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Yenny Astrid Londoño.

Reseña

La mujer en la ventana: Anna estaba equivocada en muchas cosas, menos en la única que nadie quiso creerle

Anna bebe, mezcla vino con medicamentos, espía a los vecinos y habla con personas que no están ahí. Después dice que vio un asesinato. Digamos que no llegó a la policía con el currículum ideal de una testigo confiable.

Por Yenny Astrid Londoño · 7 de octubre de 2026 · 10 min de lectura

Yenny Astrid Londoño leyendo La mujer en la ventana, de A. J. Finn, junto a una ventana con lluvia, una taza y una vela.

El libro

La mujer en la ventana

de A. J. Finn

4.2 de 5 estrellas

Mirar nunca fue el problema. Creer que mirar equivale a conocer, sí.

ISBN 194778353X

A Anna Fox le queda el mundo grande incluso cuando mide lo mismo que su casa. No puede salir, observa el barrio desde las ventanas, ve películas antiguas, bebe bastante más de lo aconsejable y mantiene conversaciones con Ed y Olivia, su marido y su hija, que supuestamente viven separados de ella. Su relación con el exterior ocurre a distancia: mira, escucha, imagina y completa lo que no alcanza a conocer. Por eso cuando los Russell se mudan al otro lado de la calle encuentra una nueva historia en la cual entretenerse. Y por eso también nosotros empezamos a mirar con ella.

La comparación con Rear Window es inevitable porque A. J. Finn ni siquiera intenta esconderla. Anna vive rodeada de cine clásico y la novela está construida sobre esa misma fascinación por observar desde un lugar seguro algo que quizá nunca debimos haber visto. La diferencia está en quién mira. Anna no es simplemente una espectadora atrapada físicamente en una habitación: es una mujer cuya percepción está comprometida por el trauma, el alcohol, los medicamentos y una culpa que todavía no entendemos completamente. Desde el comienzo sabemos que puede equivocarse. Lo que todavía no sabemos es cuánto.

Entonces conoce a Jane Russell. O, mejor dicho, conoce a una mujer que se presenta ante ella como Jane Russell. Hablan, beben y Anna tiene finalmente contacto con alguien que parece atravesar las paredes de su aislamiento. Poco después, desde su ventana, ve cómo esa mujer es apuñalada.

Anna llama a la policía. Y aparece Jane Russell vivita y coleando.

Ahí La mujer en la ventana deja de preguntarnos qué ocurrió en la casa de enfrente y empieza a hacernos una pregunta bastante más jodida: ¿cuánta razón necesita tener una persona para que decidamos creerle?

Porque Anna no ayuda mucho a su propia causa.

Yenny Astrid Londoño con una cámara y una libreta, mirando por una ventana con lluvia, con una frase de A. J. Finn de La mujer en la ventana.

Anna es una testigo pésima. Eso no significa que sea una mentirosa

La policía encuentra rápidamente razones para dudar de ella. Los Russell dicen que la mujer asesinada nunca existió. La verdadera Jane está ahí. Alistair Russell puede parecer sospechoso, pero parecer un hijueputa no constituye evidencia de homicidio. Y Anna tiene antecedentes suficientes de episodios confusos para que la explicación más sencilla sea también la más cómoda: bebió, mezcló medicamentos y convirtió en realidad algo que solo ocurrió en su cabeza.

Lo interesante es que el libro consigue que uno participe en ese juicio sin necesidad de obligarlo. No hace falta que nadie nos diga «Anna está loca, no le crean». Nosotros mismos vamos reuniendo las pruebas en su contra. Sabemos cuánto bebe. Vemos su dependencia de la ventana. Conocemos las contradicciones. La acompañamos durante episodios en los que ella tampoco está completamente segura de lo que ocurrió.

Así que cuando todos empiezan a dudar, uno entiende perfectamente por qué. Y esa es precisamente la trampa.

Anna puede estar confundida respecto a una parte de lo ocurrido y tener razón respecto a otra. Puede interpretar mal una situación sin haber inventado la situación completa. Puede recordar de manera imperfecta y aun así haber visto algo real. Sin embargo, en cuanto descubrimos una grieta en su percepción empezamos a tratar todo lo que dice como si tuviera exactamente el mismo valor.

Eso me parece mucho más interesante que el simple juego del narrador poco fiable. El libro no solo pregunta si podemos confiar en Anna. También pregunta qué hacemos cuando descubrimos que no podemos confiar plenamente en alguien: ¿revisamos cada afirmación por separado o tiramos a la basura todo lo que diga?

Y nosotros hacemos lo segundo. Con una facilidad admirable, además.

AVISO DE SPOILERS

A partir de aquí voy a contar qué ocurrió realmente con Ed y Olivia, quién era la mujer que Anna conoció como Jane Russell, quién la asesinó y qué pasa con Ethan. Si todavía no has leído La mujer en la ventana, cerrá acá y volvé cuando lo termines. Después no vengás a decirme que te dañé el misterio porque bastante advertencia acabás de recibir.

