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Prólogo. Ahorrémonos las presentaciones: ya saben a qué vengo
Imaginate esto.
Una mujer de mediana edad, paisa, sentada frente a un computador a las dos de la mañana.
Sobre la mesa hay una Coca-Cola bien fría —porque tibia no sirve ni para lavar un trapeador—, un celular que no deja de vibrar con mensajes de clientes y tres cuadernos llenos de ideas que algún día voy a terminar.
O no.
Uno tampoco puede andar prometiendo milagros desde el prólogo de un libro que viene precisamente a hablar de los hijueputas que prometen milagros.
Esa mujer soy yo.
Yenny Astrid Londoño.
Si no me conocés, no pasa nada.
Y si me conocés, ya sabés que me importa un culo lo que pensés de mí.
No tengo una maestría.
No tengo un doctorado en economía, psicología del consumidor, marketing digital ni ninguna de esas carreras que algunos ponen en la biografía de Instagram para cobrarte más caro el mismo cuento de siempre.
No doy conferencias en hoteles de lujo.
No vendo mentorías de cinco mil dólares.
No me tomo fotos bajándome de un carro alquilado para escribir debajo:
“Mientras vos dormís, yo construyo mi imperio.”
No, querido.
Mientras vos dormís, yo probablemente estoy contestando mensajes de clientes que preguntan a las dos de la mañana si una ancheta de ciento cincuenta mil pesos incluye domicilio, serenata, desayuno, decoración, fotógrafo, mariachi y, de ser posible, la resurrección de la relación.
Eso sí es el mundo real.
Lo que tengo son muchos años vendiendo, creando, quebrando, volviendo a empezar, contratando gente, peleando con proveedores, persiguiendo domiciliarios, resolviendo cagadas ajenas y mirando la cuenta del banco como quien mira los resultados de unos exámenes médicos:
con miedo, pero con la esperanza de que no salga nada grave.
He tenido empresas.
Unas funcionaron.
Otras se fueron para la mierda.
Pero se fueron con estilo, porque yo tampoco fracaso de cualquier manera.
Mis fracasos han sido unas cagadas tan monumentales que deberían tener placa conmemorativa y visita guiada los domingos.
Leo el tarot.
Hago anchetas.
Diseño páginas web.
Creo negocios.
Me invento otros.
Escribo libros que durante años dejé guardados porque una siempre cree que todavía les falta algo, hasta que entiende que, si sigue esperando a que queden perfectos, se muere y los cuadernos terminan sirviendo para anotar teléfonos.
Y, sobre todo, tengo calle.
No calle de andar posando con tenis blancos frente a un grafiti para parecer humilde.
Calle de verdad.
De la que se aprende cobrando facturas, perdiendo plata, confiando en quien no debía, trabajando sin dormir y descubriendo que cada peso cuesta más ganárselo de lo que cualquier gurú se atrevería a admitir en uno de sus videos.
La vida me enseñó a desconfiar de las promesas demasiado bonitas.
Me lo enseñó a las malas, como se aprenden las cosas que de verdad quedan.
Porque cuando algo suena demasiado bueno para ser cierto, casi siempre hay un vivo del otro lado calculando cuánto puede sacarte antes de que te des cuenta.
Este libro nació una noche cualquiera.
Yo estaba viendo un anuncio en redes sociales.
Apareció un tipo de corbata impecable, sonrisa de catálogo de odontología y un carro que probablemente había alquilado por una hora para grabar treinta videos.
El hombre aseguraba que cualquiera podía ganar diez mil dólares al mes trabajando apenas dos horas diarias desde la playa.
Dos horas.
Desde la playa.
Diez mil dólares.
A esa gente le encanta la playa.
Nunca ofrecen trabajar desde la sala de la casa con el vecino poniendo vallenatos, el perro ladrando y el recibo de la luz vencido encima de la nevera.
No.
Siempre es desde una playa blanca, con un computador que nunca se llena de arena y una bebida con una sombrillita que nadie sabe quién preparó.
Yo, que sé lo que cuesta ganarse cada hijueputa peso, me reí.
Me reí porque he pasado madrugadas enteras armando anchetas.
Porque he tenido trabajadoras capaces de convertir una tarea de veinte minutos en una producción de Netflix de seis temporadas.
Porque he visto domiciliarios perderse con la dirección, la ubicación en tiempo real, una foto de la fachada y prácticamente una procesión guiándolos.
Porque sé que un negocio puede irse a la mierda simplemente porque un proveedor decidió que una fecha de entrega era una recomendación espiritual y no un compromiso.
Entonces sí.
Me reí.
Pero después me quedé pensando.
Porque yo me reí.
Miles de personas no.
Miles vieron ese mismo anuncio y sintieron que, por fin, alguien había llegado a rescatarlas.
La solución a las deudas.
La salida de un trabajo que odian.
La respuesta a años de cansancio.
El secreto que los ricos supuestamente se estaban guardando.
El atajo que nadie les había querido contar.
Y pagaron.
Claro que pagaron.
Porque cuando una persona está desesperada no compra un curso.
Compra esperanza.
Compra descanso.
Compra la posibilidad de levantarse al día siguiente creyendo que su vida está a punto de cambiar.
Y esa gente sabe cuánto vale esa ilusión.
La han medido.
La han estudiado.
La han empacado en videos, bonos, contadores y frases motivacionales.
Y te la venden en cómodas cuotas.
No escribí este libro para burlarme de quienes compraron.
Bastante vergüenza cargan ya algunos como para que venga yo a terminar de darles garrote.
Lo escribí para quien está a punto de comprar.
Para quien ya compró y no se atreve a contarlo porque siente que fue el único pendejo que cayó.
