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Yenny Astrid Londoño

Reseña

Promesas crueles, de Rebecca Ross:

Fantasía romántica, dioses en guerra y una correspondencia que no acepta que la historia de amor se archive. Reseña sin spoilers del final.

Por Yenny Astrid Londoño · 27 de octubre de 2026 · 8 min de lectura

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Portada de la reseña del libro «Promesas crueles», escrita por Yenny Astrid Londoño. Yenny Astrid Londoño sostiene un mockup artístico de Promesas crueles, de Rebecca Ross

El libro

Promesas crueles

Fantasía romántica

de Rebecca Ross

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4 de 5 estrellas

La correspondencia, la evolución de Iris y el camino de Roman me sostuvieron hasta el final.

El libro empieza con las consecuencias, no con un reinicio cómodo

Iris vuelve de la primera novela con heridas físicas y emocionales. No hay un botón de reiniciar que la devuelva al periódico como si nada hubiera pasado. La guerra se acerca, su familia sigue cargando lo suyo y el trabajo periodístico vuelve a ponerla en una posición donde mirar de frente el peligro es parte del oficio. Esa continuidad me gusta porque las decisiones del primer tomo dejan marca; la secuela no hace como si bastara dormir una noche para reponerse de perderlo todo.

La protagonista continúa siendo más que la mitad de una pareja romántica. Tiene interés en contar lo que ocurre y en evitar que la ignorancia de la ciudad la deje indefensa. Reportear no es solo una excusa para que se meta en situaciones peligrosas; es la manera que tiene de actuar dentro de una guerra donde no puede decidir por los dioses. Iris tiene miedo y aun así vuelve a moverse. Una quisiera que en la vida real bastara una libreta para resolver una crisis, pero por lo menos sirve para documentar quién la está empeorando.

Roman despierta en el otro lado sin la historia que lo explica

Roman aparece en el reino de Dacre, separado de su vida anterior y sin recordar quién era. El dios que lo encuentra le ofrece un lugar en su aparato de propaganda; él empieza a escribir artículos para Dacre sin entender de dónde viene su propia voz. Su conflicto no consiste solamente en descubrir el pasado, sino en decidir qué hacer con la identidad que le están ofreciendo ahora.

Esa pérdida de memoria le permite a la novela hacer preguntas sobre responsabilidad y elección. Roman no es una hoja en blanco: incluso sin recuerdos tiene intuiciones, preferencias y una incomodidad ante ciertas órdenes. Me interesó verlo intentar reconstruirse, aunque el recurso también aplaza conversaciones que yo quería escuchar entre él e Iris. El libro sostiene la tensión con esa distancia y obliga a que el vínculo se reconstruya por palabras, no por la familiaridad automática del tomo anterior.

Iris y Roman se encuentran en las cartas antes que en la vida real

La correspondencia vuelve a ser el corazón de la historia. Iris escribe; Roman recibe y contesta desde una posición que ni él entiende del todo. El mecanismo fantástico permite que se comuniquen mientras están separados por frentes, territorios y lealtades. Una carta puede acercar a dos personas y al mismo tiempo recordarte todo lo que todavía no saben una de la otra.

Me gustan las escenas donde una frase escrita deja ver un lado que el personaje no muestra en público. Las cartas tienen pausa, intención y ese riesgo de que quien las recibe lea algo distinto a lo que una quiso decir. En la primera novela esa intimidad se construía desde el descubrimiento; aquí carga además con una historia previa que Roman no recuerda y que Iris no puede fingir que no existe. Es tierno y también cruel. Las palabras sobreviven, pero no necesariamente la memoria que las originó.

Imagen de la reseña del libro «Promesas crueles», escrita por Yenny Astrid Londoño. Ilustración de Promesas crueles, de Rebecca Ross, con un texto superpuesto: «El amor sobrevivió a la guerra; ahora le toca sobrevivir al olvido».

