Reseña
Cien años de soledad: el incesto, la soberbia y otras tradiciones familiares bien conservadas
Si tu familia es disfuncional, los Buendía te hacen sentir normal.
Por Yenny Astrid Londoño · 6 de octubre de 2026 · 26 min de lectura

Y esto ya es mucho decir, porque familias perfectas no conozco la primera. Lo que sí conozco son familias que salen muy lindas en las fotos: todos abrazados en diciembre, la abuelita en la mitad, los niños adelante y una cantidad de hijueputas riéndose como si nunca hubiera pasado nada.
La foto queda hermosa.
Lo que la foto no te cuenta es que dos ya no se hablan, tres están esperando a que se muera alguien para preguntar por la herencia, uno llega con una acompañante que nadie se aguanta y hay una señora sentada en una esquina que lleva treinta años diciendo: “Yo no voy a opinar sobre eso”, precisamente porque se muere por hacerlo.
Así somos las familias.
Tenemos historias oficiales, historias que cada uno cuenta a su manera y otras que nadie menciona hasta que un diciembre alguien se toma dos tragos de más y dice:
“Bueno, hijueputa, ya que estamos todos reunidos…”
Feliz Navidad.
Los Buendía están en otra liga. Tuvieron siete generaciones y cien años para aprender de sus propias cagadas. Uno pensaría que en algún momento alguno iba a decir:
“Ve, ¿será que el problema somos nosotros?”
En los Buendía lo que cambiaban eran los muertos, los amantes, las guerras, pero las cagadas volvían una y otra vez. Hasta los nombres volvían, porque aparentemente cometer los mismos errores no era suficiente: también había que llamarse igual para que uno, como lector, sufriera lo suyo y se enredara cada vez tratando de entender cuál era cuál.
Y ahí es donde para mí empieza realmente Cien años de soledad. No con Gabriel García Márquez, no con el Nobel de Literatura, ni en toda la parafernalia que se ha armado alrededor del libro, ni en que sea una de las obras más importantes de la literatura latinoamericana. Empieza cuando uno deja de mirar a los Buendía como los personajes de ese libro que todo el mundo dice que hay que leer antes de morirse y uno empieza a verlos como lo que son: una familia.
Y ahí todo cambia, porque ya no estás viendo solamente realismo mágico; estás viendo gente enamorándose de quien no debe: primos con primos, tías con sobrinos, hombres dejando hijos regados, amores que terminan en tragedia y otros que ni siquiera alcanzan a empezar. Gente guardando secretos que después terminan pagando los que ni siquiera estaban vivos cuando empezó el problema.
Y ahí van, uno por uno, tomando decisiones de mierda y repitiendo historias que ya habían terminado mal antes. Lo mejor es que cada uno está convencido de que lo suyo es diferente.
No hace falta entender de literatura ni saber explicar qué putas es el realismo mágico para reconocer una familia repitiendo las mismas cagadas durante varias generaciones.
Todo empezó con dos primos y una hombría muy delicada
Y para entender de dónde salió toda esta familia hay que empezar por José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, que eran primos. Sí, primos. Esta historia ni siquiera había empezado y ya uno podía sospechar que las cosas no iban a terminar muy bien.
Úrsula, por lo menos, sí sospechaba. Tenía metido en la cabeza que por haberse casado entre parientes podían tener un hijo con cola de cerdo. Y tampoco era una paranoia salida de la nada, porque en la familia ya había antecedentes. Así que durante un tiempo evitó acostarse con José Arcadio Buendía.
Hasta que apareció Prudencio Aguilar.
Porque nunca falta el hijueputa que ve un problema ajeno y piensa: “Aquí hace falta mi opinión”.
Prudencio empezó a burlarse de José Arcadio Buendía, a poner en duda su hombría, y José Arcadio, que aparentemente podía soportar muchas cosas menos que otro hombre hablara de lo que pasaba en su cama, lo mató.
Y uno pensaría: bueno, se murió Prudencio, se acabó el problema.
No.
Prudencio volvió.
