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Yenny Astrid Londoño.

Reseña

La empleada, de Freida McFadden: todos parecen estar locos hasta que uno conoce al normal

A Nina la conocemos haciendo todo lo necesario para caer mal. A Andrew lo conocemos siendo encantador. Y ahí empieza el problema, porque uno también cae redondito.

Por Yenny Astrid Londoño · 6 de octubre de 2026 · 14 min de lectura

Yenny Astrid Londoño con La empleada, de Freida McFadden, en la mano.

El libro

La empleada

de Freida McFadden

4.1 de 5 estrellas

Pero el libro tiene una desgracia: engancha.

ISBN 1644739070

Hay libros que uno termina admirando y hay otros que uno termina casi bravo consigo mismo porque pasó trescientas y pico de páginas diciendo: esto es absurdo, esta vieja por qué hace eso, este otro no puede ser tan pendejo, aquí hay algo raro… y, sin embargo, no soltó el libro.

A mí La empleada me produjo un poco eso.

No voy a decir que Freida McFadden escribió una obra maestra porque tampoco nos vamos a enloquecer. Hay coincidencias demasiado convenientes, personajes que a veces hacen exactamente lo que la historia necesita aunque uno no entienda por qué putas lo harían y situaciones que, si uno se queda pensándolas demasiado, empiezan a perder tornillos.

Pero el libro tiene una desgracia: engancha.

Y engancha desde una situación bastante simple. Millie Calloway necesita trabajo. No está buscando realizarse profesionalmente ni encontrar el empleo de sus sueños. Necesita plata, necesita dónde vivir y necesita que alguien mire sus antecedentes penales y aun así decida contratarla. Está viviendo en su carro y sabe que las oportunidades para una mujer que acaba de salir de prisión no están precisamente haciendo fila.

Entonces llega a la casa de los Winchester.

Nina la recibe para una entrevista y poco después le ofrece el trabajo. Millie va a limpiar, cocinar, recoger a Cecelia y ayudar con lo que haga falta. Además podrá vivir en la casa, porque arriba hay una habitación para ella.

Negocio redondo.

Hasta que uno ve la habitación.

Está en el ático, es pequeña, la ventana prácticamente no sirve para salir y la puerta tiene la particularidad de poder cerrarse desde afuera.

Yo habría bajado las escaleras con la maleta en la mano.

Millie no.

Y uno podría decir que es muy bruta, pero también es muy fácil ser inteligente cuando uno tiene dónde dormir. Millie viene de hacerlo en un carro. Entre una habitación de mierda y ninguna habitación, ella escoge la de mierda.

Así que se queda.

Y comienza a conocer a la familia.

Ahí es donde McFadden empieza a acomodarnos la cabeza sin que nos demos demasiada cuenta.

Yenny Astrid Londoño leyendo La empleada, de Freida McFadden, en un sillón junto a una taza, una vela y una pila de libros.

Nina hace un esfuerzo impresionante para que uno la deteste

Nina Winchester es agotadora.

No “complicada”. No “una mujer con carácter”. Agotadora.

Un día trata bien a Millie y al siguiente parece otra persona. Le da instrucciones y después dice que no las dio. Deja desastres que Millie tiene que recoger, la acusa, la humilla y convierte cualquier tarea doméstica en una prueba de paciencia. Cecelia, la hija, tampoco es precisamente esa niña que a uno le provoca cargar y preguntarle qué quiere de Navidad.

A las dos hay momentos en que dan ganas de empacarlas juntas.

Y después está Andrew.

Educado. Paciente. Atractivo. Buen papá. Comprensivo con Millie. Un hombre que aparentemente lleva años soportando los cambios de humor de Nina y que, aun así, conserva la calma.

Uno empieza a pensar: pobre tipo.

Yo también.

Y eso es lo que más me gusta cuando después miro la primera parte del libro. No fue solamente Millie la que se tragó el cuento. Nosotros estábamos sentados al lado con la boca abierta.

Porque Andrew no necesita hacer demasiado para parecer bueno.

Tiene a Nina.

Cada vez que ella hace una barbaridad, él gana puntos sin mover un dedo. Cada vez que ella pierde el control, él parece más equilibrado. Cuando Nina humilla a Millie, Andrew la trata bien y entonces ya no estamos comparando dos personas: estamos comparando al hombre amable con la mujer que acabamos de aprender a detestar.

Así cualquiera.

