Cookies, las justas. Uso Google Analytics para contar qué se lee y qué se ignora: números, no chismes. Vos decidís. Cómo uso los datos

Yenny Astrid Londoño.

Reseña

La canguro, de Pablo Rivero: en esta casa las normas también saben esconder cosas

Paula necesita ayuda con sus hijos, pero quiere conservar el control de todo. Yurena entra en una casa donde cuidar y vigilar ya se confunden.

Por Yenny Astrid Londoño · 9 de octubre de 2026 · 10 min de lectura

Yenny con cabello ondulado y blusa marfil, sosteniendo La canguro con ambas manos en una sala de lectura con monitor de bebé sobre la mesa.

El libro

La canguro

Thriller psicológico y doméstico

de Pablo Rivero

4 de 5 estrellas

Lo que sí merece preguntas es una casa donde ayudar solo resulta posible si nadie pregunta demasiado.

La persona que cuida a tus hijos entra en una parte de tu vida que casi nadie conoce. Ve el cansancio sin maquillaje, escucha la discusión que no alcanzaste a terminar y descubre qué significa realmente en esa casa la frase acá todo está bien. Hay trabajos que incluyen más intimidad que una amistad de diez años.

Paula necesita una canguro para Ethan y Martina. Vive encerrada en una rutina de miedo y normas, mientras su marido Raúl pasa mucho tiempo fuera. Yurena parece ofrecer ayuda. El problema es que aceptar ayuda también significa permitir que otra persona vea.

La canguro empieza con un hecho violento en el Retiro y retrocede trece días. Sabemos que algo va a romperse. Lo que me interesa es mirar cómo la casa llega hasta ahí y por qué el cuidado puede convertirse en una palabra muy conveniente para evitar explicaciones.

Una madre no puede sostenerlo todo a punta de voluntad

Paula vive una maternidad atravesada por agotamiento y aislamiento. Antes de convertirla en la mujer excesiva que sospecha demasiado, conviene mirar la distribución del trabajo. Hay una familia funcionando porque alguien permanece disponible para todo lo que los demás necesitan. Esa disponibilidad tiene un costo, aunque no venga con recibo.

Me da rabia la facilidad con que se llama entrega a una renuncia permanente. Si una madre no tiene espacio para descansar, conversar o recuperar una parte de su vida, no basta con elogiar cuánto ama a sus hijos. El elogio puede convertirse en la forma más barata de seguir sin ayudarla.

Rivero coloca el miedo dentro de esa rutina. La casa debería ofrecer refugio, pero también contiene una vigilancia que no descansa. Paula intenta evitar el peligro y termina viviendo como si ya estuviera presente en todas partes.

Yo no necesito usar un diagnóstico para entender que esa forma de vivir resulta insoportable. La novela ofrece una situación humana concreta. Prefiero mirarla antes de convertir la angustia en una etiqueta que explique automáticamente cada cosa que hace.

Yenny con coleta y blusa verde, sentada ante una terraza al atardecer con La canguro y una mano en la rodilla; frase del libro sobre cuidado y encierro.

Las normas pueden cuidar y también impedir que alguien mire

Toda casa con niños tiene reglas. Horarios, medicamentos, comidas, cosas que no se deben tocar. El problema empieza cuando una regla deja de proteger a alguien y empieza a proteger una versión de los hechos.

La necesidad de Paula de encontrar a una persona que no pregunte es una señal muy distinta de la necesidad de conseguir ayuda competente. Trabajar bien exige entender. Si la condición del empleo es no entender demasiado, la intimidad ya está empezando a usar el silencio como herramienta.

A mí esa diferencia me parece más perturbadora que una puerta cerrada. La puerta anuncia una prohibición. La norma puede presentarse como un acto responsable y hacer que quien la obedece participe sin darse cuenta de algo que no conoce.

También importa el poder de quien paga. La canguro entra a trabajar; la familia decide qué puede preguntar y qué consecuencias tendrá incomodar. No hace falta olvidar el misterio para reconocer esa desigualdad. Una casa privada también puede ser un lugar de trabajo donde alguien necesita límites y explicaciones.

Yurena llega cuando Paula necesita confiar

Yurena ofrece una presencia que parece aliviar el encierro. Para Paula, esa posibilidad no es únicamente práctica. Delegar toca la imagen que ha construido de sí misma y la seguridad que intenta conservar para los niños.

Confiar en otra persona exige aceptar que habrá cosas que no vas a observar directamente. Y si tu tranquilidad depende de verlo todo, la ayuda puede sentirse como una amenaza aunque sea precisamente lo que necesitás. Esa contradicción sostiene muy bien la premisa.

Yo no quiero decidir desde el título que la empleada es el peligro. El thriller doméstico utiliza a menudo al extraño que entra en casa, pero conviene dejar abierta otra pregunta: qué encuentra adentro. La persona contratada no inventa necesariamente las tensiones que descubre.