Y eso es de las cosas que más me gustan de este libro: el muerto no volvió a hacer escándalo ni a tirar puertas ni a asustar a nadie. Volvió triste. Con la herida todavía ahí, dando vueltas por la casa del hombre que lo había matado. Hasta Úrsula terminó sintiendo lástima por él. Yo también. Porque, Ave María, bastante hijueputada que lo maten a uno para que encima le toque pasar la eternidad viendo al asesino en pijama.
Ahí sí, para mí, empieza el camino hacia Macondo. José Arcadio Buendía y Úrsula se van del pueblo, otras familias se van con ellos y, después de un viaje larguísimo, terminan fundando un pueblo nuevo.
Macondo.
Y esto me gusta mucho: Macondo no nace porque a José Arcadio Buendía se le ocurrió un día que quería fundar un pueblo. Macondo nace después de una muerte, de una culpa y de un fantasma que no pudieron dejar atrás.
Uno ya debería ir entendiendo que en esta familia irse lejos nunca significó realmente dejar algo atrás.
José Arcadio Buendía tenía una facilidad tremenda para entusiasmarse con lo que todavía no entendía. Llegaban Melquíades y los gitanos con imanes, inventos y maravillas, y al hombre se le olvidaba que en la casa había que comer. Siempre estaba a punto de descubrir algo extraordinario.
Úrsula, mientras tanto, debía resolver cuestiones menos prestigiosas, como mantener viva a la familia.
A mí me gustan los curiosos. Lo que ya me gusta menos es financiarles la curiosidad, criarles los hijos y recordarles que el universo puede esperar un ratico mientras ellos ayudan con algo.
Él fundó Macondo, sí. Pero Úrsula sostuvo la casa. Después de ver lo que le tocó sostener, yo no me atrevería a decir que el trabajo de él fue el más difícil.
José Arcadio terminó amarrado a un castaño, cada vez más lejos de los suyos, hablando una lengua que su familia no comprendía. Hasta allí llegó Prudencio Aguilar a acompañarlo. El mismo al que había matado encontró cómo conversar con él cuando los vivos ya no podían hacerlo.
Esa parte me da tristeza. Uno comienza emberracado con el hombre y después lo encuentra ahí, apartado, acompañado por su muerto.
Cuando murió, llovieron flores amarillas sobre Macondo.
A esas alturas yo ya aceptaba que los fantasmas volvieran y las flores cayeran del cielo. Lograr que esa familia hablara de lo que le estaba pasando parecía bastante más difícil.
Úrsula: vivir cien años también es aguantar cien años
Úrsula trabajó, hizo dinero, agrandó la casa y crio varias generaciones. Vio nacer personas que después le tocó enterrar.
Uno habla de llegar a los cien años como si el único problema fuera encontrar espacio para las velas, pero vivir tanto también significa ir perdiendo a quienes conocieron versiones de uno que ya nadie recuerda. Los que sabían cómo eras de joven, qué te daba miedo, de qué te reías antes de cargar con tantas cosas.
No voy a convertirla en santa. Úrsula tenía carácter, prejuicios y equivocaciones; también podía ser atravesada. Pero mientras los demás estaban metidos en sus guerras, sus enamoramientos o sus ideas grandiosas, ella veía lo que pasaba con la familia.
Los jóvenes creían estar estrenando vida y Úrsula ya reconocía por dónde iba el asunto.
Qué agotamiento ver venir una cagada, advertirla, que nadie te escuche y después recibir al responsable porque ahora sí necesita ayuda. Encima toca contenerse para no decirle lo que uno lleva meses queriendo decirle.
Perdió la vista y siguió enterándose de más cosas que varios de los que veían perfectamente. Conocía las voces, los pasos, las costumbres. Había dedicado una vida a estar pendiente de aquella casa.
Cuando murió, quedaron habitaciones, personas y objetos, pero faltó quien pudiera explicar qué había pasado entre ellos.
Uno cree que esa información estará disponible siempre: “Después le pregunto”.
Después se muere el viejo y ahí queda uno mirando una fotografía, sin saber quién carajos es la persona que aparece al lado de la abuela.