Y Millie empieza a verlo como nosotros.

Primero le da pesar. Después lo admira. Después le gusta.

Hasta ahí tampoco hay que ser Nostradamus para saber que esa convivencia va a terminar en algún mierdero.

La esposa está supuestamente loca, la empleada vive dentro de la casa y el marido parece salido de catálogo.

¿Qué podría salir mal?

Enzo lleva rato diciendo que algo pasa, pero nadie entiende un culo

También está Enzo, el jardinero.

Enzo mira a Millie, mira la casa, habla poco y trata de advertirle que hay peligro. El problema es que al comienzo Millie no entiende bien qué quiere decirle y tampoco sabe si debe desconfiar de él.

A mí ese personaje me hizo gracia por una razón: el hombre prácticamente está parado al lado de la carretera con un letrero de “DEVUÉLVASE” y Millie sigue derecho.

Pero para ese momento ella tiene demasiadas razones para quedarse.

Y eso me parece importante porque sería muy fácil leer la novela desde afuera y empezar: “Yo me habría ido”.

Sí, claro.

Uno se habría ido con la nevera llena, la cama tendida y la cuenta bancaria respirando.

Millie no tiene nada de eso.

Tiene antecedentes, duerme en un carro y acaba de conseguir una familia rica dispuesta a pagarle y darle habitación.

Además, todavía cree saber dónde está el peligro.

Nina.

Ese es el verdadero truco de la primera mitad.

No que no veamos señales.

Las vemos.

Solo estamos mirando a la persona equivocada.

Yenny Astrid Londoño leyendo La empleada, de Freida McFadden, bajo una manta, con una vela y flores blancas.

Después Nina cuenta su historia y a uno le toca recoger lo que dijo

Cuando cambia la perspectiva y empezamos a conocer lo que ha vivido Nina, yo no sentí simplemente que la novela hubiera dado un giro.

Sentí algo peor.

Me tocó acordarme de todo lo que había pensado de ella.

Porque resulta que esa mujer desordenada, impredecible, insoportable y aparentemente desequilibrada lleva años viviendo con un hombre que sabe perfectamente cómo hacerle daño y, sobre todo, cómo hacerlo sin perder su propia imagen.

Andrew no necesita parecer violento.

Ese es parte del encanto.

Controla a Nina, la castiga, la encierra en el ático y la va destruyendo dentro de una casa donde desde afuera no falta absolutamente nada.

Y ahora la habitación de Millie ya no es simplemente una habitación rara.

Nina estuvo ahí.

Esa puerta que se cierra desde afuera ya se había cerrado antes.

De pronto Andrew deja de ser el pobre marido que lleva años soportando a una mujer imposible y uno empieza a entender algo que debió haber preguntado desde el principio: ¿y si Nina no estaba así porque estaba loca? ¿Y si estaba así porque llevaba años viviendo con Andrew?

Ahí el libro me parece mucho más interesante que cuando simplemente está escondiendo secretos para sorprendernos.

Porque uno también participó.

A Nina la vimos alterada y le creímos al tranquilo.

No porque tuviéramos pruebas de que Andrew fuera bueno. Prácticamente porque hablaba bajito, era querido con Millie y tenía una esposa que parecía estar como una cabra.

Y vea pues.

El normal.

Pero tampoco vamos a canonizar a Nina

Eso sería hacerle trampa al personaje.

Nina está tratando de escapar de Andrew, sí, pero la manera que encuentra para hacerlo no es precisamente un acto de solidaridad femenina.

Ella sabía quién era Millie antes de contratarla.

Sabía que había estado presa.

Sabía por qué.

Millie no llegó a esa casa gracias a una maravillosa coincidencia ni porque Nina hubiera visto algo especial en su hoja de vida. Nina la escogió porque conocía su pasado y pensó que esa mujer podía hacer lo que ella ya no podía.

Necesitaba que Andrew dejara de mirarla.

Y para eso necesitaba que mirara a otra.

Así que empieza a empujar a Millie hacia él mientras consigue que ella la deteste. Se comporta de maneras que parecen absurdas porque hay intención detrás. Está construyendo su salida.

Eso es una hijueputada.

Que yo entienda por qué la hizo no cambia lo que hizo.

Y precisamente ahí Nina deja de ser para mí la típica revelación del thriller donde descubrimos que “la loca era en realidad la víctima” y entonces automáticamente se vuelve buena.