El juego entre alivio y sospecha tiene valor porque Paula necesita algo de Yurena. No puede resolver la incomodidad simplemente alejándose sin perder también una posibilidad de descanso. La dependencia hace que la relación importe antes de que sepamos cómo interpretarla.

Yenny con semirrecogido y vestido burdeos, sosteniendo La canguro con ambas manos en una cocina iluminada; frase del libro sobre normas y preguntas.

Ethan tiene una voz que incomoda la versión de su madre

La novela utiliza cuatro voces en primera persona e intercala el diario de Ethan. Esa elección permite que la casa no exista únicamente como Paula la entiende. El hijo también tiene una experiencia de las reglas, de la atención y del lugar que ocupa desde la llegada de Martina.

Un niño puede estar equivocado sobre una situación y, aun así, decir algo verdadero acerca de cómo se siente dentro de ella. Me interesa escuchar ambas cosas. No quiero convertir su rabia en prueba automática de maldad ni su edad en una garantía de inocencia absoluta sobre cada conducta.

La convivencia tiene esa dificultad: una misma acción puede ser protección para quien la impone y asfixia para quien la recibe. Eso no vuelve equivalentes todas las versiones. Obliga a mirar el hecho con más de una voz antes de aceptar una explicación.

El diario ofrece además un espacio privado. Lo que una persona escribe sin público puede mostrar resentimiento, fantasía o miedo; no debe leerse como una declaración literal de todo lo que hará. La novela gana posibilidades con esa diferencia entre pensamiento y acción.

Saber que viene una tragedia cambia hasta el sonido de una discusión

El comienzo en el Retiro y el regreso a los días anteriores hacen que la rutina pierda su inocencia. Una escena doméstica puede parecer pequeña por sí sola. Leída con la certeza de un hecho violento futuro, empieza a pedir otra atención.

Ese recurso me gusta porque utiliza el tiempo para volver significativa una convivencia. También exige cuidado: no todo detalle tiene que parecer una pista y no todo desacuerdo necesita anunciar una catástrofe. Si el libro amenaza constantemente, la amenaza puede terminar sonando como ruido de fondo.

Mi lectura prefiere las tensiones que modifican una relación. Quién deja de escuchar, quién empieza a ocultar algo, quién ya no consigue pedir ayuda sin sentirse juzgado. Ahí una casa puede hacerse peligrosa sin que aparezca una escena espectacular a cada rato.

Y por eso conservo el secreto central. Lo importante acá es acompañar la dificultad de decidir qué creer. Sería injusto quitarle a esa construcción el tiempo que necesita para que cada voz altere la anterior.

Yenny con moño bajo y chaqueta azul claro, leyendo La canguro con ambas manos en un sillón de biblioteca; frase del libro sobre lo que se esconde.

Lo que no me gustó de La canguro

Lo que más resistencia me produce es la cercanía entre maternidad y amenaza. La premisa utiliza una madre agotada, una ayuda que entra en casa y unas reglas difíciles de comprender. Es un terreno potente, pero muy frecuentado por el thriller doméstico. Mi exigencia está en que Paula conserve una identidad más amplia que la de mujer angustiada a la que debemos vigilar. El miedo puede explicar una parte de su vida; no debería quedarse con toda.

Tampoco quiero que la pregunta sobre Yurena se apoye únicamente en que es alguien ajeno a la familia. La persona contratada suele recibir la sospecha más barata: viene de fuera, sabe cosas y tiene acceso. Hasta ahí llegamos sin esfuerzo. Lo interesante empieza cuando examinamos qué autoridad tiene cada uno dentro de la casa y qué posibilidad real tiene la canguro de negarse, preguntar o marcharse.

La cuenta atrás introduce presión desde el arranque, aunque también puede volver demasiado enfáticas las escenas anteriores. Sabemos que habrá una tragedia y empezamos a leer cualquier roce como anuncio. A mí me gustan las tensiones que todavía pueden parecer cotidianas. Si cada gesto carga con un letrero de cuidado, aquí hay un secreto, pierdo parte de la inquietud que produce descubrir algo por mi cuenta.

Mi objeción no es que haya varias voces. Esa es una de las posibilidades más fértiles del libro. Lo que les pido es que cada una aporte una percepción distinta, una manera propia de entender una regla o de justificar una conducta. Cambiar el nombre de quien narra y mantener la misma sospecha no basta. La casa se vuelve compleja cuando las versiones hacen algo más que aplazar la respuesta.

Qué aportan las voces de la casa

Una narración íntima permite oír cómo alguien se explica a sí mismo. Esa explicación puede ser sincera y limitada a la vez. Paula conoce su cansancio, pero no necesariamente entiende todo lo que Ethan siente. Yurena observa desde otro lugar, condicionado por su trabajo y por lo que le permiten saber. El diario del niño introduce una intimidad diferente a la de una conversación familiar.

