Reseña
El mentalista, de Camilla Läckberg y Henrik Fexeus: mucho cuidado con el truco y con creer que ya entendiste al que lo hace
Mina Dabiri y Vincent Walder investigan crímenes ligados al ilusionismo. El reto consiste en entender cómo se fabrica una apariencia antes de que vuelva a matar.
Por Yenny Astrid Londoño · 10 de octubre de 2026 · 10 min de lectura

El libro
El mentalista
Novela negra y thriller psicológico
de Camilla Läckberg y Henrik Fexeus
4 de 5 estrellas
El contraste del equipo y el uso del ilusionismo como lenguaje criminal sostienen una premisa fuerte.
El mentalista empieza con una escena que alguien convirtió en espectáculo. Una caja, espadas y una víctima. Camilla Läckberg y Henrik Fexeus juntan a una policía y a un especialista en ilusionismo para investigar una violencia que quiere controlar incluso la manera en que la miramos. Qué nivel de pretensión: además de matar, el asesino necesita dirección artística.
Mina Dabiri y Vincent Walder llegan a la investigación con formas particulares de relacionarse con el entorno. El libro apuesta por el contraste entre ambos y por una pregunta que el título anuncia muy bien: si te enseñan a mirar hacia un lugar, qué estás dejando de ver en otro. A mí ese juego me atrae. Eso sí, no me vendan como lectura infalible de la mente lo que también puede ser una persona interpretando un gesto con demasiada confianza.
El primer cuerpo convierte un truco en una agresión real
La investigación parte de una joven asesinada en una caja atravesada por espadas, en un parque de atracciones de Estocolmo. La puesta en escena remite al ilusionismo, y Mina recurre a Vincent para entender ese lenguaje. No revelo la secuencia posterior de crímenes ni la identidad que la organiza.
El punto de partida funciona porque rompe un acuerdo básico del espectáculo. En un truco, el público acepta inquietarse porque presupone que existe un mecanismo que evita el daño. La novela quita esa garantía. Lo que debería parecer peligroso sin serlo pasa a tener una víctima real. El efecto cambia y también cambia nuestra responsabilidad como observadores.
Me parece útil detenerse ahí antes de correr detrás de los códigos. Una escena llamativa puede hacernos mirar primero la habilidad del agresor y después la vida de la persona. Ese desplazamiento es justamente lo que un criminal que organiza un espectáculo podría desear. La investigación necesita descifrar el montaje, pero la lectura no tiene por qué concederle al montajista el lugar más interesante de la habitación. Mucho ingenio, sí. Una mujer murió mientras alguien se entretenía con la forma de presentarlo.

Mina necesita ordenar el entorno para poder entrar en él
Mina es reservada y metódica, con una relación intensa con la limpieza y el control. Sus hábitos afectan cómo se mueve y cómo participa en el trabajo. Me interesa cuando esas particularidades dejan de ser un adorno para producir dificultades concretas: la vida no se organiza según las condiciones bajo las que una persona se siente segura.
La novela puede aprovechar ese contraste sin convertir cada gesto en una broma sobre lo rara que es. Una manía parece cómica desde quien la observa cómodamente; desde quien necesita obedecerla puede ocupar una cantidad enorme de espacio. Esa diferencia importa si queremos un personaje y no un catálogo de peculiaridades simpáticas.
Mina también permite una pregunta profesional: cómo investigar cuando el caso exige entrar en lugares, tocar cosas y colaborar de maneras que te incomodan. La competencia no significa ausencia de fragilidad. Una persona puede trabajar bien y necesitar esfuerzo adicional para realizar lo que otra considera sencillo. Leerla desde ahí produce una valoración más rica que anunciar que, pese a sus rarezas, es buena policía. No es buena por hacernos olvidar su relación con el mundo; trabaja dentro de ella y paga un costo que conviene reconocer.
Vincent sabe dirigir la atención y debe aceptar que eso no lo explica todo
Vincent aporta experiencia en mentalismo e interpretación de señales. Su presencia resulta atractiva porque cambia el tipo de pregunta que puede hacerse sobre una escena: no solamente cómo ocurrió, sino qué quiso hacernos creer quien la construyó. El conocimiento del espectáculo permite reconocer una forma de engaño deliberado.
Ahora, yo necesito que el libro le conserve límites. Entender cómo se dirige la atención no equivale a tener acceso absoluto a la intención de cada persona. Un gesto puede admitir más de una lectura; una conclusión brillante también puede necesitar comprobación. La diferencia entre inferir y saber no debería desaparecer porque el personaje tenga una profesión fascinante.
