Detrás de mis libros
Por qué escribí Putas historias, putos escritos
Hay personas que escriben para dejar un legado. Yo empecé escribiendo porque algunas cosas, si no las convertía en historias, iban a terminar convertidas en antecedentes penales.
Por Yenny Astrid Londoño · 21 de octubre de 2026 · 13 min
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Aviso antes de empezar
Sí.
Voy a reseñar mi propio libro.
Qué falta de humildad.
Superémoslo.
También podría poner aquí una falsa tercera persona diciendo:
«La autora construye con notable sensibilidad una obra profundamente humana...»
Pero me conocerías inmediatamente.
Yo jamás digo «con notable sensibilidad» sin estar mamando gallo.
Así que hagámoslo como toca.
Voy a hablar de lo que escribí, de por qué lo escribí, de lo que todavía me gusta y de lo que hoy haría distinto.
Porque haber parido el libro no significa que tenga que decir que el niño salió perfecto.
Este libro no nació de una idea. Nació de acumular mierda
Hay libros que empiezan con una premisa.
Una mujer desaparece.
Un detective encuentra un cadáver.
Un científico descubre algo que cambiará el mundo.
El mío empezó mucho menos elegantemente.
Con vida.
Con relaciones.
Con gente.
Con pérdidas.
Con metidas de pata.
Con cosas que en el momento no tenían absolutamente ninguna gracia y que años después se transformaron en historias que podía contar riéndome.
Ese es uno de los grandes engaños de la memoria.
Cuando algo está ocurriendo, una piensa:
Esto me va a matar.
Cinco años después:
Espere, que esto contado bien es buenísimo.
No porque dejara de importar.
Porque cambió mi posición frente a lo ocurrido.
Y creo que ahí nació realmente *Putas historias, putos escritos*.
No de querer contar mi vida.
De descubrir que ya podía contar algunas partes sin que ellas me contaran a mí.
Hay historias que una cuenta cuando todavía está herida. Y otras cuando ya entendió dónde estuvo la estupidez
Una de las cosas que intenté hacer en este libro fue no escribir desde el papel cómodo de víctima perfecta.
Porque qué pereza.
Yo podría contar muchas historias diciendo:
«Y entonces apareció esa persona horrible, me hizo esto y yo, pobre criatura inocente, sufrí».
Suena precioso.
También sería mentira.
En algunas historias me hicieron daño.
En otras fui ingenua.
En otras tomé decisiones sabiendo perfectamente que podían salir mal.
Y en unas cuantas probablemente vi la bandera roja, la bandera negra, la sirena, el ejército completo haciendo señales y pensé:
Seguramente conmigo será diferente.
Ah, el ego.
Qué gran patrocinador de las malas decisiones.
Eso me interesaba más.
Porque la vida real rara vez tiene un reparto tan limpio de buenos y malos.
A veces el mismo que te hizo daño también te hizo feliz.
A veces vos también fuiste injusta.
A veces no te engañaron.
Te dijeron claramente quiénes eran y vos pensaste que con suficiente amor, paciencia o estupidez aplicada ibas a convertirlos en otra cosa.
Esa verdad duele más.
También sirve más.
La frase “historias reales” siempre suena más bonita de lo que debería
Decir que un libro está basado en historias reales parece publicidad.
Como si automáticamente eso lo hiciera más profundo.
No.
La realidad produce muchísimo material mediocre.
Basta abrir Facebook.
Lo importante no era que las historias hubieran ocurrido.
Era encontrar qué había debajo.
Porque a nadie le importa realmente que a Yenny Astrid le haya pasado determinada cosa hace quince años.
Eso es problema mío.
Lo interesante aparece cuando vos leés algo que me pasó a mí y pensás:
Ay, hijueputa. Yo también hice eso.
Ahí la historia deja de ser únicamente mía.
Y esa fue una de mis obsesiones escribiendo el libro.
No quería publicar un diario íntimo de 158 páginas y esperar que desconocidos tuvieran la cortesía de interesarse.
Quería utilizar mis historias como puerta.
Entrás por mi cagada.
Terminás pensando en la tuya.
Mucho más entretenido.
Escribir sobre uno mismo tiene un pequeño inconveniente: uno conoce al personaje
Cuando escribís ficción podés decidir que el protagonista es encantador.
Cuando escribís sobre vos misma tenés archivos.
