Cookies, las justas. Uso Google Analytics para contar qué se lee y qué se ignora: números, no chismes. Vos decidís. Cómo uso los datos

Yenny Astrid Londoño.

Reseña

Nunca mientas, de Freida McFadden: uno entra buscando a una mujer desaparecida y termina desconfiando hasta de quien cuenta la historia

Tricia y Ethan solo iban a conocer una casa. El problema es que la antigua dueña desapareció, la nieve los dejó encerrados y alguien tuvo la brillante idea de guardar allí las grabaciones de sus pacientes. Con semejante panorama, comprar la casa termina siendo la menor de las preocupaciones.

Por Yenny Astrid Londoño · 6 de octubre de 2026 · 15 min de lectura

Yenny Astrid Londoño con Nunca mientas, de Freida McFadden, junto a una taza y un cuaderno de sospechosos.

El libro

Nunca mientas

de Freida McFadden

Más reseñas de Freida McFadden →

3.9 de 5 estrellas

Me sorprendió primero y me hizo desconfiar del mecanismo después.

Yo no sé en qué momento exacto de la vida uno desarrolla el instinto suficiente para mirar una casa enorme, aislada en medio de la nada, que perteneció a una psiquiatra desaparecida y decir: “Esta no es”. Aparentemente Tricia y Ethan todavía no habían llegado a ese nivel de madurez.

Son recién casados y están buscando casa. Hasta ahí, todo normal. La propiedad que van a visitar perteneció a la doctora Adrienne Hale, una reconocida psiquiatra que desapareció tres años atrás sin que nadie pudiera explicar qué había pasado con ella. Uno pensaría que ese pequeño detalle podría restarle encanto a la propiedad, pero allá van ellos. Para completar el paseo, comienza una tormenta de nieve, la agente inmobiliaria no aparece y terminan atrapados en la mansión.

Yo habría necesitado aproximadamente tres minutos para decidir que prefería seguir pagando arriendo.

Pero Tricia y Ethan entran, recorren la casa y empiezan a instalarse mientras esperan que mejore el clima. Ethan parece bastante cómodo con la situación. Tricia no. Desde el comienzo siente que algo no está bien y empieza a observar la casa con esa mezcla de miedo y curiosidad que siempre termina mal en los thrillers. Porque uno puede tener miedo y quedarse quieto, pero cuando al miedo le agregan curiosidad ya empezó la desgracia.

La casa conserva demasiado de Adrienne. No parece simplemente una propiedad que alguien abandonó antes de mudarse. Se siente como si la mujer hubiera salido un momento y nunca hubiera regresado. Sus cosas siguen allí y, con ellas, la pregunta que obviamente empieza a meterse en la cabeza de Tricia: ¿qué le pasó?

Hasta acá McFadden no está inventando absolutamente nada nuevo. La casa aislada, la tormenta, la carretera imposible, la persona desaparecida y la pareja obligada a pasar la noche son recursos más viejos que muchas de las personas que están leyendo el libro. Pero funcionan. Y funcionan porque desde el principio sabemos que no estamos encerrados ahí para esperar tranquilamente a que deje de nevar. Algo quedó en esa casa y tarde o temprano Tricia lo va a encontrar.

Lo encuentra.

Y son cintas.

Yenny Astrid Londoño con una taza en un sillón, junto a una ventana con nieve y Nunca mientas, de Freida McFadden, sobre la mesa.

La doctora Hale tenía la costumbre de grabar a sus pacientes, y Tricia tiene la costumbre de meterse donde no la llaman

Adrienne Hale grababa sesiones con sus pacientes. Las cintas siguen guardadas en la casa y Tricia comienza a escucharlas.

Acá podríamos tener una conversación larguísima sobre confidencialidad, privacidad y el pequeño detalle de que uno no debería ponerse a escuchar las sesiones psiquiátricas de gente que ni conoce. Pero tampoco nos hagamos los santos. Si McFadden hubiera hecho que Tricia encontrara las cintas, leyera “confidencial”, las volviera a guardar y se preparara un café, se nos acababa el libro.

Las escucha.

Y yo también habría querido escucharlas.

