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Yenny Astrid Londoño

Reseña

El nombre de la rosa, de Umberto Eco:

Un fraile llega a una abadía para una reunión y termina investigando muertes. Hay monjes, libros, discusiones teológicas y una biblioteca donde encontrar el conocimiento parece más peligroso que encontrar un cadáver. La cultura, cuando la controlan, también sabe morder.

Por Yenny Astrid Londoño · 22 de octubre de 2026 · 8 min de lectura

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Portada de la reseña del libro «El nombre de la rosa», escrita por Yenny Astrid Londoño. Yenny Astrid Londoño con un mockup artístico de El nombre de la rosa, de Umberto Eco

El libro

El nombre de la rosa

Clásico policial

de Umberto Eco

4 de 5 estrellas

La biblioteca, el misterio y la relación entre conocimiento y poder siguen siendo fascinantes.

Una abadía donde las muertes interrumpen la discusión

La historia ocurre en una abadía benedictina del siglo XIV. Guillermo de Baskerville llega acompañado por el joven Adso de Melk para participar en una reunión religiosa, pero la aparición de un monje muerto cambia el plan. Los fallecimientos continúan y el monasterio se convierte en un lugar donde cada palabra puede esconder una pista, una doctrina o una amenaza.

La novela combina investigación criminal con debates sobre fe, pobreza, poder y conocimiento. No es un policial moderno con laboratorio y una inspectora que resuelve todo mirando una pantalla. Aquí hay que leer gestos, comparar versiones y aceptar que una discusión sobre una risa puede durar más que una persecución. Y aun así, el libro consigue que una quiera saber quién está matando y por qué.

Guillermo de Baskerville observa antes de sentenciar

Guillermo tiene una mente curiosa y una forma de investigar que recuerda al detective clásico: mira huellas, pregunta, pone a prueba hipótesis y no se enamora demasiado pronto de la primera respuesta. Eso no significa que siempre acierte. Lo interesante es observar cómo su método trata de abrirse paso en un lugar donde la autoridad quiere cerrar ciertas preguntas.

Adso narra desde la memoria, y su perspectiva joven añade una mezcla de asombro y aprendizaje. No sabe todo lo que está ocurriendo; tampoco puede entender cada discusión que presencia. El lector comparte esa posición. Una escucha a Guillermo, mira lo que pasa y trata de decidir cuál de los monjes está siendo razonable y cuál simplemente encontró una manera elegante de hablar para que nadie note que tiene miedo.

Adso es aprendiz de detective y de mundo

La relación entre Guillermo y Adso le da a la novela una estructura de aprendizaje. El joven acompaña, observa y se enfrenta a cuestiones que no se responden con una frase. La experiencia que vive no consiste solo en descubrir un crimen; también empieza a entender que la fe, el deseo, el poder y la obediencia se mezclan más de lo que le habían contado.

Me gusta que su mirada no sea omnisciente. Adso recuerda desde lejos y organiza los acontecimientos con la sensibilidad de quien todavía está aprendiendo. Esa distancia permite que el libro sea una investigación y también una memoria. A veces, eso sí, una querría que la memoria pusiera una nota al margen: «Este monje que acaba de aparecer, por favor anoten el nombre porque ya hay cuarenta».

La biblioteca es el laberinto y la pregunta

El corazón visual y simbólico del libro es la biblioteca, un espacio laberíntico que guarda manuscritos y restringe el acceso. No es simplemente un cuarto lleno de libros bonitos para que la portada se vea intelectual. Es un lugar organizado por quienes deciden qué puede leerse, quién puede encontrarlo y qué ideas deben mantenerse bajo llave.

La biblioteca convierte el conocimiento en una forma de poder. Si alguien controla los libros, controla qué argumentos circulan y cuáles desaparecen. Si un texto puede cambiar cómo las personas entienden el mundo, prohibirlo parece una medida de seguridad. Seguridad para quién, claro. Es una pregunta que la novela no deja quedarse tranquila en el siglo XIV.

