Yenny Astrid Londoño.

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Putas historias, putos escritos

Sarcástica, loca y puta como la vida misma

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Sinopsis

Estas páginas no nacieron para dejar bien parada a nadie. Nacieron de historias que dolieron, verdades que se callaron demasiado tiempo y momentos tan absurdos que solo quedaban dos opciones: llorar o convertirlos en sarcasmo. Aquí hay memoria, confesiones, rabia, humor y una honestidad que no se maquilla.

¿Por qué escribí este libro?

Este libro no se escribió para dar lástima, ni para que la admiren, ni mucho menos para dar lecciones de vida. Se escribió porque hay dolores que no se curan hablando: hay heridas que solo empiezan a cicatrizar cuando una se atreve a escribirlas. Y tal vez por eso este libro no viene limpio. Viene con rabia. Con heridas. Con sarcasmo. Con preguntas. Con memoria.

Qué vas a encontrar

  • Capítulo 1 · Para los que nunca fueron escuchados
  • Capítulo 2 · Puta, libidinosa y sin arrepentimientos
  • Capítulo 3 · Yo no rehabilito gamines
  • Capítulo 4 · Aceptando migajas de un don nadie
  • Capítulo 5 · Usando cuerpos como curitas
  • Capítulo 6 · La traición disfrazada de amiga
  • Capítulo 7 · Patrocinadora oficial de un descarado
  • Capítulo 8 · La paz mental no se negocia… y mi tiempo tampoco
  • Capítulo 9 · Cuando una mujer libre se vuelve pecado
  • Capítulo 10 · ¿Y ahora qué putas hago con esta libertad?
  • Capítulo 11 · Cuando la familia te quiere ver bien… pero no mejor que ellos
  • Capítulo 12 · Los que se van no duelen por irse… duelen porque nos dejan vivos
  • Capítulo 13 · Los que me obligaron a seguir viviendo
  • Capítulo 14 · Las mujeres que me enseñaron a resistir
  • Capítulo 15 · Ya lloré lo que tenía que llorar… ahora les voy a decir lo que nadie les quiere decir
  • Capítulo 16 · Si Dios, la vida y hasta el cuerpo te hablan… ¿por qué seguís sin escuchar?
  • Capítulo 17 · No es amor… es apego disfrazado con incienso
  • Capítulo 18 · Yo no acuso a nadie… pero las cartas sí me ponen a pensar
  • Capítulo 19 · No soy tu esclava espiritual
  • Capítulo 20 · A mí nadie me sanó. Yo me reconstruí sola.
  • Capítulo 21 · No construí una empresa. Me reconstruí a mí.
  • Capítulo 22 · ¿Y si el karma no es castigo… sino espejo?
  • Capítulo 23 · Yo no fui perfecta. Fui yo. Y eso es suficiente.
  • Las cartas que no envió: diez cartas guardadas en el cajón
  • Epílogo: yo ya me elegí

¿Para quién es?

Si venís buscando una autobiografía ordenada, de pronto este no sea tu libro. Pero si alguna vez la vida te dio una cachetada de esas que todavía escuecen… entonces sentate.

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Putas historias, putos escritos

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Introducción

Hay cosas que uno nunca dice.

No siempre por miedo, sino porque decirlas puede herir a alguien más. Porque hay verdades que, aunque sean ciertas, también pueden romper. Hay palabras que pesan tanto que uno prefiere tragárselas antes que tirárselas encima a otra persona.

Y entonces aparece el silencio.

No porque no duela.

Duele.

Pero a veces el silencio parece menos violento que una verdad dicha sin anestesia.

Por eso todos guardamos historias.

Historias que no contamos completas porque nos da vergüenza, porque nos da miedo que nos juzguen o, simplemente, porque creemos que a nadie le importan.

Yo también guardé las mías.

Durante años me las tragué con rabia, con culpa, con sarcasmo, con esa sonrisa que una aprende a ponerse cuando no quiere explicar el desastre que lleva por dentro.

Hasta que un día me cansé de callarme.

Y cuando una se cansa de verdad, ya no hay garganta que aguante ni silencio que alcance.

Escribí porque entendí que, si no sacaba todo lo que llevaba por dentro, iba a terminar reventándome el alma. Porque hay dolores que no se curan hablando. Hay heridas que solo empiezan a cicatrizar cuando una se atreve a escribirlas.

Pero no escribí este libro para que sientan pesar por mí.

No lo escribí para que me admiren.

Y mucho menos para dar lecciones de vida, de amor o de superación personal.

No.

Este libro nació porque necesitaba decir cosas que durante años me tragué. Porque ya estaba cansada de aparentar que todo estaba bien cuando, por dentro, llevaba un mierdero que ni yo misma entendía.

Y tal vez por eso este libro no viene limpio.

Viene con rabia. Con heridas. Con sarcasmo. Con preguntas. Con memoria. Con esa parte de mí que muchas veces intentaron callar, juzgar o volver más decente.

Y ahora sí…

¿Por qué Putas historias, putos escritos. Sarcástica, loca y puta como la vida misma?

Porque sarcasmo me sobra.

Porque locura me la han adjudicado desde que tengo memoria.

Porque puta me han dicho más veces de las que puedo contar.

Y en lugar de negarlo, decidí convertirlo en bandera.

Porque hay que ser muy cuerda para sobrevivir en este puto mundo de mierda, y lo suficientemente loca como para no dejarse romper del todo.

Entonces un día entendí algo:

Hay palabras que solo duelen mientras uno les tenga miedo.

El día que las haces tuyas, dejan de ser insultos y se convierten en libertad.

Por eso decidí ponerlas en la portada.

No para provocar.

No para escandalizar.

Sino porque esa también soy yo.

Soy sarcástica porque la vida me enseñó que, si una no aprende a reírse de sus propias desgracias, termina llorándolas para siempre.

Soy puta… como la vida misma. Porque la vida también seduce, promete, ilusiona, enamora… y cuando menos lo esperas, te da la espalda y te deja tirada aprendiendo a levantarte sola.

Y soy loca porque todavía creo en la gente.

Porque sigo ayudando aunque muchas veces me fallen.

Porque sigo levantándome después de caerme.

Porque todavía sueño.

Porque todavía escribo.

Porque todavía creo que vale la pena vivir, aunque a veces la vida sea una hijueputa.

Pero este libro no habla solamente de mí.

Habla de todos nosotros.

Porque todos hemos amado a quien no debíamos.

Todos hemos perdido a alguien.

Todos hemos sentido culpa.

Todos hemos perdonado de más.

Todos nos hemos roto alguna vez.

Y todos, aunque sea una sola vez, hemos tenido que recoger nuestros propios pedazos sin que nadie nos ayudara.

Por eso, si vienes buscando una autobiografía ordenada, de pronto este no sea tu libro.

Pero si alguna vez la vida te dio una cachetada de esas que todavía escuecen…

Entonces siéntate.

Porque lo más probable es que, mientras lees mi historia…

…termines encontrándote con la tuya.

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Capítulo 1: Para los que nunca fueron escuchados

¿Sabés qué cansa más que trabajar?

Intentar que alguien entienda lo que le querés decir.

Porque trabajar agota el cuerpo.

Pero explicar una y otra vez lo mismo…

eso desgasta el alma.

Hay un momento en la vida en el que uno deja de dar explicaciones.

No porque uno se canse de hablar.

No.

Uno se cansa de repetir.

Y repetir desgasta más que explicar. Porque cuando uno explica todavía tiene esperanza. Cree que el otro no entendió, que de pronto uno no se expresó bien, que no era el momento o que simplemente las palabras no fueron las adecuadas.

Pero repetir…

Repetir ya es otra cosa.

Repetir es descubrir que el otro sí entendió.

Lo que pasa es que le importa un culo entender.

Y eso emputa.

Porque ya no es falta de comunicación.

Es falta de voluntad.

Porque una cosa es que no te escuchen.

Otra muy diferente es descubrir que nunca quisieron hacerlo.

A mí me pasó.

Y, si soy sincera, estoy casi segura de que a vos también.

Porque todos, alguna vez, hemos hablado contra una pared.

Uno explica.

Argumenta.

Respira.

Vuelve y explica.

Busca otras palabras.

Baja el tono.

Se traga la rabia.

Hasta pone cara de persona espiritualmente evolucionada, de esas que suben frases de Buda a las redes, toman agua con limón, meditan diez minutos y juran que ya sanaron.

Y el otro ni se da por enterado.

Entonces uno empieza a pensar que el problema es uno.

Que hablé muy duro.

Que fui muy hiriente.

Que de pronto no era el momento.

Que hubiera debido respirar.

Contar hasta diez.

Tomarme una Coca-Cola.

Qué sé yo…

Hablar con más amor y todas esas excusas que una se inventa para no aceptar que el otro simplemente no quiere entender.

Mentiras.

El problema no es la forma en que hablás o te expresás.

El problema es que hay personas que solo hacen preguntas cuando ya tienen preparada la respuesta que quieren escuchar.

Y si uno no les responde exactamente eso…

se hacen los locos.