Y ya no hay a quién mostrarle la foto.
José Arcadio, Pilar Ternera y Rebeca: aquí nadie simplificaba nada
El primer hijo también se llamó José Arcadio. Era impulsivo, desbordado y bastante dispuesto a seguir cualquier deseo que se le atravesara.
Se metió con Pilar Ternera, ella quedó embarazada de Arcadio y él se fue con los gitanos.
El hombre tuvo ganas, las atendió y después encontró un viaje. La crianza quedó esperando a alguien con una disponibilidad menos aventurera.
Pilar tuvo también un hijo con Aureliano y acompañó a varias generaciones. Leía las cartas, escuchaba y conocía secretos que no llegaban a las conversaciones respetables de la casa.
Esos hombres muchas veces no sabían qué les pasaba, aunque eso nunca les impidiera actuar con un entusiasmo considerable.
Pilar los conocía desde otro lugar. Úrsula veía lo que había que sostener; Pilar sabía bastante de lo que después tocaba esconder.
José Arcadio volvió enorme, tatuado y muy distinto del muchacho que se había ido.
Entonces vio a Rebeca, que había llegado de niña con una carta y los huesos de sus padres en un costal. Comía tierra y cal de las paredes. Úrsula la recibió, la crio y trató de quitarle esas costumbres.
Rebeca estaba comprometida con Pietro Crespi, un italiano refinado que llegó sin calcular muy bien dónde se estaba metiendo. Tenía un matrimonio en preparación hasta que regresó José Arcadio y se le dañó la programación completa.
Rebeca dejó a Pietro y se casó con José Arcadio.
Úrsula se enfureció y el italiano quedó con un dolor que todavía iba a empeorar.
Después José Arcadio murió de un disparo cuya explicación nunca termina de quedar clara y Rebeca se encerró.
Lo que me pesa es que siguió viviendo mientras los demás continuaban con sus asuntos. Había una mujer dentro de esa casa, pero cada vez menos gente pensaba en ir a buscarla.
Ella también había cerrado la puerta.
Y eso complica las cosas, porque desde afuera resulta facilísimo decir que salga, que se distraiga, que haga algo. Uno no sabe cuánto lleva alguien acostumbrándose a no esperar visitas, ni en qué momento dejó de vestirse para salir porque ya no encontraba adónde ir.
Macondo cambiaba y Rebeca seguía allí.
A veces me parece más triste pensar en todo ese tiempo que en su muerte.
Amaranta, mija, vos también te colaboraste
Amaranta quería a Pietro Crespi cuando él quería a Rebeca. Sintió celos, deseó que el matrimonio no ocurriera y sufrió viendo que el hombre escogía a otra.
Después Rebeca se fue con José Arcadio y Pietro terminó enamorándose de Amaranta.
Listo, mija. Ahí está.
Pues tampoco: lo rechazó.
Uno quisiera agarrarla y preguntarle qué carajos quería. Había pasado tanto tiempo deseando algo y, cuando lo tuvo cerca, encontró cómo alejarlo.
Pero tampoco voy a fingir que nunca he entendido esa contradicción.
Desde lejos uno puede enamorarse tranquilamente, imaginar conversaciones, inventarle cualidades al otro y organizar una relación que todavía no exige nada. Cuando la persona se acerca, ya toca responder por lo que tanto decía querer.
Ahí aparecen miedos que uno había confundido con prudencia y un orgullo que estaba muy cómodo mientras nadie lo pusiera a prueba.
Pietro se suicidó.
Amaranta se quemó una mano y llevó una venda negra durante años. Esa muerte no se puede despachar diciendo que ocurrió porque ella lo rechazó, como si una vida entera cupiera en una sola decisión. Pero el dolor quedó ahí, mezclado con lo que Amaranta había deseado, hecho y dejado de hacer.
Después rechazó también a Gerineldo Márquez y siguió viviendo con sus contradicciones.
Me emberraco con ella y al mismo tiempo no consigo mirarla desde una superioridad muy convincente. Algunas de esas defensas las he visto de cerca. Sería cómodo decir que únicamente en los demás.
