuántas veces haya jurado que "esta vez es distinto": el amor tiene el poder mágico de convertir a cualquier mujer segura en una investigadora privada de su propio corazón.

Aquí van diez formas —vividas, sufridas y sobrevividas— de hacer el ridículo por amor sin perder, al final, ni un gramo de dignidad.

Forma 1

Escribirle "ya lo superé" quince veces en un mes

El “ya lo superé” suele sonar más convincente cuando una no tiene el teléfono abierto en la conversación de siempre.

No hay nada más digno que anunciar quince veces que uno ya superó a alguien. Es casi un servicio público. Uno lo publica, lo dice, lo jura entre amigas con vino de caja, y a la semana siguiente vuelve a mirar la última hora de conexión como detective improvisada.

Si tenés que anunciarlo tantas veces, no lo superaste: lo estás ensayando.

Forma 2

Maquillarse para una videollamada de "solo para hablar de los niños"

¿Para quién te arreglaste tanto si la llamada era solamente para hablar de los niños?

Yo también me arreglé para una llamada que, según yo, era puramente práctica. Me puse un poco de color en la cara, acomodé el cabello y ensayé esa expresión de mujer a la que todo le resbala. Todo, menos una cámara mal puesta y un hombre que ya no tenía por qué importarme.

La llamada duró menos que mi arreglo. Hablamos de lo necesario, colgamos y yo me quedé mirando mi propia cara en la pantalla negra. No quería volver. Quería comprobar que todavía podía provocar una duda. Qué manera tan trabajada de pedir una migaja sin abrir la boca.

No me dio vergüenza haberme arreglado. Me dio vergüenza descubrir para quién lo había hecho. Después me lavé la cara. El agua quitó el maquillaje; aceptar la verdad tardó un poco más.

Forma 3

Espiar a la nueva pareja del ex hasta memorizar su currículum

¿Sabés más de la nueva pareja de tu ex que de tus propias cuentas?

Hubo una noche en que entré a mirar por simple curiosidad. Esa es la frase que una usa cuando todavía quiere conservar cierta dignidad. La curiosidad duró tres horas. Pasé de una foto a otra, llegué hasta una celebración antigua y terminé sabiendo cosas que nadie me había preguntado.

Cada dato me daba una falsa sensación de control. Si sabía quién era ella, tal vez entendería qué me faltaba a mí. Como si el amor fuera una vacante y yo hubiera perdido el puesto por no cumplir los requisitos. Me comparé el cabello, la sonrisa y hasta la manera de pararse. Ella dormía tranquila. Yo hacía una investigación que no iba a devolverme nada.

Salí de allí cuando entendí que no estaba buscando información sobre ella. Estaba reuniendo pruebas contra mí. Cerré la página y me acosté. No dormí mejor, pero al menos dejé de ayudarle a mi inseguridad.

El algoritmo no me delató. Me delató mi propio dedo, que ya sabía el camino de memoria.

Forma 4

Llorar en el baño de un restaurante y volver a la mesa sonriendo

“Estoy bien”, dije antes de encerrarme a llorar y volver a la mesa con una sonrisa prestada.

Es una disciplina olímpica. Adentro: rímel corrido, mocos, preguntas existenciales sobre por qué siempre elegimos mal. Afuera: "no, todo bien, ¿pedimos postre?". La mesera nunca sabe con quién está tratando.

Y no, no es hipocresía. Es sobrevivencia con servilletas de papel.

Forma 5

Creer que el horóscopo habla específicamente de tu ex

¿Leíste una predicción cualquiera y decidiste que el universo hablaba de ese hombre?

Hoy alguien del pasado va a buscarte." Y una ya está con el celular en la mano, esperando, como si el universo tuviera tu número guardado en la lista de tareas pendientes junto al del ex que ni te mandó un "feliz cumpleaños" el año pasado.
El universo no tiene tiempo para tu ex. Está demasiado ocupado sosteniendo galaxias como para pensar en Camilo.

