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Yenny Astrid Londoño.

Reseña

El novio, de Freida McFadden: después de tantas citas de mierda, hasta una sospecha parece amor

Sydney cree haber encontrado al hombre indicado. Las mujeres asesinadas en Nueva York obligan a revisar qué significa exactamente indicado.

Por Yenny Astrid Londoño · 8 de octubre de 2026 · 10 min de lectura

Yenny con coleta baja, blusa marfil y pantalón camel, sentada en un café nocturno con El novio a la altura de la cintura y una mano sobre la rodilla.

El libro

El novio

Thriller psicológico

de Freida McFadden

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4 de 5 estrellas

Lo que no tendría que hacer para conseguirlo es dejar de preguntarse con quién está saliendo.

Después de varias citas desastrosas, un hombre que escucha, paga lo que le corresponde y no convierte la cena en un homenaje a su mamá puede parecer una aparición divina. Hemos dejado la vara tan bajita que cualquier señor capaz de sostener una conversación sin insultar a la mesera empieza a cotizar como marido.

Sydney Shaw vive en Nueva York y conoce bien ese cansancio. Cuando aparece un médico encantador, la posibilidad de que esta vez sí le vaya bien se vuelve bastante tentadora. El inconveniente es que hay mujeres asesinadas en la ciudad y las citas están relacionadas con la investigación. Qué detallito tan poco romántico.

El novio me interesa por la facilidad con que una esperanza empieza a trabajar como defensa. Queremos una buena noticia y terminamos ayudándola a parecer cierta. McFadden encuentra ahí una incomodidad que no necesita un sótano para funcionar. A veces alcanza con una cena agradable y algo que no encaja.

Sydney quiere una relación y eso no la vuelve culpable

Antes de empezar a gritarle a la protagonista que abra los ojos, conviene reconocer algo: buscar compañía no es una falla de carácter. Tener ganas de enamorarse tampoco es entregarle al siguiente desconocido un permiso para hacer daño. Me irrita esa costumbre de revisar primero lo que la mujer debió prever, como si el engaño fuera un examen que ella perdió.

Lo interesante es observar cómo administra la información cuando aparece alguien que parece cumplir sus expectativas. Una decepción puede hacerte prudente; muchas decepciones también pueden dejarte agotada de la prudencia. No siempre estamos deseando a una persona. A veces deseamos terminar la búsqueda.

La novela aprovecha esa disposición. La promesa de una relación bonita tiene valor antes de que exista suficiente conocimiento del otro. Sydney no conoce todavía todo lo que necesita conocer, pero ya tiene una vida posible en la cabeza. Y a esa vida imaginada le cuesta muchísimo recibir una pregunta desagradable.

Yenny con coleta y blusa verde, sentada junto a una ventana lluviosa con El novio y una mano sobre la rodilla; frase del libro sobre las citas.

El prestigio del médico hace parte del encanto

Una profesión respetable funciona como presentación y, demasiadas veces, como certificado moral. Nos dicen que alguien es médico y empezamos a completar la ficha por nuestra cuenta: responsable, cuidadoso, inteligente, incapaz de cierta clase de barbaridad. La última parte la pusimos nosotros. El diploma no venía diciendo eso.

Ahí encuentro una buena veta para el thriller. No hace falta que el personaje engañe en cada conversación si el entorno ya está dispuesto a atribuirle virtudes. Hay apariencias que trabajan horas extras sin cobrar.

Yo no sospecho de una profesión porque aparezca en una novela criminal. Lo que cuestiono es la comodidad con que la usamos para dejar de mirar conductas. Una persona puede salvar vidas durante el turno y ser insoportable al llegar a casa. La competencia laboral y la decencia íntima no vienen amarradas en el mismo paquete.

El encanto se vuelve peligroso cuando cualquier contradicción recibe una explicación que lo protege. Está cansado, tiene mucho trabajo, le cuesta abrirse. Todo puede ser verdad. También puede convertirse en una colección de excusas que elaboramos sin que él haya tenido que pedirlas.

Las aplicaciones venden encuentros y nosotros ponemos las expectativas

El mundo de las citas digitales tiene una crueldad bastante eficiente: te deja elegir entre perfiles mientras te recuerda que vos también sos un perfil entre muchos. Se supone que hay abundancia. La experiencia puede parecer más bien una entrevista laboral donde nadie leyó la hoja de vida y todos quieren beneficios desde el primer día.

McFadden sitúa la sospecha en ese terreno familiar. Conocer a alguien empieza por una versión seleccionada. Después llega el trabajo lento de averiguar cuánto coincide con la persona real. La fotografía puede ser reciente y el resto de la presentación seguir siendo una obra de ficción.

