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Yenny Astrid Londoño.

Reseña

La mala hija, de Pedro Martí: la familia tenía mucho que explicar y una niña que dejar de culpar

La desaparición de Belén lleva a Alma Ortega de vuelta a Almansa. El apellido ofrece protección, pero hay que preguntar a quién.

Por Yenny Astrid Londoño · 8 de octubre de 2026 · 10 min de lectura

Yenny con trenza lateral y camisa terracota, sosteniendo una taza con las dos manos en una biblioteca; mockup de La mala hija sobre la mesa.

El libro

La mala hija

Novela negra y drama familiar

de Pedro Martí

4.5 de 5 estrellas

A su alrededor hacía falta algo bastante más urgente: que alguien se portara como un adulto.

Una buena hija es una categoría bastante cómoda para los adultos. Saca buenas notas, saluda, no incomoda y permite que la familia se vea funcionando. Después, cuando algo terrible ocurre, todo el mundo recuerda lo obediente que era. Como si el deber de una niña fuera dejar una reputación bonita incluso antes de desaparecer.

Belén Villalba tiene dieciséis años cuando desaparece en Almansa. Alma Ortega vuelve desde Madrid para dirigir la investigación y se encuentra también con su hermana Paula y con una historia familiar que no quedó resuelta porque ella se marchara.

La mala hija lleva la investigación hacia el abuso y el encubrimiento. Mi lectura se queda en la distancia entre proteger a una menor y proteger lo que la familia quiere que se piense de ella. No voy a hacer una reseña amable con esa distancia. Hay demasiada gente que sabe llamar amor a lo que en realidad es administración del silencio.

Alma vuelve a un lugar que también sabe mirarla

Regresar al pueblo para investigar tiene una dificultad que una oficina nueva no ofrece: la gente cree conocerte antes de que hagas la primera pregunta. Recuerdan a tu familia, tu infancia, lo que se dijo de vos. Tu cargo puede ser reciente; sus versiones llevan años instaladas.

Alma trae formación y una responsabilidad concreta. También trae un duelo y relaciones que no se acomodan automáticamente a su autoridad profesional. Esa superposición vuelve interesante el regreso. El expediente requiere distancia, mientras el entorno insiste en devolverla a su lugar de antes.

Yo encuentro ahí una buena tensión para la novela negra. Investigar consiste en pedir explicaciones a personas que quizá esperaban seguir siendo tratadas según una costumbre. La confianza social es útil para vivir. También puede hacerse bastante útil para que nadie revise ciertas conductas.

El pueblo no es culpable por ser pueblo. Lo inquietante es cualquier comunidad donde la familiaridad empieza a valer más que los hechos. Conocer a alguien de toda la vida no significa haber estado presente durante toda su vida. Esa diferencia suele llegar tarde a la conversación.

Yenny con coleta rizada y jersey lila en un patio de piedra, con La mala hija en una mano y la otra en la rodilla; frase del libro sobre la reputación familiar.

Dos hermanas no dejan sus problemas en la entrada de la investigación

Alma y Paula comparten una familia, pero no la misma experiencia de ella. Una se fue y la otra permaneció. Esa decisión puede convertirse en reproche incluso cuando ninguna tiene ganas de pronunciarlo. A veces una conversación adulta sigue discutiendo una despedida de hace años.

Trabajar juntas exige algo más que ponerse de acuerdo sobre una pista. Hay que decidir quién escucha a quién, qué peso conserva el pasado y cuánto resentimiento se está colando en una diferencia profesional. Me interesa que la relación tenga ese espesor, porque el caso termina exigiéndoles muchísimo más que cooperación.

No quiero una investigadora cuya familia solo exista para darle una herida vistosa. Quiero entender qué se vuelve difícil cuando el deber toca a alguien cercano. Acá la relación entre las hermanas permite hacer esa pregunta con consecuencias.

La sangre suele presentarse como una garantía de cuidado. La novela obliga a recordar que también crea lealtades que pueden entrar en conflicto con la verdad. Y cuando eso ocurre, el cariño no redacta una solución automática. Hay que decidir a quién se está protegiendo con cada silencio.

Belén no tenía que ser ejemplar para merecer protección

Me importa mucho el título. La palabra mala puede empezar a trabajar contra una muchacha antes de que alguien averigüe qué le pasó. Basta con que salga, esconda algo o se aleje de la versión que la familia había preparado para ella.

Una víctima no necesita demostrar que era buena estudiante, buena hija y buena persona para que el daño importe. La investigación de un crimen no tendría que depender de una competencia de simpatía. Si quitáramos todos esos elogios, Belén seguiría mereciendo exactamente la misma protección.