Forma 6

Escribir la indirecta perfecta y publicarla como si "no fuera para nadie en especial"

¿Publicaste una indirecta tan directa que solo le faltaba la cédula del destinatario?

Yo escribí una indirecta con tanto cuidado que parecía un comunicado oficial. Quité una palabra, añadí otra, cambié el signo final y la leí varias veces para asegurarme de que pareciera casual. Casual, sí. Tan casual como llegar con una banda de músicos a la puerta de alguien y decir que pasábamos por ahí.

La publiqué y después comenzó la verdadera humillación: revisar quién la había visto. No me interesaban las demás personas. Esperaba un nombre. Cuando apareció, sentí una victoria de cinco segundos. No respondió, no llamó, no pidió perdón. Solo leyó. Yo había fabricado un discurso completo para obtener un movimiento de dedo.

La borré más tarde, fingiendo que ya había cumplido su propósito. Y sí lo cumplió: me mostró que cuando una no se atreve a hablar claro, termina gritándole al público lo que quería decirle a una sola persona.

Forma 7

Quedarse "solo para verlo sufrir" y terminar sufriendo una misma

Quedarse para ver sufrir a alguien parece justicia hasta que una descubre quién compró la entrada y pagó la función completa.

El plan perfecto: quedarse cerca para que él note lo que perdió. El resultado real: él ni se entera, sigue su vida feliz, y una termina viendo sus historias con la cara pegada a la pantalla como en cine de terror.

Quería que él sufriera viéndome bien. Terminé sufriendo yo, viéndolo a él.

Forma 8

Presentarle "un amigo" a tu ex para darle celos

¿Usaste a una persona inocente para provocar celos y el plan salió como merecía?

El plan de la película romántica de los noventa que en la vida real termina así: tu ex ni pestañea, el "amigo" se ilusiona en serio, y vos quedás ahí, parada en el medio, actuando en una obra que nadie más quiso protagonizar.

Los celos, cuando se fabrican, se notan tanto como una peluca en día de viento.

Forma 9

Cambiar de foto de perfil justo después de una pelea

La foto decía “estoy perfecta”. Los ojos hinchados fuera del encuadre tenían otra versión.

Después de una pelea elegí una foto donde me veía luminosa, tranquila y peligrosamente feliz. La realidad era menos artística: tenía los ojos hinchados y había tomado la foto anterior porque esa tarde no tenía fuerzas ni para sonreír. Pero encontré el ángulo, la luz y la mentira exacta.

La puse y esperé. No quería que todos me vieran bonita. Quería que una persona creyera que perderme había sido un pésimo negocio. Qué detalle tan modesto: yo destruida por dentro y preocupada por administrar la impresión del culpable.

Con el tiempo aprendí que la foto más digna no siempre es la que mejor sale. A veces es la que una no publica porque ya no necesita demostrar que está bien. Estar bien de verdad ocupa demasiado como para vigilar quién lo notó.

El filtro tapa las ojeras. No tapa las ganas de que él vuelva a escribir.

Forma 10

Prometerte "nunca más" y volver a las tres semanas

¿Cuánto duró tu último “nunca más”: tres semanas o fuiste más eficiente?

Mi “nunca más” tenía una voz firme, testigos y hasta lágrimas. Lo dije como quien cierra una puerta con llave. Tres semanas después llegó un saludo corto y mi juramento se volvió de mantequilla. Contesté rápido, pero intenté que pareciera que había esperado. La dignidad también tiene sus pequeñas coreografías absurdas.

No volví porque hubiera cambiado. Volví porque extrañaba la esperanza. Esa parte cuesta admitirla. Una no regresa siempre a la persona; a veces regresa al cuento que se había inventado alrededor de ella. Y el cuento, aunque malo, ya tenía muebles.

Esta vez no me prometí “nunca más”. Me prometí algo menos heroico y más difícil: si volvía a doler de la misma manera, no iba a llamarlo sorpresa. Cumplí. No de inmediato, porque tampoco hago milagros, pero cumplí.

No perdés dignidad por volver. La perdés si volvés y encima fingís que fue casualidad.