A mí me interesa la desigualdad entre la velocidad de la atracción y la lentitud del conocimiento. Podés sentirte cerca en una noche. Eso no significa que hayas visto cómo maneja una negativa, cómo habla de sus exparejas o qué hace cuando no recibe lo que quiere.

La novela usa una amenaza criminal, pero la pregunta íntima funciona por sí sola. Cuánto estamos dispuestos a comprobar y cuánto preferimos interpretar como señal de que por fin nos tocó algo bueno. Porque revisar también da pereza cuando una ya estaba lista para descansar.

Yenny con el cabello semirrecogido y vestido burdeos, sosteniendo El novio con ambas manos delante de una biblioteca iluminada; frase del libro sobre el hombre perfecto.

Sospechar del novio también implica desconfiar de tu entusiasmo

Lo incómodo de una sospecha amorosa es que no afecta únicamente la imagen del otro. También toca la versión de vos que estaba feliz con él. Hay que admitir que esa alegría quizá dependía de una información incompleta. Y eso duele incluso antes de confirmar nada.

Me gusta que la premisa permita leer el miedo dentro del deseo. Sydney puede querer acercarse y necesitar distancia al mismo tiempo. Esa contradicción tiene más interés que una protagonista convertida en máquina infalible de detectar señales. Las personas no reciben la información como una oficina recibe documentos.

Tampoco me parece justo pedirle una certeza que el propio thriller se ocupa de dificultar. Si todos ocultan cosas, la lectura consiste en distinguir qué silencio tiene importancia y cuál solamente nos está haciendo mirar hacia otra parte.

Ahí está el placer del libro: acompañar una confianza que ya no consigue sostenerse con la misma facilidad. Yo puedo disfrutar la sospecha sin necesitar que cada hombre del relato se vuelva un manual ambulante de perversión. Un misterio necesita matices para que desconfiar signifique algo.

Los giros sirven si nos devuelven a lo que ya vimos

Con McFadden siempre existe la tentación de medir el libro por la última sorpresa. A mí eso me parece una forma muy estrecha de leer. El final puede mover el piso, sí, pero durante el camino también importa qué estamos haciendo con Sydney y con las mujeres que no tuvieron oportunidad de salir.

Una revelación gana fuerza cuando modifica un detalle anterior. Pierde parte de ella cuando solo exige aceptar información que estuvo guardada hasta el momento conveniente. No necesito adivinar al culpable. Necesito sentir que la historia tenía una forma antes de explicármela.

Mi reserva está en la facilidad con que el ideal romántico puede ocupar demasiado espacio. Si todo se organiza alrededor de si él resulta ser maravilloso o terrible, la vida de ella corre el riesgo de quedar esperando una respuesta masculina. El libro me da más conversación cuando miro también qué quiere conservar Sydney de sí misma.

Por eso no voy a revelar acá la solución. El juego de sospechar merece su recorrido. Pero el interés de una reseña no debería terminar en decirte que hay un giro y que, por favor, te prepares porque es tremendo. Eso lo dice hasta la contraportada.

Yenny con moño bajo y chaqueta azul claro, leyendo El novio con las manos sobre el libro abierto; frase del libro sobre elegir y cuidar.

Lo que no me gustó de El novio

Lo que menos me convence es el espacio que ocupa la pregunta de si ese hombre merece la confianza de Sydney, frente al espacio dedicado a lo que Sydney necesita fuera de él. El planteamiento amoroso es eficaz, pero me deja pidiendo una protagonista cuya vida no parezca estar esperando la evaluación del candidato. Una mujer puede querer pareja y tener otras urgencias. Ser soltera no debería dejarla narrativamente en una sala de espera.

También me cuesta la insistencia en el paquete del novio perfecto. Guapo, atento, médico: ya entendí por qué despierta ilusión. Me resulta más interesante una conducta ambigua que el inventario de cualidades. Cuando el encanto viene tan certificado desde la presentación, el lector aficionado al género empieza a desconfiar por obligación. Y una sospecha que nace porque sabemos que estamos leyendo un thriller necesita después algo más para sostenerse.

Mi tercera objeción es la facilidad con que hablamos de las otras mujeres como parte del patrón criminal. Sirven para establecer una amenaza, claro. Pero esa utilidad no agota lo que significan. Sydney tiene derecho a una historia detallada; las víctimas anteriores también merecen algo más que el papel de anuncio de lo que podría pasarle. La pregunta que me importa es cuánto consigue el libro sacarlas de esa función.

No me molesta que una novela busque entretener. Me molesta la idea de que, porque entretiene, ya no podamos pedirle precisión en sus relaciones y sus decisiones. A McFadden se le celebra mucho la sorpresa. Yo le pido además que el personaje siga teniendo sentido cuando una vuelve a mirar el camino. Cambiar de sospechoso varias veces es divertido; que las piezas conversen entre sí es lo que hace que la diversión aguante.