Hasta la muerte la encontró ocupada: recibió el anuncio de cuándo iba a morir, tejió su mortaja y recogió cartas para los muertos.
Macondo tenía un servicio de correspondencia que dependía de encontrar a alguien próximo a morirse y dispuesto a llevar el encargo.
Amaranta pudo organizar su despedida con una dedicación que me habría gustado verla poner en alguna posibilidad de ser feliz.
Pero yo estoy leyendo desde acá. Ella estaba adentro, con todo lo que no supo resolver.
Aureliano antes de volverse coronel
Antes de la guerra, Aureliano era un muchacho callado que trabajaba la platería y tenía premoniciones.
Después se enamoró de Remedios Moscote.
Remedios era una niña. No una “jovencita”, para que podamos pasar por la frase sin detenernos. Una niña.
Esperaron a que llegara a la pubertad para celebrar el matrimonio y a mí esa parte me cuesta. Puedo entender que la novela lo cuente dentro de otro mundo y otra época; eso no hace que lo lea tranquilamente.
Remedios se hizo querer en la casa. Cuidó, acompañó y encontró un lugar entre gente bastante difícil.
Murió embarazada de gemelos y su ausencia pesa porque ya la habíamos visto vivir entre ellos.
Amaranta cargó con la culpa de haber deseado un obstáculo para la boda de Rebeca y Pietro, que terminó aplazada por esa muerte. Una conciencia atormentada puede encontrar maneras espantosas de castigarse incluso sin haber causado aquello por lo que se castiga.
A mí me queda dando vueltas que Remedios conoció al Aureliano de antes. Al platero, al hombre enamorado, antes de que tanta guerra lo volviera difícil de alcanzar.
Uno después sigue leyendo al coronel y recuerda que ese hombre también estuvo ahí. No desapareció en una sola página. Se fue perdiendo mientras ocurrían otras cosas.
Treinta y dos levantamientos, hombre. Treinta y dos
El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos.
Yo después del tercero habría revisado qué estaba fallando.
Aunque tampoco voy a presumir demasiado: he insistido en cosas cuyo resultado ya era bastante evidente y todavía encontraba cómo explicarme que la próxima vez iba a ser distinta.
El hombre siguió, se acostumbró al mando, a las ejecuciones y a una distancia que terminó metiéndose en todo.
Hubo un momento en que las ideas importaron menos que el orgullo de seguir siendo quien era. Me parece terrible reconocer eso mientras uno lee y preguntarse cuánto alcanzaba a verlo él.
Porque desde afuera vemos cambios que la persona todavía se explica como necesidades, sacrificios o consecuencias inevitables.
Úrsula se horrorizó con cosas de su hijo. Quererlo no le quitó la capacidad de enfrentarlo, que ya es bastante cuando hay familias donde el parentesco sirve para justificar cualquier barbaridad.
Tuvo diecisiete hijos con diecisiete mujeres y todos se llamaron Aureliano.
Todavía quedaba margen para complicarnos la lectura.
Las cruces de ceniza que recibieron terminaron señalándolos y la violencia también alcanzó sus vidas.
El coronel sobrevivió a guerras, atentados y a un intento de suicidio; después volvió al taller y a los pescaditos de oro. Hacerlos, venderlos, fundir y empezar otra vez.
Ese regreso podría parecer un descanso.
A mí me deja una tristeza rara.
Después de tanto mando, tanta fama y tanta gente, terminó dedicado a algo que podía repetir sin tener que acercarse demasiado a nadie. Los pescaditos tenían un tamaño, una forma y un trabajo concreto. Uno podía terminarlos.
Con todo lo que le había pasado, quién sabe por dónde habría empezado si decidía mirar el resto.
Arcadio y Santa Sofía: él mandaba, ella hacía lo que tocaba
Arcadio, hijo de José Arcadio y Pilar Ternera, creció sin conocer bien su origen.
Quedó encargado de Macondo y se volvió autoritario y cruel.