Y en el peor de los casos, se emputan.

Así de sencillo.

La gente vive diciendo:

—Decime la verdad.

Y yo lo pienso dos veces.

Porque esa frase siempre viene con trampa.

Es como cuando alguien te dice:

—No te vas a poner bravo, ¿cierto?

Ahí uno ya sabe que lo que viene es una bomba.

—Decime la verdad.

—¿Seguro?

—Sí.

—Bueno…

Uno respira.

Hace una oración por el alma del otro.

Y habla.

Cinco minutos después ya es la mala.

La hiriente.

La exagerada.

La que no tiene tacto.

La que siempre pelea.

La intensa.

La sarcástica.

No, mi amor.

Vos no querías la verdad.

Vos querías que yo te acariciara el ego.

Querías que te confirmara el cuento que ya te habías inventado para poder dormir en paz.

Porque la verdad tiene un problema muy hijueputa.

No siempre nos deja como los buenos de la película.

A veces nos pone un espejo al frente.

Y hay gente que prefiere romper el espejo antes que aceptar lo que ve.

Especialmente a mí, que nunca he sido buena para tragar entero.

Nunca.

Y eso, créeme, en esta sociedad casi parece un trastorno de personalidad.

A mí no me enseñaron a quedarme callada.

Mi mamá no fue de esas que viven diciendo: “Cállese, que los mayores están hablando”.

Al contrario.

Mi mamá cometió un error gravísimo conmigo.

Me enseñó a leer.

Y uno cree que aprender a leer consiste en juntar letras.

No.

Ni por el putas.

Aprender a leer fue el principio de todos mis problemas.

Porque leer, para mí, no fue juntar palabras.

Fue empezar a desconfiar.

Fue mirar una noticia y preguntarme:

—¿Quién escribió esto?

Fue escuchar un discurso y pensar:

—¿Y este qué será lo que quiere?

Seamos honestos: casi todo el mundo quiere algo.

Fue oír un “te amo” y preguntarme:

—¿Será amor… miedo a quedarse solo… o simplemente ganas de coger?

Uno empieza leyendo libros.

Y cuando menos piensa…

empieza a leer personas.

Porque los libros se pueden cerrar.

Las personas no.

Y ahí sí se nos jodió la vida.

Porque ya no solamente escuchás lo que dicen.

También empezás a notar lo que callan.

Lo que esconden.

Lo que fingen.

Lo que disimulan.

Porque las personas hablan con la boca.

Pero también hablan con los silencios.

Con las miradas.

Con las promesas.

Y, sobre todo…

con lo que nunca cumplen.

Creo que por eso nunca fui fácil de engañar.

No porque fuera más inteligente que los demás.

No.

Tampoco nos pongamos tan místicos.

Era que prestaba atención.

Y prestar atención es peligrosísimo.

Uno empieza a notar quién se alegra de verdad.

Quién aplaude por compromiso.

Quién sonríe por educación.

Y quién está esperando que uno se caiga para decir: —¿Sí ve? Yo sabía que eso no le iba a funcionar.

Mi mamá, la muy mala, también me enseñó a cuestionar.

Y ese sí fue el remate.

Una persona que aprende a cuestionar ya no vuelve a tragarse los cuentos tan fácil.

Yo nunca comía entero.

Desde chiquita tenía esa mala costumbre de preguntar:

—¿Y por qué?

Y esa preguntica tan inocente terminaba incomodando más que un madrazo.

Después mi mamá me enseñó a pensar.

Y así fue como terminó de dañarme.

Una persona que piensa empieza a hacer algo muy peligroso.

Empieza a decidir por sí misma.

Y una persona que decide por sí misma…

es un problema para una sociedad que te quiere libre, pero no tanto; cuerda, pero callada.

Mientras sonrías y asientas con la cabeza, todo el mundo vive feliz y tranquilo.

Pero el día que alguien tiene las agallas de opinar…

se dañó el paseo.

Y pensándolo bien…

el problema no es pensar, preguntar u opinar.

El verdadero problema es hacerlo cuando nadie te está dando permiso para hacerlo.

Preguntar todavía se puede esquivar.

Uno responde cualquier bobada y sale del paso.

Pero una opinión…

Una opinión se para de frente y dice:

—Yo también estoy pensando.

Y eso incomoda muchísimo más.

Obliga al otro a pensar también.

Y pensar, seamos honestos, da una pereza muy hijueputa.

Es mucho más cómodo repetir lo que todo el mundo dice.

Mucho más fácil obedecer.

Mucho más rentable quedarse callado y después llamarle “madurez” a la cobardía.

Yo también intenté hacerlo.

Claro.

Más de una vez me dije:

—Yenny, dejá de opinar tanto.

—No te metás.

—Quedate callada.

—No todo hay que decirlo.

Muchas veces lo he intentado.

Lo juro.

Pero con mi personalidad el impulso me duró un suspiro.

Y es que hacerse la pendeja requiere un talento que yo nunca tendré.

Mientras otras niñas jugaban con muñecas, yo prefería escuchar conversaciones de adultos.

No porque fuera metida.

Es que las personas siempre me parecieron más interesantes que los juguetes.

Las muñecas no escondían nada.

Los adultos sí.

Decían “sí”, pero la cara decía “no”.

Decían “no pasa nada”, mientras el silencio gritaba todo lo contrario.

Y ahí empezó una costumbre que todavía no se me quita.

Aprendí a escuchar más allá de las palabras.

A mirar los gestos.

Las pausas.

Los tonos.

Los silencios que se sientan en la sala como si también tuvieran cédula.

Porque muchas veces una persona cuenta más con un suspiro que con un discurso de media hora.

No me gustaba jugar a ser mamá.

Ni a servir tintos imaginarios.

Ni a fingir conversaciones con muñecas.

Eso me aburría.

A mí me gustaba observar.

Escuchar.

Pensar.

Entender.

Y cuando alguien hacía una pregunta difícil…

ahí sí me emocionaba.

Con los años entendí que esa niña rara nunca desapareció.

Simplemente creció.

Sigo siendo la misma.

La que analiza demasiado.

La que pregunta cosas incómodas.

La que no sabe hacerse la de la vista gorda.

La que prefiere una conversación incómoda a una mentira cómoda.

Muchos dicen que eso es un defecto.

Yo creo que es la única manera que encontré de vivir sin traicionarme.

Porque hay personas que nacen para encajar.

Y hay otras que nacemos para preguntar por qué carajos existe el molde.

Yo, evidentemente, vine en el segundo grupo.

Curiosamente, casi nunca me dijeron mentirosa.

Eso sí no.

Porque hasta quienes se emputaban conmigo sabían que muchas veces yo tenía razón.

Y ese era precisamente el problema.

Porque hay verdades que no molestan por ser mentira.

Molestan porque son exactas.

Con el tiempo entendí que pensar tiene un precio.

Y sí…

A veces ese precio es caerle mal a la gente.

Quedarse sola.

Perder relaciones.

Descubrir que ya no encajás donde antes encajabas.

Pero también entendí otra cosa.

Encajar tiene un precio mucho más alto.

Porque para encajar muchas veces hay que dejar de ser uno mismo.

Y ese sí es un negocio que nunca estuve dispuesta a hacer.

Prefiero que me digan intensa.

Tóxica.

Complicada.

Sarcástica.

Loca.

O puta.

Antes que mirarme un día al espejo y no reconocer a la mujer que tengo al frente.

Así que sí…

si pensar me hace caerle mal a mucha gente…

que se jodan.

La paz no llega cuando todo el mundo te entiende.

La paz llega el día que dejás de disculparte por ser vos.

Y de intentar ser quien no sos para estar bien con todo el mundo.

Este libro no nace de haber callado

Nace de haber hablado y no haber sido escuchada.

De haber advertido.

Gritado.

Explicado.

Razonado.

Y aun así ver cómo las cosas se fueron a la mierda.

Escribir no me cura del todo.

No voy a vender esa mentira barata.

Pero me impide morir en silencio.

Y eso ya es bastante.

Aquí no tengo que medir palabras.

Aquí no hay miradas que tiemblen ni voces que interrumpan.

Aquí puedo decirlo todo y dejar que el que quiera lo lea.

Y el que no…

que cierre el libro.

¿Quién carajos soy yo para escribir esto?

Nací un 25 de julio de 1976, en Medellín, Colombia.

Saque cuentas si quiere.

No soy una mujer joven según el sistema, pero tampoco una vieja domesticada.

“Soy demasiado joven para resignarme,

y demasiado vieja para dejarme pisotear.”

Soy una mujer que ha vivido lo suficiente para no necesitar aprobación, y lo bastante loca como para escribir lo que otros solo se atreven a pensar.

Me llamo Yenny Astrid Londoño.

Soy madre.

Abuela.

Empresaria.

Bruja moderna.

Sarcástica por naturaleza.

Creadora de ideas que pocos entienden, pero que igual me sostienen viva.

Y, sobre todo…

una hijueputa que nunca aprendió a quedarse callada.

Sí, muchas de esas ideas no se pagan.

No siempre funcionan.