Ed y Olivia nunca estuvieron donde Anna nos dijo

El primer golpe importante no tiene nada que ver con los Russell.

Ed y Olivia están muertos.

Las conversaciones que Anna mantiene con ellos nos habían permitido construir una historia bastante diferente: un matrimonio roto, una hija viviendo con su padre y una mujer aislada que todavía conserva algún vínculo con ambos. La realidad es que murieron en el accidente automovilístico que está detrás del trauma de Anna y de su incapacidad para salir de casa.

Eso obliga a revisar todo lo anterior.

Y acá sí funciona muy bien la narradora poco fiable porque Anna no estaba sentada frente a nosotros inventando deliberadamente una historia para engañarnos. Su propia manera de sobrevivir había deformado la forma en que entendíamos su presente. Nosotros asumimos que Ed y Olivia estaban vivos porque Anna se relacionaba con ellos como si lo estuvieran.

Cuando se descubre la verdad, también cambia la lectura de su casa. Hasta ese momento parecía refugio. Después empieza a parecer mausoleo.

Anna no está simplemente escondiéndose del mundo exterior. Está viviendo dentro de un espacio donde todavía puede conservar una versión de la familia que perdió. Salir implica mucho más que cruzar una puerta.

Y eso hace que el misterio de los Russell se vuelva todavía más perverso, porque justo cuando descubrimos una prueba enorme de que Anna no percibe su realidad como creíamos, tenemos todavía más razones para pensar que el asesinato también pudo ser producto de esa misma mente.

Perfecto. Ahora sí estamos listos para desconfiar completamente de la mujer que tenía razón.

Yenny Astrid Londoño con una taza, sentada junto a una ventana con lluvia, con una frase de A. J. Finn de La mujer en la ventana.

La mujer de la ventana sí existía

La mujer que Anna conoció no era Jane Russell. Era Katie, la madre biológica de Ethan.

Eso resuelve una de las contradicciones que más había debilitado a Anna: ella no imaginó a una mujer inexistente. Conoció a una persona real, solo que creyó una identidad falsa. Cuando después apareció la Jane Russell reconocida por la familia, todos asumieron que eso demostraba que Anna había inventado el encuentro entero.

No. Anna se equivocó de nombre. No de mujer.

Y tampoco se equivocó respecto al asesinato.

Ese detalle me gusta porque Finn no convierte repentinamente a Anna en una observadora infalible para demostrar que todos fueron injustos con ella. Sigue habiendo errores. Sigue habiendo percepciones alteradas. Sigue existiendo todo aquello que justificaba nuestras dudas. Lo que cambia es nuestra tendencia a pensar que una persona debe ser completamente confiable para poder decir una verdad.

Anna no recupera credibilidad porque descubramos que siempre tuvo razón. La recupera porque entendemos que tener razón y ser fiable no son exactamente la misma cosa.

Y mientras todos mirábamos a Alistair, Ethan estaba ahí

Alistair Russell cumple demasiado bien el papel de sospechoso. Es controlador, agresivo, tiene una presencia amenazante y parece tener suficientes secretos para que uno lo mire con desconfianza. El libro sabe perfectamente lo que está haciendo cuando lo pone frente a nosotros.

Pero el verdadero peligro es Ethan.

El muchacho vulnerable, aparentemente atrapado dentro de una familia complicada, resulta ser quien asesinó a Katie. Además, había estado entrando furtivamente en la casa de Anna. La mujer que pasaba el tiempo vigilando a sus vecinos desde la ventana también estaba siendo observada dentro de su propio espacio.

Ese cambio me gusta mucho más que el simple «el asesino era quien menos esperabas», porque encaja con la obsesión del libro por mirar. Anna mira a los Russell. Cree conocerlos porque puede ver fragmentos de sus vidas. Nosotros hacemos lo mismo con los personajes. Vemos una conducta de Alistair y completamos el resto. Vemos vulnerabilidad en Ethan y hacemos exactamente lo mismo.

Mirar nunca fue el problema. Creer que mirar equivale a conocer, sí.

Por eso Ethan funciona mejor como revelación que si el libro hubiera confirmado todas las sospechas sobre Alistair. Anna pasó buena parte de la historia intentando entender qué había detrás de las ventanas de los demás mientras alguien había conseguido entrar en su propia casa sin que ella comprendiera quién era realmente.

Hitchcock vive en esa casa y ni siquiera ayuda con el arriendo

No hay forma seria de hablar de La mujer en la ventana fingiendo que sus referencias cinematográficas son apenas decoración. Rear Window está metida en los huesos de la novela: la persona confinada, la ventana, el voyeurismo, el crimen que nadie cree y la necesidad de demostrar que aquello que parecía imposible realmente ocurrió. Anna, además, consume cine clásico constantemente, así que Finn convierte esas películas en parte de la manera en que ella interpreta el mundo.

A ratos funciona delicioso porque uno siente que la novela sabe perfectamente de qué tradición viene. En otros momentos empieza a insistir tanto que provoca ganas de decirle: sí, A. J., ya entendí que viste películas viejas.