Hay personas a las que uno les da una responsabilidad y descubre una vocación de tirano que hasta entonces no había tenido empleados disponibles.
Úrsula tuvo que enfrentársele.
Después lo fusilaron y quedaron Santa Sofía de la Piedad y sus hijos: Remedios la Bella, José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo.
Santa Sofía pasó años trabajando en la casa. Cocinaba, cuidaba y hacía lo que permitía a los otros seguir metidos en asuntos aparentemente más importantes.
Es muy fácil olvidarse de quien hace las cosas mientras las cosas aparecen hechas. Nadie piensa mucho en quién limpió hasta que encuentra la mugre, y entonces sí pregunta con una preocupación conmovedora qué estará pasando.
Envejeció tratando de sostener una casa que se deterioraba, hasta que recogió sus cosas y se fue.
Esa salida me parece de lo más sensato de la novela.
Después de tantos años, no se quedó haciendo una presentación para demostrar que estaba agotada. Se marchó.
Los demás podían seguir necesitando lo mismo; ella ya había dedicado bastante vida a resolverlo.
Yo, que llevo tantas páginas esperando que alguien cambie algo, agradecí que por lo menos una persona encontrara la puerta y la usara.
Remedios la Bella y las sábanas de Fernanda
Los hombres se trastornaban alrededor de Remedios la Bella. La deseaban, la imaginaban y le atribuían cosas que ella ni siquiera estaba pensando.
Después sufrían por una relación que habían construido prácticamente solos.
Ella vivía con una naturalidad que desconcertaba a los demás y no se dedicaba a organizar su existencia alrededor de aquellas expectativas.
Debía de ser desesperante para quien llevaba media historia de amor adelantada descubrir que la otra persona ni siquiera sabía que estaban en el primer capítulo.
Un día, mientras ayudaba con unas sábanas, ascendió al cielo.
Con las sábanas.
Fernanda quiso recuperarlas y yo ahí sí la entiendo.
Uno puede aceptar un prodigio sin renunciar por eso a la ropa de cama.
Ascendé, mija, pero soltá eso.
Aureliano Segundo, Petra Cotes y la respetabilidad de Fernanda
Los gemelos intercambiaron tanto sus identidades de niños que hasta la familia terminó dudando de cuál era cuál.
Con los años tomaron caminos distintos.
Aureliano Segundo se entregó a la comida, la fiesta, el exceso y Petra Cotes. Con ellos los animales se reproducían de una manera extraordinaria; había abundancia y parecía que aquello nunca fuera a acabarse.
También se casó con Fernanda del Carpio.
Porque una sola relación no le ofrecía suficientes posibilidades de complicación.
Fernanda había sido criada para una vida solemne, distinguida y muy superior a la que encontró. Llegó con sus reglas, sus ceremonias y una idea bastante clara de cómo debía comportarse todo el mundo.
Aureliano Segundo tenía a Petra y muy poco interés en convertirse en el marido que ella esperaba.
Puedo entender que Fernanda estuviera frustrada.
Lo que me emputa es ver lo que hizo después con esa frustración, especialmente cuando sus hijos terminaron pagando por la vida que no le había salido como quería.
Petra siguió acompañando a Aureliano Segundo cuando se acabó la abundancia. Compartieron dificultades y buscaron cómo conseguir dinero.
A mí ahí me interesa más la relación.
Durante las fiestas siempre hay compañía; después uno descubre quién sabe quedarse cuando ya no hay tanto que ofrecer.
Petra era la amante, la que no tenía el puesto respetable. Sin embargo, cuando pienso en lo que hicieron unas personas y otras, la etiqueta empieza a servirme bastante poco para entenderlas.

José Arcadio Segundo: “Yo estuve ahí”
José Arcadio Segundo se vinculó con los trabajadores de la compañía bananera, sobrevivió a la matanza y después tuvo que escuchar que no había ocurrido.
Esta parte me produce una rabia que no consigo mezclar con chistes.
Él sabía lo que había visto.
Había estado allí.
Pero afuera continuaba una versión de la vida donde aquello no había pasado y su testimonio sobraba.