Por eso conviene separar percepción y hecho. Cuando alguien describe una conducta como cuidado, podemos preguntar cómo la recibe la otra persona. Cuando un personaje expresa rabia, no tenemos por qué convertir esa rabia en confesión de un acto. La novela doméstica gana interés con esos desplazamientos: una casa puede tener muchas certezas incompatibles antes de que aparezca una mentira deliberada.

La carga de trabajo también merece esa lectura. Preparar comidas, vigilar horarios y anticipar necesidades no ocurre en un vacío. ¿Quién puede salir? ¿Quién debe estar disponible? ¿Quién recibe descanso y quién recibe consejos? Esas preguntas hacen que la maternidad de Paula tenga una dimensión material. El agotamiento deja de ser un defecto de personalidad y empieza a relacionarse con lo que la familia espera de ella.

No voy a usar la novela para diagnosticar a sus personajes. Prefiero examinar sus decisiones y las relaciones que las permiten. Llamar loca a una madre puede cerrar la conversación demasiado pronto. Y una historia construida alrededor de versiones necesita precisamente que no demos por resuelto lo que todavía requiere escuchar.

Para quién recomendaría La canguro

Te la recomendaría si disfrutás los espacios domésticos donde la intimidad empieza a resultar incómoda y cada voz cambia la lectura de una escena. Su atractivo está menos en una aventura fuera de casa que en mirar la presión que ya existe dentro. El título invita a sospechar de la empleada; el análisis gana cuando también mira a quienes la necesitan.

Si buscás una investigación policial como centro absoluto o te cuesta leer situaciones de peligro relacionadas con niños, conviene saberlo antes de elegir. Tampoco la presentaría como una reflexión tranquila sobre crianza. Es suspense: utiliza el miedo, la incertidumbre y un hecho violento para conducir la historia. La discusión sobre el cuidado nace de ese recorrido, con toda su incomodidad.

Para un club de lectura propondría una pregunta muy concreta: ¿qué regla de la casa protege a una persona y qué regla protege una versión? No hace falta responder con el final. Podemos discutir cómo cambian las palabras ayudar, vigilar y confiar a medida que conocemos a cada personaje. Ahí el libro ofrece más que una competición por descubrir quién estaba escondiendo algo.

Mi puntuación es 4 de 5

Le doy cuatro estrellas por convertir el cuidado familiar en una relación de poder que merece examen. Las voces distintas y la cuenta de los días ofrecen una forma clara de leer cómo se acumula la presión.

Mi reserva aparece cuando el sufrimiento psicológico corre el riesgo de convertirse en explicación universal. Una madre angustiada sigue teniendo responsabilidades, necesidades y relaciones concretas. Quiero que la novela conserve esa complejidad en lugar de pedirme que todo encaje bajo la palabra locura.

La recomendaría a quien disfruta los secretos de casa y las versiones que se contradicen. No es una historia ligera sobre una niñera sospechosa; hay miedo y relaciones familiares en las que proteger puede empezar a parecerse mucho a impedir.

Paula necesita ayuda. Eso no tendría que dar vergüenza.

Lo que sí merece preguntas es una casa donde ayudar solo resulta posible si nadie pregunta demasiado.

Preguntas que me hacen siempre

¿Quiénes son los personajes centrales?

Paula y Raúl, sus hijos Ethan y Martina, y Yurena, la canguro que entra en la vida familiar.

¿El final está contado en esta reseña?

No. Se conserva el secreto central y la resolución de los hechos.

¿Qué clase de thriller es?

Un thriller doméstico sobre miedo, secretos familiares, cuidado y control, con distintas voces narrativas.

¿Por qué importa que la historia tenga distintas voces?

Porque una familia no cuenta lo mismo desde cada posición. Las versiones permiten contrastar miedos, intereses y silencios; conviene fijarse en quién interpreta una conducta y qué información tiene para hacerlo.

¿Qué es lo que menos me convence del planteamiento?

El miedo doméstico necesita matices para no reducir a la madre a su angustia ni a la cuidadora a una sospecha automática. Me interesa que las conductas sostengan la tensión, más que el simple hecho de dejar entrar a alguien en casa.

¿A quién puede gustarle La canguro?

A quien disfrute de secretos familiares y relaciones de cuidado que se vuelven incómodas. Si preferís una investigación policial como centro de la novela, acá pesa más lo que ocurre dentro de la familia y cómo cada personaje lo interpreta.

El libro

La canguro

de Pablo Rivero

Conseguir el libro

Compartir

WhatsAppFacebookX

Mis libros

Libros de Yenny Astrid Londoño

Ver todos mis libros →

← Volver a Reseñas

Sobre la autora

Yenny Astrid Londoño

Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

La historia detrás de las historias →

Sobreviviendo a mis muertos, de Yenny Astrid Londoño, libro gratis en PDF para suscriptores

Un libro mío, gratis

Llevate un libro mío gratis

Suscribite y recibí Sobreviviendo a mis muertos completo en PDF.

Después te escribiré solamente cuando tenga algo que valga la pena contarte.

Gratis para suscriptores de Yenny Astrid.