Para quien tiene el enlace guardado en favoritos, mira los testimonios todas las noches y todavía se pregunta:
—¿Y si esta vez sí funciona?
Lo escribí porque yo sé vender.
No aprendí ventas en un salón lleno de gente aplaudiendo cada vez que un conferencista gritaba “mentalidad de tiburón”.
Aprendí vendiendo.
Atendiendo clientes.
Escuchando excusas.
Cobrando.
Perdiendo.
Probando.
Y entendiendo que un buen vendedor te muestra por qué algo vale la pena.
Un vendedor de humo, en cambio, te hace sentir que tu vida es una mierda y después te cobra por prometerte que puede arreglarla.
También aprendí a reconocerlos.
Los huelo a kilómetros.
Tienen palabras distintas, pero el mismo libreto.
Uno vende criptomonedas.
Otro vende bienes raíces.
Otro vende espiritualidad.
Otro vende inteligencia artificial.
Otro vende cómo vender cursos para enseñarle a otra gente a vender cursos.
El producto cambia.
La carnada no.
Siempre te dicen que estás cansado porque pensás como pobre.
Que no progresás porque tenés creencias limitantes.
Que el sistema quiere verte fracasado.
Que tu familia no te apoya porque le tiene miedo a tu potencial.
Y que, por pura casualidad, ellos tienen la única solución.
Una solución que cuesta cuatrocientos noventa y siete dólares y vence en diecinueve minutos.
Estoy cansada de ver personas inteligentes entregándoles la plata, el tiempo y hasta la autoestima a tipos que son mejores editando fotografías que administrando el negocio que dicen enseñar.
Tipos cuyo mayor éxito empresarial consiste, precisamente, en vender cursos sobre cómo alcanzar un éxito empresarial que nadie ha podido comprobar que tuvieron antes de empezar a vender cursos.
Porque esa es otra belleza.
Uno les pregunta:
—¿Y usted cómo hizo su fortuna?
Y responden:
—Enseñándoles a otros cómo hacer una fortuna.
Ah, bueno.
El negocio era vender el mapa.
No haber llegado al destino.
Aclaremos una cosa antes de que algún iluminado lea tres páginas y salga a decir que estoy atacando la educación.
Yo no estoy en contra de los cursos.
No estoy en contra de las mentorías.
No estoy en contra de la educación por internet ni de quien cobra por compartir lo que sabe.
Yo también vendo productos.
Doy talleres.
Cobro por mi trabajo.
Porque el conocimiento vale.
El tiempo vale.
La experiencia vale.
Y trabajar gratis no vuelve buena persona a nadie; solo lo vuelve más pobre.
El problema no es cobrar.
El problema es cobrar por lo que no existe.
Vender resultados que no se pueden garantizar.
Inventar una necesidad para después aparecer, como por arte de magia, con la solución.
Mostrar una vida prestada para vender un éxito que tampoco es propio.
Y, cuando el cliente descubre que perdió su plata, decirle que fue porque no creyó suficiente, no vibró alto, no tuvo disciplina, no manifestó bien o permitió que su familia contaminara su energía de millonario.
Qué negocio tan perfecto.
Si funciona, el método es maravilloso.
Si no funciona, la culpa es del cliente.
El gurú nunca pierde.
El que pierde sos vos.
Este libro es para que la próxima vez que aparezca uno prometiéndote que vas a hacerte rico en tres meses, facturar como Shakira, retirarte joven, vivir viajando o atraer abundancia escribiendo afirmaciones frente al espejo, te dé risa.
Pero no la risa del que se burla sin saber.
La risa del que ya vio dónde escondieron la trampa.
La del que mira el contador bajando y piensa:
—Bájese todo lo que quiera, hijueputa. Mi tarjeta no sale de esta billetera.
Durante este libro vas a encontrarte conmigo muchas veces.
No voy a esconderme detrás de palabras elegantes para parecer más inteligente.
No estoy presentando una tesis.
No estoy aspirando a una silla en la Real Academia Española.
Voy a hablarte como hablo en mi cocina.
Como le hablo a mis hijos.
Como le hablo a una amiga cuando está a punto de cometer una cagada y necesita que alguien la sacuda antes de que sea demasiado tarde.
Sin adornos.
Sin delicadeza fingida.
Sin esa maña moderna de envolver cada verdad en algodón para que nadie se sienta incómodo.
Porque hay verdades que incomodan.
Y qué pesar.
La estafa también incomoda, pero esa sí la cobran.
Así que servite lo que querás tomar.
Acomodate.
Sacá la libreta si sos de los que subrayan.
Y preparate, porque vamos a abrir esta industria como se abre una empanada para mirar si de verdad tiene carne o si otra vez nos vendieron puro aire.
Vamos a mirar cómo fabrican el personaje.
Cómo alquilan el lujo.
Cómo inventan la urgencia.
Cómo consiguen testimonios.
Cómo convierten cualquier crítica en “mentalidad de escasez”.
Cómo te hacen sentir culpable por no obtener resultados.
Y cómo algunos se hicieron ricos no enseñando a la gente a ganar dinero, sino cobrándole a miles de personas desesperadas por aprender a ganarlo.
Este libro no viene a quitarte la esperanza.
Viene a evitar que cualquier aparecido la use para meterte la mano al bolsillo.
Porque una cosa es un maestro.
Y otra muy distinta es un cazador buscando a quién agarrar cansado, endeudado y con ganas de creer.
Cuando terminés este libro, tal vez sigás sin ser millonario.
Yo no te voy a prometer semejante pendejada.
Pero por lo menos vas a conservar la plata que algún fantasma pensaba sacarte.
Y eso, en estos tiempos, ya es una ganancia.
Bienvenidos.
Vamos a dañarles el negocio.