No dan “éxito” según el sistema.

Pero igual las parí con amor, locura y fe.

Si esto fuera por reconocimiento, ya habría cerrado el chuzo hace rato.

Pero no.

Sigo.

Porque esto no es por plata.

Es por necesidad de existir.

Y es que, en este mundo absurdo, a muchos les pagan por hablar mierda, y a otros nos condenan por decir la verdad.

No vine a cumplir un papel.

Vine a romper el molde.

No soy escritora por diploma.

Soy escritora porque el alma me lo exige.

Porque cuando ya no puedo callar, las palabras me salen como verdad rabiosa.

“Este libro no lo escribí para gustar.

Lo escribí porque ya no podía guardarlo más.”

Nació del cansancio.

De la rabia.

De las veces que me tragué lo que sentía para no incomodar.

De los días en que ser honesta fue un acto de guerra conmigo misma.

Y si alguien tenía que contar estas historias —estas putas historias— tenía que ser yo.

Porque he sobrevivido a más de lo que cuento.

Porque sé lo que es tragarse la verdad con un nudo en la garganta y aun así levantarse con la frente limpia.

Porque todavía tengo preguntas.

Porque todavía me equivoco.

Porque todavía me arde la vida en algunas partes.

Yo no escribo para cerrar heridas.

Escribo para que otras —como yo— entiendan que estar locamente cuerda es un acto de resistencia.

“Ser mujer, cuerda y libre: tres cosas que el mundo nunca

supo tolerar juntas.”

Y escribir…

es mi manera de seguir viva sin matar a nadie.

De cagarme en lo políticamente correcto

sin que me metan presa.

Este capítulo no es una confesión.

Es una advertencia.

Yo siempre hablé.

El problema nunca fue mi voz.

Era el eco.

Y si vos, que estás leyendo esto, alguna vez sentiste que hablaste, explicaste, lloraste, gritaste, rogaste o escribiste para que alguien por fin entendiera…

dejame decirte algo:

quizás el problema nunca fue tu voz.

Quizás estabas intentando ser escuchada por personas que solo querían que bajaras el volumen.

Porque una vez una aprende a escucharse a sí misma…

ya nunca vuelve a pedir permiso para ser quien es.

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Capítulo 2: Puta, libidinosa y sin arrepentimientos

Hay palabras que nunca nacieron para describir a nadie.

Nacieron para juzgar.

Para señalar.

Para hacer que una persona sienta vergüenza de haber vivido.

Puta.

Loca.

Libidinosa.

Bruja.

Tóxica.

Qué curioso…

Casi siempre esas palabras terminan cayéndole a las mujeres.

Porque cuando un hombre ha pasado por muchas camas…

es un berraco.

Tiene experiencia.

“Ha vivido.”

Pero cuando una mujer ha vivido exactamente lo mismo…

deja de ser una mujer.

Y se convierte en un insulto.

Nunca he entendido esa lógica.

Ni creo que algún día la entienda.

Porque el deseo no tiene sexo.

Las ganas tampoco.

La necesidad de sentirse querido mucho menos.

Todos hemos buscado amor donde no era.

Todos hemos confundido deseo con cariño.

Todos hemos abrazado personas equivocadas solo porque el alma también siente frío.

La diferencia…

es que a unos los felicitan.

Y a otras las condenan.

Qué manera tan hijueputa de medir la vida.

Como si una persona pudiera resumirse por la cantidad de besos que dio.

Como si un cuerpo tuviera más valor por todo lo que escondió que por todo lo que se atrevió a sentir.

Y ahí fue donde entendí una cosa.

La gente no juzga la vida sexual de una mujer.

Juzga que una mujer sea dueña de su propia vida.

Sí.

Por mi vida han pasado muchos hombres.

Y si eso me convierte en puta, libidinosa o lo que se les ocurra decir…

bien puedan.

Porque no me avergüenzo.

No me explico.

Y, mucho menos, me disculpo.

Algunos pasaron por mi cama sin dejar huella.

Otros se quedaron enredados en mis ganas.

A algunos los amé.

A otros los abracé solo para no dormir sola.

Con unos reí hasta que me dolió el estómago.

Con otros lloré hasta que me dolió el alma.

Y hubo varios que hoy ni siquiera recuerdo por qué llegaron.

Mis ositos.

Con nombres.

Sin historia.

Con promesas huecas.

Y abrazos reciclados.

Porque no todas las personas que pasan por la vida de uno vienen a cambiarla.

La mayoría apenas son una estación.

Un capítulo corto.

Un recuerdo que el tiempo termina desdibujando.

Pero hubo cuatro.

Cuatro hombres que no fueron una anécdota.

Fueron un antes y un después.

No porque fueran los mejores.

Ni porque los hubiera amado más.

Sino porque cada uno dejó una versión distinta de mí sobre la mesa.

Uno me enseñó que enamorarse no alcanza para construir una vida.

Otro me mostró que el amor puede convertirse en una cárcel cuando se confunde con control.

Uno me enseñó que una promesa frente a un altar no garantiza la lealtad.

Y el último…

El último me enseñó la lección más dolorosa de todas.

Que uno puede amar de verdad…

y aun así quedarse solo.

Pero esa…

esa historia todavía no.

Primero tengo que contarles cómo empezó todo.

Porque, como casi todas las tragedias…

la mía también empezó creyendo que había encontrado al hombre correcto.

El primero: el donador de semen

Hay amores que duran toda la vida.

Y hay otros que duran exactamente el tiempo necesario para cambiarla.

El primer amor casi nunca llega con experiencia.

Llega con ilusiones.

Con la absurda certeza de que esa persona va a estar ahí para siempre.

Porque cuando uno se enamora por primera vez, todavía cree que el amor alcanza para resolverlo todo.

Todavía no sabe que el amor también se acaba.

Que la gente también miente.

Que existen los cobardes.

Y que hay personas capaces de prometer un futuro mientras ya están pensando en irse.

Yo tenía diecisiete años.

Y, como casi todas las personas a esa edad, todavía confundía intensidad con amor.

Él era subteniente del Ejército.

Y si algo aprendí después fue que el uniforme hace ver valientes a muchos hombres…

hasta que llega el momento de responder por sus actos.

Nos enamoramos.

O, al menos, eso creí yo.

Lo trasladaron.

Y yo, como buena pendeja enamorada, caminaba ocho cuadras todos los días para llamarlo desde un teléfono público.

Hoy suena romántico.

En esa época era amor.

O eso pensaba.

Él prometía.

Yo creía.

Así de sencillo.

Cuando regresó, sentí que todo había valido la pena.

Hasta que la vida, que tiene un humor bastante hijueputa, decidió recordarme que las despedidas también embarazan.

Lo volvieron a trasladar.

Esa última noche hubo tragos.

Hubo lágrimas.

Hubo despedidas.

Y hubo un par de decisiones tomadas con el corazón… y no con la cabeza.

Meses después, el día de mi grado, la prueba salió positiva.

Mi mamá caminaba orgullosa a mi lado.

Yo sonreía para la foto.

Y por dentro sentía que el mundo se me estaba cayendo encima.

Mi mamá todavía no sabía nada.

O tal vez las mamás sí saben y simplemente esperan el momento en que uno encuentre el valor para decirlo.

Porque las mamás tienen esa extraña costumbre de descubrir las tragedias antes que los hijos.

Yo caminaba por la casa fingiendo normalidad.

Sonriendo.

Haciendo planes.

Graduándome.

Mientras por dentro llevaba una guerra que nadie veía.

Y él…

Él estaba lejos.

O eso creía yo.

Hasta que llegó el viaje de graduación.

El paseo que, según los profesores, iba a ser el mejor recuerdo del colegio.

Y sí.

Lo fue.

Pero no por las razones que ellos imaginaban.

El bus hizo una parada en una base militar.

Justamente donde él estaba prestando servicio.

Yo sentí que el corazón se me salía del pecho.

Pensé:

“Qué belleza… Dios todavía se acuerda de mí.”

Vida hijueputa…

Qué ingenua era.

Pregunté por él.

Y uno de sus compañeros, con la tranquilidad del que no sabe que está destruyendo el mundo de otra persona, respondió:

—No está.

Está de permiso.

Fue a visitar a la novia.

A la novia.

Recuerdo que esa palabra hizo más ruido que cualquier disparo.

No lloré.

Ni grité.

Ni armé escándalo.

Hay dolores tan grandes que ni siquiera salen por los ojos.

Simplemente te dejan vacía.

Y ahí estaba yo.

Embarazada.

Creyendo que era la única mujer de su vida.

Mientras él estaba visitando a otra.

Qué ironía.

Uno pasa meses imaginando la peor conversación de su vida…

Y al final la verdad termina saliendo de la boca de un desconocido.

Al otro día volvió.

Yo todavía tenía una pequeña esperanza.

Porque cuando uno está enamorado, la esperanza es la última pendejada que abandona.

Lo vi bajar.

Caminó hacia mí.

Y durante unos segundos pensé que todo tenía una explicación.

Que había un malentendido.