Testigos.
Recuerdos.
Y gente viva que podría decir:
«Mija, eso no fue exactamente así».
Hermoso.
La memoria tampoco es una cámara de seguridad.
Uno recuerda desde quien es hoy.
Y eso significa que contar una historia personal siempre es reconstruirla.
Por eso yo nunca quise vender este libro como:
Esta es la verdad absoluta de todo lo que ocurrió.
Es mi versión.
Mi memoria.
Mi experiencia.
La forma en que entendí esas cosas después.
Porque dos personas pueden vivir la misma escena y salir con dos historias completamente diferentes.
Preguntale a cualquier pareja después de una pelea.
Él:
«Yo estaba tranquilo».
Ella:
«Ese hijueputa casi tumba la casa».
Mismo martes.
Dos documentales.
El sarcasmo no está ahí para decorar
Yo no metí sarcasmo porque quisiera sonar chistosa.
El sarcasmo estaba antes que el libro.
Muchísimo antes.
Hay personas que procesan el dolor hablando.
Otras llorando.
Otras haciendo terapia.
Yo he hecho varias.
Pero también tengo esa costumbre posiblemente defectuosa de encontrarle el chiste a las cosas más inoportunas.
Y no creo que eso quite profundidad.
Al contrario.
Hay gente que confunde seriedad con tristeza.
Como si para hablar de una pérdida hubiera que escribir únicamente con violines imaginarios de fondo.
No.
Podés amar profundamente a alguien y recordar una estupidez suya riéndote.
Podés contar una traición y hacer un chiste.
Podés haber pasado una época horrible y reconocer que también tuvo momentos absurdos.
La vida no respeta los géneros.
Una tragedia puede tener una escena cómica en la mitad.
Un funeral puede tener un chisme.
Una separación puede incluir que uno llore mientras intenta recordar la contraseña de Netflix que tenía el desgraciado.
Así funciona.
“Sarcasmo, loca y puta como la vida misma” no era una pose
El título ya advertía.
No era un libro diseñado para sonar correcto.
Tampoco quería hacer vulgaridad por decoración.
Decir *puta* veinte veces no convierte automáticamente un texto en valiente.
A veces solamente significa que se acabó el vocabulario.
Lo que quería era escribir con la naturalidad con la que pensamos muchas cosas pero no siempre las decimos.
Porque existe una escritura femenina que todavía siente la obligación de portarse bien.
Ser elegante.
Ser inspiradora.
Ser profunda sin decir una grosería.
Ser fuerte pero agradable.
Ser crítica sin incomodar demasiado.
Yo no tenía ganas.
Mi vida no ocurrió en español neutro.
Mis rabias tampoco.
Entonces ¿por qué carajos iba a escribirlas así?
La maternidad sin aureola
Hay algo que me fastidia profundamente cuando se habla de maternidad.
La obligación de santificarla.
Todo es bendición.
Todo es amor.
Todo es sacrificio hermoso.
Y uno piensa:
Bueno, ¿y podemos admitir también que criar personas agota?
Que uno se equivoca.
Que a veces quisiera cinco minutos sin que nadie diga «mamá».
Que amar a un hijo no te transforma mágicamente en una criatura infinitamente paciente y sabia.
La maternidad real contiene muchísimo amor.
Y también cansancio.
Miedo.
Culpa.
Rabia.
Errores.
Contradicciones.
Lo mismo que cualquier vínculo humano, solo que con una responsabilidad hijueputamente mayor.
Cuando escribí sobre esos temas no quería hacer ni una denuncia ni una postal.
Quería contar.
Y contar incluye las partes que no quedan bonitas impresas en una taza de “mamá guerrera”.
Familia: esa institución donde uno aprende amor y material para terapia
La familia es maravillosa.
También es el primer lugar donde una persona aprende exactamente dónde duelen determinados botones.
Porque ellos ayudaron a instalarlos.
No existe intimidad comparable.
La familia conoce versiones tuyas que uno quisiera mandar a borrar legalmente.
La niña.
La adolescente.
La idiota enamorada.
La que tomó aquella decisión.
La que dijo aquella cosa en Navidad de 2003.
Nada prescribe.
Y sin embargo, gran parte de quienes somos viene de ahí.
De cosas hermosas.
Y de otras que pasamos años intentando entender.
En el libro no quería escribir «mi familia es esto».