Imagen de la reseña del libro «El nombre de la rosa», escrita por Yenny Astrid Londoño. Ilustración de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, con un texto superpuesto: «Hay bibliotecas donde leer demasiado puede costarte la vida».

La risa también puede meterse en un juicio

Una de las discusiones centrales gira alrededor de la risa y su lugar en la vida religiosa. Parece un asunto pequeño al lado de los asesinatos, hasta que se entiende que discutir qué puede hacer reír también es discutir qué puede cuestionarse. La risa quita solemnidad; la solemnidad, en cambio, suele servirle muy bien a quien quiere que nadie le pregunte nada.

Eco usa ese debate para relacionar ideas filosóficas con el misterio. No son dos novelas pegadas. Las preguntas sobre la verdad, la autoridad y la interpretación forman parte del mundo donde ocurren las muertes. El libro insiste en que las ideas tienen consecuencias materiales; a veces terminan en una biblioteca cerrada, otras en un monje muerto.

Un policial hecho de signos y conversaciones

Guillermo sigue indicios, pero los signos no siempre tienen una sola lectura. Una huella puede señalar un camino, una frase puede ser una advertencia y un libro puede ser un arma sin que nadie lo use para golpear. La investigación exige observar, pero también aceptar que interpretar no equivale a saber.

Eso es parte del placer y de la dificultad. Umberto Eco no reduce el misterio a un acertijo que se resuelve al final con una exposición de cinco minutos. La trama deja que la búsqueda se cruce con la historia y la filosofía. Si una quiere leer a velocidad de thriller de aeropuerto, algunas conversaciones van a parecer una fila larga. Si disfruta pensar mientras lee, encontrará material de sobra.

El monasterio está lleno de poder, no solo de oración

La abadía parece aislada, pero está conectada con conflictos políticos y religiosos más grandes. Los monjes tienen jerarquías, responsabilidades y versiones distintas de lo que debe protegerse. La discusión no sucede entre personas libres de intereses; ocurre en una institución donde cada interpretación puede favorecer a alguien.

La novela es inteligente al mostrar que el conocimiento no flota separado del poder. Quién puede leer, enseñar o decidir qué se conserva depende de estructuras concretas. Eso hace que el escenario histórico siga resonando. Cambian las plataformas, cambian las puertas, pero siempre aparece alguien convencido de que el público no debería ver cierto archivo porque se va a confundir. Qué generoso.

La novela histórica que pide atención

El nombre de la rosa incluye datos medievales, debates teológicos y referencias culturales. Hay capítulos que piden paciencia y un poco de disposición a buscar contexto. No hace falta haber estudiado latín ni pertenecer a una orden religiosa para seguir el misterio, pero sí conviene aceptar que el libro tiene un ritmo más reflexivo que el de una serie actual.

Cuando la documentación se integra en el ambiente, enriquece el lugar. Cuando la explicación se extiende mucho, puede frenar la urgencia. Esa es una de las tensiones que yo siento al leerlo: la novela quiere ser una historia de crímenes y también una conversación larga sobre ideas. A veces una mitad le pide paso a la otra.

El humor seco de Guillermo abre una ventana

En medio de discusiones serias, Guillermo conserva una ironía tranquila y una curiosidad que impiden que todo se convierta en sermón. No es que se burle de cada monje como si estuviera haciendo comentarios desde redes sociales. Su humor sirve para pinchar certezas y recordar que la solemnidad puede ser una máscara muy útil.

Me gusta ese contraste. El crimen es grave, la abadía es oscura y las discusiones tienen consecuencias, pero el libro no está obligado a hablar con voz de estatua todo el tiempo. Cuando Guillermo observa el mundo con distancia, el lector puede respirar antes de volver al laberinto.

Imagen de la reseña del libro «El nombre de la rosa», escrita por Yenny Astrid Londoño. Ilustración de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, con un texto superpuesto: «La fe se pone peligrosa cuando necesita censurar para sentirse segura».

