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Yenny Astrid Londoño.

Reseña

Verity: La sombra de un engaño: todo el mundo pregunta si Verity mintió; a mí empieza a interesarme por qué carajos le creemos a Jeremy

En esta historia todos mienten. El problema es que uno termina escogiendo a su mentiroso favorito.

Por Yenny Astrid Londoño · 6 de octubre de 2026 · 18 min de lectura

Yenny Astrid junto a Verity: La sombra de un engaño, de Colleen Hoover, portada de la reseña.

El libro

Verity: La sombra de un engaño

Thriller psicológico / suspense

de Colleen Hoover

4 de 5 estrellas

ISBN 8408269755

Hay libros que uno termina y cierra. Verity no tiene esa decencia. Uno llega a la última página y empieza a devolverse mentalmente por todo lo que acaba de leer porque resulta que ahora toca decidir qué fue verdad, quién estaba mintiendo y desde cuándo nos estaban viendo la cara. Y lo peor es que Colleen Hoover tampoco se toma la molestia de venir a explicarnos nada. Deja el problema tirado ahí, recoge sus cosas y se va.

Por eso entiendo perfectamente que la discusión alrededor de este libro haya terminado dividida entre quienes creen en el manuscrito y quienes creen en la carta. La novela prácticamente nos empuja a escoger un bando. El problema es que mientras todo el mundo está ocupado decidiendo si Verity era una psicópata capaz de hacerles daño a sus propias hijas o una escritora con una imaginación de mierda y la peor suerte del mundo, hay un señor en la mitad de la historia tomando decisiones bastante graves y recibiendo, curiosamente, mucho menos interrogatorio.

Jeremy.

Pero todavía no lleguemos allá, porque antes hay que hablar de Lowen Ashleigh y de la maravillosa cadena de decisiones que la llevó hasta esa casa.

Lowen es escritora, está quebrada y viene de cuidar a su madre hasta su muerte. No está precisamente atravesando el momento más luminoso de su existencia cuando presencia un accidente espantoso en plena calle. Un hombre termina atropellado frente a ella y Lowen queda salpicada de sangre. Así empieza Verity. Sin calentamiento, sin flores, sin darnos siquiera tiempo de acomodarnos.

Y ahí aparece Jeremy Crawford.

Él la ayuda, la acompaña a limpiarse y poco después Lowen descubre que ese desconocido no era simplemente un hombre amable que tuvo la mala suerte de encontrársela cubierta de sangre. Es el esposo de Verity Crawford, una escritora de enorme éxito que ya no puede terminar su propia serie después de haber sufrido un accidente que la dejó prácticamente incapacitada.

La editorial necesita a alguien que termine los libros pendientes.

Lowen necesita plata.

Hasta ahí uno podría pensar que estamos frente a una oportunidad laboral extraordinaria. Y técnicamente lo es. Lo que nadie incluye en la oferta de trabajo es que para terminar la obra de Verity tendrá que instalarse temporalmente en su casa, revisar años de apuntes privados y convivir con Jeremy, con Crew —el hijo pequeño de la pareja— y con la propia Verity, inmóvil y aparentemente ajena a todo lo que ocurre alrededor.

Yo no sé ustedes, pero hay ofertas laborales que deberían venir con prestaciones sociales y otras que deberían venir con un sacerdote.

Porque la casa Crawford no carga solamente con una mujer enferma.

Carga con dos niñas muertas.

Antes de Verity hubo dos niñas

Harper y Chastin eran gemelas, hijas de Jeremy y Verity. Chastin murió a causa de una reacción alérgica. Harper murió meses después, ahogada en un lago mientras estaba con su madre.

Después vino el accidente de Verity.

Entonces Lowen no entra simplemente a la casa de una escritora famosa que ya no puede trabajar. Entra a una familia que ha acumulado tanta muerte en tan poco tiempo que cualquier silencio empieza a parecer sospechoso. Jeremy es el esposo que ha perdido dos hijas y ahora cuida a una mujer que necesita asistencia permanente. Crew es un niño creciendo en medio de todo aquello. Y Verity está ahí, presente físicamente pero sin poder contar su versión de nada.

O eso creemos.

Lowen comienza a revisar el despacho de Verity buscando información útil para continuar sus novelas y encuentra algo que no estaba buscando: un manuscrito autobiográfico.

Y acá es donde Colleen Hoover hace la maldad que sostiene prácticamente todo el libro.

Porque Lowen empieza a leer.

Uno también.

Y ninguno de los dos sabe cuándo putas parar.