Quería mostrar relaciones concretas, momentos, afectos, contradicciones.
Porque una familia puede quererte muchísimo y hacerte daño.
Podés amar a alguien y necesitar ponerle límites.
Podés perdonar y seguir pensando:
Pero qué hijueputada aquella.
Todo eso puede coexistir.
Las malas decisiones producen excelente literatura y pésima calidad de vida
Una de las conclusiones no oficiales del libro.
Hay elecciones que mientras las estás tomando parecen perfectamente razonables.
Después las mirás desde lejos y pensás:
¿Quién autorizó a esta mujer?
Y eras vos.
Eso es lo humillante.
A veces uno quisiera encontrar un villano externo responsable de cada desastre.
Pero no.
Hay decisiones que llevan nuestra firma completa.
Con cédula.
Huella.
Y reconocimiento facial.
Y eso también puede ser liberador.
Porque si siempre fueron los demás, dependés de que los demás cambien.
Cuando reconocés tu participación, recuperás una parte incómoda pero poderosa:
podés decidir diferente la próxima vez.
O por lo menos cometer una cagada nueva.
Hay que innovar.
Reírse de una misma es más barato que fabricar una versión heroica del pasado
No me interesa parecer perfecta retrospectivamente.
Me parece sospechoso.
Las personas que cuentan su pasado y siempre tomaron la decisión correcta, dijeron la frase adecuada, detectaron al manipulador inmediatamente y jamás se humillaron por amor claramente vivieron otra especie de vida.
Yo no.
Hice ridículos.
Confié donde no debía.
Insistí.
Me contradije.
Me equivoqué.
Y sobreviví a la experiencia humillante de descubrir que varias veces la respuesta obvia estaba exactamente donde todos me habían dicho.
Eso también es humano.
Nos encanta pensar que aprendemos mediante sabiduría.
Mentiras.
Muchas veces aprendemos mediante cansancio.
Uno no deja cierta relación porque finalmente alcanzó la iluminación espiritual.
La deja porque un martes piensa:
Ya me mamé.
Y esa también es una forma legítima de evolución.
No es autoayuda. Aunque probablemente algo ayude
Hay una parte de la descripción del libro que habla de «autoayuda alternativa».
Y entiendo por qué.
Pero yo no escribí un manual.
No tengo siete pasos.
Ni diez hábitos.
Ni una mañana milagrosa.
Dios me libre.
No quiero decirle a nadie cómo vivir.
A duras penas estoy resolviendo lo mío.
Lo que sí puedo hacer es mostrarte un desastre y decir:
Mirá.
Yo estuve ahí.
Esto pensé.
Esto hice.
Esto salió como el culo.
Esto entendí después.
Vos verás qué hacés con la información.
Para mí eso es más honesto.
Hay libros que te dicen:
Así se supera esto.
Yo prefiero:
Yo lo atravesé así. De pronto alguna parte te sirve.
Lo que más me gusta hoy de Putas historias, putos escritos
Que no intenté parecer más sabia de lo que era.
Hay cosas escritas desde quien era en determinado momento.
Y hoy quizá las contaría distinto.
Eso no las invalida.
Las vuelve documento.
Me gusta que el libro conserva una voz que venía de muchísimo antes de publicar libros.
La misma que utilizaba escribiendo textos largos en internet.
La que se burla.
La que exagera.
La que se emberraca.
La que puede empezar hablando de una pendejada y terminar preguntándose algo bastante serio.
Eso sí siento que está ahí.
Y no quisiera corregírselo hasta dejarlo «literariamente impecable».
Porque uno también puede editarle tanta personalidad a un texto que termina como apartamento modelo:
bonito.
limpio.
y nadie vive ahí.
Hay una cosa que sí defendería completa
La honestidad.
No honestidad como «conté absolutamente todos los detalles de mi vida».
Eso sería exhibicionismo, no necesariamente honestidad.
Honestidad en otra cosa:
no intentar salir bien parada en todas las historias.
Ese era el riesgo.
Porque cuando una escribe sobre sí misma controla la cámara.
Puede ponerse la mejor luz.
Editar ciertas escenas.
Escoger qué mostrar.
Todos hacemos eso cuando contamos nuestra vida.
Yo también.
Pero intenté que la protagonista pudiera quedar ridícula.
Equivocada.
