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Yenny Astrid Londoño

Reseña

La vegetariana:

Reseña de La vegetariana, de Han Kang: Yeong-hye, autonomía corporal, presión familiar y el costo de negarse a obedecer.

Por Yenny Astrid Londoño · 21 de octubre de 2026 · 8 min de lectura

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Portada de la reseña del libro «La vegetariana», escrita por Yenny Astrid Londoño. Yenny Astrid Londoño en una escena editorial con un mockup artístico de La vegetariana, de Han Kang.

El libro

La vegetariana

Novela literaria y psicológica

de Han Kang

4 de 5 estrellas

En otro libro eso podría ser el comienzo de una discusión familiar pesada y una búsqueda personal.

Yeong-hye empieza a rechazar la carne después de unas pesadillas. En otro libro eso podría ser el comienzo de una discusión familiar pesada y una búsqueda personal. En La vegetariana, de Han Kang, el cambio se convierte en un campo de batalla: su marido, su familia y otros hombres leen la decisión de ella como una provocación, una vergüenza o una oportunidad. Lo que más me golpea no es que Yeong-hye deje de comer algo. Es la velocidad con que los demás deciden que su cuerpo les pertenece.

El primer narrador ya nos muestra el tamaño de la jaula

La historia arranca bajo la mirada del marido. Antes de la decisión de Yeong-hye, él la considera una mujer corriente, conveniente, alguien que no le exige revisar su propia vida. Esa presentación importa porque revela el tipo de contrato que él creía tener: ella debía seguir siendo previsible. Cuando deja de hacerlo, él no pregunta primero qué le ocurre. Se pregunta qué va a hacer con la molestia.

Me parece brutal que el libro no necesite inventar un patriarca extravagante. Hay una violencia muy reconocible en describir a otra persona como si su principal virtud fuese ocupar poco espacio. La supuesta normalidad del matrimonio no era neutral; descansaba sobre el silencio de ella. Y cuando ese silencio cambia de forma, toda la casa se declara ofendida.

Las pesadillas de Yeong-hye abren un terreno simbólico que no puede explicarse con un diagnóstico rápido ni con un eslogan. Ella no ofrece una campaña pública por el bienestar animal. Empieza a retirar su participación de algo que vive como intolerable. Que esa decisión tenga consecuencias graves no nos da permiso para convertirla en un simple caso clínico y cerrar la conversación.

Aquí yo me detengo en una pregunta que también aparece fuera de la ficción: ¿por qué necesitamos que una mujer nos entregue una justificación perfectamente ordenada antes de respetar una frontera sobre su propio cuerpo? Si la explicación no nos satisface, ¿la frontera deja de existir? En la familia de Yeong-hye, la respuesta práctica es espantosa.

La familia llama cuidado a la fuerza

La comida suele presentarse como cariño: alguien cocina, sirve, insiste en que repitas. Por eso una mesa familiar puede convertirse en un lugar de control sin que nadie quiera admitirlo. En la novela, la negativa de Yeong-hye produce una respuesta que escala hasta la coerción. La familia insiste en que actúa por su bien, pero ese «bien» se parece demasiado a devolverla al papel que todos entendían.

No quiero simplificar el dilema. Cuando una persona deja de comer de una manera que amenaza su salud, quienes la aman pueden sentir miedo real. La novela no pierde fuerza si reconocemos ese miedo. Al contrario: lo incómodo es ver cómo una preocupación legítima se mezcla con vergüenza social, orgullo herido y deseo de obediencia. A veces la pregunta «¿estás bien?» es sincera; otras veces significa «volvé a ser manejable».

Han Kang hace visible la violencia física, pero también la presión más cotidiana: miradas, explicaciones exigidas, conversaciones donde todos hablan de Yeong-hye como si no estuviera. El cuerpo de ella se convierte en un proyecto colectivo. Cada quien propone una manera de repararlo. Casi nadie escucha lo que intenta expresar.

Si yo tuviera que resumir el terror de este libro en una escena social, no elegiría necesariamente la más gráfica. Elegiría una mesa donde todos están convencidos de que su versión del amor autoriza a romper el límite de otra persona.