El manuscrito que nadie debía leer

Si ese manuscrito dice la verdad, Verity Crawford no es una mujer complicada, ni una mala madre, ni alguien que simplemente atravesó una maternidad difícil. Estamos hablando de una mujer profundamente obsesionada con Jeremy, celosa de sus propias hijas y capaz de mirar a sus hijos como rivales por la atención de su esposo.

Lo perturbador no está únicamente en lo que cuenta, sino en la intimidad desde donde lo cuenta. Estamos dentro de pensamientos que una persona normal escondería hasta de sí misma. La maternidad aparece deformada por los celos, el deseo por Jeremy se vuelve obsesión y las tragedias familiares empiezan a verse de otra manera.

De pronto Chastin y Harper dejan de ser solamente dos niñas que murieron.

Y uno empieza a mirar a Verity.

Lowen también.

Ese es uno de los grandes aciertos del libro: Hoover consigue que el manuscrito contamine el presente. Después de leer determinadas cosas, cualquier movimiento de Verity parece una prueba. Una mirada dura demasiado. Una posición cambia. Algo que Crew dice adquiere otro significado. Lowen comienza a preguntarse si esa mujer está realmente tan incapacitada como todos creen y nosotros empezamos a preguntárnoslo con ella.

Ahí Verity funciona como un putas.

No porque sea especialmente sutil —no siempre lo es—, sino porque entiende perfectamente cómo sembrar una sospecha y después dejar que uno mismo la alimente.

Y hay una trampa importante: estamos conociendo a Verity a través de un texto que escribió Verity, pero lo estamos leyendo desde los ojos de una mujer que ya empieza a desear la vida de Verity.

Eso cambia bastante las cosas.

Algunas verdades son tan oscuras que solo se pueden decir en un libro. El problema es cuando quien lee decide convertirlas en una sentencia de muerte.
Algunas verdades son tan oscuras que solo se pueden decir en un libro. El problema es cuando quien lee decide convertirlas en una sentencia de muerte.

Lowen no llegó siendo la villana. Tampoco se esforzó demasiado por seguir siendo inocente

A Lowen es fácil entenderla al principio. Está sola, económicamente jodida, acaba de perder a su madre y llega a una casa donde encuentra algo que hace rato no tiene: estabilidad. También encuentra a Jeremy.

Y Jeremy es atento. Es buen padre. Está destruido por las pérdidas. Cuida a su esposa. Trata bien a Lowen. Tiene esa combinación peligrosísima de hombre atractivo y hombre sufrido que hace que hasta las decisiones cuestionables empiecen a venir con justificación incluida.

El problema es que Verity sigue viva.

Y está en la casa.

Eso convierte la atracción entre Lowen y Jeremy en algo bastante menos romántico de lo que por momentos la novela parece querer vendernos.

Mientras Lowen lee páginas donde Verity describe con una crudeza brutal su obsesión sexual por Jeremy, ella misma empieza a acostarse con él. Mientras descubre cuánto quería Verity poseer a ese hombre, empieza a quererlo para ella. Mientras sospecha que Verity observa, Lowen continúa acercándose a su marido.

Es una situación tan moralmente limpia como revolcarse en un chiquero con vestido blanco.

Y esto es importante porque Lowen pasa buena parte de la historia ocupando el lugar cómodo de observadora. Ella encontró el manuscrito. Ella descubre. Ella sospecha. Ella teme.

Pero Lowen también elige.

Lee algo que no estaba destinado para ella y sigue leyendo. Oculta información. Se involucra emocional y sexualmente con Jeremy mientras su esposa permanece en la misma casa. Y poco a poco deja de ser la escritora contratada para terminar unos libros y empieza a imaginar cómo sería quedarse con la vida que encontró allí.

Eso no la convierte automáticamente en monstruo.

Pero tampoco me la vendan como una pobre muchacha que accidentalmente cayó en brazos del marido.

Tropezó varias veces, por lo visto.

Y mientras tanto, Verity mira

Hay escenas en las que Verity consigue hacer algo bastante sencillo y tremendamente efectivo: poner a una mujer prácticamente inmóvil en una habitación y convertirla en la persona más amenazante de toda la casa.

Lowen empieza a notar cosas. Una mirada. Un movimiento. La sensación de que Verity sabe más de lo que debería saber. Crew también dice y hace cosas que alimentan la sospecha.

Entonces aparece una posibilidad mucho peor que todo lo leído hasta ese momento: Verity podría estar fingiendo.

Y si está fingiendo, el manuscrito empieza a parecer todavía más cierto.

Ese es precisamente el momento en que conviene desconfiar.