Ese límite vuelve interesante su relación con Mina. Ella aporta la investigación institucional; él, una mirada que puede abrir caminos diferentes. La colaboración funciona si ninguno queda convertido en el que siempre sabe y la que aprende a admirarlo. También debe existir corrección, desacuerdo y necesidad de reunir pruebas. Yo puedo disfrutar muchísimo de un especialista que ve algo que otros no vieron. Lo que me cuesta es cuando la novela lo deja encontrar la verdad como quien reconoce el perfume de una vecina desde el ascensor.

El trabajo entre ambos tiene más valor cuando las diferencias molestan
Mina y Vincent no necesitan ser compatibles de inmediato. Un equipo atractivo puede empezar con hábitos que chocan, expectativas distintas y una dificultad muy real para compartir espacio. El contraste produce escenas donde entendemos quién se adapta, quién exige adaptación y qué interpreta cada uno como consideración.
Ese es un lugar fértil para el humor y también para el vínculo. Me gustan las relaciones que no se explican solamente porque ambos son personas fuera de lo común. Ser distintos del entorno no vuelve a dos individuos automáticamente parecidos entre sí. Cada uno puede sentirse incomprendido y seguir haciendo algo que incomoda profundamente al otro.
La cooperación gana cuando tiene que construir un lenguaje compartido. No basta con que descubran que se complementan; importa cómo negocian el costo de hacerlo. Si el libro conserva esa negociación, la pareja puede sostener interés más allá del caso. La investigación explica por qué se encontraron. Sus decisiones tienen que explicar por qué continuarían escuchándose después. Una saga necesita esa segunda respuesta, porque no podemos pasar tres novelas fascinadas únicamente por el hecho de que el mentalista cuenta cosas y la policía limpia otras.
Los códigos sirven si el caso no se vuelve un concurso de agilidad
El mentalista utiliza símbolos, patrones y trampas como parte de la investigación. Es un atractivo claro para quien disfruta participar del rompecabezas. Una señal adquiere otro significado cuando alguien descubre el sistema que la organiza. Eso puede dar una satisfacción muy concreta: de pronto el caos deja de parecer arbitrario.
Mi condición es que el desciframiento tenga consecuencias humanas. No quiero que un crimen se convierta exclusivamente en la pregunta de quién resuelve primero el acertijo. Cuando el asesino organiza códigos, también intenta decidir el ritmo de los demás. Aceptar su juego puede ser necesario para detenerlo, pero no tiene por qué concederle admiración.
Una lectura atenta puede separar pistas que participan de una lógica y detalles que simplemente buscan generar inquietud. No todo símbolo merece una teoría completa. Tampoco todo conocimiento especializado debería llegar tan tarde que el lector no tenga ninguna posibilidad de seguir el razonamiento. Un buen enigma permite sentir que la respuesta estaba construida, aunque no la hayamos visto. Un enigma menos satisfactorio necesita que el experto aparezca y nos explique una regla que acabábamos de conocer. Ahí uno no resolvió nada; asistió muy quieta a una presentación.

Lo que no me gustó de El mentalista
Mi reserva principal es la extensión frente a la cantidad de funciones que el libro quiere cumplir. Presenta un equipo, construye particularidades personales y desarrolla una investigación con espectáculo y códigos. Esa mezcla puede ser atractiva, pero también necesita elegir cuándo avanzar y cuándo dejar de confirmar algo que ya entendimos de los protagonistas.
Me cansaría que los rasgos de Mina y Vincent se repitieran como una forma de identidad automática. Un personaje no se vuelve más profundo por realizar muchas veces el mismo gesto. Necesita que ese hábito cambie de significado o encuentre una consecuencia. Si cada escena vuelve a recordarnos que uno organiza y la otra controla, la diferencia empieza a funcionar como una etiqueta adherida al abrigo.
También me exige reserva la exhibición de inteligencia criminal. Los montajes pueden fascinar y desplazar demasiado rápido a la víctima. El libro debería sostener la gravedad de cada muerte mientras nos invita a mirar la construcción del truco. Si el interés central termina siendo qué ingenioso es el asesino, yo necesito bajarle un poco el aplauso. No vinimos a contratarlo para una fiesta de cumpleaños. Y una investigación no debería parecer demasiado satisfecha de haber encontrado un espectáculo tan difícil de explicar.
Esta es la entrada al ciclo de Mina y Vincent
El mentalista abre la trilogía que continúa con La secta y El espejismo. No hay que leer la serie de Fjällbacka antes. Camilla Läckberg comparte aquí la autoría con Henrik Fexeus y trabaja con protagonistas distintos de Erica Falck y Patrik Hedström.
Esa información ayuda porque hay lectores que se acercan esperando otro caso en una comunidad conocida. Este libro cambia el lugar, el equipo y el tipo de mecanismo criminal. La comparación con Fjällbacka puede servir para observar el cambio de enfoque; no para reclamar que una pareja nueva actúe igual que la anterior.