Imagen de la reseña del libro «La vegetariana», escrita por Yenny Astrid Londoño. Yenny Astrid Londoño en una imagen editorial con la frase del libro sobre Ella dejó de comer carne. Los demás decidieron que su cuerpo era un asunto familiar.

Tres miradas y una ausencia que no se resuelve fácil

La novela se organiza en tres partes con perspectivas distintas. El marido, el cuñado y la hermana In-hye se acercan a Yeong-hye desde deseos y responsabilidades muy diferentes. Esa estructura es brillante y cruel: la protagonista está en el centro de todo, pero no recibe el control completo del relato. Los demás la traducen, la interpretan, la desean o la cuidan.

El cuñado convierte su cuerpo en material de una obsesión estética y sexual. Me interesa que el arte no salga automáticamente absuelto porque su autor hable de belleza. Una imagen puede ser extraordinaria y haber sido hecha desde una relación de poder muy fea. Si la novela nos obliga a mirar el deseo de él, también debería obligarnos a preguntarnos qué le quita a ella mientras la convierte en visión.

La parte de In-hye abre una intimidad distinta. Ella conoce la carga de sostener una vida «normal» y percibe en la negativa de su hermana algo que no puede despachar como simple capricho. Eso no significa que la entienda por completo. Significa que la relación entre ambas permite ver el costo de sobrevivir cumpliendo y el costo de negarse a cumplir.

La transformación hacia lo vegetal no me parece una solución bonita ni un mensaje práctico. Es una imagen extrema de fuga. Querer dejar de hacer daño, dejar de ser usado, dejar de participar en la violencia, puede acabar pareciéndose a querer dejar de ser humano. La belleza de esa imagen no cancela el dolor que la sostiene.

Imagen de la reseña del libro «La vegetariana», escrita por Yenny Astrid Londoño. Yenny Astrid Londoño en una imagen editorial con la frase del libro sobre No toda pregunta de cuidado busca escuchar una respuesta.

El cuerpo como escenario de una pelea que nadie quiere nombrar

En La vegetariana, comer no es solo alimentarse. Es participar en una rutina familiar, confirmar que todo sigue en su lugar y aceptar que otros reconozcan tu cuerpo como parte de su orden. Por eso la negativa de Yeong-hye desata una reacción tan desproporcionada. La carne funciona como objeto concreto, pero la disputa va por el derecho a decir no.

Me impresiona que tantos personajes busquen una interpretación que les permita volver a controlar la escena. El marido necesita una explicación que no altere su comodidad; la familia necesita un gesto de obediencia; el cuñado encuentra una imagen para su propia obsesión. Cada lectura puede contener algo de verdad sobre su mundo. Ninguna sustituye la experiencia de ella. Es posible que esta reseña también caiga en la trampa si presume haberla traducido por completo.

La hermana, In-hye, abre otra pregunta: ¿cuánto cuesta seguir funcionando cuando una parte de vos quisiera detenerse? Ella sostiene responsabilidades que otros ni miran. Su proximidad con Yeong-hye no le entrega una llave mágica para salvarla, pero deja ver que la «normalidad» también puede ser una forma de resistencia agotadora. A veces la persona que parece estar bien es la que lleva más tiempo apretando los dientes.

Por eso yo leería el libro sin convertir la elección de Yeong-hye en símbolo disponible para cualquier causa. La autonomía importa; también importa el dolor, la enfermedad y la red de relaciones que se rompe. Han Kang no nos debe una consigna fácil. Nos pone delante de un cuerpo al que todos quieren asignarle sentido, y nos pregunta si somos capaces de mirarlo sin reclamar propiedad sobre él.

Imagen de la reseña del libro «La vegetariana», escrita por Yenny Astrid Londoño. Yenny Astrid Londoño en una imagen editorial con la frase del libro sobre Que no entiendas el límite de otra persona no te autoriza a romperlo.

Lo que no me gustó

Lo primero: el título engaña.

Una entra pensando que la señora dejó de comer carne y termina preguntándose qué hijueputas acaba de leer.