Porque para entonces Hoover ya hizo algo con nosotros: nos entregó una versión tan monstruosa de Verity que empezamos a interpretar cualquier cosa como confirmación. Si se mueve, es culpable. Si observa, es culpable. Si finge, es culpable. Si tiene miedo, probablemente también encontraremos la manera de convertir ese miedo en culpabilidad.

La historia ya nos enseñó qué debemos buscar.

Y nosotros empezamos a encontrarlo.

Hablemos de Jeremy, pues

Jeremy pasa buena parte de Verity protegido por una condición muy conveniente: siempre hay una mujer más sospechosa que él.

Primero está Verity, naturalmente. Después tenemos a Lowen tomando decisiones cada vez más cuestionables. En medio de esas dos mujeres, Jeremy puede parecer casi el único adulto funcional de la casa.

Es un padre devastado. Un esposo que ha soportado demasiado. Un hombre que perdió a sus dos hijas y quedó cuidando a la mujer que sobrevivió.

Claro que uno le cree.

La pregunta es por qué seguimos creyéndole cuando empieza a darnos motivos para dejar de hacerlo.

Porque cuando Jeremy finalmente conoce —o creemos que conoce— lo que dice el manuscrito, no llama a la policía, no busca una explicación, no intenta establecer qué ocurrió realmente.

Actúa.

Y cuando Jeremy actúa, la distancia entre “padre desesperado” y “hombre capaz de matar a su esposa” desaparece bastante rápido.

Acá es donde la novela hace algo que me parece fascinante, sea intencional o no: nos obliga a decidir cuánta violencia estamos dispuestos a justificar dependiendo de cuánto nos guste la persona que la ejerce.

Si creemos el manuscrito, Jeremy está vengando a sus hijas.

Entonces la violencia parece comprensible. Hasta satisfactoria.

Verity se convierte en el monstruo y Jeremy en el hombre que hizo lo que tenía que hacer.

Qué conveniente.

Porque un hombre puede matar a una mujer delante de otra mujer y todavía salir de la escena convertido en el personaje al que buena parte de los lectores decide creerle.

Y entonces llega la carta.

Y manda todo para la mierda.

Y entonces llega la carta

Porque después de pasar prácticamente todo el libro convencidos de que el manuscrito nos había permitido conocer a la verdadera Verity, aparece una carta escondida en la que ella cuenta otra historia. Según esa versión, aquello que Lowen encontró nunca fue una confesión. Era un ejercicio de escritura: ponerse en la cabeza de una mujer monstruosa y escribir desde ahí. Todo eso que nosotros acabábamos de utilizar para condenarla podía ser ficción.

Y claro, a esas alturas uno tiene un pequeño problema.

Verity está muerta.

Ya no hay manera de sentarla delante de nadie y preguntarle cuál de las dos versiones es cierta. Tampoco hay forma de leer la carta sin recordar el manuscrito ni de volver al manuscrito sin escuchar lo que dice la carta. La mujer que durante todo el libro parecía no tener voz termina dejándonos dos, y se contradicen entre sí.

Pero la carta hace algo todavía peor: cambia a Jeremy.

Según Verity, él había encontrado el manuscrito mucho antes de que Lowen se lo mostrara. Lo había leído, había creído lo que decía y ya había intentado matarla. El accidente que la dejó en ese estado no habría sido un accidente.

Puede estar mintiendo.

Por supuesto que puede estar mintiendo. Después de todo lo que acabamos de leer, sería bastante ingenuo convertir una carta encontrada debajo del piso en las tablas de Moisés.

Pero también puede estar diciendo la verdad.

Y ahí es donde Verity me parece mucho más interesante que la discusión de quién ganó entre Team Manuscrito y Team Carta. Porque si aceptamos siquiera la posibilidad de que esa carta sea cierta, tenemos que volver atrás y mirar nuevamente al hombre al que llevamos casi todo el libro concediéndole el beneficio de la duda.

Jeremy deja de ser solamente el padre que perdió a sus hijas y el esposo que descubrió algo monstruoso. Puede ser también un hombre que leyó un texto, decidió que era verdad, juzgó a su esposa y trató de ejecutarla sin que nadie supiera lo que había hecho.

Y después la mata.

No en medio de un arrebato que dura dos segundos. La mata mientras Lowen está ahí. Entre los dos terminan construyendo una muerte que pueda parecer otra cosa y, de alguna manera, la novela consigue que todavía quede espacio para preguntarnos si Jeremy hizo lo correcto.

Eso es bastante jodido.

Porque mientras estuvimos leyendo sobre una posible madre asesina nos resultó facilísimo reconocer al monstruo. Cuando el hombre que nos gusta mata, en cambio, inmediatamente empezamos a buscar circunstancias atenuantes.