No.

Nina es una víctima que para salvarse pone a otra mujer en peligro.

Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

Y prefiero eso.

Porque las personas desesperadas no siempre toman decisiones bonitas. A veces toman la única que creen que les queda y después que Dios reparta culpas.

Nina necesitaba salir de esa casa.

Y utilizó a Millie para abrir la puerta.

Millie tampoco llegó a este mundo ayer

Cuando Andrew finalmente dirige su atención hacia Millie y Nina consigue salir de la ecuación, ocurre lo inevitable.

El príncipe se acaba.

Millie empieza a conocer al Andrew que Nina conocía desde hacía años y termina encerrada en el ático.

Solo que Andrew cometió un error bastante grande: se quedó con la información de Millie que le convenía.

Vio una mujer sin plata, con antecedentes, necesitada de vivienda y con pocas posibilidades de que alguien le creyera si las cosas se complicaban.

Una víctima perfecta.

Lo que no entendió fue por qué Millie había terminado en prisión.

Ella había matado a un hombre que intentaba violar a su amiga.

Eso cambia un poquito el perfil de la candidata.

Y me gusta que el pasado de Millie sirva para dos cosas distintas. Al comienzo es lo que la vuelve vulnerable. Es la razón por la que acepta condiciones que otra persona probablemente no aceptaría. Después ese mismo pasado se convierte en la razón por la que Andrew escogió peor de lo que imaginaba.

Millie sabe lo que es la violencia.

Y también sabe ejercerla.

No es una santa.

Gracias a Dios, porque ya teníamos suficiente con el marido perfecto.

Cuando la puerta se cierra del otro lado

Andrew termina encerrado.

Y acá no voy a ponerme solemne porque el libro tampoco se pone.

Lo que viene es venganza.

Puede uno llamarla justicia poética si quiere sentirse más elegante, pero es venganza.

Millie le devuelve parte de la lógica con la que él llevaba años castigando a Nina. El hombre que decidía cuándo se abría la puerta ahora está detrás de ella.

¿Es legal? No.

¿Es terapéutico? Lo dudo muchísimo.

¿Produce satisfacción leerlo?

Ave María.

Y ahí también el libro sabe exactamente lo que está haciendo con uno.

Para ese momento Andrew ya nos cae tan mal que dejamos de preguntarnos algunas cosas que seguramente cuestionaríamos si el personaje encerrado fuera otro.

Queremos verlo pagar.

McFadden lo sabe y nos da gusto.

No voy a fingir superioridad moral después de haber llegado hasta ahí esperando exactamente lo mismo.

Lo raro de este libro es que uno puede criticarlo mientras se lo devora

Esta fue la parte que más se repetía cuando empezamos a mirar opiniones de otros lectores.

Hay gente que critica la escritura.

Otros dicen que los personajes toman decisiones absurdas.

Otros vieron venir parte de los giros.

Otros señalan coincidencias demasiado convenientes.

Y después cuentan que se lo leyeron en dos días.

A mí eso me parece mucho más interesante que discutir si La empleada es “buena literatura” como si todos los libros tuvieran que presentarse al mismo examen.

La prosa de McFadden es sencilla. No hay una frase cada tres páginas que uno quiera subrayar y guardar para la posteridad. Los personajes secundarios no tienen una vida impresionante fuera de la función que cumplen. Algunas cosas ocurren porque tienen que ocurrir para que llegue el siguiente giro.

Pero la mujer sabe contar.

Y eso tampoco es poca cosa.

Sabe cuándo terminar un capítulo. Sabe cuánto revelar. Sabe cuándo una situación ya dio todo lo que podía dar y hay que mover la historia. Sabe que si acaba de responder una pregunta necesita dejar otra abierta antes de que uno alcance a cerrar el libro.

Por eso me causa gracia esa idea de “es malo, pero no pude dejar de leerlo”.

Alguna gracia tendrá el hijueputa.

Uno puede escribir precioso y aburrir hasta las piedras.

Conseguir que alguien diga “una página más” durante trescientas páginas también requiere saber qué está haciendo.

Ahora, tampoco le voy a perdonar todo porque me entretuvo

Una cosa no quita la otra.

Cuando uno termina y deja de correr detrás de McFadden, empieza a mirar para atrás y algunas piezas están demasiado bien acomodadas.

Nina necesitaba encontrar a una mujer con unas características muy particulares y encontró a Millie.

