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Yenny Astrid Londoño.

Reseña

El amo, de Santiago Díaz: llamarse dueño no te vuelve menos secuestrador

Jotadé investiga a mujeres desaparecidas que vuelven convertidas en cadáveres. El título del libro ya trae una idea del poder que conviene discutir.

Por Yenny Astrid Londoño · 8 de octubre de 2026 · 10 min de lectura

Yenny con coleta y blusa rosa, sosteniendo una taza con las dos manos sobre una mesa de lectura; mockup de El amo con una parada de autobús nocturna.

El libro

El amo

Thriller criminal

de Santiago Díaz

4.5 de 5 estrellas

Requiere que nadie logre detenerte. Y ahí es donde la investigación todavía puede cambiar la historia.

La palabra amo tiene una autoestima que me parece sospechosa desde el principio. No describe solamente a alguien que manda. Describe a alguien que cree que otros le pertenecen. Y esa pequeña diferencia cambia muchísimo la manera en que entiende una puerta cerrada.

En una parada de autobús del extrarradio de Madrid aparece el cadáver de una adolescente que llevaba años desaparecida. Ha sido asesinada después de dar a luz. Iván Moreno y Jotadé Cortés empiezan a conectar el caso con otras secuestradas.

Santiago Díaz continúa la historia de Jotadé mientras su vida con Lola y su vínculo con Lucía también exigen atención. El caso me interesa porque la violencia no empieza con el cuerpo encontrado. Empieza mucho antes, cuando alguien se atribuye autoridad para disponer de la vida de otra persona y consigue conservarla fuera de la mirada de los demás.

El cadáver devuelve una desaparecida y abre una ausencia nueva

Encontrar a alguien puede ser la peor noticia de una investigación. La familia necesitaba una respuesta, pero eso no significa que cualquier respuesta permita descansar. Hay una crueldad particular en descubrir que la persona estuvo viva durante una parte del tiempo en que todos la buscaban.

La novela parte de ese desfase. Los años no quedaron vacíos para la secuestrada porque el expediente no lograra explicarlos. Ella siguió viviendo una situación que los demás no conocían. El presente policial recibe de golpe las consecuencias de una violencia que tuvo duración.

Me interesa ese peso del tiempo. Un thriller puede tratar la desaparición como el intervalo necesario para preparar un misterio. Acá prefiero leerla como una vida interrumpida y administrada por otro. Cada año tiene un costo aunque no sepamos todavía qué ocurrió dentro de él.

El cuerpo ofrece información. También obliga a pensar en lo que la información llega demasiado tarde a cambiar. Esa distancia vuelve urgente la investigación de las otras mujeres. No se trata de completar una colección de casos. Se trata de averiguar quién todavía puede salir.

Yenny con semirrecogido y jersey marfil, sentada con El amo y las dos manos bajas; frase del libro sobre quienes llaman orden a no aceptar un no.

Dar a luz no pone fin al cautiverio

La relación entre los asesinatos y el parto vuelve especialmente brutal el punto de partida. El cuerpo de una mujer aparece organizado alrededor de una función que alguien ha decidido explotar. Su voluntad queda fuera del sistema del secuestrador.

Yo no encuentro profundidad automática en que un criminal tenga un plan. A veces la supuesta complejidad del monstruo recibe más atención que la sencillez de lo que le quitó a la víctima: libertad, tiempo, posibilidad de decidir. Una mente puede ser elaborada y seguir sosteniendo una idea miserable.

El título permite mirar esa pretensión de dominio. La palabra amo intenta vestir la violencia de jerarquía. Como si existiera un derecho previo que autorizara a mandar. No existe. Lo que existe es una persona que necesita someter a otra para conservar una fantasía sobre sí misma.

Me importa que las mujeres no se pierdan debajo de la descripción del método. El patrón ayuda a investigar; no debería reemplazar a quien lo sufrió. Una víctima tiene más historia que la coincidencia que permite poner su expediente al lado de otro.

Jotadé también trabaja dentro de las miradas que lo juzgan

Jotadé es el único policía gitano de su comisaría. Esa condición introduce una relación con el entorno que no se limita a su capacidad de resolver un caso. Los demás pueden traer una idea previa de quién es antes de escuchar lo que tiene que decir.

A mí me interesa un personaje que tenga lugar para ser concreto. Que su origen forme parte de su vida sin obligarlo a representar a toda una comunidad. Un protagonista no mejora porque lo convirtamos en excepción ejemplar ni porque celebremos cada ruptura de las reglas como una genialidad.