Antes, con la peste del insomnio, los habitantes habían tratado de defenderse del olvido escribiendo los nombres de las cosas y explicando para qué servían. Tenían miedo de perder la memoria.
Ahora había quienes necesitaban borrar algo que alguien recordaba perfectamente.
Imaginate cargar con lo vivido y además tener que discutir hasta su existencia, escuchar a otros hablar tranquilamente como si la tranquilidad de ellos pudiera desmentir lo que vos viste.
José Arcadio Segundo se encerró cerca de los manuscritos de Melquíades.
Afuera seguía la vida.
A mí me cuesta salir de esa parte porque él sobrevivió y aun así quedó apartado, guardando una memoria que nadie quería escuchar.
Uno piensa que después de algo así por lo menos podrá contarlo.
Ni eso le dejaron hacer sin negarle lo que estaba diciendo.
Meme y Mauricio: el mecánico sí les dañaba la reputación
Meme, hija de Fernanda y Aureliano Segundo, se enamoró de Mauricio Babilonia, un mecánico de la compañía bananera.
Donde estaba él aparecían mariposas amarillas.
Eran hermosas y también lo delataban.
Fernanda descubrió la relación y la decencia familiar se puso a trabajar con una eficiencia que habría sido muy útil para resolver otras cosas.
Mirá qué curioso: había amantes, uniones entre parientes, hijos escondidos, guerras y hombres dejando embarazos por donde pasaban.
Pero un mecánico enamorado de Meme sí resultaba inadmisible.
La preocupación por la reputación llegó justo a tiempo para caerle encima a quien tenía menos posibilidades de defenderse. A los otros les habían encontrado explicaciones bastante más generosas.
Fernanda hizo vigilar la casa.
Mauricio recibió un disparo cuando iba a encontrarse con Meme, quedó paralítico y encima terminó señalado como ladrón de gallinas.
Le dañaron la vida y le dejaron a los demás una explicación miserable para recordarlo.
A Meme se la llevaron lejos.
No volvió a hablar.
Fernanda consiguió acabar con los encuentros, pero después tuvo una hija en silencio. Me pregunto qué parte de aquello podía mirar sin reconocer lo que había hecho.
Meme estaba embarazada.
Su hijo fue Aureliano Babilonia, al que Fernanda recibió y escondió. Creció dentro de su familia sin conocer su origen.
Todos esos esfuerzos para conservar las apariencias, con una hija apartada, un hombre herido y un niño escondido.
Yo miro el resultado y quisiera saber exactamente qué fue lo que consideraron salvado.
Una casa que se iba quedando sola
Fernanda esperaba que su hijo José Arcadio llegara a ser papa.
Lo mandó a Roma y alimentó un futuro que él no cumplió.
Otra cosa bastante familiar: ir escribiéndole la vida a alguien y después sentirse traicionado porque tuvo la ocurrencia de vivir otra.
José Arcadio regresó tras la muerte de Fernanda, encontró la casa deteriorada, a Aureliano y el oro que Úrsula había guardado.
Terminó asesinado por unos muchachos que querían robarle.
Aquella casa estaba muy lejos de la que había sostenido Úrsula.
Antes nacían niños, entraba gente y hacía falta espacio; después sobraban habitaciones y faltaban manos.
Amaranta Úrsula regresó de Europa con Gastón y con ganas de arreglarlo todo. Limpió, abrió, reparó.
Por un rato uno le cree.
Después de tantas muertes da gusto encontrarse con alguien que todavía tiene planes, aunque nosotros ya sepamos cuánto se ha perdido.
Ahí estaba Aureliano Babilonia.
Se enamoraron sin conocer con certeza el parentesco: ella era su tía.
Después de cien años de advertencias volvieron a una unión entre parientes.
Úrsula llevaba años muerta y a mí me dieron ganas de que apareciera, aunque fuera para preguntarles si en todo Macondo no habían encontrado a nadie más.
Pero ellos tampoco tenían la información que nosotros ya habíamos leído.
