Reseña
Satanás:
Reseña de Satanás, de Mario Mendoza: Bogotá, Campo Elías, violencia real y una novela que exige leer sin convertir la tragedia en espectáculo.
Por Yenny Astrid Londoño · 21 de octubre de 2026 · 7 min de lectura
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El libro
Satanás
Novela negra colombiana
de Mario Mendoza
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4.5 de 5 estrellas
Le reconozco la ambición de mirar varias vidas antes de una tragedia y la capacidad de hacer de Bogotá algo más que un mapa. Le descuento por momentos donde el destino parece demasiado diseñado y algunas figuras quedan subordinadas a la tesis.
Satanás reúne vidas que avanzan hacia una violencia terrible en Bogotá. Hay una mujer que roba a hombres de negocios, un pintor que intenta orientarse entre deseo y frustración, un sacerdote enfrentado a sus propias contradicciones y Campo Elías Delgado, el veterano que termina ligado a la masacre de Pozzetto. Mario Mendoza construye una novela que no se deja leer con la tranquilidad de quien espera descubrir al asesino. Sabemos que la sombra existe. La pregunta incómoda es cómo convivieron tantos con ella antes de que el daño se volviera imposible de ignorar.
Cuatro trayectorias y una ciudad que no escucha
La estructura coral impide fingir que todo nace de una sola mente enferma. Cada personaje mira Bogotá desde un lugar distinto y encuentra diferentes maneras de sobrevivir o de justificarse. La mujer que roba no es simplemente «la delincuente» que una reseña puede despachar con dos adjetivos; su vida señala las condiciones que vuelven el cuerpo y la seducción herramientas de negociación. Eso no convierte sus actos en inocentes. Los vuelve legibles.
El pintor permite mirar otra clase de hambre: la de reconocimiento, afecto y sentido. Me interesa que Mendoza no reserve el abismo para las personas que ya fueron etiquetadas como peligrosas. También hay violencia en la frustración que se acumula detrás de una apariencia cultivada. No es la misma violencia ni tiene las mismas consecuencias, pero comparte una pregunta sobre qué hacemos con lo que no sabemos decir.
El sacerdote carga la tensión entre vocación, culpa y deseo. Su presencia podría sonar a símbolo demasiado evidente en un libro llamado Satanás, pero funciona cuando recordamos que una institución religiosa no vuelve simples las decisiones íntimas. El discurso del bien es muy bonito hasta que a uno le toca reconocer sus propias zonas oscuras sin esconderlas en un sermón.
Bogotá los recibe a todos. La ciudad no está allí para decorar una persecución: reparte soledad, oportunidades y riesgos de manera desigual. Quien puede pagar una puerta cerrada cree que vive en otro mundo. Quien no puede, aprende a leer la calle como si fuera un examen diario.
Campo Elías: comprender no es absolver
La novela se inspira en una tragedia real, y ahí conviene bajar el tono de la fascinación. Campo Elías Delgado asesinó a varias personas en 1986, en hechos asociados al restaurante Pozzetto. No voy a convertir esa violencia en un perfil de «genio del mal», porque ese tipo de relato suele terminar dándole al agresor más espacio que a quienes murieron y a quienes debieron seguir viviendo con la pérdida.
Mendoza intenta explorar un proceso de aislamiento, resentimiento y ruptura. Leerlo puede ayudarnos a ver señales, discursos y fantasías de superioridad que una sociedad suele detectar demasiado tarde. Pero explicar un camino no significa que fuese inevitable ni que la responsabilidad desaparezca. Esa diferencia es imprescindible. Cada vez que alguien presenta una masacre como «destino trágico» del asesino, las víctimas quedan convertidas en extras de su biografía.
También desconfío de la costumbre de usar la enfermedad mental como explicación rápida para cualquier atrocidad. Estigmatiza a millones de personas que viven con problemas de salud mental y no dañan a nadie. La violencia tiene historias personales, decisiones, contextos y medios concretos. Meterlo todo en la palabra «locura» parece análisis, pero muchas veces es pereza.
La incomodidad más útil de esta parte del libro no es preguntarnos si llevamos un demonio adentro. Es preguntarnos qué discursos de odio, humillación y derecho sobre otros dejamos crecer mientras nos tranquiliza pensar que el peligro siempre tendrá cara reconocible.

El mal vende cuando parece ajeno
El título invita a hablar del demonio. A mí me preocupa más lo fácil que resulta llamar demoníaco a alguien después de que hizo daño. La palabra marca distancia: nosotros, los humanos normales; él, la anomalía. Esa distancia nos ahorra revisar las formas más pequeñas en que despreciamos, callamos, humillamos o celebramos la fuerza del que aplasta.
Eso no quiere decir que cualquier grosería cotidiana sea comparable con un asesinato. No lo es. Quiere decir que una novela sobre violencia gana cuando muestra continuidades culturales sin borrar la diferencia de escala. La pregunta no es «¿somos todos asesinos?», que sirve para escandalizar y no explica nada. La pregunta es qué vuelve legítima la crueldad a los ojos de una persona y quién se beneficia mientras eso ocurre.
Mendoza sabe crear atmósfera de amenaza: una conversación ordinaria puede adquirir otro sentido porque nosotros ya intuimos hacia dónde se dirige el relato. Ese conocimiento produce una lectura tensa y también una responsabilidad. No estamos ante un truco de final inesperado para comentar con una copa. Hay hechos reales detrás de parte del material.
Yo prefiero una reseña que pueda decir «me atrapó» sin usar «qué delicia de masacre». El suspenso y el respeto no se estorban; el problema es cuando confundimos morbo con lucidez.