Ese es uno de los puntos donde el libro puede sentirse derivativo. No estamos frente a una premisa revolucionaria y tampoco creo que necesite serlo. El problema aparece cuando el homenaje se nota más que la historia. Por fortuna, Anna tiene suficiente peso como personaje para evitar que todo termine reducido a Hitchcock con vino tinto y Wi-Fi.

También hay un tramo medio que pierde algo de velocidad. La estructura necesita mantenernos durante bastante tiempo encerrados con Anna, repitiendo observaciones, sospechas y dudas, porque esa monotonía pertenece a su vida. Narrativamente lo entiendo. Como lectora, no siempre significa que esas páginas corran igual de bien.

Cuando empiezan a caer las verdades —Ed, Olivia, Katie, Ethan— el libro recupera mucha fuerza porque cada revelación no solo resuelve una parte del misterio: modifica lo que habíamos pensado de Anna.

El verdadero misterio era quién tenía derecho a ser creído

Eso es lo que finalmente me queda de La mujer en la ventana.

No Ethan. Ni siquiera Katie. Anna.

Porque durante buena parte del libro estuvimos intentando decidir si una mujer traumatizada, agorafóbica, medicada y con problemas con el alcohol podía ser una testigo fiable. Y la respuesta era bastante evidente: no demasiado.

Lo que nunca debimos hacer fue convertir esa respuesta en otra completamente distinta: entonces nada de lo que dice puede ser verdad.

La novela aprovecha una debilidad muy humana. Nos gustan los testigos limpios. Queremos relatos ordenados, recuerdos consistentes y personas que puedan contar lo ocurrido desde el principio hasta el final sin obligarnos a separar verdad, error e interpretación. Anna no puede ofrecernos nada de eso.

Nos toca hacer el trabajo. Y durante bastante tiempo preferimos descartarla.

Por eso su salida final de la casa tiene más peso que una simple imagen de recuperación. Después de pasar toda la novela observando la vida desde detrás de un vidrio, Anna empieza a enfrentarse a una realidad en la que Ed y Olivia están muertos, Katie existió, Ethan era el peligro que nadie estaba mirando y ella misma puede haber estado profundamente confundida sin que eso convierta todo lo que vio en una fantasía.

Mi calificación: 4.2/5 — ★★★★☆

La pongo por encima de La empleada te vigila porque acá el narrador poco fiable no me parece solamente una herramienta para esconder el giro. Está metido en el corazón de lo que la novela quiere hacer con Anna y con nosotros. El homenaje a Hitchcock a veces se nota demasiado, el tramo medio podría apretarse y algunas piezas del thriller resultan más familiares de lo que seguramente parecían en 2018. Pero el libro consigue algo que me interesa bastante más que sorprenderme con un culpable: hacerme revisar por qué decidí que una persona no merecía credibilidad.

Anna pasó toda la novela mirando por una ventana tratando de descubrir qué escondían los demás.

Al final, la que necesitaba que volviéramos a mirar era ella.

Preguntas frecuentes

¿Esta reseña de La mujer en la ventana tiene spoilers?

Sí. A partir del aviso cuento qué ocurrió realmente con Ed y Olivia, quién era la mujer que Anna conoció como Jane Russell, quién la asesinó y qué pasa con Ethan. Si todavía no la has leído, cerrá acá y volvé cuando la termines.

¿Qué puntuación le doy a La mujer en la ventana?

Le doy 4.2 de 5. La pongo por encima de La asistenta te vigila porque acá el narrador poco fiable no me parece solamente una herramienta para esconder el giro, aunque el homenaje a Hitchcock a veces se nota demasiado y el tramo medio podría apretarse.

¿De qué trata La mujer en la ventana?

Anna Fox no puede salir de su casa, observa el barrio desde las ventanas, ve películas antiguas y bebe bastante más de lo aconsejable. Cuando los Russell se mudan al otro lado de la calle, ve desde su ventana cómo apuñalan a una mujer, pero la policía tiene razones para dudar de ella.

¿La mujer en la ventana se parece a La ventana indiscreta?

Sí, y A. J. Finn ni siquiera intenta esconderlo: la comparación con Rear Window (La ventana indiscreta) es inevitable. La diferencia, para mí, está en quién mira, porque la percepción de Anna está comprometida por el trauma, el alcohol y los medicamentos.

¿Anna es una narradora confiable?

No del todo, pero eso no significa que sea una mentirosa. Anna es una testigo pésima y aun así puede estar confundida respecto a una parte de lo ocurrido y tener razón respecto a otra.

¿Qué fue lo que menos me funcionó de La mujer en la ventana?

Que el homenaje a Hitchcock a veces se nota más que la historia y que el tramo medio pierde algo de velocidad, porque nos deja encerrados con Anna repitiendo observaciones, sospechas y dudas. Además, algunas piezas del thriller resultan más familiares de lo que seguramente parecían en 2018.

El libro

La mujer en la ventana

de A. J. Finn

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Sobre la autora

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Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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