Y eso me gusta.

Pero también me desesperó profundamente que prácticamente todo el mundo alrededor de Yeong-hye estuviera obsesionado con decidir qué hacer con su cuerpo.

El marido.

La familia.

El cuñado.

Los médicos.

Todo el mundo tiene opinión.

Todo el mundo interpreta.

Todo el mundo toca, obliga, observa o explica.

Y ella, que debería ser el centro, muchas veces aparece vista desde afuera.

Sé que eso es deliberado.

Entiendo lo que hace Han Kang.

Pero precisamente por eso me da piedra.

Quería entrar más en la cabeza de Yeong-hye y menos en la de tanto personaje convencido de que tenía derecho a decidir qué significaba ella.

Y hay partes tan simbólicas que una puede terminar sintiéndose medio bruta.

¿Se está convirtiendo en árbol?

¿Quiere desaparecer?

¿Es rechazo?

¿Es libertad?

¿Es enfermedad?

¿Todo al mismo tiempo?

Yo disfruto que un libro no me mastique las respuestas.

Pero tampoco me haga presentar examen de semiótica sin avisar.

Mi veredicto

La vegetariana es breve, incómoda y enorme en lo que deja pensando. La recomiendo a quienes disfrutan la literatura que trabaja con silencios, símbolos y puntos de vista poco confiables, y a quienes están dispuestos a discutir consentimiento y control familiar sin respuestas prefabricadas. No la elegiría buscando una historia de recuperación sencilla ni un libro sobre recetas sin carne. Su título es una puerta; detrás hay algo más perturbador.

Mi puntuación es 4 de 5 estrellas. La estructura y la precisión con que muestra la apropiación del cuerpo ajeno me parecen poderosas. Mi reserva está en la distancia con la voz de Yeong-hye, aunque reconozco que esa misma distancia es parte del argumento.

Han Kang me deja una pregunta menos cómoda que «¿por qué ella dejó de comer carne?»: ¿por qué tanta gente necesita forzarla a volver para sentirse bien consigo misma?

El cuerpo como campo de batalla

La carne funciona como objeto concreto, pero la disputa va por el derecho a decir no.

La pregunta de la mesa

Me voy con la pregunta de la mesa: quién decide que su versión del amor autoriza a romper el límite de otra persona.

Preguntas que me hacen siempre

¿De qué trata La vegetariana de Han Kang?

Yeong-hye deja de comer carne tras unas pesadillas. Su decisión provoca reacciones cada vez más violentas y posesivas en su familia, y la novela explora su cuerpo, su deseo de transformación y la mirada de los demás.

¿Es un libro sobre veganismo?

No principalmente. La negativa a comer carne desencadena la trama, pero el foco está en la autonomía corporal, la violencia familiar y el deseo de escapar de ciertas formas de vida.

¿Quién narra La vegetariana?

Sus tres partes se acercan a Yeong-hye desde otras personas: su marido, su cuñado y su hermana In-hye. Esa elección formal es clave para la lectura.

¿Por qué Yeong-hye no cuenta toda la historia con su voz?

La novela coloca al lector ante las interpretaciones de quienes la rodean. Esa distancia reproduce la dificultad, y a veces la negativa, de escucharse mutuamente.

¿La vegetariana tiene escenas perturbadoras?

Sí. Contiene coerción familiar, violencia física, sexualidad y sufrimiento psicológico. Conviene revisarlo antes de regalarlo o recomendarlo a ciegas.

¿Han Kang ganó el Nobel de Literatura?

Sí, recibió el Premio Nobel de Literatura de 2024. Ese reconocimiento puede atraer nuevos lectores, pero no convierte la novela en una lectura cómoda.

El libro

La vegetariana

de Han Kang

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Sobre la autora

Yenny Astrid Londoño

Yenny Astrid Londoño es una autora y emprendedora colombiana, fundadora de Anchetas Medellín. Escribe sobre la vida real con sarcasmo, ironía y humor inteligente, transformando situaciones cotidianas, errores y relaciones imperfectas en historias con las que el lector puede reírse y reconocerse.

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