Que alguien se había equivocado.

Hasta que abrió la boca.

—Sí…

Tengo otra.

Y no quiero un bebé.

Eso fue todo.

Ni un abrazo.

Ni una disculpa.

Ni un intento de salvar lo que quedaba.

Solo una frase.

Hay personas que necesitan una conversación para destruirte.

Él lo hizo en ocho palabras.

Días después llegó una carta.

De esas que uno abre temblando porque todavía conserva un pedacito de esperanza.

Decía que éramos muy jóvenes.

Que cada uno debía seguir su camino.

Que era lo mejor para los dos.

Mentiras.

Cuando alguien escribe “es lo mejor para los dos”, casi siempre quiere decir:

“Ya decidí por los dos.”

Dentro del sobre también venía dinero.

Para que “solucionara el problema”.

Todavía recuerdo que me quedé mirando esos billetes un buen rato.

Pensando.

Llorando.

Respirando.

Y de un momento a otro…

Me dio risa.

Sí.

Risa.

Porque entendí que había hombres capaces de ponerle precio a una vida.

Así que hice exactamente lo contrario de lo que él esperaba.

Agarré la plata…

Y me fui de compras.

Compré una cuna.

Azul.

Porque estaba convencida de que iba a tener un niño.

No sé por qué.

Simplemente lo sabía.

Y mientras armaba esa cuna entendí algo que me demoraría muchos años en volver a comprender.

Hay personas que llegan para abandonarte.

Y, sin querer… Te dejan el regalo más grande de tu vida.

Porque si hoy me preguntaran si borraría esa historia…

La respuesta seguiría siendo no.

No por él.

Ni por lo que hizo.

Sino porque de ese amor cobarde nació el amor más grande que he conocido.

Y eso…

Eso hace que hasta las peores historias tengan un pedacito de sentido.

Una cuna azul

Siempre me ha dado risa una cosa.

La gente cree que la maternidad empieza cuando nace un hijo.

Mentiras.

La maternidad empieza el día que una mujer deja de pensar solamente en ella.

Yo todavía era una niña.

Y, sin embargo, ya estaba haciendo cuentas.

¿Dónde iba a dormir?

¿Cómo iba a trabajar?

¿Con qué lo iba a mantener?

¿Qué iba a decir mi mamá?

De un momento a otro dejé de pensar en el muchacho que me había dejado.

Ahora todo giraba alrededor de una personita que todavía ni siquiera conocía.

Qué cosa tan rara el amor.

Hay personas que necesitan años para aprender a querer.

Y hay hijos que uno ama antes de saber el color de sus ojos.

Mientras armaba aquella cuna azul me di cuenta de algo.

Yo ya no tenía tiempo para morirme de tristeza.

Ahora tenía que aprender a vivir.

Porque alguien dependía de mí.

Y eso cambia absolutamente todo.

Nunca volví a ser solamente Yenny.

Desde ese día también fui mamá.

Y creo que nadie vuelve a ser el mismo después de escuchar, por primera vez, la palabra “mamá” saliendo de una boca chiquita.

Todavía no había nacido.

Y ya me estaba salvando la vida.

Si hoy pudiera volver a encontrarme con esa muchacha de diecisiete años, no le diría:

—No te enamorés de él.

No.

Porque entonces tampoco conocería al hijo que tanto ama.

Lo único que le diría sería:

—Tranquila.

Llorá todo lo que tengás que llorar.

Sentí toda la rabia que tengás que sentir.

Pero no te preocupés.

Todavía no lo sabés…

pero un día vas a mirar hacia atrás y vas a descubrir que el peor día de tu vida también fue el comienzo del mejor amor que vas a conocer.

Y eso…

eso hace que hasta el dolor tenga sentido.

El infierno con nombre y título

Durante mucho tiempo pensé que esa historia había terminado ahí.

Con una carta.

Una cuna azul.

Y un corazón vuelto mierda.

Qué equivocada estaba.

La vida apenas estaba calentando motores.

Porque cuando una cree que ya aprendió la lección…

aparece alguien dispuesto a ponerla a prueba otra vez.

Y ahí fue cuando llegó él.

Yo todavía estaba embarazada.

Tenía diecisiete años.

Un embarazo que apenas estaba aprendiendo a aceptar.

Más preguntas que respuestas.

Y un miedo que intentaba esconder detrás de una sonrisa.

Él no llegó hablándome de amor.

Llegó hablándome de tranquilidad.

Primero fue mi amigo.

Y, si soy sincera, creo que eso fue lo que terminó abriéndole la puerta a mi vida.

Porque la amistad desarma.

Uno baja la guardia.

Confía.

Empieza a sentir que, después de tanto golpe, por fin apareció alguien bueno.

Me escuchaba.

Me acompañaba.

Se preocupaba por mí.

Me prestó la EPS para los controles del embarazo.

Y cuando uno viene de una decepción tan grande…

gestos tan simples como esos se sienten gigantes.

Yo no estaba buscando otro hombre.

Ni siquiera estaba pensando en enamorarme otra vez.

Lo único que necesitaba era sentir que no estaba sola.

Y él apareció exactamente en ese momento.

Qué peligro tienen las personas que llegan cuando uno está roto.

Porque uno no las mira con los ojos.

Las mira desde la necesidad.

Y la necesidad tiene la mala costumbre de disfrazar las alarmas de esperanza.

Durante varios meses fue exactamente eso.

Mi amigo.

La persona con la que hablaba cuando sentía que el mundo se me estaba cayendo encima.

El que me hacía reír cuando ya había llorado demasiado.

El que aparecía cuando necesitaba ayuda.

Y, poco a poco, sin darme cuenta…

empecé a acostumbrarme a su presencia.

Porque el cariño casi nunca llega haciendo ruido.

Llega despacito.

Un día descubrís que esa persona ya hace parte de tu rutina.

Que esperás sus llamadas.

Que te hace falta cuando no aparece.

Y que, sin saber cómo, terminó ocupando un espacio que jurabas que nadie volvería a ocupar.

Con el tiempo dejamos de ser solo amigos.

Y yo volví a creer.

Porque uno es muy valiente para decir que nunca volverá a enamorarse…

hasta que aparece alguien que le devuelve la esperanza.

Y yo tenía diecisiete años.

¿Qué iba a saber del amor?

Todavía creía que las personas buenas llegaban para quedarse.

No imaginaba que algunas llegan solo para enseñarte una lección.

Al principio todo parecía bonito.

Él era atento.

Responsable.

Trabajador.

Me hacía sentir protegida.

Y, después de haber sido abandonada estando embarazada, esa sensación valía más que cualquier palabra de amor.

Yo no buscaba un príncipe.

Ni un héroe.

Solo alguien que no saliera corriendo.

Y él, al principio…

no salió corriendo.

Al contrario.

Se quedó.

Y fue precisamente eso lo que hizo que confiara.

Porque la confianza no nace de un “te amo”.

La confianza nace de la constancia.

De los pequeños detalles.

De sentir que alguien está ahí cuando más lo necesitás.

Nunca imaginé que el mismo hombre que me estaba ayudando a levantarme…

algún día iba a convertirse en la persona de la que tendría que escapar.

Y lo más duro…

es que ese cambio no pasó de un día para otro.

Las personas casi nunca muestran quiénes son desde el principio.

Primero te enamoran de la versión que quieren que conozcas.

La otra…

la verdadera…

aparece cuando ya sienten que no te vas a ir.

Y yo todavía no tenía idea de lo que venía.

Todavía no sabía que el amor también puede convertirse en una jaula.

Ni que hay cárceles donde las rejas no son de hierro…

sino de culpa.

De miedo.

Y de manipulación.

Cuando el amor empezó a parecerse a una jaula

Con el tiempo empezamos a hacer una vida juntos.

Y, por primera vez desde que todo se había derrumbado, sentí que podía volver a respirar.

Yo seguía siendo una niña.

Pero ya me sentía vieja.

Hay dolores que envejecen más que los años.

Él conoció a mi hijo cuando todavía estaba en la barriga.

Y, cuando nació, también estuvo ahí.

Por eso nunca vi venir lo que pasó después.

Porque uno nunca espera que el golpe venga de la mano que lo estaba sosteniendo.

Al principio eran detalles tan pequeños que uno ni siquiera les presta atención.

—¿Con quién hablaste?

—¿Para dónde vas?

—¿A qué horas volvés?

Y uno responde.

Porque cree que eso también hace parte del amor.

Después ya no eran preguntas.

Eran decisiones.

Y sin darme cuenta…

mi vida empezó a dejar de ser mía.

Pero hubo algo que todavía hoy me sigue pareciendo de una crueldad difícil de explicar.

Yo tomaba pastillas para no volver a quedar embarazada.

O, al menos…

eso creía.

Él era quien me las entregaba todos los días.

Con una sonrisa.

Como quien cuida a la mujer que ama.

—Gordita…

tómese la pastilla.

Y yo me la tomaba.

Confiando.

Porque cuando uno ama…

también entrega la confianza.

Y jamás imaginé que alguien pudiera usar esa confianza para encerrarme más.