Ese desconocimiento venía de decisiones tomadas mucho antes.
Aureliano Babilonia: el que supo de todos sin saber de sí mismo
Para mí, la historia de Aureliano Babilonia es la más triste del libro, y hay bastante de dónde escoger.
A su padre le dispararon, a su madre se la llevaron y su abuela lo escondió.
Creció rodeado de personas que podían haberle explicado de dónde venía.
No lo hicieron.
Después uno habla del destino, de los manuscritos y de lo que tenía que ocurrir, pero también hubo adultos capaces de sentarse con ese niño y contarle la verdad.
Cada uno tuvo sus razones.
El que creció sin respuestas fue él.
Amó a Amaranta Úrsula y tuvieron un hijo.
El niño nació con cola de cerdo.
Cien años con Úrsula preocupada por aquello y ocurrió cuando ya casi nadie podía recordar todo lo que la vieja había dicho.
Amaranta Úrsula murió después del parto.
Aureliano salió, bebió, se perdió en el dolor y dejó al niño desatendido.
Cuando regresó, las hormigas se lo estaban llevando.
Ahí ya no tengo ganas de hacer comentarios sarcásticos.
El último Buendía apenas había nacido y estaba muerto.
Aureliano acababa de perder a la mujer que amaba y después tuvo que encontrarse con aquello.
Uno ha pasado tantas páginas siguiéndolos que todavía espera que quede algo, alguien, una posibilidad. Aunque sea por pura terquedad de lector, porque la historia no viene ofreciendo muchas razones para ponerse optimista.
Entonces empezó a descifrar los manuscritos.
Descubrió quiénes habían sido los Buendía, de dónde venía él y cuál era su lugar en esa familia.
Por fin tuvo respuestas y ya no tenía a quién hacerle las preguntas que aparecían con ellas.
No podía buscar a Meme, reclamarle a Fernanda ni sentarse con Úrsula.
Amaranta Úrsula estaba muerta.
Su hijo también.
Imaginate entender algo que te cambia toda la vida cuando ya no queda con quién hablarlo.
Mientras leía descubrió que los manuscritos contenían también lo que estaba ocurriendo.
Su lectura llegaba al momento en que él mismo los descifraba y Macondo desaparecía.
Yo quería que entender le sirviera para algo. Que le diera tiempo, por lo menos un ratico para hacer una cosa distinta.
Pero Aureliano alcanzó a conocer su historia y no alcanzó a vivir después de conocerla.
Esa es la parte con la que yo me quedo.
Melquíades dejó todo escrito. Leerlo era otra cosa
Melquíades estaba desde el comienzo: las maravillas, la amistad con José Arcadio Buendía, la muerte, el regreso y los manuscritos.
Los papeles quedaron allí y pasaron generaciones sin poder descifrarlos.
Los Buendía tenían cerca su historia y aun así no podían enterarse de lo que contenía.
Nosotros solemos tener recursos menos extraordinarios: una caja de zapatos, fotografías sin nombres y una tía que responde “eso déjelo así” apenas uno pregunta algo interesante.
Tampoco facilita mucho la investigación.
Uno cree que conoce a su familia porque sabe quién es hijo de quién.
Después aparece una carta, alguien cuenta algo que había callado o dos personas recuerdan una escena de maneras incompatibles.
Toca volver a mirar cosas que uno daba por entendidas.
En Macondo todo eso estaba escrito, pero encontrar la respuesta tampoco garantizaba llegar a tiempo.
El pueblo fue cambiando: las guerras, el tren, la compañía bananera, la riqueza, la violencia y la lluvia.
También cambió la casa.
Por eso al final me pesa algo más que la muerte del último personaje.
Me había acostumbrado a aquel lugar, a sus habitaciones, a quienes entraban y salían, incluso a la gente que me tenía agotada.
Uno sigue leyendo y de pronto descubre cuánto le hace falta alguien que unas páginas atrás todavía estaba ahí.
Las mariposas amarillas después de Mauricio
Se me quedan los pescaditos, los letreros de la peste del insomnio, las flores sobre Macondo y Remedios la Bella llevándose las sábanas.