Millie tenía exactamente el pasado que después iba a resultar útil.

Andrew sabía lo suficiente para considerarla vulnerable, pero no lo suficiente para entender el problema que estaba metiendo en su casa.

Y Millie tiene momentos en que parece haber aprendido muchísimo de la vida y otros en que a uno le provoca preguntarle si dejó el sentido común durmiendo en el carro.

La historia necesita esas cosas.

Se nota.

También creo que algunos personajes secundarios podrían desaparecer o intercambiarse sin que el corazón de la novela sufriera demasiado. Están ahí para sospechar, advertir, confundir o entregar determinada información.

No es un libro al que uno deba exigirle una profundidad que nunca prometió, pero tampoco por eso vamos a llamar virtud a cada cosa que le falta.

¿Y si uno adivina el giro?

Pues lo adivinó.

Felicitaciones.

A veces parece que leer un thriller se convirtió en una competencia para demostrar quién descubrió primero al asesino.

A mí eso me importa menos.

Uno puede sospechar relativamente pronto que Andrew no es tan perfecto. Sobre todo si ya ha leído varios libros del género. Cuando un hombre aparece demasiado bueno en un thriller donde su esposa parece completamente loca, yo tampoco le entregaría las llaves de mi casa.

Pero sospechar algo no es lo mismo que saber cómo va a ocurrir.

Yo puedo pensar que Nina no es lo que parece y todavía querer conocer su historia. Puedo desconfiar de Andrew y seguir esperando el momento en que muestre quién es. Puedo saber que esa habitación del ático no está ahí para guardar las maletas y aun así querer ver quién termina encerrado.

El libro no vive únicamente de sorprender.

Vive de hacer esperar.

Y en eso es bueno.

Al final, Nina y Millie estaban peleando una guerra que no era entre ellas

Eso sí me quedó dando vueltas.

Al comienzo todo está dispuesto para enfrentarlas.

Nina tiene la casa, el marido, la plata y la posición. Millie llega sin nada. Después aparece la atracción entre ella y Andrew y ya tenemos montado el cuento completo: esposa contra empleada, una tratando de conservar al marido y la otra empezando a ocupar su lugar.

Qué fácil.

Mientras las dos mujeres estén mirándose entre ellas, nadie mira demasiado al hombre que está en la mitad.

Hasta que la historia cambia.

Nina y Millie no necesitan hacerse amigas ni descubrir que en el fondo siempre se quisieron. Tampoco necesitan convertir aquello en una hermosa historia de sororidad con música de fondo.

Basta con que entiendan quién era realmente el problema.

Y cuando eso ocurre, Andrew deja de controlar la historia.

Me parece mucho más interesante que el simple placer de verlo encerrado.

Porque el primer gran engaño de La empleada no fue hacernos creer que Nina estaba loca.

Fue hacernos creer que, si Nina era el problema, Andrew necesariamente tenía que ser la víctima.

Una cosa nunca demostró la otra.

Pero nosotros hicimos la cuenta solitos.

Mi calificación: 4.1/5

★★★★☆

Sí, me quedo con 4.1 de 5.

No porque crea que sea el mejor thriller psicológico que he leído ni porque todos sus giros me parezcan impecables. Tiene demasiadas comodidades narrativas para eso y hay cosas que funcionan mucho mejor mientras uno está leyendo que cuando se sienta después a examinarlas.

Pero tampoco le voy a bajar la nota solamente para hacerme la intelectual.

Me entretuvo.

Me hizo seguir.

Consiguió que cambiara de opinión sobre personajes que ya creía tener bastante claros y, sobre todo, hizo algo que valoro mucho en este género: cuando reveló quién era Andrew, no solamente cambió al personaje. Cambió la forma en que uno recordaba a Nina.

Eso me parece bastante mejor que un giro puesto únicamente para que el lector diga “¡oh!” y siga con su vida.

No sé si dentro de diez años voy a recordar cada detalle de La empleada. Probablemente no.

Pero sí creo que voy a recordar esa casa, esa habitación y la facilidad con la que aceptamos que Nina estaba loca porque había un hombre muy tranquilo al lado ayudándonos a llegar a esa conclusión.

Y después de todo el mierdero, terminé pensando que el personaje más peligroso nunca fue el que parecía haber perdido la cabeza.

Fue el que consiguió que todos los demás pensaran que él jamás la perdía.

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Sobre la autora

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Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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