Muchos años después entendí lo que había hecho.

Las cajas traían veintiocho tabletas.

Veintiuna eran anticonceptivos.

Las otras siete…

eran solo vitaminas.

Y él sabía perfectamente cuáles eran cuáles.

A mí me daba únicamente las vitaminas.

Todos los días.

Mientras yo pensaba que me estaba cuidando…

él ya había decidido por los dos.

Todavía hoy, cuando recuerdo esa escena…

me cuesta creerla.

Porque hay violencias que no dejan moretones.

Dejan preguntas.

¿Cómo alguien puede decir que te ama…

mientras decide sobre tu cuerpo sin preguntarte?

¿Cómo alguien puede hablar de futuro…

mientras te quita la posibilidad de elegir el tuyo?

Eso no era amor.

Ni protección.

Ni siquiera era miedo a perderme.

Era control.

Y el control nunca ha sido una forma de amar.

Nunca.

Cuando la prueba volvió a salir positiva…

sentí que el piso desaparecía otra vez.

No entendía.

Yo hacía todo bien.

Tomaba mis pastillas.

Era imposible.

Hasta que la verdad apareció.

Y, con ella…

también apareció otra versión de él.

Una que yo no conocía.

Una mucho más oscura.

Porque ya no bastaba con controlar mis decisiones.

Ahora también quería controlar mi vida.

Y ahí comenzaron los gritos.

Los golpes.

El miedo.

Y el silencio.

Al principio uno siempre encuentra explicaciones.

“Está estresado.”

“Ha tenido un mal día.”

“Está preocupado.”

Uno justifica lo injustificable porque aceptar la verdad duele más.

Después empezás a cambiar sin darte cuenta.

Dejás de ponerte cierta ropa porque a él no le gusta.

Dejás de hablar con ciertas personas porque “le incomodan”.

Dejás de salir.

Dejás de opinar.

Dejás de reírte tan duro.

Y un día descubrís que llevás meses dejando de ser vos… para que el otro no se enoje.

Si hubiera empezado pegándome desde el primer día, probablemente habría salido corriendo.

Pero nadie empieza una prisión mostrando las rejas.

Primero la decoran.

Le ponen flores.

Le dicen hogar.

Y cuando querés darte cuenta…

la puerta ya está cerrada por dentro.

Lo peor no era el miedo.

Lo peor era que yo todavía seguía creyendo que podía cambiarlo.

Porque cuando una ama, desarrolla una capacidad impresionante para negociar con la realidad.

Uno se convence de que mañana será diferente.

De que esta vez sí entendió.

De que ya no va a volver a pasar.

Qué peligrosa es la esperanza cuando está puesta en la persona equivocada.

Y mientras yo seguía esperando que él cambiara…

la que iba desapareciendo era yo.

Cada día hablaba un poco menos.

Me reía un poco menos.

Soñaba un poco menos.

Hasta que un día me miré al espejo…

y no reconocí a la muchacha que tenía al frente.

Había dejado de vivir.

Estaba sobreviviendo.

Y sobrevivir no es vivir.

Es respirar mientras esperás que llegue un día mejor.

Una noche entendí que ya no tenía miedo de quedarme sola.

Tenía miedo de quedarme.

Y esa diferencia… me salvó la vida.

Porque hay un momento en que el cuerpo empieza a entender lo que el corazón todavía se niega a aceptar.

Ese día dejé de preguntarme cómo podía salvar esa relación.

Y empecé a preguntarme cómo podía salvarme yo.

La mujer que siempre volvía por mí

Hay personas que tienen un héroe.

Yo tuve una mamá.

Mi pobre mamá vivía con el corazón hecho un nudo.

Cada vez que sonaba el teléfono, una parte de ella ya sabía que algo estaba pasando.

Y casi siempre tenía razón.

Yo la llamaba llorando.

Ella nunca preguntaba mucho.

Solo decía:

—¿Dónde está?

Y allá aparecía.

No importaba la hora.

No importaba si estaba cansada.

No importaba si tenía plata para el pasaje.

Ella llegaba.

Una y otra vez.

Como si toda su vida hubiera consistido en apagar los incendios donde yo terminaba metida.

Y yo…

Como buena hija terca.

Volvía.

Porque él siempre encontraba la manera de convencerme.

A veces con lágrimas.

A veces con promesas.

A veces jurando que ahora sí iba a cambiar.

Y yo quería creerle.

No porque fuera ingenua.

Sino porque nadie quiere aceptar que la persona que ama también puede convertirse en la persona que más daño le hace.

Así pasaron meses.

Tal vez años.

Ya ni sé.

El tiempo, cuando uno vive con miedo, deja de medirse en calendarios.

Empieza a medirse en crisis.

En gritos.

En silencios.

En noches largas.

En la esperanza de que mañana sea diferente.

Hasta que un día…

Mi mamá dejó de convencerme.

Ese día me miró.

Muy seria.

Y me dijo:

—Ya estuvo bueno.

Nos vamos.

No era una pregunta.

Era una decisión.

Y, por primera vez en mucho tiempo…

Yo no discutí.

Simplemente lloré.

Porque, en el fondo, llevaba demasiado tiempo esperando que alguien decidiera por mí lo que yo todavía no tenía fuerzas para hacer.

Recogimos lo poco que había.

Unas cuantas mudas de ropa.

Los niños.

Y una vida hecha pedazos.

Metimos todo en unas maletas.

Y nos fuimos.

Sin saber qué iba a pasar al otro día.

Sin plata.

Sin certezas.

Pero con algo que hacía mucho tiempo no sentía.

Esperanza.

Todavía recuerdo cerrar aquella puerta.

No sentí alegría.

Sentí miedo.

Muchísimo miedo.

Porque irse nunca es fácil.

Incluso cuando uno sabe que quedarse es peor.

Esa noche entendí que escapar no siempre es un acto de cobardía.

A veces…

escapar también es una forma de sobrevivir.

Y otras veces… es la primera decisión valiente que uno toma en muchos años.

Mucho tiempo después entendí algo.

Yo siempre creí que mi mamá iba a rescatarme.

Y sí.

Lo hizo.

Pero no me rescató de él.

Me rescató de la mujer en la que me estaba convirtiendo.

Porque otro año más en esa casa…

Y esta historia probablemente nunca habría sido escrita.

Después de la tormenta

Con los años la vida siguió.

Los niños crecieron.

Yo también.

Y un día descubrí algo que jamás imaginé.

Ya no le tenía miedo.

Ya no guardaba rencor.

No porque lo que hizo hubiera estado bien.

Ni porque se me hubiera olvidado.

Las cicatrices no borran la memoria.

Lo que pasa es que entendí que vivir con rencor era seguir amarrada a un pasado que ya no podía cambiar.

Y yo ya había perdido demasiado tiempo viviendo hacia atrás.

La vida dio muchas vueltas.

Muchas.

Las suficientes para que un día termináramos hablando otra vez.

Nos volvimos amigos.

Sí…

Suena raro.

Pero la vida tiene un sentido del humor muy extraño.

Con el tiempo entendimos que ya no tenía sentido seguir peleando por una guerra que había terminado hacía muchos años.

Él siguió siendo el papá de mi hijo.

Y yo seguí siendo la mamá de nuestro hijo.

Eso nunca cambió.

Y hace apenas un mes…

la vida volvió a sorprenderme.

Murió.

Cuando recibí la noticia no sentí rabia.

No sentí alivio.

Sentí tristeza.

Porque, al final, detrás de todos nuestros errores, de nuestras peleas y de todo el dolor que nos hicimos…

seguía siendo una persona que había compartido una parte muy importante de mi vida.

Y seguía siendo el papá de uno de los dos mayores regalos que Dios me dio.

Lo acompañé hasta donde pude.

Como ser humano.

Como mamá de su hijo.

Porque entendí hace muchos años que una cosa era lo que había pasado entre nosotros…

y otra muy distinta era la clase de persona que yo quería ser.

No me arrepiento.

Al contrario.

Me da paz saber que cuando la vida nos dio la última oportunidad de tratarnos con respeto…

la aprovechamos.

Hoy, cuando pienso en él, ya no recuerdo solamente el dolor.

También recuerdo los momentos buenos.

Las risas.

Las conversaciones.

Y, sobre todo…

el hijo maravilloso que dejó en este mundo.

Porque si algo me enseñó la vida es que las personas nunca son completamente buenas…

ni completamente malas.

Somos una mezcla de luces y sombras.

Y él, como todos nosotros, fue exactamente eso.

El del vestido blanco, los aplausos en la iglesia y las mentiras envueltas en votos

Después de todo lo que había vivido, juré que nunca volvería a enamorarme.

Duré exactamente el tiempo que la vida se demoró en ponerme otro hombre en el camino.

Qué poco duran los juramentos cuando el corazón todavía tiene ganas de creer.

Él era viudo.

Yo era una mujer que venía de recoger los pedazos de sí misma.

Los dos llegamos con cicatrices.

Los dos traíamos hijos.

Él tenía dos.

Yo tenía dos.