Lowen encuentra la verdad y decide qué hacer con ella

La carta podría cambiarlo todo, pero Lowen hace algo que para mí termina de sacarla del lugar de simple espectadora: decide destruirla.

Y ahí ya no me interesa demasiado si lo hace porque ama a Jeremy, porque quiere proteger la vida que acaba de construir, porque teme las consecuencias o porque necesita convencerse de que el manuscrito era verdadero. Probablemente haya un poco de todo. Lo importante es que, cuando finalmente tiene en las manos una versión que podría poner en duda todo lo ocurrido, no busca averiguar más.

La elimina.

Lowen pasó buena parte de la novela leyendo las palabras de otra mujer para descubrir la verdad y termina destruyendo las palabras de esa misma mujer cuando esa verdad deja de servirle.

Eso sí me parece una hijueputada maravillosa del libro.

Porque entonces uno mira hacia atrás y se da cuenta de que los tres hicieron, de maneras distintas, exactamente lo mismo: construyeron una historia con la que podían vivir.

Verity escribió un manuscrito y después dejó una carta que lo negaba. No sabemos cuál de las dos mujeres que aparecen en esos textos existió realmente, si alguna existió por completo o si ambas contienen partes de ella. Jeremy escogió la versión que convertía su violencia en justicia. Lowen escogió la que le permitía quedarse con Jeremy.

Y nosotros hacemos lo mismo.

Nos ponemos a discutir si somos Team Carta o Team Manuscrito como si una de las dos opciones tuviera necesariamente que entregarnos una verdad limpia, cuando todo el libro está construido alrededor de personas que observan, interpretan, esconden, escriben, leen y destruyen información según lo que necesitan creer.

A veces el mayor peligro no es descubrir la verdad, sino lo que uno está dispuesto a hacer para conservarla.
A veces el mayor peligro no es descubrir la verdad, sino lo que uno está dispuesto a hacer para conservarla.

El sexo: ¿obsesión o una novela de Hoover recordándonos que es una novela de Hoover?

El sexo en Verity no está ahí por accidente. El deseo atraviesa el manuscrito, explica buena parte de la obsesión de Verity con Jeremy y también contamina la manera en que Lowen empieza a mirarlo. En una historia donde dos mujeres parecen competir incluso cuando una de ellas apenas se mueve, el erotismo tiene sentido: habla de posesión, celos, reemplazo y de esa necesidad bastante poco saludable de ser la persona que ocupa todo el espacio en la cabeza del otro.

El problema es que por momentos la novela insiste tanto en llevarnos a la cama que el thriller queda esperando afuera con el bolso en la mano.

No me molesta que haya sexo. Me interesa para qué está. Cuando ayuda a entender la obsesión, suma. Cuando aumenta la incomodidad de que Lowen esté acostándose con Jeremy mientras Verity sigue bajo el mismo techo, suma todavía más. Pero hay escenas en las que uno siente que Hoover recuerda de dónde viene, pisa el acelerador del romance erótico y la tensión psicológica pierde un poco de aire.

Eso no destruye el libro. Tampoco hace falta fingir que cada escena íntima es una pieza indispensable de ingeniería narrativa. A veces es deseo, a veces es obsesión y a veces es simplemente Colleen Hoover haciendo lo que sabe que sus lectores van a leer.

Y vaya si lo leen.

Que un libro sea adictivo no significa que todo esté perfectamente construido

Hay algo que no le voy a negar a Verity: se deja leer con una facilidad casi ofensiva. Hoover sabe terminar un capítulo exactamente donde uno piensa “bueno, uno más” y dos horas después sigue ahí, con sueño, leyendo como si al día siguiente no tuviera obligaciones.

Eso también es oficio.

Ahora, que un libro consiga que uno no lo suelte no significa que cada giro aguante una investigación forense. Hay decisiones convenientes, comportamientos que funcionan mejor para mantener el misterio que para sostener la lógica y preguntas que sobreviven al final no necesariamente porque la autora haya construido una ambigüedad perfecta, sino porque algunas piezas simplemente no terminan de encajar.

Y a mí eso no me arruina Verity.

Lo que sí me molestaría sería tener que llamar “obra maestra de la ambigüedad” a cada hueco solamente porque el libro consiguió dejarme pensando.

Una cosa no quita la otra. Puede haber trucos. Puede haber costuras. Puede haber momentos en que uno siente la mano de la autora acomodando a los personajes donde necesita ponerlos. Y aun así el libro funciona, porque consigue algo que muchos thrillers técnicamente impecables no consiguen: que uno quiera hablar de él cuando termina.