Contradictoria.
Mal parada.
Porque ahí aparece una persona.
No una marca personal.
Publicar la propia vida también tiene algo de cerrar expedientes
Una historia que todavía te controla cuesta muchísimo contar bien.
Porque seguís intentando ganarla.
Demostrar.
Convencer.
Defenderte.
Cuando ya pasó suficiente cosa por dentro, cambia.
No necesariamente deja de doler.
Pero ya no necesitás que el lector falle a tu favor.
Y algunas historias de este libro para mí son eso.
Expedientes cerrados.
No porque todo haya quedado resuelto.
La vida rara vez se toma esa molestia.
Cerrados porque ya no necesito volver a juicio.
Pasó.
Fui esa mujer.
Hice aquello.
Me hicieron aquello otro.
Y aquí estoy.
Siguiente caso.
El título tiene más sentido después de leerlo
*Putas historias, putos escritos.*
Podría parecer solamente un título provocador.
No lo es.
Bueno, también.
Tampoco nos hagamos los inocentes.
Pero para mí siempre tuvo otra cosa.
Hay historias que uno termina pensando:
Qué puta historia.
No porque involucre sexo.
Porque fue demasiado.
Demasiado absurda.
Dolorosa.
Inesperada.
Ridícula.
Humana.
Y los escritos salen de ahí.
No perfectamente ordenados.
No purificados.
Salen con el desorden de donde nacieron.
Por eso el subtítulo también me sigue gustando:
Sarcástica, loca y puta como la vida misma.
No porque la vida sea literalmente ninguna de esas tres cosas.
Aunque algunos martes tengo dudas.
Porque cambia de tono sin avisar.
Hoy te da algo.
Mañana te lo quita.
Te pone a llorar y veinte minutos después ocurre una estupidez que te hace reír.
Eso es profundamente indecente.
Y muy difícil de escribir si intentás mantener siempre el mismo tono.
¿Para quién escribí este libro?
Para la persona que ha hecho una cagada y todavía siente vergüenza.
Para quien mira hacia atrás y piensa:
¿Cómo pude permitir eso?
Para quien amó mal.
Para quien perdió.
Para quien se equivocó con alguien.
Para quien tuvo una familia imperfecta.
Para quien ha tenido que reírse después de llorar.
Para quien necesita comprobar que ser inteligente no vacuna contra tomar decisiones estúpidas.
Doy fe.
Y especialmente para la gente cansada de libros donde el autor ya llegó iluminado a explicarle cómo debería haber vivido.
Yo llegué con historias.
Es diferente.
¿Recomiendo Putas historias, putos escritos?
Sería muy hijueputa decir que no.
Claro que lo recomiendo.
Lo escribí yo.
Tampoco exageremos la objetividad.
Pero no se lo recomendaría a todo el mundo.
Si necesitás protagonistas ejemplares, lenguaje impecablemente correcto y moralejas que puedan imprimirse sobre un amanecer, buscá otro.
Si las groserías te parecen evidencia de decadencia moral, probablemente también.
Nos ahorramos ambos el disgusto.
Pero si alguna vez te has reído de una desgracia después de sobrevivirla...
si tenés historias que hoy contás mejor de lo que las viviste...
si alguna vez dijiste «yo jamás haría eso» justo antes de hacerlo...
probablemente nos entendamos.
Al final el libro no trata sobre mi vida
Y eso es lo que más quería conseguir.
Sí.
Las historias son mías.
Los nombres, lugares, emociones y recuerdos salen de mi experiencia.
Pero si el libro funcionara únicamente porque querés saber qué le pasó a Yenny Astrid Londoño, habría fracasado.
No soy tan interesante.
Nadie lo es durante 158 páginas seguidas.
El libro funciona cuando algo mío despierta algo tuyo.
Mi madre te hace pensar en la tuya.
Una mala decisión te recuerda otra.
Una pérdida abre un recuerdo.
Un chiste te hace pensar:
Ay, marica, a mí también.
Ahí ocurre la literatura que me interesa.
No cuando el lector admira al escritor.
Cuando se reconoce.
Y por eso, después de todas las historias, todos los errores y todos los putos escritos, la conclusión para mí sigue siendo bastante sencilla:
Yo escribí el libro con mi vida.
Pero no necesariamente habla solamente de mí.
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Escrito por Yenny Astrid Londoño
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