Y, sin darnos cuenta, empezamos a construir algo que se parecía muchísimo a una familia.

Nunca existieron “sus hijos” y “mis hijos”.

En esta casa éramos seis.

Y punto.

Yo nunca supe querer a medias.

Así que terminé siendo mamá de cuatro.

Como si siempre hubieran sido míos.

Nos enamoramos.

Hicimos planes.

Construimos una vida.

Y un día terminé vestida de blanco.

Todavía recuerdo los aplausos.

Las fotos.

La iglesia.

Las felicitaciones.

La cara de felicidad de la gente que nos quería.

Y también recuerdo la mía.

Porque sí…

yo era feliz.

Y quiero escribirlo.

Porque sería muy injusto fingir que todo fue un desastre.

No.

También hubo amor.

También hubo risas.

También hubo días donde pensé que, por fin, la vida me estaba regalando una segunda oportunidad.

Y creo que ese fue precisamente el problema.

Bajé la guardia.

Volví a confiar.

Volví a creer que ahora sí.

Qué peligrosa puede ser la esperanza cuando una viene de pasar tantos años sobreviviendo.

Después llegaron las fiestas.

Las reuniones.

Las rumbas de cada fin de semana.

Y, para ser sincera…

las disfrutábamos.

Después de tantos años de dolor, volver a bailar se sentía como volver a respirar.

Nos reuníamos con amigos.

Con amigas.

Nos tomábamos unos tragos.

Nos reíamos hasta la madrugada.

Yo sentía que, por fin, estaba viviendo la juventud que la vida me había aplazado.

Nunca imaginé que muchas de esas noches…

iban a terminar convirtiéndose en algunos de los recuerdos más amargos de mi vida.

Porque mientras yo me quedaba dormida, confiando en el hombre con el que me había casado…

él empezaba a escribir una historia completamente distinta a la que yo creía estar viviendo.

Al principio nunca vi nada raro.

O, mejor dicho…

si lo vi, preferí no darle importancia.

Porque cuando uno está enamorado también aprende un oficio muy peligroso.

El de justificar.

Uno siempre encuentra una explicación.

“No fue para tanto.”

“Estoy exagerando.”

“Seguro entendí mal.”

Y así, poquito a poquito…

uno empieza a traicionarse a sí mismo antes de que el otro termine de hacerlo.

Lo más curioso de las mentiras es que casi nunca se descubren por una prueba.

Se descubren porque la intuición empieza a cansarse de que la ignoren.

Primero fue una sensación.

Después una mirada.

Luego un comentario que no cuadraba.

Una risa que sobraba.

Un silencio demasiado largo.

Nada era suficiente para acusar a nadie.

Pero todo empezaba a incomodarme.

Y ahí apareció otra vez una versión de mí que yo creía haber dejado atrás.

La mujer desconfiada.

La que preguntaba demasiado.

La que necesitaba saber dónde estaba.

Con quién.

Por qué.

A qué horas.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo.

Que estaba viendo cosas donde no las había.

Que mis celos eran el resultado de todo lo que había vivido antes.

Y, para ser sincera…

algo de eso también era verdad.

Venía de una relación donde aprendí a vivir desconfiando.

Así que muchas veces me repetía:

—No dañés esta relación por culpa del pasado.

Y hacía el esfuerzo.

Respiraba.

Me quedaba callada.

Intentaba creer.

Pero la intuición…

esa hijueputa nunca se callaba.

Seguía ahí.

Como una piedrita dentro del zapato.

Molestando.

Recordándome que había algo que no encajaba.

Y llegó un momento en que empecé a hacer algo que nunca me había gustado.

Vigilar.

Esperar.

Preguntar.

Buscar respuestas donde antes solo había confianza.

No me siento orgullosa de esa versión de mí.

Porque esa no era la mujer que yo quería ser.

Pero tampoco puedo juzgarla.

Hoy la entiendo.

Porque una persona que ha sido traicionada varias veces deja de reaccionar desde la tranquilidad.

Empieza a reaccionar desde el miedo.

Y el miedo…

es un pésimo consejero.

Hubo discusiones.

Muchas.

Algunas por cosas pequeñas.

Otras por cosas que hoy ni siquiera recuerdo.

Yo levantaba la voz.

Él también.

Yo reclamaba.

Él se defendía.

Y poco a poco dejamos de hablar para empezar simplemente a discutir.

Lo más triste…

es que mientras nosotros peleábamos…

los niños seguían creciendo.

Y hoy pienso en eso…

y me rompe el alma.

Porque ningún hijo debería aprender lo que es el amor viendo a dos adultos hacerse daño.

Hay una parte de esta historia que también me corresponde contar.

Porque este libro no lo escribí para salir bien librada.

Yo también me equivoqué.

Y mucho.

Hubo momentos en los que fui hiriente.

Hubo palabras que nunca debí decir.

Hubo gritos.

Hubo reclamos.

Y hasta hubo veces en que reaccioné físicamente.

No me enorgullece.

Pero tampoco lo voy a esconder.

Porque esa también fui yo.

No la mujer que soy hoy.

La mujer rota que era en ese momento.

Una mujer cansada.

Desgastada.

Con cuatro hijos dependiendo de ella.

Trabajando sin parar.

Intentando sostener una casa que sentía que cada día pesaba más sobre sus hombros.

No…

Eso no justifica mis errores.

Pero sí explica de dónde nacían.

Porque cuando uno lleva demasiado tiempo cargando el mundo…

hay un día en que cualquier cosa termina derramando el vaso.

Y fue ahí donde entendí una verdad muy incómoda.

Yo había salido de una relación siendo la víctima.

Y, sin darme cuenta…

en muchos momentos terminé convirtiéndome también en agresora.

No porque disfrutara hacer daño.

Sino porque las heridas que nunca sanamos… terminan respondiendo por nosotros.

Y esa fue una de las lecciones más dolorosas de toda mi vida.

Descubrir que el dolor no solo destruye.

A veces también transforma.

Y si uno no tiene cuidado…

puede terminar pareciéndose a aquello de lo que tanto intentó escapar.

Llegó un momento en que la casa seguía llena…

pero la relación ya estaba vacía.

Dormíamos bajo el mismo techo.

Comíamos en la misma mesa.

Criábamos a los mismos hijos.

Pero cada uno empezaba a vivir en un mundo diferente.

Y eso es mucho más triste que una separación.

Porque uno puede separarse de alguien…

pero seguir durmiendo al lado de un extraño…

eso sí duele.

Yo seguía trabajando como una loca.

Siempre he tenido un problema muy grave.

Cuando la vida se me desordena… trabajo más.

Como si produciendo pudiera arreglar lo que se estaba rompiendo dentro de mí.

Él seguía siendo el hombre simpático.

El que caía bien.

El que siempre tenía una sonrisa.

Y yo…

yo era la brava.

La que reclamaba.

La que dañaba el ambiente.

Qué curioso.

La persona que carga la casa termina pareciendo el problema.

Y la que se hace la marica…

termina siendo la víctima.

La vida tiene unas ironías muy malparidas.

Un día dejé de preguntarme si me estaba engañando.

Y empecé a preguntarme otra cosa.

¿Por qué necesitaba tantas mujeres para sentirse suficiente?

Porque cuando uno deja de competir con las otras… empieza a mirar realmente a la persona que tiene al frente.

Y entendí algo.

Nunca se trató de ellas.

Nunca.

Se trataba de él.

Había personas que necesitan sentirse deseadas todo el tiempo.

Necesitan que alguien les diga que son lindos.

Que son importantes.

Que todavía levantan suspiros.

Como si el aplauso de los demás fuera el único espejo donde pudieran verse.

Y yo…

yo ya estaba demasiado ocupada intentando sacar adelante una familia como para convertirme también en animadora del ego de otro adulto.

Con el tiempo aparecieron las certezas.

No una.

Varias.

Y ahí fue donde entendí que no había sido un error.

Había sido una costumbre.

Porque un error pasa una vez.

Una costumbre…

ya es una decisión.

Y fue en ese momento cuando dejé de hacerme una pregunta que me había acompañado durante años.

¿Qué hice mal?

Porque la respuesta era muy sencilla.

Nada.

Las decisiones de otra persona nunca hablan de nuestro valor.

Hablan del suyo.

Y esa verdad me costó muchísimos años aprenderla.

Hubo un día en que dejé de pelear.

No porque todo estuviera bien.

Sino porque estaba cansada.

Muy cansada.

Descubrí que uno puede ganar todas las discusiones…

y perder la paz.

Y yo ya había perdido demasiadas cosas para seguir perdiendo también la tranquilidad.

Fue ahí cuando empecé a soltar.

Fui soltando poquito a poquito.

Primero la necesidad de tener respuestas.

Después la necesidad de tener la razón.

Y, por último…

la necesidad de salvar una relación que hacía mucho tiempo había dejado de querer salvarse a sí misma.

Hubo una noche en la que entendí que ya no estaba peleando por amor.

Estaba peleando por orgullo.

Y el orgullo es un consejero tan malo como el miedo.

Yo quería que cambiara.

