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Yenny Astrid Londoño.

Reseña

La psicóloga: saber escuchar a los demás no te cuenta dónde carajos está tu marido

Sara entiende de memoria, miedo y conducta. Su propia casa le recuerda que saber de una cosa no te deja por fuera de ella.

Por Yenny Astrid Londoño · 8 de octubre de 2026 · 8 min de lectura

Yenny Astrid Londoño apoyando la cara en la mano, con La psicóloga, de Helene Flood, sobre una mesa con libros, una taza y un cuaderno, con el título de la reseña superpuesto en la imagen.

El libro

La psicóloga

Thriller psicológico nórdico

de Helene Flood

3.5 de 5 estrellas

Ahora también necesita que alguien la escuche a ella.

ISBN 8408222708

Hay una expectativa muy cómoda sobre las personas que trabajan escuchando problemas: deberían reconocer inmediatamente los suyos. La psicóloga tiene que saber cuándo le mienten, el médico debería enfermarse con discreción y quien aconseja a los demás tendría que llevar una vida organizada para no desprestigiar el oficio.

Qué exigencia tan generosa con la humanidad ajena.

Sara es psicóloga y vive con Sigurd en Oslo. Él le deja un mensaje diciendo que está con unos amigos. Después esos amigos llaman porque no ha llegado. La contradicción parece pequeña si la contamos rápido. Dentro de un matrimonio tiene otro tamaño.

No se trata solo de averiguar una ubicación. Se trata de que la voz que escuchaste dejó una versión que ya no coincide con lo que te están diciendo. Y de que todavía no sabés si estás frente a una mentira, una emergencia o algo mucho peor.

Un mensaje de voz puede dejar de ser compañía

Escuchar a alguien suele producir una sensación de presencia. Ya habló, ya avisó, ya está en el lugar donde dijo. Uno continúa el día apoyado en esa información sin someterla a un examen.

Cuando la llamada de los amigos contradice el mensaje, el sonido conserva las palabras y pierde la tranquilidad que traía. Se puede volver a escuchar exactamente la misma voz y oír ahora algo completamente distinto.

Ese punto de partida me parece eficaz porque el miedo no necesita entrar haciendo escándalo. Le alcanza con una discrepancia. Lo cotidiano permanece disponible, pero de pronto requiere interpretación.

Si alguien desaparece después de mentir, la mentira se vuelve una pregunta que no tiene interlocutor. Uno puede estar preocupado y emberracado al mismo tiempo. Necesita saber que está bien y también quiere saber qué carajos estaba haciendo.

Me interesa que haya espacio para esa mezcla. La preocupación no vuelve santo al ausente ni obliga a la persona que espera a olvidar todos los problemas anteriores. Una crisis puede suspender una discusión; no la resuelve por arte de magia.

Yenny Astrid Londoño con un suéter negro de cuello alto y una taza en las manos, con La psicóloga, de Helene Flood, sobre la mesa y un texto superpuesto en la imagen.

Sara sabe escuchar y también tiene una vida que interpretar

Su profesión añade una tensión particular. Estamos acostumbrados a que quien acompaña una conversación pueda mirar lo que sucede con cierta distancia. Aquí esa distancia empieza a deshacerse porque el asunto está dentro de su casa.

Conocer mecanismos de la memoria no te entrega una reproducción impecable de tus propios recuerdos. Saber que el miedo cambia la atención no permite apagarlo cuando necesitás dormir. La herramienta sigue existiendo; la persona que debe usarla está asustada.

No me interesa convertir eso en una paradoja espectacular. Es una limitación bastante humana. Nadie trabaja con la mente desde afuera de la suya.

Además, escuchar al otro y mirar al propio matrimonio exigen cosas distintas. En una consulta hay un espacio preparado para atender lo que una persona cuenta. En casa también hay historia compartida, cansancio, tareas pendientes y muchas pequeñas maneras de evitar una conversación.

Que Sara no disponga de una claridad extraordinaria sobre Sigurd no invalida su formación. Lo que hace es ponerla en un lugar menos cómodo que el de la profesional a la que todo el mundo acude y que, supuestamente, ya lo comprende todo.

La casa no se vuelve inquietante solamente por lo que pueda entrar

La vida doméstica depende de una cantidad enorme de certezas pequeñas. La puerta que cerraste, el objeto que dejaste ahí, el ruido que reconocés sin mirar. No hacemos una investigación cada vez que caminamos hasta la cocina.

Cuando la incertidumbre alcanza esas certezas, la casa empieza a exigir atención de una manera agotadora. Ya no es el lugar donde dejás de vigilar; se vuelve el lugar que tenés que vigilar también.

A mí esa idea me inquieta más que un escenario obviamente amenazante. Uno espera precaución en una calle desconocida. En su propia habitación espera poder quitarse esa responsabilidad por un rato.

Flood trabaja con una intimidad donde las rutinas importan. Lo doméstico ofrece un ritmo menos estridente que el de una persecución, pero permite entender lo que está en juego cuando una persona deja de reconocer su entorno como seguro.

No hay descanso en estar comprobando continuamente si podés descansar. Esa frase parece enredada hasta que alguien te quita la tranquilidad de una casa. Después se vuelve una descripción bastante precisa del día.

Yenny Astrid Londoño con una blusa negra, con La psicóloga, de Helene Flood, sobre la mesa junto a una lámpara, un cuaderno y un texto superpuesto en la imagen.

Las cámaras cambian el significado de la duda

El hallazgo de cámaras y micrófonos ocultos establece que la vida de Sara estaba siendo vigilada. Ya no podemos tratar toda su incertidumbre como si fuera únicamente una falla de percepción.

