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Yenny Astrid Londoño.

Reseña

La chica del tren, de Paula Hawkins: reseña — Rachel olvidaba demasiado y Tom tenía muy buena memoria para inventarle el resto

Rachel bebe, pierde horas enteras y ya no sabe cuánto de lo que recuerda ocurrió de verdad. Con semejante currículum, lo fácil era no creerle. Y eso le convenía muchísimo a alguien.

Por Yenny Astrid Londoño · 8 de octubre de 2026 · 9 min de lectura

Yenny Astrid Londoño sentada junto a la ventana de un tren con La chica del tren, de Paula Hawkins, en las manos, un vaso de café y un cuaderno, con el título de la reseña superpuesto en la imagen.

El libro

La chica del tren

de Paula Hawkins

4.3 de 5 estrellas

Rachel ya tenía los espacios en blanco. Él solamente llegó con un hijueputa lapicero.

ISBN 6070728386

Reseña por Yenny Astrid Londoño

Rachel va todos los días en el tren mirando por la ventana la vida de una pareja que no conoce. Como tampoco tiene nada mejor que hacer —aparte de beber, pensar en su exmarido y tomar decisiones que cualquier amiga sensata le prohibiría después de la segunda copa—, empieza a inventarles una vida. Los bautiza Jess y Jason, los imagina enamorados, tranquilos, felices. Básicamente les arma el matrimonio que ella ya no tiene.

Y yo no la juzgo por eso. Uno también ha visto una pareja cinco minutos en un restaurante y ha decidido que se aman profundamente o que se van a divorciar antes de diciembre. La diferencia es que normalmente uno se baja del tren y sigue con su vida. Rachel no.

Un día ve a Jess besando a otro hombre. Después Jess desaparece. Y ahí la mujer que hasta ese momento estaba mirando la historia desde una ventana decide meterse en ella.

El pequeño inconveniente es que Rachel resulta ser una testigo de mierda. Bebe muchísimo. Tiene lagunas de horas completas. Llama a Tom cuando no debería, aparece en lugares donde nadie la invitó, miente para poder acercarse a la investigación y algunas mañanas despierta sin saber exactamente qué hizo la noche anterior. Paula Hawkins no intenta que la queramos rápido. Más bien parece empeñada en comprobar cuánto estamos dispuestos a aguantarle antes de mandarla nosotros mismos para la casa.

Y funciona. Porque cuando Rachel dice que recuerda algo, uno tampoco sabe si creerle. Ese es el primer engaño del libro. El segundo es hacernos creer que el problema es su memoria.

Rachel no necesitaba que nadie la desacreditara. Ya estaba haciendo un trabajo excelente ella sola

Hay personajes a los que el escritor tiene que volver sospechosos. Con Rachel el trabajo viene adelantado.

Ella sabe que bebe. Sabe que ha perdido el control. Sabe que ha hecho cosas vergonzosas y que algunas ni siquiera las recuerda. Entonces, cuando alguien le cuenta al día siguiente lo que supuestamente hizo, ¿con qué autoridad lo contradice? Con ninguna.

Y Tom lo sabe.

Eso es lo que me interesa de La chica del tren, mucho más que repetir que Rachel es una «narradora poco fiable», término que después de tanto thriller ya parece venir impreso en la contraportada.

Porque Rachel sí es poco fiable. Hawkins no hace trampa ahí. Ella bebe, miente y mete la pata con una constancia admirable. El asunto es que Tom descubre que una mujer que duda de su propia memoria es terreno fértil.

Rachel deja un hueco. Tom pone el recuerdo. Qué servicio tan completo.

Y después de años así, llega un momento en que ella no necesita que él la convenza demasiado. Ya aprendió a desconfiar primero de sí misma. Ahí es donde el libro se pone bueno.

Yenny Astrid Londoño con la mano en la cara junto a la ventana de un tren con lluvia, con La chica del tren, de Paula Hawkins, sobre la mesa y un texto superpuesto en la imagen.

Desde el tren todos tenemos matrimonios perfectos

También me gusta bastante lo que Hawkins hace con Megan, porque Rachel no conoce a esa mujer. Conoce una ventana.

Desde ahí decidió que Jess y Jason tenían una relación maravillosa, que eran felices y que representaban esa vida bonita que a ella se le había ido al carajo. Megan ni siquiera se llama Jess, pero Rachel ya le había organizado matrimonio, personalidad y futuro.

Después conocemos a Megan. Y no.

La mujer de la casa perfecta tiene secretos, está insatisfecha, arrastra una historia bastante más pesada de lo que Rachel podía imaginar y tampoco vive dentro del matrimonio que se veía tan bonito desde el vagón.