Ese es uno de los recursos que mejor funcionan en Nunca mientas, porque las grabaciones hacen algo más que entregarnos información. Sacan la historia de la casa sin sacarnos físicamente de ella. Afuera sigue cayendo nieve, Tricia sigue encerrada con Ethan y, sin embargo, cada cinta abre otro espacio, otra persona, otro secreto y otra posibilidad sobre lo que pudo ocurrirle a Adrienne.

Uno empieza a escuchar como Tricia. Al principio por curiosidad y después porque ya necesita saber.

Adrienne deja de ser “la psiquiatra desaparecida” y empieza a tomar forma. Conocemos fragmentos de sus pacientes, sus problemas, las cosas que le contaban y las relaciones que se fueron construyendo dentro de su consulta. Y, como era de esperarse, mientras más sabemos, más gente aparece con motivos suficientes para no querer que determinadas verdades salieran de ahí.

Eso me gustó mucho más que algunos de los giros del final.

Las cintas hacen que uno participe. No estamos esperando que aparezca un detective a explicarnos qué pasó. Estamos oyendo pedazos de conversaciones e intentando acomodarlos. Uno cree reconocer una pista, descarta a alguien, vuelve a sospechar, cambia de opinión. McFadden sabe que el lector de thriller tiene esa maña de creerse investigador privado apenas lleva cincuenta páginas y se aprovecha de ella.

Yo también hice mis cuentas.

Naturalmente estaban mal.

El problema de leer tantos thrillers es que ya uno no confía ni en el marido que pregunta si quiere café

Ethan empieza siendo el esposo de Tricia. Nada más. Recién casados, buscando casa, atrapados juntos por una tormenta.

Pero uno ya viene maleado.

Después de ciertos libros, cuando aparece un marido demasiado tranquilo en una casa donde pasó algo raro, yo no pienso “qué hombre tan sereno”. Pienso “a ver este qué hizo”.

Y McFadden juega con eso porque sabe perfectamente a qué clase de lector está hablando. Nos deja pequeñas cosas, comportamientos, preguntas y silencios suficientes para que empecemos a mirar a Ethan con sospecha. Tricia también siente que algo no encaja y como nosotros estamos viendo la casa desde ella, la acompañamos.

Ahí está una de las cosas que Nunca mientas hace mejor y que después, precisamente por hacerla tan bien, termina metiéndola en problemas: nos instala dentro de la cabeza de Tricia.

No estamos observándola desde afuera.

Estamos con ella.

Conocemos sus miedos, sus sospechas, su curiosidad y esa sensación de estar en una casa donde cada nueva cosa que encuentra parece decirle que debería salir, aunque la tormenta no se lo permita.

Entonces confiamos.

No ciegamente. Tampoco somos tan pendejos.

Pero confiamos lo suficiente.

Y eso era exactamente lo que necesitaba McFadden.

Yenny Astrid Londoño leyendo Nunca mientas, de Freida McFadden, arropada con una manta roja junto a una vela.

Adrienne Hale escuchó demasiados secretos para desaparecer tranquilamente

Adrienne me parece más interesante cuando la conocemos a través de las sesiones que cuando la novela intenta rodearla de misterio. Porque las cintas permiten ir armándola por partes y uno empieza a entender que ser depositaria de los secretos de tanta gente tampoco era precisamente una profesión sin riesgos.

Ahora, si alguien quiere utilizar Nunca mientas como ejemplo de práctica psiquiátrica, yo le recomendaría buscar otro libro.

Ya habíamos pasado por algo parecido con La paciente silenciosa. En estos thrillers la consulta psicológica o psiquiátrica a veces parece existir en una dimensión donde los códigos éticos se redactaron un viernes a las cinco de la tarde y nadie volvió a revisarlos. Hay decisiones, límites profesionales y comportamientos que sirven mucho mejor para mantener vivo el misterio que para representar una consulta real.

Pero acá me molestó menos porque no estaba leyendo a Adrienne como modelo de nada. Me interesaba como personaje.

Y mientras más sabemos de ella, más complicada se vuelve la pregunta inicial.

Al comienzo queremos saber dónde está.

Después queremos saber qué sabía.

Y finalmente empezamos a preguntarnos quién necesitaba que dejara de saberlo.