Si te atraen Mina y Vincent, seguí el orden de esta trilogía. Su relación se construye y las continuaciones no funcionan como presentaciones desde cero. Si te interesa únicamente probar un caso con ilusionismo, este es el comienzo adecuado. No hace falta conocer la profesión de Fexeus ni estudiar lenguaje corporal antes de leer. El trabajo de una novela consiste también en dar contexto al lector. Si para disfrutarla necesitáramos aprobar un curso adicional, podrían al menos incluirlo con la compra y evitar tanta letra pequeña.
A quién puede atrapar y qué expectativas conviene dejar afuera
Lo recomendaría a quien disfrute casos elaborados, colaboración entre personajes poco convencionales y una mezcla de investigación con desciframiento. También a lectores que acepten una novela larga para conocer un equipo que tendrá continuidad. La curiosidad por cómo se fabrica una apariencia encuentra un motor concreto en la premisa.
Si preferís un policial austero, donde casi todo el interés está en entrevistas y pruebas sin montajes llamativos, puede resultarte excesivo. Lo mismo si tenés poca paciencia para hábitos personales repetidos o para el tiempo que una saga dedica a instalar a sus protagonistas. Son diferencias de expectativa, no de capacidad lectora.
Hay asesinatos y escenas de violencia corporal. La imagen inicial participa del argumento y la reseña la menciona de forma breve, sin reproducir detalles adicionales. Para una conversación de lectura, preguntaría quién controla nuestra atención, qué puede inferirse de un gesto y qué no, y cuánto espacio ocupa una persona después de convertirse en pista. Esas preguntas permiten ir más allá de decidir si el truco fue suficientemente sorprendente. La sorpresa puede durar un minuto; una buena relación entre mirada y responsabilidad da para una discusión bastante más larga.
Mi puntuación y el truco que sí quiero seguir mirando
Le pongo un 4 sobre 5. El contraste del equipo y el uso del ilusionismo como lenguaje criminal sostienen una premisa fuerte. Mi valoración conserva reservas sobre la extensión, la repetición de particularidades y el riesgo de que el asesino se quede con demasiado protagonismo gracias a sus montajes.
Lo que vale la pena es la pregunta sobre cómo sabemos lo que creemos saber. Un espectáculo no solamente esconde un mecanismo; organiza a quien lo mira. Mina y Vincent deben reconocer esa organización sin perder de vista el daño real. A mí esa doble tarea me parece más interesante que presentar a un experto capaz de adivinarlo todo.
El mentalista funciona cuando permite que el truco revele una relación de poder y que la investigación devuelva atención a quienes la perdieron. El criminal quiere ser leído como alguien excepcional. Los protagonistas necesitan detenerlo. Yo necesito que la novela no olvide la diferencia. Puede haber mucha inteligencia puesta en construir una caja, una señal o una trampa. La pregunta que sigue importando es para qué se usó. Porque saber manejar la mirada de los demás no te vuelve fascinante por decreto. A veces solamente te vuelve un hijueputa con buena puesta en escena.
Preguntas que me hacen siempre
¿Quiénes son los protagonistas de El mentalista?
La agente Mina Dabiri y el mentalista Vincent Walder. Trabajan juntos en una investigación ligada al ilusionismo y a montajes criminales.
¿Pertenece a la serie de Erica Falck y Patrik Hedström?
No. Es otra serie, escrita por Camilla Läckberg junto a Henrik Fexeus. Podés empezar sin haber leído Fjällbacka.
¿En qué orden se lee la trilogía?
El mentalista, La secta y El espejismo. La relación entre Mina y Vincent continúa, por lo que recomiendo seguir ese orden.
¿Hace falta saber mentalismo para entender el caso?
No. La novela presenta el contexto necesario. Conviene, eso sí, distinguir la inferencia narrativa del personaje de una supuesta capacidad infalible para leer intenciones reales.
¿La reseña explica los códigos o revela al asesino?
No. Describe el tipo de investigación y sus temas, pero conserva las soluciones de las trampas, las identidades y el desenlace.
¿Puede hacerse larga?
Sí, especialmente si te interesan más las pistas que la instalación de los personajes. Mi crítica observa la relación entre extensión, hábitos repetidos y avance del caso.
¿Por qué le pongo 4 sobre 5?
Por la combinación de ilusionismo e investigación y el contraste entre Mina y Vincent. Las reservas están en la extensión y en el peso del espectáculo frente a las víctimas.
El libro
El mentalista
de Camilla Läckberg y Henrik Fexeus
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Sobre la autora
Yenny Astrid Londoño
Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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