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Capítulo 2: Formas de hacer el ridículo en las redes sociales

Las redes sociales son el escenario perfecto para el ridículo moderno: público, instantáneo, con capturas de pantalla como prueba forense. Uno cree que publica libertad. En realidad, publica evidencia.

Y lo peor es que todos lo sabemos, y aun así seguimos publicando, comentando y espiando como si esta vez sí fuéramos a salir ilesas del intento.

Forma 11

Subir una historia motivacional justo después de llorar por el mismo tema

¿Publicaste una frase de fortaleza antes de que se te secara el llanto?

Publiqué una frase sobre soltar cuando todavía tenía el pañuelo mojado. La escogí bonita, con un fondo suave, para que pareciera que mi dolor ya había pasado por peluquería. Mientras la gente me respondía que era una mujer fuerte, yo seguía esperando que la persona por la que lloraba viera la publicación.

No estaba compartiendo una lección. Estaba enviando un anzuelo vestido de sabiduría. Y lo peor fue que durante unos minutos me creí mi propio anuncio. Pensé que escribir “cierro ciclos” equivalía a cerrar uno. Si fuera así, bastaría una frase para pagar las deudas, sanar la infancia y quitarse diez años de encima.

Después dejé de anunciar cada avance. Soltar, descubrí, hace poco ruido. Se parece más a pasar un día sin mirar atrás que a publicar una sentencia brillante.

Aprendí a soltar", dice la historia, con letra elegante y fondo pastel. Diez minutos antes, la misma persona estaba llorando por exactamente lo que juraba haber soltado. El algoritmo no pregunta, pero la conciencia sí.

Forma 12

Publicar indirectas con la esperanza de que "la persona indicada" las lea

¿Esperaste que cierta persona entendiera un mensaje que nunca tuvo el valor de enviarle?

El problema es que la persona indicada nunca las lee, porque hace meses que te dejó de seguir. Las únicas que las leen son tus amigas, que ya saben perfectamente de quién hablás, aunque vos jurés que "es general".

Las indirectas más directas del mundo son las que uno jura que no son para nadie.

Forma 13

Borrar una publicación a los cinco minutos porque "no tuvo suficientes me gusta"

Una foto puede gustarte muchísimo y dejar de gustarte en cuanto nadie la aplaude. El ego también edita.

Una vez borré una foto porque recibió menos atención de la que mi ego había presupuestado. No dije eso, claro. Dije que no me gustaba cómo había quedado. Cinco minutos antes me encantaba. Qué rápido cambia el gusto cuando nadie aplaude.

La escena era ridícula: yo sola, negociando con una cifra, permitiendo que un grupo de personas distraídas decidiera si había tenido un buen día. Algunas ni siquiera habían visto la foto; estaban viviendo. Yo, en cambio, había detenido mi vida para contar reacciones.

La volví a mirar tiempo después y me gustó. Allí estaba yo, contenta antes de pedir permiso. El problema nunca fue la imagen. Fue ponerle taquilla a un recuerdo y enfadarme porque no agotó entradas.

Forma 14

Contestar "jajaja" a un comentario que en realidad te dolió profundamente

¿Contestaste “jajaja” mientras por dentro preparabas un funeral para tu autoestima?

Cuatro letras, dos jotas, dos aes, y por dentro un incendio. Es el disfraz digital más usado de la historia: reírse en público de lo que en privado te quita el sueño.

El 'jajaja' de internet es la sonrisa forzada del siglo veintiuno.

Forma 15

Espiar el perfil de alguien desde una cuenta falsa hecha específicamente para eso

¿Creaste una cuenta falsa y después te sorprendió la detective que llevabas dentro?

Creé una cuenta falsa y me sentí muy inteligente durante aproximadamente siete minutos. Le puse una foto inocente, seguí a varias personas para disimular y entré a mirar lo que no tenía valor de ver con mi nombre. Una operación secreta dirigida por una mujer incapaz de engañarse a sí misma.