Ese cambio sí me parece bueno porque la desaparición deja de ser simplemente un misterio sobre una mujer ausente y empieza a estar relacionada con todas las personas que alguna vez se sentaron frente a ella y hablaron más de la cuenta.

Por eso las cintas funcionan tan bien. Cada una puede contener una verdad, una mentira o algo peor: una verdad contada solamente desde un lado.

Y para un libro que se llama Nunca mientas, eso está bastante bien pensado.

La casa ayuda, pero tampoco fue la casa la que hizo el trabajo

He leído opiniones donde la atmósfera aparece como una de las grandes virtudes del libro y sí, la tiene. La nieve, el aislamiento, la imposibilidad de salir y la sensación de que alguien puede estar dentro de una casa demasiado grande para dos personas crean tensión.

Pero a mí no fue la tormenta la que me mantuvo leyendo.

Fueron las preguntas.

McFadden tiene una habilidad muy comercial —y digo comercial como virtud, no como insulto— para saber cuándo un lector ya recibió suficiente información y necesita otra cosa. No deja que una revelación se enfríe antes de abrir una nueva duda. Los capítulos cortos ayudan, pero reducir todo a “capítulos cortos = libro adictivo” sería demasiado fácil. Si fuera así, bastaría cortar cualquier novela cada tres páginas y tendríamos un bestseller.

No.

Hay que saber dónde cortar.

McFadden suele saberlo.

Termina capítulos justo después de mover una pieza, no después de explicarla. Uno pasa al siguiente porque quiere comprobar lo que acaba de pensar y, cuando obtiene la respuesta, ya apareció otra pregunta.

Eso mismo hizo en La empleada y acá vuelve a hacerlo.

La diferencia es que en Nunca mientas el truco central me dejó más reservas.

Porque una cosa es llevarme por el camino equivocado.

Otra es quitarme el mapa.

Yenny Astrid Londoño tomando notas en un cuaderno, con Nunca mientas, de Freida McFadden, y fotografías antiguas sobre el escritorio.

Tricia, vení un momentico que tenemos que hablar

Acá empieza el problema grande.

Y también la parte más difícil de comentar sin destruirle el libro a quien todavía quiera leerlo, así que desde este punto ya estamos hablando del final.

Tricia no llegó inocentemente a la casa de una psiquiatra desaparecida para terminar descubriendo qué le ocurrió.

Tricia ya conocía a Adrienne.

Y Tricia la mató.

La mujer que nosotros acompañamos mientras investiga la desaparición sabe desde el principio que Adrienne no va a aparecer.

Porque ella sabe qué pasó.

Hasta ahí, maravilloso.

En serio.

Como idea me gusta muchísimo.

Me gusta descubrir que estaba buscando la verdad al lado de alguien que la conocía desde el comienzo. Me gusta que la investigación cambie completamente cuando uno descubre quién estaba investigando. Me gusta tener que volver mentalmente a escenas anteriores y preguntarme cuánto de lo que entendí dependía de haber confiado en Tricia.

El problema viene después.

Cuando uno hace precisamente eso.

Cuando vuelve.

Porque ahí empieza a preguntarse si Tricia realmente lo engañó o si McFadden simplemente evitó que Tricia pensara ciertas cosas mientras nosotros estábamos dentro de su cabeza.

Y no es lo mismo.

Si alguien me cuenta una historia y me miente, perfecto. Me engañó el personaje.

Si alguien me cuenta una historia en primera persona, yo entro a sus pensamientos y durante cientos de páginas esa persona evita pensar justamente en el dato que destruiría el giro, entonces empiezo a mirar a la autora.

Ahí ya no estoy diciendo: “Qué buena mentirosa era Tricia”.

Estoy diciendo: “Freida, vos sabías que si esta mujer pensaba como una persona normal se te dañaba la sorpresa”.

Y eso le resta puntos.

No destruye el libro. No hace que todo lo anterior deje de funcionar. Pero sí cambia la clase de giro que es.

A mí me gustan los finales que cuando uno los conoce puede volver atrás y decir: “Hijueputa, estaba ahí y no lo vi”.

Este me produjo más bien:

“Ah, con razón no lo vi. No me lo ibas a mostrar ni por el putas”.

Hay diferencia.

Lo peor es que funcionó

Y acá viene mi contradicción con Nunca mientas.