Me interesa ese desplazamiento porque hay una facilidad enorme para tranquilizarse diagnosticando a la persona que teme. Está nerviosa, recuerda mal, interpreta demasiado. Listo. El resto podemos seguir sin mirar.

La duda sobre la memoria merece atención. Pero no constituye una prueba de que no hay peligro. Si una persona no puede reconstruir perfectamente cada detalle, eso no vuelve automáticamente confiable a quien le propone otra versión.

La vigilancia además viola algo que va más allá del espacio físico. En casa podemos hablar antes de tener una idea bien organizada, llorar sin explicación, decir una estupidez que no estaba destinada a un público. Que alguien escuche desde afuera convierte ese margen privado en información disponible para otra persona.

No hace falta que el intruso aparezca en la sala para que ya haya entrado. Una cámara también cruza una puerta, aunque deje todos los muebles en su sitio.

La lentitud puede acumular miedo o convertirse en espera

El suspense psicológico depende mucho de cuánto nos importe habitar con la protagonista una pregunta. Si solo queremos saber quién hizo qué, los recorridos domésticos pueden sentirse largos. Si entendemos por qué una rutina ha perdido su seguridad, esos mismos recorridos producen inquietud.

Ese es el criterio con que prefiero mirar La psicóloga. No le exijo que cada escena termine con una amenaza nueva, pero sí que la atención dedicada a Sara haga más preciso el problema.

Hay una diferencia entre dejar que la incertidumbre se acumule y repetirla sin transformación. Me interesa cuando el libro permite observar cómo cambia una interpretación, qué detalle adquiere valor y por qué la protagonista vuelve a algo que ya creía resuelto.

Por eso tampoco vendería esta propuesta como una descarga permanente de adrenalina. Su fuerza está en la incomodidad de acompañar una mente que trabaja con información contradictoria y en la pérdida gradual del refugio doméstico.

Quien busque velocidad por encima de todo puede impacientarse. Quien disfrute leer cómo una persona trata de entender su propia vida tiene un motivo más concreto para entrar.

Yenny Astrid Londoño con camisa blanca, con La psicóloga, de Helene Flood, sobre la mesa junto a una vela y un texto superpuesto en la imagen.

Lo que no me gustó de La psicóloga

El suspense psicológico depende mucho de cuánto me importe habitar con la protagonista una pregunta, y aquí la lentitud no siempre acumula miedo: a veces se queda en espera. Hay una diferencia entre dejar que la incertidumbre se acumule y repetirla sin transformación.

No le exijo que cada escena termine con una amenaza nueva, pero sí que la atención dedicada a Sara haga más preciso el problema. Por eso tampoco vendería esta propuesta como una descarga permanente de adrenalina.

Quien busque velocidad por encima de todo puede impacientarse. A mí me interesa cuando el libro permite observar cómo cambia una interpretación y qué detalle adquiere valor; los recorridos domésticos que no cambian nada son los que se me hacen largos.

El conocimiento de Sara no tendría que absolverla de ser humana

La psicóloga me da conversación porque la profesión de la protagonista crea expectativas que después toca revisar. Sara no necesita demostrar una lucidez sobrehumana para que su miedo importe. Tampoco tiene que recordar cada minuto de manera impecable para merecer que alguien investigue.

Aquí conservo la identidad del responsable y la resolución criminal. Lo que sí señalo es la vigilancia, porque cambia de manera decisiva la lectura de la incertidumbre. La pregunta ya no se puede reducir cómodamente a si Sara está entendiendo mal.

El libro invita a mirar el matrimonio, la casa y la memoria como lugares donde una versión puede imponerse antes de que llegue la prueba. Mi interés está en lo que esa imposición le exige a la persona que debe seguir viviendo allí.

Sara sabe cómo escuchar a alguien asustado.

Ahora también necesita que alguien la escuche a ella.

Si te gustó este libro, sigue por aquí

Si te quedaste con ganas de más, estas dos reseñas van por el mismo lado.

Si te gustó La psicóloga, pasa por mi reseña de La chica del tren: Rachel bebe, pierde horas enteras y ya no sabe cuánto de lo que recuerda ocurrió de verdad. Con semejante currículum, lo fácil era no creerle. Y eso le convenía muchísimo a alguien.

Si te gustó La psicóloga, pasa por mi reseña de La paciente silenciosa: Una mujer dispara cinco veces contra su marido y guarda silencio. El problema es que el hombre encargado de descubrir por qué quizá necesitaba terapia bastante más que ella.

Preguntas que me hacen siempre

¿Es La terapeuta de B. A. Paris?

No. Esta reseña corresponde a La psicóloga, de Helene Flood. El título inglés The Therapist puede causar confusiones con otros libros.

¿Cuenta quién es el responsable?

No. Incluye detalles de la desaparición y la vigilancia, pero conserva la resolución del crimen.

¿Qué tipo de tensión propone?

Una tensión doméstica y psicológica ligada a la memoria, las rutinas y la incertidumbre sobre el espacio que Sara habita.

¿De qué trata La psicóloga?

Sara entiende de memoria, miedo y conducta. Su propia casa le recuerda que saber de una cosa no te deja por fuera de ella.

¿Qué fue lo que no me gustó de La psicóloga?

Que la lentitud no siempre acumula miedo y a veces se queda en espera, repitiendo la incertidumbre sin transformarla. No es una descarga permanente de adrenalina.

El libro

La psicóloga

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Sobre la autora

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Yenny Astrid Londoño es autora colombiana y fundadora de Anchetas Medellín. Sus libros combinan sarcasmo, ironía y humor inteligente para contar la vida cotidiana sin maquillarla.

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