Dacre ofrece protección con una factura muy larga

El dios Dacre está relacionado con Roman durante la primera parte y con la guerra mayor de la bilogía. Su reino y sus seguidores ofrecen una apariencia de refugio, pero la novela deja ver que toda protección puede convertirse en dependencia cuando la persona protegida no conoce los términos. Roman tiene que decidir si sirve a Dacre, si cuestiona lo que le cuentan y qué precio tiene conservar el lugar que le dieron.

La trama se vuelve más explícita en su dimensión fantástica. Ya no es solo una guerra vista desde las redacciones y las cartas; se abren más espacios, fuerzas y objetivos vinculados a los dioses. Eso amplía el mundo y vuelve más urgente el conflicto. Algunas reglas siguen contándose con delicadeza, así que quien quiera un manual completo de la mitología puede sentir que hay preguntas guardadas. A mí me funciona la ambigüedad cuando crea inquietud, siempre que no se use para esconder que la explicación todavía no aparece.

La labor de contar la guerra también es una forma de resistir

Iris y Attie vuelven a tener una oportunidad de reportar los movimientos de Dacre. Para ellas, la información puede ser la diferencia entre que una ciudad se prepare o siga creyendo que el problema está demasiado lejos. La novela insiste en que el relato público de la guerra importa: callar, censurar o publicar solo lo conveniente también son decisiones que mueven a la gente.

Ese elemento me gusta porque conecta el trabajo de Iris con el mundo más grande sin volverla invencible. Ella no puede parar una guerra con un artículo, pero sí puede mostrar quién avanza, qué ocultan y qué se juega la población. También hay tensión entre reportear y sobrevivir. Una no siempre puede acercarse a la verdad sin ponerse en riesgo, y decir “voy a documentarlo” no funciona como escudo antibalas. El periodismo aparece como una vocación con consecuencias, no como un sombrero bonito que se pone la protagonista cuando sale a caminar.

Imagen de la reseña del libro «Promesas crueles», escrita por Yenny Astrid Londoño. Ilustración de Promesas crueles, de Rebecca Ross, con un texto superpuesto: «Roman perdió la memoria, pero la correspondencia no perdió la dirección».

La secuela cambia de escala sin perder la ternura

El primer tomo establecía la rivalidad y la correspondencia. Este amplía el mapa: hay más movimiento de tropas, más presencia de los dioses y decisiones que afectan el futuro de comunidades enteras. El contraste con las cartas ayuda a sostener una escala humana. Entre una orden y una batalla están dos personas que intentan comprender qué pasó, quiénes son ahora y si todavía pueden confiar en lo que sienten.

La prosa de Ross conserva la sensibilidad y las imágenes melancólicas. Hay escenas que se sienten hechas para quedarse en la memoria, y el libro deja espacio para el humor y la intimidad. En otros momentos, la atmósfera ocupa más sitio que las reglas concretas del conflicto. Yo esperaba que la guerra se desarrollara con más estrategia y que las decisiones militares tuvieran más detalle; la novela elige priorizar el viaje emocional de Iris y Roman. Eso define su sabor y también sus límites.

Lo que no me gustó

La amnesia de Roman es un recurso eficaz para crear distancia, pero a veces se nota el mecanismo. Iris y Roman ya construyeron un vínculo y la novela necesita aplazar que él lo recuerde; eso genera escenas emotivas, aunque también estira una frustración que se vuelve repetitiva. Yo quería que avanzara más rápido, no por impaciente con el dolor, sino porque ciertas vueltas empiezan a insistir sobre la misma herida.

La guerra crece en escala, pero no siempre en claridad. Hay fuerzas sobrenaturales y consecuencias importantes que podrían explicarse mejor, y varios movimientos de Dacre se sienten más como amenaza que como estrategia visible. Algunos personajes secundarios todavía quedan subordinados a los protagonistas. Además, el cierre de la bilogía carga con tantas preguntas emocionales y fantásticas que ciertos pasajes se aceleran cuando podrían respirar un poco. Me gustó el desenlace general, pero hubo momentos donde quería una escena más y no otro corte de capítulo en el punto exacto para dejarme sufriendo.