También las mariposas de Mauricio Babilonia.
Después de conocer su historia ya no me parecen solamente bonitas: pienso en él yendo a ver a Meme, en lo que los delataba, en el disparo y en todo lo que vino después.
Gabo no necesita explicarlas hasta dejarlas sin vida.
Las encuentro junto a Mauricio y después no consigo separarlas de él.
Alguien las pone en una decoración y yo me acuerdo del pobre hombre.
Estaban adornando tranquilamente y yo ya tengo una desgracia completa en la cabeza.
Hay que tener talento para conseguir semejante cosa con unas mariposas.
Entonces, ¿de qué eran esos cien años de soledad?
Después de leer a los Buendía no encuentro una sola soledad.
Rebeca se aparta, Amaranta rechaza lo que desea, el coronel se vuelve cada vez más difícil de alcanzar, José Arcadio Segundo recuerda lo que otros niegan, Meme deja de hablar y Aureliano crece sin conocer su origen.
Había gente alrededor de muchos de ellos.
Esa casa llegó a estar llena y aun así no consiguieron contarse cosas que habrían necesitado saber.
Eso sí lo conozco.
Hay familias que saben dónde trabajás, cuánto ganás y con quién salís, pero no tienen mucha paciencia para escuchar cómo estás.
Preguntan y, apenas empezás a responder, te explican por qué no deberías sentirte así.
Después se sorprenden de que uno conteste “bien” y cambie de tema.
Les parece que se volvió reservado.
A veces simplemente aprendió qué conversaciones no iba a poder tener ahí.
Cien años de soledad puede cansarte. Podés perderte entre los nombres, devolverte y revisar cuál Aureliano está haciendo ahora qué cosa.
Un árbol genealógico ayuda; miralo con cuidado si no querés conocer antes de tiempo varias desgracias.
Y si no te gusta el libro, no te gusta.
Esa obligación de admirarlo porque alguien lo declaró importante me parece una pendejada. Bastantes obligaciones tiene uno para convertir también la lectura en una prueba de buena conducta.
A mí me pasó que terminé hablando de ellos como si los hubiera conocido.
Me emberraco con Fernanda, me preocupa Úrsula y sigo deseando que Amaranta haga algo distinto aunque ya sepa lo que hace.
Con Aureliano Babilonia me quedo pensando más tiempo del que esperaba.
El Nobel no hace falta para explicarme eso.
Los personajes consiguieron importarme, incluso cuando yo habría preferido que se fueran un rato y me dejaran descansar de sus decisiones.
Empecé burlándome de esa familia.
Había material de sobra: los nombres, los celos, los hombres convencidos de que sus grandes asuntos los eximían de ayudar en la casa.
A ratos quería que alguien los sentara a todos y les dijera que dejaran de hacer tanta cagada.
Después se fueron muriendo y lo que yo quería era que quedara alguien.
Ahí sí ya no estaba tan preocupada por corregirles el carácter.
Sobre todo por Aureliano.
Toda la vida esperando saber quién era y la respuesta llegó cuando ya no tenía con quién sentarse a hablar.
Qué rabia.
Uno quisiera que pudiera buscar a su mamá, preguntarle por Mauricio, contarle que por fin supo.
Algo tan sencillo y tan imposible a esas alturas.
Y mientras yo todavía estaba buscando cómo dejarle alguna posibilidad, se acabó también Macondo.
Ave María, Gabo.
Al principio yo estaba muy contenta porque los Buendía me hacían sentir que mi familia todavía tenía arreglo.
Al final habría aguantado otra pendejada de cualquiera de ellos con tal de que quedara alguien en esa casa.
Cerré el libro y seguí pensando en Aureliano, como si todavía pudiera hacer algo por él.
Después me tocó volver a mis cosas.
La vida siguió, claro.
Nadie estaba enterado de que yo acababa de perder un pueblo entero.
El libro
Cien años de soledad
de Gabriel García Márquez
Conseguir el libroSobre la autora
Yenny Astrid Londoño
Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.
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