A veces la literatura comercial tiene esa mala costumbre de ser juzgada en dos extremos. O la tratamos como basura porque vende demasiado, o la defendemos como si vender mucho convirtiera automáticamente cada decisión narrativa en genialidad.

No.

Verity es entretenido, oscuro, manipulador, excesivo y tremendamente efectivo. También tiene cosas discutibles.

Precisamente por eso da tanto para hablar.

El capítulo adicional no resuelve nada. Gracias a Dios.

Años después apareció un capítulo adicional en una edición especial. Y si alguien esperaba que Hoover llegara con una linterna a explicarnos quién era el monstruo de verdad, se quedó esperando.

Ese material no convierte el final original en una ecuación resuelta. Más bien hace algo bastante más interesante: deja que la vida de Lowen y Jeremy continúe bajo la sombra de lo que hicieron y permite que la sospecha sobre él siga respirando.

Para mí funciona mejor así.

No necesito que Colleen Hoover salga detrás del libro con un silbato diciendo quién ganó entre Team Carta y Team Manuscrito. De hecho, parte de la gracia está en que la discusión sobrevivió al libro, a las reediciones y ahora hasta a la adaptación cinematográfica.

La propia autora ha seguido alimentando esa ambigüedad en entrevistas recientes alrededor de la película y ha explicado que el capítulo extra no debía sustituir el cierre original. Eso me parece coherente con lo mejor que tiene Verity: cuando uno cree que finalmente encontró una respuesta, aparece otra cosa que obliga a mirar de nuevo.

No porque todo cierre perfectamente.

Sino porque ya no confiamos en nadie.

Todos escriben su propia versión de la verdad y todos necesitan que alguien se la crea.
Todos escriben su propia versión de la verdad y todos necesitan que alguien se la crea.

Entonces, ¿quién estaba diciendo la verdad?

No sé.

Y después de darle tantas vueltas, tampoco estoy segura de que esa sea la pregunta que más me interesa.

Tal vez Verity escribió la verdad en el manuscrito. Tal vez la escribió en la carta. Tal vez mintió en las dos. Tal vez Jeremy creyó sinceramente que estaba protegiendo a sus hijos y eso no cambia el hecho de que es capaz de una violencia que durante buena parte del libro preferimos mirar con indulgencia. Tal vez Lowen encontró al hombre que amaba. Tal vez encontró a un hombre al que algún día tendrá que temer.

Lo que sí sé es que ninguno de los tres llega limpio al final.

Verity escribe. Jeremy decide qué creer y actúa. Lowen decide qué conservar y qué destruir.

Y nosotros escogemos nuestra versión favorita.

Por eso yo no terminé Verity preguntándome solamente si Verity era una psicópata o una víctima. Terminé pensando en Jeremy. En lo fácil que fue creerle cuando parecía el hombre bueno de la historia. En lo rápido que estuvimos dispuestos a justificar lo que hizo cuando nos dieron una mujer suficientemente monstruosa para poner al frente. Y en lo poco que cambia una certeza cuando uno ya necesita que sea cierta.

Tal vez Verity escribió la verdad.

Tal vez la escribió en la carta.

Tal vez mintió en las dos.

Pero después de todo este mierdero, hay una pregunta que me parece bastante más interesante:

¿Por qué carajos le creímos tan fácil a Jeremy?

Preguntas que me hacen siempre

¿Verity es un thriller o una novela romántica?

Es un thriller psicológico con una carga erótica y romántica importante. La intriga sostiene la historia, pero el deseo y la relación entre Lowen y Jeremy ocupan bastante espacio.

¿Qué significa Team Manuscrito y Team Carta?

Son las dos grandes interpretaciones del final. Team Manuscrito cree que la autobiografía de Verity era una confesión; Team Carta cree que el manuscrito era ficción y que la carta final cuenta lo que realmente ocurrió.

¿El capítulo adicional revela la verdad?

No de manera definitiva. Amplía lo ocurrido después del final y vuelve todavía más incómoda la lectura de Jeremy y de la vida que Lowen construye con él.

¿La reseña contiene spoilers?

Sí. Este artículo analiza el manuscrito, la carta, la muerte de Verity y el final. Si todavía querés leer la novela sin saber qué ocurre, guardá esta reseña para después.

¿Vale la pena leer Verity?

Si te gustan los thrillers rápidos, oscuros, eróticos y diseñados para hacerte desconfiar de todos, sí. Si necesitás que cada giro cierre de manera impecable y te molesta el contenido sexual explícito, probablemente vas a discutir bastante con el libro.

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Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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