La intuición puede mover una investigación. También necesita contraste. Cuando una novela policial nos pide admirar a alguien porque hace lo que quiere, yo quiero ver qué consecuencias conserva esa libertad y quién tiene que pagar por sus errores. El carisma no sustituye al trabajo.

Eso permite leer a Jotadé con simpatía y con exigencia. No tengo que elegir entre querer acompañarlo y cuestionar una decisión. Los personajes interesantes soportan ambas cosas; los santos de ficción suelen aburrirme bastante antes de que aparezca el cadáver.

Yenny con coleta lateral y vestido verde azulado, sosteniendo El amo con ambas manos en una biblioteca; frase del libro sobre las desaparecidas.

Lola y Lucía siguen existiendo mientras el caso avanza

El trabajo no suspende la vida privada. Ojalá existiera una casilla para aplazar los problemas de pareja hasta resolver al secuestrador. Pero las personas cercanas siguen necesitando algo, incluso cuando una investigación tiene razones poderosas para ocuparlo todo.

La crisis con Lola y la situación de Lucía en el centro de menores amplían el mundo de Jotadé. Son importantes porque ponen necesidades distintas alrededor del mismo hombre. El caso exige atención urgente; sus relaciones exigen una atención que tampoco puede posponerse indefinidamente.

Yo leo esas líneas con una pregunta: si el detective sabe reconocer el peligro afuera, cuánto consigue escuchar a quienes tiene cerca. Ser eficaz para investigar no garantiza ser fácil para convivir. Hay gente brillante en el trabajo que vuelve a casa y pierde hasta la capacidad de contestar una pregunta sin ponerse a la defensiva.

Las relaciones me interesan cuando modifican una decisión y conservan su propia vida. Me convencen menos si solo existen para demostrar que el protagonista tiene muchas cosas encima. Lola y Lucía merecen espacio como personas, no únicamente como prueba del esfuerzo que él está haciendo.

La tensión no necesita esconder siempre al culpable

Díaz ha explicado que conocer al criminal permite construir suspense desde otro lugar. Esa elección desplaza la atención de la adivinanza hacia la distancia entre lo que el lector sabe y lo que los investigadores pueden demostrar.

Me gusta esa posibilidad porque saber quién hizo algo no responde cuánto tiempo más podrá hacerlo. La impunidad tiene duración, recursos y oportunidades. La pregunta puede dejar de ser un nombre y empezar a ser una acción: cómo llegar hasta alguien, cómo impedir el siguiente daño, cómo sostener una prueba.

No voy a completar acá la información que el libro decide presentar. Prefiero conservar el recorrido para quien entre por primera vez. Lo que sí valoro es que la novela negra no dependa obligatoriamente de guardar una identidad hasta las últimas páginas.

También le exige más al proceso. Si ya hay información suficiente para sospechar, las demoras deben tener un motivo que el relato pueda sostener. El suspense gana fuerza cuando una dificultad parece parte de la situación y no una puerta que el autor cerró porque todavía faltaban cien páginas.

Yenny con ondas sueltas y chaqueta camel, leyendo El amo en una terraza nocturna con las manos sobre el libro; frase del libro sobre creerse dueño de los demás.

Lo que no me gustó de El amo

Mi principal reparo es la intensidad del material criminal. El arranque reúne desaparición, cautiverio, parto y asesinato. La combinación tiene una fuerza evidente, pero también exige que el relato no reduzca a las mujeres a una demostración de lo terrible que es el agresor. El caso necesita un patrón; las víctimas necesitan conservar una vida que no se explique únicamente desde ese patrón.

Cuando el suspense depende de impedir el siguiente daño, el tiempo se vuelve el centro de la lectura. Funciona. Aun así, yo quiero que la urgencia no se lleve por delante el duelo y la duración de lo ocurrido. No todo puede medirse por la próxima acción espectacular. Los años de una desaparición siguen pesando aunque el presente tenga una persecución esperando.

También le pongo una condición al personaje de Jotadé: que su singularidad no termine sirviendo de permiso para cualquier exceso. El atractivo de un policía difícil está en el conflicto que produce, en cómo trabaja y en lo que no consigue resolver. La etiqueta de estar al límite vende muchísimo; por sí sola explica bastante poco. Me convence más una decisión que tiene costo que una personalidad que siempre consigue salir admirada.

La otra reserva es práctica: esta es la segunda entrega de la serie. Quien llegue por la promesa de un caso potente puede encontrar relaciones que ya estaban en marcha. No me parece un defecto tener continuidad. Me parece necesario advertirlo antes de recomendarla como si todo empezara acá. Leer en orden permite que Lola, Lucía y el pasado del protagonista tengan el peso que les corresponde.