Por eso leo con desconfianza la reputación familiar. Puede ofrecer ayuda, pero también puede exigir una conducta que haga presentable el sufrimiento. Hay casas donde primero preguntan quién se va a enterar y después, si queda tiempo, preguntan qué ocurrió.

No hace falta atribuir esa reacción a todos los personajes para reconocer su violencia. El abuso necesita oportunidades. El encubrimiento necesita que alguien prefiera conservar una imagen. Y una niña puede quedar atrapada entre ambas cosas mientras los adultos siguen hablando de lo importante que es la familia.

Yenny con cabello liso y cárdigan mostaza, sosteniendo La mala hija a la altura de la cintura con ambas manos; frase del libro sobre los adultos respetables.

La reputación familiar también entra en la investigación

El caso obliga a mirar la distancia entre conocer a una familia y saber lo que ocurre dentro de ella. La respetabilidad puede ofrecer confianza, pero también puede hacer que una pregunta parezca una ofensa antes de que alguien decida responderla. A mí me importa ese mecanismo más que la enumeración de secretos.

Cuando un adulto insiste en la imagen de una muchacha, vale la pena observar qué está defendiendo. Puede estar recordándola con afecto. También puede estar tratando de conservar una versión que vuelve incómoda cualquier contradicción. La investigación tiene que abrir espacio para lo que Belén vivía, aunque no encaje en el retrato que otros habían preparado.

No hace falta contar el desenlace para discutirlo. El dolor de una menor no se vuelve menos importante porque comprenderlo perjudique una reputación. La pregunta de quién sabe algo debe ir acompañada por otra: quién tiene motivos para que los demás sigan sin saberlo.

El cariño no resuelve todas las obligaciones

Alma y Paula necesitan trabajar dentro de relaciones que traen historia. El caso puede ponerlas frente a una diferencia dolorosa entre querer a alguien y aceptar su versión. El afecto ayuda a escuchar; también puede hacer más difícil reconocer lo que una no quería encontrar.

Para mí, esa es una de las conversaciones más serias de la novela. Ser leal no puede significar automáticamente mantener a otra persona fuera de cualquier examen. Una familia existe también para sostener responsabilidades, no únicamente para ofrecer refugio cuando alguien necesita explicarse.

Reservo los responsables y las revelaciones decisivas. El lector merece llegar a ellas dentro de la historia. La crítica puede hablar del encubrimiento, de los límites de la protección y de lo que cuesta aceptar una verdad sin convertir una reseña en el inventario del final.

Yenny con recogido alto y vestido azul marino, leyendo La mala hija con ambas manos bajas; frase del libro sobre los secretos dentro de la familia.

Lo que no me gustó de La mala hija

Mi mayor reserva tiene que ver con la acumulación de dolor. Una historia que trabaja con menores, abuso y encubrimiento necesita medir muy bien qué muestra y para qué lo muestra. El impacto no equivale por sí solo a profundidad. Una revelación puede dejarnos helados y, aun así, deberle más espacio a la persona que la sufrió. Yo prefiero ese espacio a otro escalón de barbaridad.

No quiero que Belén se convierta en el lugar donde el libro deposita todo lo insoportable para que los adultos tengan una investigación intensa. La desaparición organiza el relato, pero la muchacha no debería agotarse en esa utilidad. Esta objeción es también una manera de leer: volver a ella cada vez que un secreto amenaza con llevarse toda la atención. ¿Qué estamos comprendiendo de su vida? ¿Qué estamos consumiendo como sorpresa?

La rivalidad entre Alma y Paula tiene fuerza, aunque exige paciencia de quien venga buscando un caso que avance siempre por la vía policial. El pasado familiar ocupa un lugar propio. A mí me gusta que las investigadoras no sean herramientas sin historia; también quiero que sus heridas produzcan decisiones concretas. Cuando el dolor se queda únicamente en explicación del carácter, me parece menos interesante que cuando modifica cómo escuchan o a quién creen.

Y soy poco amiga de resumir esta lectura con la palabra adictiva. Hay material que pide detenerse. Decir que no podés parar puede explicar el ritmo, pero no explica la experiencia completa de una novela tan dura. Me gustaría que la recomendación dejara sitio para quien necesita cerrar el libro un rato. Eso también es leer con atención, aunque quede menos espectacular en una publicidad.

El título y el reparto de la culpa

La mala hija permite discutir quién tiene autoridad para adjudicar ese adjetivo. Una familia puede llamar mala a la persona que no obedece, que cuenta algo inconveniente o que se niega a sostener una apariencia. La palabra parece describir una conducta, pero también puede servir para castigar una voz. Por eso me importa escuchar quién habla de Belén y qué gana con la descripción que ofrece.