Cómo leer las señales sin culpar a Sydney

Para mí hay tres preguntas útiles durante la lectura. Qué sabemos de una persona por sus actos, qué sabemos solamente porque alguien lo dice y qué estamos completando nosotros porque nos gustaría que fuera verdad. Separar esas cosas permite disfrutar el misterio sin convertir cada impresión en una prueba. Un personaje puede caer mal y ser inocente. Otro puede hablar precioso y seguir debiéndonos explicaciones.

Conviene observar además qué ocurre cuando la relación deja de ser cómoda. La atención durante una cita es una parte del vínculo; la reacción frente a una pregunta o a un límite ofrece otra información. No estoy diciendo que el libro sea una guía de seguridad sentimental. Es ficción. Pero el conflicto sirve para discutir por qué confundimos tantas veces el encanto con la capacidad de cuidar.

Hay otra diferencia que agradezco mantener: el lector dispone de las convenciones del género y Sydney está intentando vivir. Nosotros sabemos que la promesa del título puede esconder una trampa. Ella no puede tratar cada encuentro como una contraportada. Si la juzgamos con nuestra ventaja, el análisis se vuelve bastante tramposo. Luego decimos que era evidente y quedamos muy inteligentes desde el sofá. Qué conveniente.

A quién le recomendaría El novio

Te lo recomendaría si buscás suspense alrededor de la intimidad, sospechas que alteran una relación y una lectura donde la apariencia social pesa tanto como el peligro. El atractivo está en preguntarse con quién se está construyendo confianza. No hace falta leer otras novelas de la autora para entrar en esta historia.

Si esperás una investigación policial minuciosa o una novela que explore durante muchas páginas la vida de cada víctima, ajustaría las expectativas. Acá la puerta principal es Sydney y su relación con el deseo de que las cosas funcionen. Tampoco lo vendería como romance oscuro: que haya citas y atracción no convierte la amenaza criminal en una promesa amorosa.

Para conversar después, me quedaría con una pregunta: ¿en qué momento una buena impresión se vuelve una explicación que usamos para disculparlo todo? Cada lector puede localizarlo en un detalle diferente. Ahí hay más discusión que en competir por quién adivinó primero. El culpable es una respuesta; lo que hacemos con la confianza es una conversación.

Mi puntuación es 4 de 5

Le doy cuatro estrellas por esa combinación de deseo, vigilancia y apariencia respetable. Es una lectura para quien disfruta preguntarse qué clase de persona tiene delante mientras la protagonista intenta sostener una posibilidad amorosa. La tensión nace de un lugar reconocible y no depende solamente del crimen.

Le dejo fuera la quinta porque la perfección como señuelo pide cierta tolerancia y porque quiero más vida alrededor de la pareja que la promesa de descubrir quién escondía qué. Eso no impide disfrutarlo. Me ayuda a precisar qué estoy valorando.

El novio tiene una pregunta que se queda conmigo: cuánto conocimiento le exigimos a alguien antes de permitirle ocupar un lugar importante. No hay un plazo mágico. Tampoco hay obligación de convertir una buena primera impresión en confianza permanente.

Sydney quiere que esta vez salga bien. Lo entiendo.

Lo que no tendría que hacer para conseguirlo es dejar de preguntarse con quién está saliendo.

Preguntas que me hacen siempre

¿Hay que leer La empleada antes?

No. El novio es una historia independiente y no pertenece a la serie de Millie.

¿Esta reseña revela al asesino?

No. Conserva la identidad del responsable y la resolución.

¿Qué puntuación propone esta reseña?

4 de 5 por su capacidad para convertir el deseo de una relación en una fuente de sospecha, con reservas ante la idealización de la pareja.

¿Qué destaca de Sydney como protagonista?

Su necesidad de encontrar una relación permite ver cómo el cansancio de las citas condiciona sus sospechas. Lo interesante es distinguir lo que observa de lo que desea creer: ahí se sostiene buena parte de la tensión.

¿Qué puede decepcionarte de El novio?

La insistencia en el hombre perfecto y la importancia del romance pueden dejarte pidiendo más espacio para la vida propia de Sydney. Si buscás una investigación policial minuciosa, esta propuesta se concentra más en la desconfianza afectiva.

¿A quién le recomendaría El novio?

A quien disfrute de relaciones ambiguas, sospechosos cercanos y cambios de interpretación. Si necesitás que cada detalle procedimental tenga mucho desarrollo, conviene ajustar expectativas: el atractivo principal está en preguntarte quién merece confianza.

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Sobre la autora

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Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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