Porque puedo alegar todo lo anterior y aun así reconocer que la revelación me parece buena.

La idea de Tricia acompañándonos a descubrir un crimen que ella misma cometió tiene mala leche. Cambia por completo la lectura del personaje y convierte el título en algo mucho más interesante. Ya no estamos solamente leyendo sobre pacientes que ocultan cosas, una psiquiatra rodeada de secretos o un matrimonio donde no sabemos cuánto conoce uno del otro.

Estamos leyendo a una mentirosa desde adentro.

Eso me gusta.

Lo que no me termina de convencer es que para proteger esa revelación la narración tenga que hacer gimnasia.

Y creo que uno puede sostener las dos cosas sin necesidad de escoger bando.

No tengo que decir que el giro es una genialidad porque me sorprendió.

Tampoco tengo que decir que es una mierda porque encuentro el truco.

Me sorprendió.

Después lo pensé.

Y me gustó menos.

Así de sencillo.

McFadden ya me está mostrando cuál es su negocio

Después de La empleada y Nunca mientas, empiezo a entender por qué Freida McFadden funciona tan bien para tanta gente y también por qué desespera a algunos lectores.

Ella sabe perfectamente qué está vendiendo.

No está escribiendo novelas para que uno se detenga veinte minutos a contemplar una frase. La prosa va derecho. Los diálogos cumplen su función. Los personajes aparecen con la profundidad necesaria para sostener el misterio y no siempre mucho más. El ritmo manda.

Y el giro importa muchísimo.

A veces demasiado.

McFadden parece dispuesta a sacrificar un poco de lógica si al otro lado recibe una reacción más fuerte del lector.

Y eso es peligroso porque mientras funciona, funciona muy bien.

Pero el día que uno vea venir el truco completo, puede quedarse sin mucho debajo.

Con Nunca mientas no me pasó del todo. Las cintas, Adrienne, la casa y la propia Tricia sostienen suficiente historia para que el libro no dependa únicamente de las últimas páginas.

Pero sí sentí más la maquinaria que en La empleada.

Vi a la autora moviendo algunas piezas.

Y cuando uno empieza a ver la mano del mago, el truco pierde un poquito de gracia.

Lo de la ética médica ya parece tradición del género

No puedo dejar pasar esto porque veníamos precisamente de La paciente silenciosa y me dio risa volver a encontrarme con profesionales de salud mental haciendo cosas que convierten la ética en una sugerencia.

Las grabaciones son narrativamente deliciosas.

Profesionalmente, aquello es otro cuento.

Pero tampoco quiero convertir cada thriller con psiquiatra en una auditoría de habilitación en salud. Si empiezo por ahí, no terminamos nunca.

Lo que sí me interesa es que estos libros utilizan la terapia como un lugar privilegiado para el secreto. Tiene sentido. Una consulta es precisamente el espacio donde alguien puede contar cosas que no diría afuera, y para un escritor de thriller eso es una mina de oro.

El problema aparece cuando la necesidad de sacar oro termina volviendo irreconocible la consulta.

En Nunca mientas yo acepté bastante porque las cintas están entre las cosas que más disfruté. Pero aceptarlas como recurso narrativo no significa que vaya a fingir que todo lo que rodea a Adrienne tiene una lógica profesional impecable.

No la tiene.

Y tampoco creo que a McFadden le quite el sueño.

Entonces, ¿por qué seguí leyendo?

Porque quería saber.

Así de poco sofisticada puede ser a veces una buena respuesta.

Quería saber qué había pasado con Adrienne. Quería saber qué escondía Ethan. Quería entender las cintas. Quería saber por qué Tricia estaba tan nerviosa y qué carajos había en esa casa.

Y cuando un libro consigue mantener varias preguntas abiertas sin que uno sienta que está leyendo por obligación, algo está haciendo bien.

Eso fue también lo que me ocurrió con La empleada, aunque de una manera distinta.

McFadden tiene esa capacidad irritante de hacer que uno vea un problema, lo anote mentalmente y diga: “Bueno, después pienso en eso porque primero quiero saber qué sigue”.

Después llega el siguiente capítulo.

Y después otro.