La culpa no se reparte como confeti para que todos quedemos igual
Una novela sobre violencia puede tentarnos con una conclusión que suena profunda: «todos tenemos algo de malos». Yo desconfiaría de ella aquí. La mujer que roba, el sacerdote que se contradice, el pintor que se pierde y el asesino no hacen lo mismo ni tienen el mismo poder. Ponerlos en una sola bolsa llamada «oscuridad humana» borraría las diferencias que permiten pensar con seriedad.
El libro resulta más valioso cuando cada historia conserva su escala. Una falta íntima puede doler mucho sin ser equivalente a una masacre. Una vida marcada por la pobreza puede explicar decisiones difíciles sin volverlas idénticas a las de quien mata por resentimiento y fantasía de superioridad. La comparación literaria no debería terminar en una equivalencia moral perezosa.
También pienso en la manera en que se recuerda un crimen real. Los nombres de los perpetradores suelen circular durante décadas; los nombres de las víctimas se pierden fuera de las familias que las aman. La ficción no puede corregir por completo ese desequilibrio, pero la lectura crítica sí puede negarse a celebrarlo. Cuando hablemos del libro, vale la pena recordar que la violencia no existió para ofrecerle a una novela un final poderoso.
Yo puedo admirar la construcción de tensión de Mendoza y, al mismo tiempo, detener la conversación si alguien convierte a Campo Elías en personaje de culto. Esa no es censura de la literatura. Es leer con la memoria encendida.

Lo que no me gustó
Mario Mendoza sabe escribir oscuridad.
El problema es que a veces le gusta tanto la oscuridad que parece que Bogotá estuviera habitada exclusivamente por asesinos, prostitutas, desesperados, tipos al borde de perder la cabeza y tres palomas deprimidas.
Hermano, alguien en esa ciudad tiene que estar tomándose un café tranquilo.
Aunque sea uno.
Sé que precisamente esa mirada hacia lo marginal, lo roto y lo violento hace parte de su obra.
Pero cuando todo es decadencia, la decadencia deja de contrastar con algo.
Y entonces empieza a sentirse como filtro permanente.
También está Campo Elías.
Un personaje basado en un hombre que realmente cometió una masacre.
Y ahí yo siempre tengo cuidado.
Es literariamente fascinante meterse en la cabeza del monstruo.
Pero cuanto más fascinante lo hacemos, más fácil es que las víctimas terminen convertidas en fondo.
Y no.
El asesino puede ser complejo.
Pero no quiero salir conociendo cada rincón de su oscuridad y olvidando a quienes les quitó la vida.
¿Vale la pena leer Satanás hoy?
Sí, si te interesa una novela colombiana que mezcla ficción, violencia urbana, religión y preguntas morales sin prometer consuelo. También sirve para conversar con La hora de los lobos: en ambos libros la ciudad pesa sobre las elecciones, aunque los protagonistas y el momento histórico sean distintos.
No la recomendaría como «true crime divertido». Si preferís evitar relatos ligados a masacres reales, respetá ese límite. Hay libros que no necesitan tu lectura para demostrar que sos valiente.
Mi puntuación es 4,5 de 5 estrellas. Le reconozco la ambición de mirar varias vidas antes de una tragedia y la capacidad de hacer de Bogotá algo más que un mapa. Le descuento por momentos donde el destino parece demasiado diseñado.
Lo que me deja Satanás no es una definición del mal. Es una sospecha más terrenal: la ciudad se acostumbra a mirar a través de la gente, hasta que un día todos preguntan por qué nadie vio nada.
Preguntas que me hacen siempre
¿Satanás de Mario Mendoza está basada en hechos reales?
La novela incorpora material inspirado en la masacre de Pozzetto, ocurrida en Bogotá en 1986, y lo entrelaza con personajes y escenas de ficción. No debe leerse como una reconstrucción documental completa.
¿Quién fue Campo Elías Delgado?
Fue el responsable de los asesinatos vinculados a Pozzetto. En la novela aparece dentro de una construcción literaria; conviene distinguir esa representación de los datos históricos verificados.
¿De qué trata Satanás sin revelar el final?
Sigue varias trayectorias en Bogotá: una mujer que roba, un pintor, un sacerdote y Campo Elías. Sus vidas permiten explorar soledad, deseo, violencia y las justificaciones que cada uno construye.
¿Es terror sobrenatural?
El título y el lenguaje religioso pueden sugerirlo, pero la fuerza central está en la violencia humana y psicológica, no en una historia clásica de posesiones.
¿Es necesario conocer la historia de Pozzetto para leerla?
No. Saber que parte de una tragedia real ayuda a leer con más responsabilidad, pero la novela presenta su propio entramado narrativo.
¿Hay escenas que puedan resultar difíciles?
Sí. Incluye asesinatos, violencia y material inspirado en una masacre real. Es buena idea revisar una muestra si estos contenidos te afectan.
El libro
Satanás
de Mario Mendoza
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Yenny Astrid Londoño
Yenny Astrid Londoño es una autora y emprendedora colombiana, fundadora de Anchetas Medellín. Escribe sobre la vida real con sarcasmo, ironía y humor inteligente, transformando situaciones cotidianas, errores y relaciones imperfectas en historias con las que el lector puede reírse y reconocerse.

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