Por qué conocer una amenaza puede aumentar el suspense

Un misterio tradicional nos hace preguntar quién lo hizo. El suspense también puede preguntar cuánto tardarán otros en comprender lo que el lector ya sabe. Es una diferencia importante para acercarse a El amo. La tensión no tiene que esperar a que un nombre sea revelado; puede crecer viendo que la investigación todavía no dispone de algo que nosotros sí conocemos.

Ese recurso cambia la atención. Una conversación aparentemente normal puede resultar insoportable si sabemos que alguien está en peligro. Un avance policial pequeño puede importar más que una gran explicación, porque acerca una acción concreta. El placer deja de consistir solamente en acertar y pasa a incluir la impotencia de mirar desde fuera. No tenemos forma de llamar a Jotadé y decirle que se apure, por mucha rabia que dé.

Lo que evalúo entonces es la relación entre información y decisión. ¿Saber algo permite actuar? ¿Quién necesita comprobarlo? ¿Qué dato falta para que una sospecha deje de ser intuición? Esa lectura evita exigirle al libro el mecanismo de otro tipo de thriller y permite valorar lo que está intentando hacer.

También vuelve más visible la responsabilidad del criminal. Si el relato nos permite mirar su funcionamiento, no tenemos que convertir esa cercanía en admiración. Comprender una estrategia no obliga a celebrar a quien la emplea. Yo prefiero prestar atención a los límites de su control y a las personas que se resisten a quedar organizadas por él.

Orden de lectura y expectativas

Mi recomendación es empezar por Jotadé y continuar con El amo. El caso de esta entrega tiene una premisa propia, pero el protagonista trae una historia y relaciones que siguen desarrollándose. Si ya venís siguiendo al personaje, esa continuidad será parte del interés. Si es tu primer encuentro con Santiago Díaz, conviene decidir si querés entrar por una serie o por una novela independiente.

Te lo recomendaría si buscás tensión criminal fuerte y una investigación donde importa detener el daño, además de reconstruirlo. No lo elegiría para una lectura suave ni para quien quiera mantener la violencia sexual y el cautiverio completamente fuera de escena. La advertencia no arruina la novela: permite escogerla con información.

Para discutirlo después, preguntaría qué acciones llamamos protección y qué acciones solamente preservan la autoridad de alguien. El título no es una decoración. Está señalando una forma de entender a los demás como propiedad. Leer desde esa idea permite que la conversación vaya más allá de cuánto miedo nos produjo el caso. A mí me importa también qué clase de poder lo hizo posible.

Mi puntuación es 4,5 de 5

Le doy cuatro estrellas y media por un caso que permite discutir la posesión, el tiempo del cautiverio y el trabajo necesario para romper una impunidad. Jotadé aporta además un mundo de relaciones que vale la pena seguir desde el primer volumen.

Mi reserva está en el equilibrio entre el impacto criminal y las vidas que lo reciben. Una premisa tan feroz puede volverse una carrera por intensificar el horror. Yo prefiero que la investigación conserve a las mujeres dentro de la conversación y que el protagonista no absorba todo el interés.

Es una lectura para quien busca thriller policial duro y puede tolerar una historia de violencia sostenida. Recomiendo empezar por Jotadé para que los vínculos tengan su recorrido, en lugar de llegar a ellos como si fueran nombres anexos al nuevo caso.

El amo pone una palabra poderosa sobre una conducta cobarde. Dominar a alguien indefenso no requiere grandeza.

Requiere que nadie logre detenerte. Y ahí es donde la investigación todavía puede cambiar la historia.

Preguntas que me hacen siempre

¿Es el primer libro de Jotadé?

No. Es la segunda entrega, después de Jotadé. Conviene empezar por el primero para conocer sus relaciones.

¿La reseña revela el final?

No. Analiza el punto de partida y conserva la resolución criminal.

¿Es una lectura dura?

Sí. El caso incluye secuestro prolongado y asesinatos de mujeres después de dar a luz.

¿El interés depende solo de descubrir al asesino?

La propuesta también trabaja la amenaza y la presión de detenerla. La pregunta no es únicamente quién está detrás, sino qué pueden hacer los investigadores antes de que el daño continúe. Esa diferencia importa al elegir un thriller.

¿Qué cuestiono de la novela?

La crudeza exige que cada escena aporte algo más que impacto. Mis reservas también apuntan a la necesidad de que el protagonismo de Jotadé deje espacio para los demás y de que la tensión no sustituya las consecuencias del caso.

¿A quién le recomendaría continuar con El amo?

A quien ya conozca a Jotadé y quiera otro caso de alta presión con una amenaza brutal. Si te afectan especialmente la violencia contra mujeres y los cautiverios, tené presentes esos contenidos antes de empezar.

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Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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