El misterio de la biblioteca convive con la crónica medieval, las disputas religiosas y la formación de Adso. El monasterio no es una postal oscura: sus reglas y jerarquías determinan qué se puede leer, decir y saber.

Lo que no me gustó

El nombre de la rosa alterna el misterio con discusiones teológicas, filosóficas y lingüísticas. Algunas conversaciones frenan la investigación y las referencias medievales pueden levantar una pared si una viene buscando solo un policial. La biblioteca fascina, pero el libro no entrega sus pasillos sin pedir paciencia: el lector tiene que aceptar que parte del recorrido es intelectual.

Un clásico sobre leer y desconfiar

Lo recomiendo a lectores que disfrutan la novela histórica, el misterio y las discusiones sobre ideas. Si quieres una trama rápida que explique todo sin detenerse, probablemente te parezca densa. Si te gusta terminar con una pregunta sobre lo que leíste y no solo con un culpable, este monasterio tiene bastante que ofrecer.

También puede servir para quienes estudian o conversan sobre censura, fe y poder, siempre que no lo tomen como un manual cerrado. Es ficción, y su fuerza está en la manera de volver narrativas esas preguntas.

¿Hay que saber historia medieval antes?

No. Ayuda tener curiosidad por el periodo, pero Guillermo y Adso nos guían por una situación concreta. Algunas referencias pueden pedir una búsqueda aparte, pero el misterio principal se entiende sin hacer una especialización antes de abrir el libro.

Imagen de la reseña del libro «El nombre de la rosa», escrita por Yenny Astrid Londoño. Ilustración de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, con un texto superpuesto: «Un crimen medieval también puede tener el ego de un intelectual moderno».

Mi puntuación

4 de 5 estrellas. La biblioteca, el misterio y la relación entre conocimiento y poder siguen siendo fascinantes. Le bajo un punto por el ritmo desigual y por las discusiones que a veces ralentizan la investigación. No es una lectura para devorar sin pausa; sí es una para volver a pensar después.

La biblioteca guarda libros y también poder

Si te apetece un policial histórico que no separa el asesinato de las discusiones sobre fe, conocimiento y censura. Guillermo investiga; Adso aprende; y la abadía de 1327 pone reglas a lo que sus habitantes pueden saber.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata El nombre de la rosa?

En una abadía benedictina del siglo XIV, Guillermo de Baskerville y su aprendiz Adso investigan una serie de muertes mientras se preparan para una reunión religiosa.

¿Quiénes son Guillermo y Adso?

Guillermo es un fraile franciscano que investiga los crímenes; Adso, un joven novicio que lo acompaña y narra los acontecimientos desde su memoria.

¿La biblioteca existe como escenario central?

Sí. La biblioteca laberíntica es clave para la investigación y para los temas del libro sobre el acceso al conocimiento.

¿Es una novela policiaca?

Sí, con una investigación de asesinatos, pero también es una novela histórica y filosófica con discusiones sobre religión, poder y verdad.

¿Es difícil de leer?

Puede sentirse densa por sus referencias y debates, aunque el misterio ofrece una línea narrativa clara. Conviene leerla sin apuro.

¿Hay que leer algo antes?

No. Es una novela independiente y no requiere conocer otras obras de Umberto Eco.

¿La biblioteca de El nombre de la rosa es real?

Es ficticia. La novela la sitúa en una abadía benedictina de 1327 y usa su arquitectura para construir el misterio.

El libro

El nombre de la rosa

de Umberto Eco

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Sobre la autora

Yenny Astrid Londoño

Yenny Astrid Londoño es una autora y emprendedora colombiana, fundadora de Anchetas Medellín. Escribe sobre la vida real con sarcasmo, ironía y humor inteligente, transformando situaciones cotidianas, errores y relaciones imperfectas en historias con las que el lector puede reírse y reconocerse.

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