Y el problema que uno iba a analizar a las once de la noche termina analizándolo a la una de la mañana cuando ya acabó el libro.

Eso no convierte automáticamente la novela en excelente.

Pero tampoco es una casualidad.

Hay escritores con una prosa mucho más bonita que no consiguen que uno llegue a la página cincuenta.

Freida consigue que uno llegue al final alegándole.

Algo habrá hecho.

Mi calificación: 3.9/5

★★★★☆

A La empleada le di 4.1 y a Nunca mientas le doy 3.9 de 5.

No hay una diferencia enorme porque disfruté ambos libros y los dos tienen esa capacidad de McFadden para convertir “voy a leer un capítulo” en una mentira que uno se dice durante dos horas.

Pero La empleada me dejó un giro que, además de sorprender, modificó de una manera interesante mi percepción de Nina y Andrew. Cuando descubrí la verdad, también tuve que reconocer lo fácil que había sido comprar la versión del marido tranquilo frente a la esposa aparentemente desequilibrada.

Nunca mientas me hizo algo diferente.

Me sorprendió primero y me hizo desconfiar del mecanismo después.

Las cintas me gustaron. La casa funciona. Adrienne tiene suficiente misterio para sostener buena parte de la historia y Tricia termina siendo bastante más interesante de lo que parecía al comienzo. Pero el gran engaño depende demasiado de que su propia cabeza se cuide de no contarnos aquello que ella sabe.

Y ahí sí tengo que bajarle.

Porque yo acepto que un personaje me mienta.

Acepto que manipule.

Acepto que me muestre únicamente lo que le conviene.

Lo que me cuesta más aceptar es que deje de pensar convenientemente cada vez que la verdad amenaza con dañar el plot twist.

Aun con eso, terminé el libro.

Rápido.

Y volvería a leer a McFadden.

Así que tampoco voy a venir ahora a posar de víctima.

Ya sé cómo trabaja esta señora. Me mete en una casa, me presenta un grupo de gente en la que no debería confiar, deja una puerta medio abierta y espera a que yo vaya a mirar.

Y yo voy.

Después me quejo.

Pero voy.

Eso sí: después de Nunca mientas aprendí algo.

La próxima vez que Freida McFadden me ponga un narrador enfrente, antes de preguntarme quién está mintiendo voy a empezar por el que tiene la palabra.

Preguntas frecuentes

¿Esta reseña de Nunca mientas tiene spoilers?

Sí. Esta reseña cuenta el final de Nunca mientas. Si todavía no la has leído y preferís descubrir el truco por tu cuenta, guardá este artículo para después.

¿Qué puntuación le da Yenny a Nunca mientas?

Le da 3.9 de 5, frente al 4.1 que le dio a La empleada. No es una diferencia enorme, porque disfrutó los dos, pero Nunca mientas la sorprendió primero y la hizo desconfiar del mecanismo después.

¿De qué trata Nunca mientas?

Tricia y Ethan, recién casados, visitan una casa que perteneció a la psiquiatra Adrienne Hale, desaparecida tres años atrás. Una tormenta de nieve los deja atrapados y Tricia encuentra las cintas con las sesiones de los pacientes de Adrienne.

¿Por qué Yenny no le da más nota a Nunca mientas?

Porque el gran engaño depende demasiado de que la narradora se cuide de no contar lo que sabe. Yenny acepta que un personaje mienta o manipule, pero le cuesta aceptar que deje de pensar convenientemente cada vez que la verdad amenaza con dañar el giro.

¿Qué tienen de bueno las cintas de Adrienne Hale?

Para Yenny son de lo que mejor funciona: sacan la historia de la casa sin sacarnos físicamente de ella y hacen que uno participe, armando pedazos de conversaciones e intentando acomodarlos.

El libro

Nunca mientas

de Freida McFadden

Conseguir el libro

Compartir

WhatsAppFacebookX

Mis libros

Libros de Yenny Astrid Londoño

Ver todos mis libros →

← Volver a Reseñas

Sobre la autora

Yenny Astrid Londoño

Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

La historia detrás de las historias →

La lista

Desde detrás de las páginas

Novedades reales, textos exclusivos y acceso anticipado a los próximos lanzamientos.

Un correo cuando haya algo que valga la pena contar. Ni uno más.