Eso parece obvio, pero sostiene buena parte de la novela: Rachel mira a Megan y cree conocerla; mira a Tom y cree recordarlo; mira su matrimonio destruido y cree saber por qué terminó. Está mirando mucho y viendo muy poquito.

Lo grave es que nosotros también.

Aviso de spoilers

Desde acá voy a contar quién mató a Megan, qué tenía que ver Tom con ella, qué estaba pasando realmente con los recuerdos de Rachel y cómo termina todo. Si no has leído La chica del tren, bajate acá. El próximo tren pasa cuando terminés el libro.

Tom no provocó todos los problemas de Rachel. Le bastó con aprender a usarlos

Y acá es donde Tom deja de ser simplemente el exmarido con una nueva esposa.

Él no volvió alcohólica a Rachel. Tampoco inventó cada cagada que ella cometió. Eso sería demasiado fácil y, francamente, dañaría el personaje.

Tom hizo algo mejor. Aprovechó lo que ya tenía.

Después de una borrachera y una laguna, podía explicarle qué había pasado. Rachel había gritado, Rachel había roto algo, Rachel había hecho esto o aquello. Algunas veces podía ser cierto. Otras no. Pero mezclá suficientes verdades con suficientes mentiras y después andá a separar unas de otras cuando ni siquiera recordás la noche completa.

Ahí está la hijueputada.

Tom no tenía que convencer a Rachel de que era otra persona. Le bastaba con conseguir que pensara: «Sí, yo sería capaz de haber hecho eso».

Y listo. Con eso tenía media mentira hecha.

Y mientras Rachel trataba de recordar, Tom estaba bastante ocupado

Megan había tenido una relación con Tom. Además estaba embarazada y existía la posibilidad de que el hijo fuera suyo. Después de una confrontación, Tom la mata.

Ese es el gran crimen de la novela. Pero para mí no es el mejor giro.

El momento que realmente cambia la historia es cuando Rachel empieza a recuperar aquella noche y recuerda haber visto a Megan entrar al carro de Tom. Porque con ese recuerdo no aparece solamente el asesino. Empieza a aparecer también Rachel. La de verdad.

De pronto tiene que volver sobre años enteros preguntándose cuáles de las cosas que creía saber sobre sí misma ocurrieron y cuáles llegaron después, narradas convenientemente por el hombre que estaba a su lado.

Eso me parece mucho más bravo que «Tom mató a Megan». El cadáver resuelve el misterio. Los recuerdos dañan todo lo anterior.

Yenny Astrid Londoño con una chaqueta de cuero junto a la ventana de un tren con lluvia, con La chica del tren, de Paula Hawkins, y un vaso de café sobre la mesa, con un texto superpuesto en la imagen.

Anna y Rachel estuvieron demasiado ocupadas mirándose entre ellas

Anna tampoco me parece un personaje puesto solamente para ser «la otra». Durante buena parte del libro ella y Rachel tienen motivos de sobra para detestarse. Anna vive con Tom, tiene la hija que Rachel no pudo tener y ocupa literalmente la casa y la vida que Rachel perdió.

Y Rachel, desde la perspectiva de Anna, es la ex borracha que no desaparece ni con agua caliente.

Perfecto. Póngalas a pelear y que el señor quede en la mitad pareciendo el pobre hombre que tuvo la desgracia de enamorarse dos veces. Qué belleza.

Hasta que Anna descubre que Tom también estaba acostándose con Megan. Ahí la película cambia.

En el enfrentamiento final, Tom ataca a Rachel; ella le clava un sacacorchos en el cuello y Anna interviene para asegurarse de que el asunto no vaya a necesitar segunda temporada. Después ambas respaldan la versión de defensa propia.

No voy a fingir superioridad literaria: disfruté ese sacacorchos. Muchísimo.

Y no, descubrir que Tom era un hijueputa no convierte a Rachel en santa

Esto también se lo agradezco a Hawkins.

Rachel no queda mágicamente absuelta cuando descubrimos quién es Tom. Sus mentiras siguen siendo mentiras. Su alcoholismo sigue ahí. Sus malas decisiones tampoco desaparecen porque al final encontramos un hombre peor.

Y menos mal. Porque habría sido una salida muy barata convertir todo lo malo que hizo Rachel en producto de Tom para poder entregarnos una protagonista limpita al final.

No. Rachel está hecha mierda por razones propias y ajenas. Algunas se las provocó ella. Otras se las agravaron. Y Tom encontró la manera de utilizar ambas.