Quería que entendiera.

Quería que viera todo lo que yo hacía por esa familia.

Trabajaba.

Criaba cuatro hijos.

Sacaba la casa adelante.

Vivía pendiente de que no faltara nada.

Y, sin darme cuenta, empecé a convertirme en la administradora de la vida de todo el mundo.

Cuidaba la plata.

Las cuentas.

Las responsabilidades.

Hasta terminaba pendiente de que él no se gastara el sueldo antes de llegar a la casa.

Y un día me hice una pregunta que nunca había querido hacerme.

¿En qué momento dejé de sentirme esposa… para empezar a sentirme la mamá de otro adulto?

Esa pregunta me dolió más que cualquier infidelidad.

Porque entendí que el amor se había ido desgastando entre recibos, obligaciones y decepciones.

Y cuando una relación llega a ese punto…

ya no hay beso que alcance para arreglarla.

Con los años entendí algo que me costó muchísimo aceptar.

Yo no era la misma mujer que había entrado a ese matrimonio.

Pero él tampoco era el mismo hombre.

Los dos habíamos cambiado.

Los dos nos habíamos herido.

Los dos habíamos cometido errores.

Solo que algunos errores dejan cicatrices más visibles que otros.

Y llegó el día en que entendimos que insistir también puede ser una forma de hacerse daño.

Nos soltamos.

Sin escándalos.

Sin guerras.

Sin convertirnos en enemigos.

Porque después de todo…

habíamos compartido demasiada vida para terminar tratándonos como desconocidos.

Y aquí viene una de las ironías más bonitas de mi historia.

La gente cree que de ese matrimonio solo me quedaron malos recuerdos.

Qué va.

También me quedó un hijo.

No nació de mi vientre.

Llegó a mi vida siendo un niño.

Y, sin darme cuenta, un día empezó a decirme:

—Má…

Hoy ya es un hombre.

Y casi todos los días me llama.

No para pedirme plata.

No para pedirme favores.

Solo para preguntarme: —Má… ¿cómo estás? ¿Estás bien?

Y cada vez que escucho esa pregunta…

la vida me recuerda que el amor no siempre nace de la sangre.

A veces nace de la decisión de quedarse.

De acompañar.

De querer.

Y eso…

eso también es ser mamá.

Si hoy me preguntan por aquel hombre…

no puedo responder con odio.

Sería injusto.

Hubo cosas que me rompieron.

Sí.

Pero también hubo cosas muy bonitas.

Compartimos años.

Construimos una familia.

Y, aunque el matrimonio no sobrevivió…

el cariño sobrevivió de otra manera.

Hoy seguimos siendo amigos.

Seguimos riéndonos de muchas cosas.

Y entendimos algo que nos tomó demasiados años aprender:

Hay personas que dejan de ser pareja… pero nunca dejan de ser familia.

Y eso…

también es una forma de amor.

El hombre con el que siempre soñé

Hay una cosa que nunca pensé volver a hacer.

Casarme.

Sí.

Yo.

La misma que llevaba años diciendo que con un matrimonio había tenido suficiente.

La misma que juraba que esos papeles no garantizaban absolutamente nada.

La misma que decía:

—¿Casarme otra vez? Ni por el putas.

Pues la vida, que tiene un humor muy hijueputa…

decidió reírse de mí.

Y no solo me enamoré.

Me comprometí.

Sí.

Con anillo y toda la cosa.

Ni yo me lo creía.

El muy desgraciado escogió una papelería para pedirme matrimonio.

Imagínense el romanticismo.

Hay mujeres a las que les proponen matrimonio frente a la Torre Eiffel.

A mí me tocó entre resmas de papel, lapiceros y facturas.

Y ¿saben qué?

No le cambiaría ni una sola coma a ese recuerdo.

Porque mientras él estaba arrodillado…

yo no veía la papelería.

Yo veía al hombre con el que quería envejecer.

Lloré.

Claro que lloré.

Si yo era la primera sorprendida.

La vida acababa de hacerme la peor broma de todas.

Convencerme de volver a creer en el matrimonio.

Después llegaron las argollas.

Y ahí apareció la verdadera Yenny.

Porque apenas las vi… me dio por pesarlas.

Sí.

Pesarlas.

Literalmente.

Y descubrí que la de él pesaba más que la mía.

No señor.

Así no.

Le dije:

—Si los dos nos vamos a casar, los dos cargamos el mismo peso.

Ni más usted.

Ni menos yo.

Jajajajaja.

Pobre hombre.

Yo creo que en ese momento alcanzó a pensar:

“¿Todavía alcanzo a salir corriendo?”

Pero no.

Se rió.

Las cambió.

Y seguimos haciendo planes.

Hoy lo pienso y me da risa.

Porque esa escena dice mucho de nosotros.

Y también dice mucho de mí.

Yo siempre he sido jodida.

Pero cuando quiero…

quiero bonito.

Mucha gente cree que el amor se reconoce por las mariposas en el estómago.

Yo no.

Después de todo lo que había vivido…

las mariposas me daban desconfianza.

Las mariposas revolotean demasiado.

Y yo ya estaba muy vieja para andar persiguiendo mariposas.

Lo que quería era paz.

Y, sin darme cuenta…

fue exactamente eso lo que encontré.

No era esa emoción desesperada de revisar el celular cada cinco minutos.

No era la ansiedad.

No eran los celos.

No era el miedo de perderlo.

Era algo mucho más raro.

Y mucho más bonito.

Era tranquilidad.

De esa que uno ni siquiera sabe explicar.

Simplemente un día se acuesta…

y duerme.

Imagínense el milagro.

Yo.

Durmiendo.

Jajajajaja.

Eso ya era motivo suficiente para casarme.

Después de ese día empecé a hacer algo que juré que nunca volvería a hacer.

Hacer planes.

Pero no planes para diciembre.

Ni para vacaciones.

No.

Planes de esos que dan miedo.

Una casa.

Un matrimonio.

Un negocio.

Un futuro.

Una vida.

Y, por primera vez…

todos esos planes me hacían ilusión.

No miedo.

Porque hasta ese momento yo no había vivido.

Yo había sobrevivido.

Siempre apagando incendios.

Siempre esperando la próxima desgracia.

Siempre pensando:

“¿Ahora qué será lo que sigue?”

Con él fue distinto.

Por primera vez pensé:

“De pronto sí existe eso de vivir tranquilos.”

Y miren qué peligrosa puede ser la tranquilidad.

Uno baja la guardia.

Y ahí es donde la vida encuentra por dónde darle.

Si hoy alguien me pregunta qué fue lo que tanto me enamoró de él…

la respuesta los va a decepcionar.

Porque no fue el anillo.

Ni los viajes.

Ni Nueva York.

Ni los detalles.

Ni siquiera fue él.

Fue la mujer que yo era cuando estaba a su lado.

Eso fue lo que más amé.

Yo me gustaba.

Y eso no me había pasado casi nunca.

Me reía más.

Trabajaba con más ganas.

Soñaba sin sentirme ridícula.

Volví a creer en la gente.

Volví a creer en el amor.

Hasta volví a creer en mí.

Y eso sí era un milagro.

Porque cuando uno pasa muchos años recogiendo los pedazos de sí mismo…

llega un momento en que ya no sabe cómo era antes de romperse.

Él, sin proponérselo…

me devolvió una versión de Yenny que yo ya daba por perdida.

Una Yenny tranquila.

Una Yenny ilusionada.

Una Yenny que volvía a hacer planes sin pensar que todo se iba a acabar.

Y eso…

eso vale más que cualquier anillo.

Si las almas gemelas existen…

yo creo que conocí la mía.

No porque nuestra historia terminara bien.

Sino porque, mientras duró…

sentí que alguien entendía un idioma que el resto del mundo nunca había aprendido.

No necesitábamos hablar de todo.

Muchas veces bastaba con saber que el otro estaba ahí.

Y qué cosa tan berraca es sentirse acompañado.

No acompañado porque alguien esté sentado al lado.

Acompañado porque alguien hace que la distancia deje de importar.

Vivíamos en países diferentes.

Y, curiosamente…

fue la relación donde menos sola me sentí.

Hay personas que duermen al lado de uno…

y llevan años ausentes.

Él vivía a miles de kilómetros…

y, aun así…

siempre encontraba la manera de hacerme sentir que caminábamos juntos.

Y eso…

eso no se compra.

Eso tampoco se promete.

Eso simplemente pasa.

Y cuando pasa…

uno entiende que el amor no siempre hace ruido.

A veces…

el amor se parece mucho a la paz.

Nunca fui de esas mujeres que necesitaban estar pegadas a alguien para sentirse completas.

De hecho…

siempre he trabajado demasiado.

Siempre he tenido mil ideas al mismo tiempo.

Un negocio.

Otro negocio.

Una página.

Otra página.

Yo no sé estar quieta.

Y él entendía eso.

Nunca intentó apagarme.

Nunca me pidió que soñara más pequeño.

Al contrario.

Cuando yo llegaba con una idea nueva, una de esas ideas que a cualquiera le parecían una locura…

él era el primero que decía:

—Hágale.