Imagen de la reseña del libro «Promesas crueles», escrita por Yenny Astrid Londoño. Ilustración de Promesas crueles, de Rebecca Ross, con un texto superpuesto: «Reportear una guerra divina: porque el periodismo tampoco descansa».

Mi veredicto

Promesas crueles desarrolla la relación de Iris y Roman después de separarlos por una guerra y por la memoria perdida. Las cartas siguen siendo el mejor recurso del libro: sostienen el romance, exponen diferencias y dejan que cada personaje elija qué revelar. Iris se mantiene como una protagonista con trabajo, familia y convicciones propias. La historia amplía el papel de los dioses y convierte el periodismo en una herramienta para que la población entienda el peligro.

No todo queda igual de redondo. La pérdida de memoria puede alargar la tensión, el conflicto bélico merece más desarrollo y varias reglas mágicas siguen en penumbra. Aun así, la novela cierra una bilogía con corazón y con una idea que me acompaña: amar a alguien no es recuperar una versión antigua de esa persona, sino descubrir qué decide ser cuando la vida le cambia todas las páginas. Y si encima te manda cartas, por favor valorá ese esfuerzo, que ahora nadie escribe ni “ya llegué” con puntuación.

Mi puntuación

4 de 5 estrellas. La correspondencia, la evolución de Iris y el camino de Roman me sostuvieron hasta el final. Le resto un punto por el ritmo de la trama de amnesia, una guerra menos desarrollada de lo que prometía y explicaciones mágicas que quedan algo borrosas.

Las cartas sobreviven a la memoria

Te la recomiendo si ya leíste Rivales divinos y querés cerrar la historia con más cartas, decisiones difíciles y romance en medio de la guerra. No empieces por este libro: la relación y varias tensiones dependen del primer tomo. Si te gustan las fantasías románticas donde las palabras tienen un peso concreto, acá vas a encontrar de sobra. Si esperabas un tratado militar sobre dioses, puede que el frente te quede corto.

Preguntas frecuentes

¿Promesas crueles es una secuela de Rivales divinos?

Sí. Es la segunda y última novela de la bilogía Letters of Enchantment y continúa la historia de Iris y Roman.

¿De qué trata Promesas crueles?

Iris vuelve al frente como periodista mientras Roman, sin recuerdos, vive en el reino de Dacre y empieza a comunicarse con ella mediante cartas mágicas.

¿Quiénes son Iris y Roman en esta segunda parte?

Iris es corresponsal de guerra y Roman es un periodista que ha perdido la memoria; ambos intentan entender qué los une mientras el conflicto crece.

¿Necesito leer Rivales divinos primero?

Sí, es muy recomendable. Promesas crueles continúa el arco emocional y los acontecimientos del primer libro.

¿Promesas crueles cierra la historia de Iris y Roman?

Sí. Es el segundo libro de la bilogía y funciona como conclusión del conflicto central.

¿Qué temas aborda la novela?

La historia combina memoria, identidad, periodismo, propaganda, guerra entre dioses, familia y la posibilidad de reconstruir una relación.

¿A quién le recomiendo Promesas crueles?

A quienes disfrutaron el romance epistolar del primer libro y quieren una conclusión fantástica centrada en Iris y Roman.

El libro

Promesas crueles

de Rebecca Ross

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Sobre la autora

Yenny Astrid Londoño

Yenny Astrid Londoño es una autora y emprendedora colombiana, fundadora de Anchetas Medellín. Escribe sobre la vida real con sarcasmo, ironía y humor inteligente, transformando situaciones cotidianas, errores y relaciones imperfectas en historias con las que el lector puede reírse y reconocerse.

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