Por eso su manipulación resulta creíble. Si alguien te acusa todos los días de cosas que sabés perfectamente que jamás harías, tarde o temprano lo mandás a comer mierda. Pero si te acusa de algo que se parece peligrosamente a otras cosas que sí has hecho y, además, no recordás esa noche...

Ah, bueno. Ahí la mentira entra sin tocar.

La chica del tren y Perdida no están haciendo el mismo truco

Entiendo perfectamente por qué las compararon. Mujeres complicadas, matrimonios podridos, narradores en los que uno no puede confiar y suficiente mierda debajo de la alfombra para montar una empresa de aseo.

Pero después de leerlas con atención, a mí no me parecen el mismo juego.

Amy, en Perdida, sabe perfectamente lo que está haciendo. Fabrica una historia y pelea por imponerla. El relato es un arma y ella sabe utilizarla mejor que todos.

Rachel está en el extremo contrario. A ella le quitaron confianza en su propio relato.

Amy dice: esta es la historia que quiero que ustedes crean. Rachel termina preguntándose: ¿cuál putas era mi historia?

Y esa diferencia es enorme. Precisamente por eso esta reseña puede conversar con Perdida sin convertirse en el típico «si te gustó este libro, también te gustará aquel». El punto de unión no es que ambas tengan mujeres complicadas, matrimonios podridos y un misterio —con eso podríamos enlazar media biblioteca—, sino que trabajan de forma completamente distinta el derecho a contar lo ocurrido.

Ahora, Paula, también te digo una cosa

La primera mitad se demora. Y se demora bastante.

Llega un momento en que ya entendimos que Rachel bebe, que mira por la ventana, que piensa en Tom, que toma una mala decisión y que probablemente mañana no recuerde una parte. No necesitaba otra vuelta completa para asegurarme de que había captado el concepto.

Cuando los recuerdos empiezan a regresar y las historias de Rachel, Megan y Anna finalmente se aprietan alrededor de Tom, el libro mejora muchísimo. Ahí sí quería seguir. Antes hubo momentos en que el tren podía haber acelerado un poquito y yo no me iba a quejar.

Mi calificación: 4.3/5 — ★★★★☆

Me gustó más por Rachel que por el misterio de Megan.

El asesinato funciona, el giro funciona y el final también, pero lo que me queda del libro es otra cosa: una mujer que había cometido suficientes errores reales como para terminar creyéndose también los inventados.

Eso es perverso.

Porque Tom no necesitó borrar la memoria de Rachel.

Rachel ya tenía los espacios en blanco. Él solamente llegó con un hijueputa lapicero.

Preguntas frecuentes

¿Esta reseña de La chica del tren tiene spoilers?

Sí. A partir del aviso cuento quién mató a Megan, qué tenía que ver Tom con ella, qué estaba pasando realmente con los recuerdos de Rachel y cómo termina todo. Si no has leído La chica del tren, bajate acá. El próximo tren pasa cuando terminés el libro.

¿Qué puntuación le doy a La chica del tren?

Le doy 4.3 de 5. Me gustó más por Rachel que por el misterio de Megan: el asesinato funciona, el giro funciona y el final también, pero lo que me queda del libro es otra cosa.

¿De qué trata La chica del tren?

Rachel va todos los días en el tren mirando por la ventana la vida de una pareja que no conoce, y les inventa una vida. Un día ve a Jess besando a otro hombre y después Jess desaparece. Rachel, que bebe y tiene lagunas de horas completas, decide meterse en la historia.

¿Rachel es una narradora confiable?

No mucho. Rachel resulta ser una testigo de mierda: bebe muchísimo, tiene lagunas de horas completas y algunas mañanas despierta sin saber exactamente qué hizo la noche anterior. Por eso, cuando dice que recuerda algo, uno tampoco sabe si creerle.

¿La chica del tren se parece a Perdida?

Las dos tienen mujeres complicadas, matrimonios podridos y un misterio, pero a mí no me parecen el mismo juego. Amy sabe perfectamente lo que está haciendo y pelea por imponer su historia; a Rachel, en cambio, le quitaron la confianza en su propio relato.

¿La primera mitad de La chica del tren es lenta?

Sí, se demora y se demora bastante. Cuando los recuerdos empiezan a regresar y las historias de Rachel, Megan y Anna finalmente se aprietan, el libro mejora muchísimo. Ahí sí quería seguir.

¿Vale la pena leer La chica del tren?

Para mí sí, sobre todo por Rachel. La primera mitad se demora y el tren podía haber acelerado un poquito, pero cuando el libro arranca de verdad no quería soltarlo.

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Sobre la autora

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Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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