Y allá iba yo.

Como una niña chiquita estrenando cuaderno el primer día de clases.

Porque hay personas que cuando uno les cuenta un sueño…

empiezan a buscarle problemas.

Él empezaba a buscarle soluciones.

Y esa diferencia cambia una vida.

Porque uno termina creyendo en sí mismo cuando alguien cree en uno antes.

Trabajábamos juntos.

Y qué cosa tan peligrosa es trabajar con la persona que uno ama.

Porque uno empieza a soñar despierto.

Un negocio.

Después otro.

Después otro.

Y, sin darse cuenta, ya no está haciendo cuentas.

Está construyendo una vida.

Yo ya no hablaba de “mis proyectos”.

Hablaba de “nuestros proyectos”.

Hasta esa palabra cambió.

Nuestros.

Qué palabra tan bonita…

y tan peligrosa.

Porque cuando ese “nosotros” desaparece…

hay que volver a aprender a conjugar la vida en singular.

Y esa hijueputa materia sí que es difícil.

Él tenía una infancia muy dura.

La vida tampoco fue amable con él.

Tal vez por eso entendía tan bien mis cicatrices.

Nunca sentí que me juzgara por mi pasado.

Ni por mis errores.

Ni por mis locuras.

Y miren que yo material para juzgar sí daba.

Jajajajaja.

Pero nunca me hizo sentir menos.

Al contrario.

Me hacía sentir admirada.

Respetada.

Escuchada.

Y uno no se imagina lo adictivo que puede llegar a ser que alguien lo escuche de verdad.

No esperando el turno para hablar.

Sino escuchando.

Yo creo que lo más bonito que tuvimos fue eso.

La amistad.

Porque antes de ser novios…

éramos un equipo.

Nos reíamos muchísimo.

Nos mamábamos gallo.

Nos hacíamos bullying con cariño.

Nos burlábamos hasta de nosotros mismos.

Y creo que por eso nunca sentí que estuviera actuando.

Con él nunca tuve que posar de mujer perfecta.

Gracias a Dios.

Porque qué cansancio mantener un personaje las veinticuatro horas del día.

Con él podía ser la Yenny despelucada.

La que decía groserías.

La que peleaba con el computador.

La que se reía sola.

La que un día lloraba…

y al otro estaba haciendo chistes de la misma tragedia.

O sea…

yo.

Y eso era una delicia.

Una vez alguien me preguntó:

—¿Qué fue lo que viste en él?

Y yo me quedé pensando.

Porque la respuesta nunca fue fácil.

No era el físico.

No era la plata.

Porque la plata va y viene.

No era Nueva York.

Ni los viajes.

Ni el anillo.

Era algo mucho más sencillo.

Con él…

yo descansaba.

Y eso lo entiende solamente la gente que ha vivido muchos años sobreviviendo.

Hay un momento en la vida en que uno ya no busca emociones.

Busca paz.

Y yo la había encontrado.

Por eso me dolió tanto perderla.

No perdí solamente un hombre.

Perdí el único lugar donde mi cabeza dejaba de hacer ruido.

Si ustedes me preguntan hoy si volvería a vivir esa historia sabiendo cómo terminó…

les voy a responder algo que seguramente no esperan.

Sí.

Mil veces sí.

Porque aunque el final me rompió el alma… el camino me regaló una versión de mí que nunca había conocido.

Y por conocer a esa mujer…

volvería a pagar el precio.

Sin pensarlo.

Porque fue con él que entendí algo que nadie me había enseñado.

Que el amor no siempre llega para durar toda la vida.

A veces llega para devolverte la vida.

Y cuando cumple esa misión…

aunque después se vaya…

ya dejó una huella que nadie podrá borrar.

Yo estaba feliz.

Así de simple.

No sospechaba.

No estaba esperando una tragedia.

No sentía que la relación se estuviera apagando.

Nada de eso.

Un día tenía un futuro.

Y al otro día tenía preguntas.

Fue así.

Brusco.

Seco.

Como un portazo que nadie te avisa que viene.

Empezaron los chismes.

Las calumnias.

Las voces ajenas metiéndose donde nunca debieron meterse.

Y él eligió creer.

Eso fue lo que más me rompió.

No que hablaran mal de mí.

La gente habla.

Eso no es nuevo.

Lo que me rompió fue que él creyera más en una versión contada por otros…

que en la mujer con la que ya tenía un futuro armado.

No hubo una conversación.

No hubo un reclamo.

No hubo un:

—Explícame.

No.

Simplemente desapareció.

Y esa fue la parte más cruel.

Porque a mí no me dejaron defenderme.

No me dejaron hablar.

No me dejaron cerrar.

Me dejaron sola con una historia rota en las manos.

Y con unas argollas que de un día para otro ya no significaban nada.

Pero no.

Marica…

uno se cura.

No de un día para otro.

Ni con frases bonitas de Facebook.

Ni porque alguien le diga:

“Ya supéralo.”

Qué rabia me daba esa frase.

Uno sana cuando le da la gana.

Cuando puede.

Cuando el alma deja de sangrar.

Y eso no tiene calendario.

Yo hice el oso.

Del bueno.

Lloré.

Rogué.

Insistí.

Esperé.

Me humillé.

Me inventé películas.

Me hice preguntas que todavía hoy no tienen respuesta.

Y, ¿saben qué?

No me da vergüenza.

Porque estaba enamorada.

Y cuando uno ama de verdad…

hace cosas que desde afuera parecen ridículas.

Hasta que un día le toca vivirlas.

Ahí sí cambia el discurso.

Con el tiempo entendí que dejar de amar no era la meta.

La meta era dejar de sufrir.

Y eso son dos cosas completamente distintas.

Porque hay personas que uno siempre va a querer.

Pero ya no las necesita para ser feliz.

Y esa diferencia…

vale una vida.

Ya no necesito que alguien me salve.

Nunca más.

Ya no necesito que alguien me complete.

Tampoco.

La vida me enseñó que las personas llegan.

Las personas se van.

Y uno tiene dos opciones.

Quedarse viviendo en el recuerdo…

o empezar a construir una vida donde también quepa la felicidad sin esa persona.

Yo elegí lo segundo.

Y ha sido la mejor decisión que he tomado.

Hoy ya no quiero otra relación.

No porque haya dejado de creer en el amor.

Sino porque, por primera vez en mi vida…

estoy construyendo una historia muy bonita con la única persona con la que voy a vivir hasta el último de mis días.

Conmigo.

Y, sinceramente…

esa mujer me cae muy bien.

Cierre de cama y conciencia

Después de todo esto…

¿saben qué fue lo más hijueputa?

Que volví a creer.

Sí.

Así de pendeja soy.

Y, ¿saben qué?

No me arrepiento.

Porque prefiero mil veces una vida donde me rompan el corazón…

a una donde nunca me atreva a entregarlo.

Viví.

Me equivoqué.

Amé hombres buenos.

Amé hombres que no debí amar.

Me amaron bonito.

Me mintieron.

Mentí.

Traicioné.

Me traicionaron.

Hice reír.

Lloré.

Hice llorar.

Hice el oso.

Del premium.

Jajajajaja.

Y sobreviví.

Que al final…

es lo único que realmente importa.

Ya no necesito convencer a nadie de que fui una buena mujer.

Tampoco una mala.

Fui una mujer.

Y con eso basta.

Porque la vida no se vive para quedar bien en el recuerdo de los demás.

Se vive para poder dormir tranquilo con el propio.

Si alguien termina este capítulo pensando:

“Qué vieja tan loca.”

Tiene razón.

Si piensa:

“Qué vieja tan intensa.”

También.

Si piensa:

“Yo habría hecho lo mismo.”

Bienvenido al club.

Aquí repartimos pañuelos…

y, de vez en cuando, también un poquito de dignidad recuperada.

Jajajajaja.

Hoy miro a esa Yenny que lloraba por hombres que ya no estaban…

y no siento vergüenza.

Siento ternura.

Porque hizo lo único que sabía hacer.

Amar.

Muy mal, a veces.

Muy bonito, otras.

Pero siempre de verdad.

Y eso… eso jamás será un defecto.

Así que sí.

Me llamaron loca.

Bruja.

Libidinosa.

Tóxica.

Puta.

Y seguramente mañana inventarán otro adjetivo.

Qué pereza.

Yo ya no estoy para coleccionar etiquetas.

Estoy ocupada viviendo.

Porque entendí demasiado tarde…

que la vida no premia a quienes sienten menos.

La vida siempre termina abrazando a quienes, a pesar de todo…

todavía se atreven a sentir.

Y yo…

después de cuatro hombres…

de cuatro despedidas…

de cuatro versiones distintas de la palabra amor…

todavía soy capaz.

Todavía me río.

Todavía lloro.

Todavía creo.

Y, sobre todo…

todavía sigo siendo yo.

Qué peligro para el mundo.

Jajajajaja.

No fui la mujer perfecta.

Pero, hijueputa… qué bonito fue vivir sin pedirle permiso a la vida.

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