Vi una foto, luego otra, y salí peor de lo que entré. Nada de lo que encontré me dio paz. Si no había algo, pensaba que lo habían ocultado. Si había algo, lo agrandaba. Yo no buscaba la verdad: buscaba alimento para una herida que ya comía demasiado bien.

Eliminé la cuenta. No por evolución espiritual, sino por cansancio. A veces la dignidad vuelve así, sin música: una se harta de hacer guardia frente a una puerta que ya no es suya.

Forma 16

Publicar una foto en traje de baño "para subirte la autoestima" justo el día que estás peor

¿Te pusiste el traje de baño para una foto cuando lo único que querías era esconderte?

Es matemática pura: entre más rota estás por dentro, más producida sale la foto por fuera. Y funciona. Por dos horas. Después llegan los mensajes privados de gente que no conocés, y volvés al mismo lugar de siempre.

La foto sube el ego un rato. Los mensajes de desconocidos lo bajan el doble.

Forma 17

Escribir un estado filosófico profundo a las tres de la mañana

“Esto es brillante”, pensé de madrugada. A la mañana siguiente ni yo sabía qué carajos había querido decir.

A esa hora, todos nos creemos poetas malditos. Escribimos sobre el destino, el karma, las almas rotas y el universo. A la mañana siguiente lo leemos y pensamos: "¿en serio publiqué esto sobria?".

La respuesta, tristemente, siempre es que sí.

Forma 18

Ponerte a discutir con un desconocido en los comentarios de una publicación ajena

¿Discutiste con un desconocido hasta olvidar qué estabas defendiendo?

Empezás defendiendo un punto razonable y terminás a las nueve de la noche escribiéndole a alguien llamado "ElReyDelBarrio1987" que no tiene ni idea de tu vida ni la va a tener nunca. Y aun así, seguís escribiendo, porque el orgullo no entiende de desconocidos.

Nadie gana una pelea de comentarios. Solo pierden tiempo dos personas que no se van a volver a ver jamás.

Forma 19

Fingir que "casi nunca usás el celular" mientras revisás los mensajes cada tres minutos

¿Dijiste que casi no mirabas el teléfono mientras lo revisabas por quinta vez?

Lo decimos con orgullo, como si fuera una virtud espiritual: "yo casi no uso redes". Y mientras lo decimos, la pantalla ya se encendió sola dos veces por la ansiedad de nuestro propio pulgar.

Forma 20

Publicar que "estás en tu mejor momento" el mismo día que lloraste en el carro

Primero lloré dentro del carro. Después publiqué que estaba viviendo mi mejor momento. Las dos cosas eran ciertas, que es lo peor.

Lloré dentro del carro y, antes de bajarme, me miré en el espejo. Me limpié la cara, respiré y tomé una foto donde parecía una mujer que acababa de entender el sentido de la vida. La publiqué con una frase optimista. Nadie vio el pañuelo arrugado en el asiento.

Durante mucho tiempo pensé que eso me hacía falsa. Después entendí que una puede estar rota a las cuatro y reírse a las cinco. Lo falso era obligarme a elegir una sola versión para que los demás no se confundieran. La vida no tiene esa delicadeza.

Ahora desconfío un poco de mis propias declaraciones grandiosas. Si digo que estoy en mi mejor momento, primero reviso si lo creo o si solo necesito que alguien me pregunte qué pasó. A veces la respuesta es incómoda. También es gratis.

No mentís cuando publicás que estás bien. Solo editás el capítulo que todavía no terminaste de llorar.
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  • 100 formas de hacer el ridículo sin perder la dignidad — edición fotografiada 1 de 2
    01
  • 100 formas de hacer el ridículo sin perder la dignidad — edición fotografiada 2 de 2
    02
  • Nadie te prepara para el amor. Pero mucho menos te preparan para el instante exacto en que te resbalás delante de todos y encima sonreís como si nada.

  • La dignidad no es no caerse. Es levantarse antes de que terminen de reírse.

  • Si tenés que anunciarlo tantas veces, no lo superaste: lo estás ensayando.

La colección

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