La investigación tiene una ventaja sobre el chisme: debería pedir hechos. El entorno familiar, en cambio, puede ofrecer retratos morales como si fueran evidencia. Era buena, era rebelde, siempre hacía esto. Ninguna de esas frases responde por sí sola qué ocurrió. Leerlas con cuidado ayuda a reconocer cuándo una explicación ilumina y cuándo está defendiendo a quien la pronuncia.

El regreso de Alma introduce otra dificultad: hay personas que se sienten autorizadas a hablarle desde lo que recuerdan de su infancia. Su trabajo consiste en investigar el presente, pero el pueblo conserva una versión anterior de ella. Esa fricción da valor al escenario de Almansa. El lugar cuenta por sus relaciones, por la memoria compartida y por el costo de contrariar lo que todos dan por sabido.

Una conversación útil para un club de lectura sería comparar lealtad y protección. ¿Proteger a la familia significa impedir que se sepa algo o impedir que siga ocurriendo? La respuesta parece sencilla hasta que una verdad amenaza un vínculo querido. La novela encuentra su incomodidad precisamente ahí, donde ya no alcanza con decir que uno ama a los suyos.

Para quién vale la pena esta novela

La recomendaría a lectores que disfrutan una investigación atravesada por relaciones familiares y no necesitan que los conflictos personales se resuelvan al margen del caso. Alma y Paula ofrecen una entrada emocional distinta a la del detective solitario que solo responde ante su intuición. Acá la cercanía tiene consecuencias y la verdad puede resultar costosa para quienes la buscan.

No sería mi recomendación para quien pide un misterio ligero, poca violencia o una lectura que pueda tratar el daño a menores como un detalle secundario. La advertencia sobre el contenido importa más que cualquier entusiasmo por los giros. También conviene saber que esta reseña conserva a los responsables y el desenlace: podés leer el análisis antes de abrir la novela.

Después de leer, miraría cómo cambia la palabra buena entre la primera y la última parte del libro. Qué quería decir al principio, quién la utilizaba y a quién beneficiaba esa exigencia. Esa pregunta permite conversar sobre Belén sin convertir la reunión en un repaso morboso del daño. El título promete juzgar a una hija; mi lectura le devuelve la pregunta a quienes tenían que cuidarla.

Mi puntuación es 4,5 de 5

Le doy cuatro estrellas y media por la manera en que el caso lleva la conversación hasta las lealtades familiares. Las revelaciones tienen fuerza porque dañan relaciones que ya importaban. La investigación no termina dejando a las protagonistas en una posición cómoda desde la que puedan observar la perversidad ajena.

Mi reserva está en la acumulación de atrocidades. Una trama tan dura necesita recordar constantemente a las personas para que el horror no acabe funcionando como una escalera de impacto. No quiero sentir que una niña sufrió para que la siguiente sorpresa resultara todavía más grande.

La recomendaría a quien busque una novela negra extensa, con secretos familiares y una conversación moral difícil. Hay violencia y explotación de menores; conviene entrar sabiendo qué clase de material sostiene el relato.

La mala hija me deja mirando a los adultos. A los que sabían, a los que prefirieron no saber y a los que terminaron aceptando una verdad que les rompía la vida.

A Belén le exigían ser buena.

A su alrededor hacía falta algo bastante más urgente: que alguien se portara como un adulto.

Preguntas que me hacen siempre

¿La reseña revela los culpables?

No. Conserva las identidades de los responsables y las revelaciones del desenlace. Analiza la premisa y los temas.

¿Quién investiga la desaparición?

Alma Ortega, capitán de la UCO, vuelve a Almansa y trabaja con su hermana Paula, guardia civil.

¿Qué temas duros aparecen?

Abuso sexual de menores, explotación, encubrimiento familiar y violencia. No es un misterio ligero.

¿Qué aporta la relación entre Alma y Paula?

La investigación obliga a las hermanas a trabajar juntas mientras cargan con sus conflictos. Eso añade una tensión distinta a la búsqueda: compartir apellido no garantiza confianza ni una misma manera de entender lo ocurrido.

¿Qué reservas plantea esta reseña?

La acumulación de violencia puede imponerse sobre el espacio que necesitan las víctimas para existir como personas. También cuestiono cuándo el conflicto familiar ilumina el caso y cuándo amenaza con convertir el dolor en combustible para otro giro.

¿A quién puede interesarle La mala hija?

A quien busque una investigación atravesada por vínculos familiares, silencios y reputaciones. Si querés un caso ligero para desconectar, la dureza de sus temas puede hacer que esta no sea la lectura que necesitás ahora.

El libro

La mala hija

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Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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